El Otro Nombre Capítulo 29 El otro nombre #5
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Capítulo 29 El otro nombre #5

Bellini empujó la camilla hasta el baúl del auto, usó todas sus fuerzas para levantar el cuerpo y colocarlo en el baúl, en posición fetal, de manera que entrara sin tener que sacarlo de la bolsa mortuoria en la que había sido trasladado.

Una vez cerró el baúl, indicó a su esposa que regresara a su asiento y él se sentó nuevamente detrás del volante.

Desde la comisaría, se dirigieron directamente al Cementerio de la Almudena. Durante el camino, miró frecuentemente los espejos retrovisores durante las primeras diez calles. Quería estar seguro de que nadie lo había traicionado y de que no estaban siendo seguidos.

Los quince kilómetros que separaban la comisaría del cementerio se hicieron más cortos de lo que había anticipado.

Estacionaron en el interior del cementerio, pero descendieron del vehículo en búsqueda de un lugar donde realizar la sepultura, dejando ambos cuerpos dentro del automóvil.

Caminaron durante un largo tiempo, buscando un lugar donde nadie los viera.

Se detuvieron de repente frente a un nicho.

El nicho no tenía nada de especial o particular. Era antiguo y, claramente, los familiares de la persona enterrada allí habían dejado de mantenerlo años atrás.

—Es acá —dijo Carolina.

Lorenzo la miró, luego miró el nicho.

—¿Por qué aquí?

Ella no respondió con palabras. Miró a su marido y simplemente señaló la inscripción en la pared frontal de la entrada al nicho. Era una pequeña placa vieja y opaca, pero a pesar del estado deplorable de la misma, todavía se podía leer claramente el número 214.

Bellini simplemente asintió y comenzó a caminar de regreso al auto, en busca de los cuerpos. Carolina lo siguió sin decir nada tampoco.

Al llegar al auto, abrió el baúl mirando en ambas direcciones, procurando sacar los cuerpos lejos de la mirada del vigilante que, sospechaba, podría estar realizando sus rondas a esa hora.

Miró a su esposa y le dijo:

—Tú llevas la caja y yo la bolsa más grande.

La mujer bajó la mirada. Cuando finalmente miró a su marido a los ojos, las lágrimas comenzaron a caer por ambos lados de su cara.

—No puedo hacerlo.

—Sí puedes. Debes hacerlo. El plan funcionará, ya verás.

Ella asintió levemente y procedió a tomar la caja con el cuerpo de su hija del baúl del auto. Esperó a que su marido tuviera asegurada la bolsa con el cuerpo en sus brazos y comenzó a caminar hacia el lugar seleccionado para, definitivamente, esconder la verdad de lo que había hecho.

Hicieron dos pausas de treinta segundos antes de llegar al nicho que habían elegido.

El inspector sacó los pernos cuidadosamente, usando una herramienta que había traído consigo desde la casa, en el baúl del auto. Cuidadosamente y, tratando de no hacer demasiado ruido, sacó la placa de mármol que cubría la boca del nicho, apoyándola suavemente en el piso.

Dentro del mismo había un cajón de madera muy viejo. Tuvieron que hacer un gran esfuerzo para evitar que se rompiera al momento de sacarlo de la cavidad en donde había sido guardado originalmente.

Una vez consiguieron sacarlo, Carolina instintivamente sostuvo uno de los extremos del mismo y acompañó el movimiento de su marido, llevando el cajón hacia el suelo.

Bellini abrió lentamente la tapa, usando la base de la herramienta que había preparado, hasta que consiguió removerla completamente.

El cuerpo que todavía ocupaba el interior del féretro era casi un esqueleto. La poca piel que quedaba, se había secado dándole la textura de un cuero, pegada completamente a los huesos. Era el cuerpo de una mujer de pequeña estatura.

Abrió la bolsa y sacó el cuerpo de la mujer que habían secuestrado de la morgue policial y, con ayuda de Carolina, lo acomodaron al costado de los restos de la dueña original del ataúd, de manera de dejar suficiente lugar todavía para colocar el cuerpo de su hija.

—Lorenzo, no puedo hacerlo. Hacelo vos, por favor.

Él la miró y vio cómo sus ojos se llenaban de lágrimas en cuestión de segundos.

Respiró hondo, abrió la caja, tomó el cuerpo de su hija, y lo apoyó cuidadosamente sobre los dos cuerpos que miraban hacia arriba, dentro del ataúd.

—Adiós, hija mía. Descansa en paz.

En ese momento, perdió completamente el control y no pudo contener sus lágrimas. Comenzó a llorar de rodillas junto al cajón.

Carolina no tardó en arrodillarse del lado contrario, y comenzar a llorar también.

Ella tomó la mano de su hija, miró a su marido y bajó una vez más la mirada.

—Perdón, hijita. Mamá te ama más que a nada en el mundo.

Se quedaron de rodillas, enfrentados, separados por los tres cuerpos por unos minutos. Finalmente, fue él quien se puso de pie primero.

—Vamos, Carolina. Aún queda mucho por hacer.

Ella se paró y lo ayudó a colocar nuevamente la tapa del féretro, a levantar uno de los extremos, mientras el inspector hacía fuerza desde el otro extremo, guiando el cajón hacia adentro del nicho.

Una vez adentro, él tomó la placa y volvió a colocarla cuidadosamente, poniendo los pernos de ajuste tal como los habían encontrado.

