Capítulo 29 El otro nombre #6
—Su mesa de siempre se encuentra libre —dijo la mujer con una amplia sonrisa en su rostro.
Ambos siguieron la indicación de la mujer y se sentaron en una mesa junto a la ventana.
Durante los primeros minutos, Carolina sólo hizo preguntas acerca de los próximos pasos del plan. Pero su marido, por alguna razón, no parecía tener la misma confianza que había mostrado más temprano.
Rápidamente, la conversación subió de tono y se transformó en una discusión.
Bellini había empezado a cambiar de opinión.
—No estoy tan seguro de que debamos continuar. Creo que deberías asumir la responsabilidad y enfrentar las consecuencias. La justicia debe…
—Pero no puedo —interrumpió ella—. Sabés que no puedo. Es demasiado. Es…
—No puedo hacer esto, Carolina. Es demasiado oscuro, demasiado siniestro…
Ella se enojó y levantó la voz lo suficiente como para que la mujer detrás del mostrador lo notara.
—Eso es lo que querés. Querés que pase el resto de mi vida pagando por lo que hice, dentro de una cárcel donde me traten como basura cada día.
—No creo que un juez te diera cadena perpetua.
Serían como mucho unos años. Yo te esperaría y podríamos tener una vida.
O por lo menos intentarlo. Si seguimos con el plan como conversamos, no sólo habré perdido a mi hija, perderé a mi esposa también, todo el mismo día.
No me quedará nada de lo que amo en este mundo. Me perderé yo mismo.
—Lorenzo —dijo ella, tomando su mano y con lágrimas en los ojos—. No puedo vivir así. No pienso vivir cada día que me quede en este mundo sabiendo que fui yo quien mató a nuestra hija. No hay vida después de esto. No como Carolina Halmers por lo menos.
Él intentó explicarle también que había otros motivos que le preocupaban. Algunas personas podrían estar buscando a la verdadera Sofía Álvarez, y si alguien aparecía utilizando su identidad, mientras la verdadera mujer permanecía desaparecida, eventualmente alguien haría preguntas.
El plan original era que la investigación terminaría descubriendo que el cuerpo hallado no podía ser identificado porque se había extraviado, y la mujer sería registrada como desconocida.
Pero alguien podría intentar contactar a la verdadera Sofía y entonces todo volvería a comenzar.
Ella le rogó que la ayudara.
El inspector se puso de pie y le explicó que debía ir al baño. No demoró mucho. Al regresar, notó que Carolina escribía en un pedazo de papel, lo doblaba y lo guardaba en el bolsillo de su saco gris.
Se sentó una vez más frente a ella.
—¿Qué estabas escribiendo?
—Sólo algunos datos sobre Sofía de los que podría querer acordarme mañana.
—Eso no es prudente. Sería mejor que me lo des a mí.
Ella lo miró y tomó sus dos manos por encima de la mesa.
—Por favor, Lorenzo. Hacé esto por mí. Si alguna vez me amaste, ayudame.
Él se quedó mirándola en silencio. Finalmente llegó la camarera con lo que habían pedido.
Bellini suspiró con fuerza, luego metió una mano en el bolsillo y sacó dos píldoras verdes, las cuales colocó frente a su esposa.
—No sé si la dosis será la correcta para que no recuerdes más.
Ella las miró, después miró a su esposo, las tomó con su mano y lo besó.
—Muerte o amnesia —dijo Carolina en voz alta.
Él abrió los ojos de par en par.
—Perdoname mi vida —dijo ella, llorando—. Perdoname por todo.
Después tomó las píldoras y las tragó con la bebida que acababan de servirle.
Permanecieron allí durante un rato, mientras el detective observaba cuidadosamente cada reacción hasta que logró comprender que la droga que había matado a su hija, denominada por su esposa como SC-214, había comenzado a hacer efecto.
Carolina parecía confundida. Las palabras no le salían con facilidad. Sus pupilas estaban completamente dilatadas.
Minutos más tarde, Bellini le hizo algunas preguntas a la mujer sentada frente a él, a las que ella respondió unívocamente con un “No lo sé. No lo recuerdo”. Entonces, en ese momento, él le dio la píldora roja que sostenía en su puño apretado.
—Tome esa píldora. Se sentirá mejor. Se lo prometo.
La mujer sentada frente a él tomó la cápsula roja y la metió en su boca. Luego tomó un largo trago de la bebida servida en un vaso sobre la mesa.
Lorenzo esperó cinco minutos antes de hablar.
—¿Cómo se siente?
—Mejor. Pero ¿qué estoy haciendo acá? No puedo acordarme cómo llegué hasta acá.
—¿Recuerda su nombre?
—No. No puedo acordarme de nada. ¿Qué está pasándome?
—No se preocupe. Tuvo usted una baja en la presión. Usted es Sofía Álvarez.
La mujer lo miró. No parecía comprender completamente lo que le estaba diciendo el hombre situado del otro lado de la mesa.
Él le mostró los documentos. La tarjeta de crédito.
—Aquí está su nombre, ¿lo ve? Sofía Álvarez.
