El Otro Nombre Capítulo 29 El otro nombre #7
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Capítulo 29 El otro nombre #7

Una vez comenzaron a hablar, él le contó todo.

La historia, su plan, sus dudas y sus miedos.

Era casi como si estuviera aprovechando esa conversación para descargar catárticamente sus emociones.

Después de todo, no había tenido hasta entonces ese día otra oportunidad de dialogar con alguien que no fuera su esposa.

La mujer escuchó con sorprendente atención. Al final de la explicación del detective, parecía conmovida.

Aceptó ayudarlo y le explicó que podía mantener cierta interacción con la mujer que, a partir del día siguiente, se convertiría en su única vecina.

Podría hablar con ella ocasionalmente, saludarla, preguntarle cómo estaba y hacer que la vida que Lorenzo había construido para ella pareciera real. Pero más importante aún, podría reportarle todo lo que pudiera ver y escuchar directamente a él.

Él ofreció pagarle mensualmente. La mujer aceptó gustosamente, sin realizar ningún tipo de objeción.

El resto de la noche fue agotador para el inspector. Volvió a su casa pero no descansó.

Comenzó a desarmar algunos de los muebles de su esposa para luego transportarlos y rearmarlos dentro del departamento 214.

Llevó una cama con su colchón todavía envuelto en el plástico protector, un escritorio, una silla y un pequeño ropero donde situó la ropa de la mujer que ahora descansaba junto a su hija en el Cementerio de la Almudena.

Cuando finalmente terminó de armar los muebles, apoyó su saco y su placa sobre la mesa y se sentó en el piso a descansar unos minutos.

Se le ocurrió que sería buena idea documentar el estado del apartamento. Le pareció buena idea tener registro del lugar donde su esposa viviría, ahora que viviría bajo una nueva identidad.

Se puso de pie, tomó el saco y, con la cámara de su teléfono sacó algunas fotos.

Haciendo uso de la información en el expediente, manejó hasta la casa de la mujer fallecida más temprano ese día, y se llevó todo aquello que pudiera hacer que el departamento 214 pareciera haber sido siempre el hogar de aquella mujer.

Regresó al edificio abandonado, subió la escalera al segundo piso una vez más y acomodó todas las pertenencias hasta quedar totalmente convencido de que su esposa no tendría motivos de dudar de su nueva identidad.

Incluso abrió su computadora y le dejó anotada una lista de acciones laborales que, supuestamente ella misma se habría dejado para resolver al día siguiente.

Tomó su placa, que había dejado sobre la mesa, se puso el saco y apagó la luz antes de retirarse por última vez.

Completamente exhausto, condujo hasta el bar “Manolo”. Necesitaba corroborar que el plan seguía en marcha. Entró al local.

—Buenas noches.

Un hombre de unos cincuenta años se le acercó.

—Estamos ya cerrando, señor. Sepa disculpar.

—Sólo quería hacerle una pregunta sobre una mujer que estuvo aquí más temprano —Señaló la mesa con su mano derecha—. Vestía un abrigo color gris, largo.

—Ah sí. Ella viene siempre. Una buena clienta ¿Perdió su teléfono? No sería la primera vez que le pasa. Es bastante distraída.

—No, nada de eso. Quería saber si se había marchado y si recordaba a qué hora lo había hecho.

—Se fue hace aproximadamente una hora y media. ¿No?

Miró hacia el otro lado del mostrador, donde una mujer revisaba los recibos de la noche, haciendo cálculos tras la caja registradora. La mujer respondió, sin dejar de mirar la pantalla de su calculadora.

—Estuvo con un hombre. Se fue diez minutos después que él.

—Muchas gracias. Eso es todo. Buenas noches.

—¡Oiga! ¿Sucedió algo?

—No. No se preocupe. Muchas gracias.

Salió del bar y subió una vez más a su vehículo.

Manejó hacia el hotel. Estacionó en la acera contraria a la entrada.

Notó que todas las luces del edificio estaban apagadas. Todas menos la de una habitación en el segundo piso.

Bellini sonrió y volvió a sentarse tras el volante. Pero antes de que siquiera pudiera ponerlo en marcha, se desplomó sobre el asiento del conductor y se quedó dormido.

Los primeros meses sucedieron tal y cual había planeado.

Se encargó de pasar por lo menos tres o cuatro veces por semana por la puerta del departamento 214 y, en más de una oportunidad, mantuvo diálogos tanto telefónicamente como cara a cara con la mujer del primer piso, la única vecina que tendría la mujer que ahora vivía convencida y cómodamente bajo la identidad de Sofía Álvarez.

Lorenzo se mudó pocas semanas después de la casa donde había vivido con su familia desde que habían llegado de Buenos Aires.

Decidió que no podía seguir alquilando aquel departamento en ese primer piso, sintiendo todos los días el insoportable peso de su pérdida.

Consiguió un modesto departamento cerca de la estación, en el punto medio entre su trabajo y el departamento de aquel edificio abandonado.

Durante los siguientes meses, Alfredo Álvarez visitó varias veces la estación de policía.

Siempre hacía las mismas preguntas y siempre recibía respuestas diferentes.

La primera vez que apareció, Lorenzo Bellini estaba revisando unos documentos cuando una de las agentes de recepción anunció que un hombre quería hablar con él.

—¿Nombre?

—Alfredo Álvarez.