Una vez completada esa tarea, caminaron en silencio hacia el auto. Ninguno de los dos se atrevió a mirar hacia atrás.

Lorenzo condujo el auto velozmente de regreso a su casa. Carolina mantuvo el silencio durante todo el viaje, con la excepción de una pregunta.

—¿Qué son esas bolsas ahí atrás?

—Son las pertenencias de Sofía Álvarez, la mujer que acabamos de enterrar. La ropa, los documentos y las llaves de su casa. Todo lo que necesitaremos para que, a partir de mañana, tú puedas comenzar una nueva vida con una nueva identidad.

Ella no respondió. No volvió a hablar en todo el camino de regreso a su casa.

Bellini interpretó que su esposa estaba pensando en las implicaciones del plan en ese preciso instante y prefirió dejarle el espacio para que el plan tome forma en su cabeza también.

Una vez que llegaron a su casa, ella entró al baño, se quitó la ropa y se metió bajo el agua de la ducha.

El agua cayó sobre su rostro y cerró los ojos.

En ese momento tuvo una extraña sensación. La idea de que quizá aquella sería la última ducha de su vida.

No sabía si iba a morir. Pero incluso si la muerte no la llevaba esa noche, tampoco sabía si seguiría siendo Carolina Halmers en la mañana.

Cada vez que la imagen de su hija aparecía en su mente, intentaba consolarse con el mismo pensamiento: no pasaría mucho tiempo hasta que el recuerdo de aquella tragedia no existiera más en su mente o, quizás, ya no importaría lo que hubiera hecho la mañana de aquel día, porque ella misma, también estaría muerta.

Muerte o amnesia. ¿Acaso había una diferencia? De cualquier manera, el dolor desaparecería.

Mientras el agua continuaba cayendo, se despidió silenciosamente de su hija, de su esposo, de su casa, de su profesión, de su vida, de su propia memoria.

Cuando terminó de ducharse, se quedó frente al espejo un rato, luego del cual abrió las bolsas que su marido le había entregado al llegar a la casa.

Comenzó a elegir cuidadosamente la ropa que había pertenecido a una mujer que no existía más, pero que, idealmente, volvería a existir pronto, si todo salía acorde al plan.

Lorenzo, por su parte, había estado seleccionando fotografías de Sofía Álvarez dentro de la memoria que el especialista le había entregado más temprano.

Ella las miró con atención para elegir algo que sabía que esa mujer habría utilizado.

Se vistió, lo más parecido posible a la mujer de la fotografía: un pantalón azul, unos zapatos elegantes, una camisa gris oscura y un saco gris.

Tomó una tijera y procuró cortarse el cabello, imitando el estilo que la mujer fallecida llevaba al momento de su muerte.

Se miró nuevamente en el espejo y se dio cuenta de que ya no parecía Carolina.

—¿Creés que la gente va a creer que soy esa mujer?

—Eres parecida en altura, en color de pelo. Tu cuerpo lleva su ropa como si hubiera sido elegida para ti. El estilo que llevas en el pelo es el mismo.

—Pero no sé nada de ella. No sé cómo hablaba, cómo caminaba, a qué se dedicaba. Nada.

—No te preocupes. Ella era argentina igual que tú. Sabemos en qué trabajaba y también sabemos, gracias a la investigación que realizó la policía, los lugares que frecuentaba.

—Pero sus amigos se van a dar cuenta de que yo no soy ella. Sus compañeros de trabajo…

—Es por esa precisa razón que no vas a encontrarte nunca con sus amigos, sus compañeros de trabajo, o con su familia.

—Pero si tiene marido, hijos…

El inspector abrió la carpeta, sacó una hoja con anotaciones escritas densamente sobre toda su superficie.

—Sofía Álvarez estaba divorciada hace un tiempo largo. No tenía familia aquí en España, ni tampoco tenía un gran grupo de amigos.

—Suena a que era una mujer muy sola. Quizás hasta triste.

—Carolina, escúchame con atención. Tú no vas a vivir la vida de Sofía Álvarez tal como ella la vivió.

Tu vida será distinta. Lo suficientemente distinta para que puedas hallar algo de felicidad y disfrutar de alguna manera, sin llamar demasiado la atención de nadie.

Pero más importante aún, si todo sale como planeamos, tú creerás realmente que eres Sofía Álvarez.

Nadie podrá convencerte de que no eres quien dices que eres.

—Pero la Policía seguro ya la declaró muerta. ¿Cómo voy a poder vivir con la documentación de un muerto?

—Yo me encargo de eso. Voy a modificar la base de datos para que no aparezca como fallecida. Necesito que confíes en mí. ¿Puede ser?

Ella asintió y terminó de vestirse y maquillarse lo más parecido posible a la representación fotográfica de la difunta.

Una vez conforme con su apariencia, bajaron las escaleras y se dirigieron a uno de los lugares que, según los informes, la mujer fallecida solía frecuentar. El expediente lo indicaba como uno de los últimos lugares donde se la había visto durante días anteriores al fallecimiento.

Llegaron a una cafetería con el nombre “Manolo” escrito en grandes letras rojas en la marquesina y al costado de la entrada.

Una mujer que trabajaba allí la reconoció apenas entraron.

La sorpresa apareció en su rostro cuando vio que la mujer había llegado acompañada por un hombre.