Le explicó dónde vivía, le entregó las llaves.
—Su departamento está en el número 214.
Le explicó que trabajaba desde casa. Le habló de una empresa de moda para la que trabajaba, lo cual era una parte fundamental del plan.
Él construiría una empresa ficticia en la cual Sofía Álvarez se desempeñaba como consultora en marketing, administrando contenidos digitales y realizando investigación de mercado.
Incluso crearía un sitio web falso y comenzaría a pagarle mensualmente por supuestos servicios para aquella empresa inexistente.
Todo debía parecer real.
También le habló de Santiago, su supuesto exmarido.
Le explicó que apenas hablaban y que no tenía sentido que volviera a contactarlo.
Bellini hizo lo mejor posible para evitar posibles huecos en el plan. No sabía que Santiago creía que Sofía simplemente había desaparecido y tampoco sabía que ambos compartían la custodia de una niña.
Tampoco sabía que Santiago se había casado nuevamente.
Para Bellini, la historia tal como se la estaba contando a la mujer sentada frente a él, era suficiente:
Sofía vivía sola, trabajaba desde casa y le gustaba comprar ropa.
Tenía un departamento, tenía una vida sencilla. Una vida tranquila, una vida que él había fabricado.
Pasó un tiempo considerable asegurándose de que la vida que planeaba para ella fuera sencilla y fácil de supervisar.
Pero más importante aún, tenía que estar seguro de que ella lo había comprendido todo.
Estaba seguro de que durante los primeros meses, los más peligrosos, iba a tener que vigilarla de cerca.
Era la única forma de garantizar que ella se mantuviera encarrilada dentro de los caminos que él estaba pavimentando para ella.
También necesitaba vigilarla de cerca en caso de que recuperara su vieja identidad.
Lorenzo miró la hora en su reloj. Eran las 10:05pm. Sacó su teléfono y llamó al número de un hotel situado a unas cuadras de la estación de policía donde trabajaba.
—Reservas, buenas noches.
—Buenas noches. Necesitaría reservar una habitación para esta misma noche, podría ser.
—Tenemos disponibilidad, sí. ¿A nombre de quien sería la reserva?
Bellini pensó unos momentos antes de responder.
—A nombre de Sofía Álvarez, por favor.
—Con mucho gusto.
El detective le dio al empleado el número indicado en el documento de la mujer fallecida.
—Reserva confirmada. ¿Hay algo más en que pueda servirle?
Bellini lo pensó unos segundos, miró a los ojos a la mujer que tenía sentada enfrente, al otro lado de la mesa.
—Sí. ¿Podría asegurarse de que la reserva sea para la habitación 214?
Oyó que el empleado consultaba en su computadora la disponibilidad.
—Hecho. La reserva a nombre de Sofía Álvarez está confirmada para la habitación 214. ¿En qué horario va a estar llegando al hotel?
—En breve. En unas dos horas posiblemente.
—Entendido. Lo dejo registrado.
—Muchas gracias, buenas noches.
Cuando terminó la llamada, Bellini miró a la mujer y le explicó que sería lo más conveniente que pasara aquella noche en un hotel. Anotó la dirección de un hotel en un pedazo de papel.
La próxima fase del plan consistía en que la mujer pasara la noche en un lugar seguro y cerca de la comisaría, en caso de que la amnesia no fuera permanente y sus memorias regresaran.
De esa manera Bellini sabría dónde encontrarla, y estaría lo suficientemente cerca en caso de cualquier eventualidad.
Durante la siguiente hora, Bellini le realizó una lista de preguntas para asegurarse de que no quedaba ningún resto en su memoria de aquel día tan largo y terrible.
Necesitaba unos minutos para asegurarse de que no recordara a Mia o a él. Que no recordara su casa o sus estudios. Nada de su vida anterior a ese día.
Una vez conforme con el resultado del cuestionario y, una vez satisfecho con que ella ya sabía dónde debía dirigirse al salir del bar, le dio un sobre con dinero para quedarse tranquilo de que tendría suficiente para llegar al hotel y, en caso de que su vieja identidad regresara, pudiera usar ese dinero para volver a su casa.
Miró a la mujer una vez más, le anotó su información en una hoja separada, e intentó una vez más comprobar que ella recordaba la dirección de su casa, el número de apartamento y algunos datos acerca de su identidad.
Unos minutos más tarde, él se despidió y se retiró del establecimiento, camino de regreso al auto y repasó en su cabeza una y otra vez los próximos pasos de su plan: construir la vida de Sofía Álvarez.
Lo primero que hizo fue conducir hacia un edificio que los registros de la Policía mostraban como abandonado.
Al llegar descubrió, tal como pensaba, que todo el edificio estaba abandonado, con la excepción de un solo departamento en donde vivía una mujer que, años atrás, había rechazado la orden de la Policía de abandonar el departamento.
Subió la escalera y golpeó directamente a su puerta.
La mujer tardó mucho en abrir. Era obvio que no estaba acostumbrada a recibir visitas. Y mucho menos a esas horas de la noche.
Bellini se presentó como un detective de la policía de Madrid, y habló con la mujer por casi veinte minutos.