Bellini levantó la mirada. El nombre le resultaba familiar.

—¿Qué quiere?

—Dice que busca a su hija.

Bellini permaneció unos segundos en silencio.

—Hágalo pasar.

El hombre entró en la oficina. Era un hombre cansado. Había llegado a España pocas semanas después de perder contacto con su hija y desde entonces había estado intentando reconstruir sus últimos movimientos.

Se sentó frente al escritorio.

—Soy el padre de Sofía Álvarez. Mi hija está desaparecida.

El inspector asintió.

—¿Cuándo fue la última vez que habló con ella?

—Hace unas semanas.

Bellini sabía que no era cierto. Habían pasado más días. Pero no lo corrigió.

—¿Y qué ocurrió después?

—Simplemente dejó de responderme. Como si se la hubiera tragado la tierra.

El detective tomó un bolígrafo.

—¿Tiene alguna razón para pensar que le ocurrió algo?

Alfredo lo miró directamente.

—Es mi hija. Sé que no dejaría de hablarme si no hubiera pasado algo.

—Eso no responde a mi pregunta.

Alfredo respiró profundamente.

—No. No tengo ninguna razón para pensar en algo específico. Pero sé que algo pasó. Lo sé. Es como le dije, ella no dejaría de responderme si no fuera así.

El inspector anotó algo en una hoja.

—Voy a revisar la información disponible y comprobar si existe algún reporte relacionado con ella.

—¿Eso significa que usted va a investigar?

—Significa que voy a revisar la información disponible.

Alfredo se levantó.

—Quiero saber dónde está.

Bellini sostuvo su mirada.

—Si encontramos algo, se lo comunicaré.

El padre de Sofía asintió y abandonó la oficina.

El inspector esperó hasta escuchar cómo la puerta se cerraba. Después abrió el expediente.

Y comenzó a mentir.

Alfredo volvió semanas después y esta vez llevaba consigo algunos documentos.

—Encontré esto entre las cosas de mi hija.

—¿Qué son?

—Una dirección, unos recibos y algunos papeles.

Bellini los revisó.

—No veo nada que indique que esté en peligro.

—¿Encontraron algo?

—Estamos revisando algunos movimientos.

—¿Qué movimientos?

—No puedo darle información sobre una investigación en curso.

—Pero es mi hija.

—Lo sé.

—Entonces ayúdeme.

—Estamos intentando determinar si existe alguna conexión entre algunas de las direcciones que nos proporcionó y otros registros.

Alfredo se inclinó ligeramente hacia adelante.

—¿Qué registros? ¿De qué está hablando?

Bellini lo miró.

—Nada concluyente.

Bellini sentía que otra mentira, una más, era el camino más seguro. El que mejor protegería su secreto.

El padre de la mujer desaparecida terminó marchándose con la misma incertidumbre con la que había llegado.

Bellini lo observó salir, esperando a que su figura desapareciera luego de cerrar la puerta.

Abrió el expediente y continuó estudiando y realizando modificaciones.

Con el paso de los meses, Alfredo comenzó a aparecer con mayor frecuencia.

A veces pasaban semanas entre una visita y otra, pero en otras ocasiones regresaba pocos días después.

Siempre preguntaba por Sofía y siempre quería saber si habían encontrado algo nuevo, que pudiera orientarlo sobre el paradero de su hija.

El inspector siempre encontraba una manera de mantenerlo ocupado:

Un registro que debía verificarse, una dirección que necesitaba ser investigada, una persona que quizá había conocido a su hija o un posible movimiento bancario que, por supuesto, era completamente inventado.

Era información que parecía importante pero que terminaba no conduciendo a ninguna parte.

Bellini construía caminos falsos y Alfredo los seguía en su desesperación por conocer el destino de su Sofía.

La maniobra se mantuvo durante nueve meses desde su primera visita al despacho del Inspector.

Once meses habían pasado desde la desaparición de Sofía cuando Alfredo volvió a entrar en la oficina de Bellini por última vez. Esta vez no llevaba documentos, ni fotografías. No llevaba ninguna nueva pista.

Simplemente parecía agotado. El detective lo notó desde detrás del escritorio.

—Señor Álvarez.

Alfredo cerró la puerta detrás de él.

—Inspector.

—¿Qué puedo hacer por usted?

Alfredo no respondió inmediatamente. Se acercó al escritorio y permaneció de pie.

—Ya sé que está muerta.

El inspector sintió que algo le pesaba en el pecho, pero su expresión no cambió.

—No sé de dónde sacó esa información. No está confirmado ese dato por la Policía.

—No importa —El hombre tomó aire—. Lo sé.

Bellini le señaló la silla.

—Siéntese.

Alfredo le hizo caso.

Unos largos segundos pasaron antes de que comenzara a hablar.

—Once meses —dijo finalmente el señor Álvarez—. Once meses buscando a mi hija.

—Así es. Lo sé. Pero aun así, Alfredo, no podemos confirmar el fallecimiento de…

—No. Usted no lo sabe.

El hombre tenía los ojos húmedos.

—Usted vuelve a su casa todas las noches. Come. Duerme. Se levanta al día siguiente y continúa con su vida.

El inspector no respondió.

—Yo no puedo hacer eso.

—Señor Álvarez...

—No quiero saber si está viva o muerta. Sólo quiero saber dónde está.