El Otro Nombre Capítulo 29 El otro nombre #4
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Capítulo 29 El otro nombre #4

Bellini estaba enfocado en el plan. No pensaba en otra cosa. Lo importante era que todo saliera tal como lo había pensado. Que no hubiera errores en la ejecución.

Juntó fuerzas una vez más para entrar en la habitación donde había muerto su hija más temprano ese día, tomó el cuerpo de la niña con ambos brazos y lo colocó en una caja, recogiendo las piernas de manera que entrara completamente en la caja.

Sacó un rollo de cinta de un cajón de la cocina y, con ayuda de Carolina, sellaron la caja, asegurándose de no dejar ninguna abertura que expusiera el contenido.

Tomó la caja e indicó a su esposa que lo siguiera.

Bajaron las escaleras mirando en todas las direcciones para evitar cruzarse con algún vecino.

Colocaron la caja en el baúl del auto del detective y subieron al vehículo. Encendieron el motor y condujeron ágilmente hacia la ubicación marcada en el expediente como lugar del hallazgo del cuerpo de Sofía Álvarez.

Al llegar a la zona, un agente de policía custodiaba el automóvil dentro del cual habían encontrado el cuerpo. Procuraron estacionar por lo menos a doscientos metros, para evitar levantar sospechas.

—Lorenzo, no podemos dejar a Mia en el baúl.

—¿Qué estás diciendo? No podemos llevarla con nosotros. Si prefieres, quédate en el auto. Yo no tardaré demasiado.

Ella asintió y volvió a sentarse en el asiento del acompañante.

Él comenzó a caminar hacia la ubicación presentada en el informe del caso por la acera de enfrente.

—Buenas noches. Soy el Inspector Bellini. Estoy a cargo del caso.

—Buenas noches, detective —dijo el policía que custodiaba la escena—. Lo hemos estado esperando.

—¿Quiénes?

—Pues el fotógrafo y yo, ¿quién más?

De repente, de atrás del vehículo, salió una figura de un hombre sosteniendo una cámara. El hombre estaba fotografiando la escena desde todos los ángulos posibles, desde afuera y desde el interior del vehículo.

—Buenas noches —dijo el hombre mientras seguía sacando fotos de cada detalle del automóvil y del cuerpo ubicado en el asiento trasero del mismo.

—Buenas noches. Voy a necesitar la tarjeta de memoria de esa cámara cuando termine.

—Disculpe, inspector. Ese no es el procedimiento estándar. Voy a necesitar una orden de alguien autorizado para poder entregar…

—Le estoy dando la orden ahora mismo. Soy el inspector a cargo del caso. A menos que prefiera que hable con sus superiores.

—No va a ser necesario, inspector. Con gusto le entrego las fotografías.

Bellini abrió la puerta del asiento trasero, del lado del conductor. El olor que provenía de los fluidos eliminados por el cuerpo de la mujer indicaba que habían pasado por lo menos cinco o seis horas desde el fallecimiento.

El detective sacó unos guantes de su bolsillo y metió su mano en los bolsillos del saco de la mujer muerta y sacó una billetera y unas llaves.

Se aseguró de que no hubiera más efectos personales en otros bolsillos. Revisó la cartera que se encontraba apoyada sobre el asiento trasero, junto al cuerpo sin vida.

Dentro de la cartera encontró varios blísteres vacíos con la inscripción “Plurimen” en la parte trasera de los mismos y el nombre de la droga, selegilina, escrito bajo el nombre comercial del medicamento. En el piso, junto a los pies, había una botella vacía de una marca económica de vodka.

El inspector supo inmediatamente de qué se trataba. Reconocía la droga selegilina. Se trataba de un medicamento usado comúnmente para el tratamiento del mal de Parkinson. Su madre la había tomado durante años antes de fallecer.

Dedujo que era posible que se tratara de una muerte autoprovocada.

Por un momento, el inspector se sumergió tanto en sus deducciones que hasta pensó en el informe que tendría que redactar, luego de que el forense confirmara la causa de muerte.

Era muy probable que, a modo de opinión en su informe, escribiera que la mujer fallecida podría haber decidido quitarse la vida debido al avance de una enfermedad degenerativa como el mal de Parkinson que posiblemente la aquejaba.

Era una buena teoría. Casi llegó a sentirse orgulloso de sí mismo por la velocidad con la que estaba relacionando los diferentes elementos que había hallado esos últimos minutos.

Antes de tener oportunidad de salir del vehículo, miró por la ventanilla trasera y vio a una figura femenina que se acercaba cruzando la calle, cargando una caja con sus brazos.

Rápidamente el inspector salió del vehículo. Su esposa estaba caminando en dirección al automóvil, cargando la caja que contenía el cuerpo de su hija muerta, mirando el cuerpo de Sofía Álvarez a través de la ventanilla trasera.

Mientras tanto, el fotógrafo siguió sacando fotos desde la parte exterior del vehículo.

Su cara se transformó.

—Te dije que te quedaras en el auto.

—No quería estar sola.

Bellini tomó la caja con ambas manos y la posicionó sobre la calle cuidadosamente.

Una vez la caja estaba en el piso, abrazó a su esposa intentando contenerla, pero ella seguía llorando sin poder controlarse.

El agente que aún se encontraba parado al frente del vehículo le preguntó.

—Inspector, ¿necesita ayuda?

—No. Gracias. Es mi esposa. Ha tenido un día difícil. Eso es todo.

El detective notó que se acercaba una camioneta. La siguió con la mirada hasta que ésta se detuvo a unos metros del vehículo donde estaba el cuerpo de Sofía Álvarez.

Esperó a que el conductor y el acompañante descendieran del vehículo y se acercó a ellos directamente.

—Este cuerpo debe ser trasladado de inmediato a la morgue del precinto de Chamberí.

—Pero la orden fue elevada desde la central.

—Ha habido un cambio en la investigación. La autopsia la va a realizar el forense asignado a ese precinto. Está con movilidad reducida por el momento. Es más conveniente así.

—Por supuesto, inspector.

Los hombres abrieron la puerta trasera del automóvil, retiraron el cuerpo y lo colocaron en la camilla antes de subirlo a la parte de atrás del móvil en el que habían arribado unos momentos antes.

En ese momento, el fotógrafo sacó una última foto.

Carolina todavía se encontraba frente al automóvil, parada junto a la caja que su marido había posicionado a su lado, en el piso de la calle.

Una vez terminado el trabajo del fotógrafo, Bellini se acercó y tomó la memoria que el profesional ya había accedido a entregarle. Luego, se despidió del fotógrafo y del agente.

—Agente, quédese aquí hasta que llegue la grúa. No deje la escena antes de que se lleven el vehículo. Luego, comuníquese directamente conmigo.

—Así será, inspector.

—Buenas noches.

El inspector tomó la caja que descansaba en el piso de la calle frente al automóvil y comenzó a caminar rumbo a su automóvil, seguido por Carolina. Ninguno de los dos volvió a hablar por un largo rato.

Volvieron a colocar la caja en el baúl y se quedaron sentados en el automóvil, mirando hacia adelante y por las ventanillas, esperando el llamado de Carlos, un viejo conocido de Bellini, responsable de la morgue policial del precinto de Chamberí.

El teléfono de Lorenzo sonó aproximadamente cuarenta minutos más tarde.

Dejó que el teléfono suene por lo menos dos veces antes de atender. Una vez atendió, escuchó por un breve instante sin decir nada.

—Voy para allá —dijo.

La llamada terminó en menos de treinta segundos.

Luego, encendió el motor y manejó directamente hacia la comisaría del distrito Chamberí. Estacionó exactamente en la puerta.

Una vez ahí, apagó el motor del vehículo y, recién en ese momento, volvió a dirigirle la palabra a su esposa.

—Esta vez sí necesito que me esperes aquí. ¿Puedo confiar en ti? ¿Puedes hacer algo de lo que te pida?

—Sí. —Carolina bajó la cabeza—. Me quedo en el auto. No te preocupes. Voy a hacer lo que me digas que hay que hacer. Te lo prometo.

—¿Estás segura? Necesito que cuando te llamo, no atiendas pero que traigas el vehículo hasta la salida trasera de la comisaría. ¿Puedes hacer eso?

—Sí. No me muevo de acá. Espero tu llamado.

Él asintió y salió del automóvil, dejando las llaves en la ignición para que Carolina moviera el auto una vez él le diera la señal por medio de un llamado.

Ingresó a la comisaría por la puerta principal.

Dentro del edificio todavía se veía algo de movimiento.

Algunos oficiales caminaban por los pasillos cargando fichas y carpetas repletas de documentos, algunas personas estaban sentadas en los bancos de espera, aguardando su turno para hacer una denuncia o solicitar algún trámite y en el mostrador principal, el agente de guardia hacía lo posible para atender los teléfonos y atender las llamadas externas y las internas, con solicitudes del personal que cubría el turno noche.

Caminó directo hacia la escalera situada al fondo a la derecha. Descendió al segundo subsuelo, abrió la puerta rotulada en su vidrio esmerilado con la palabra “MORGUE” y se dirigió sin desvíos hacia la persona que leía un cuaderno en una pequeña mesa verde.

—Carlos. Gracias por el aviso.

—Lorenzo. Descuide. ¿Lo lleva ahora?

—Sí. Por favor.

El hombre guió al detective hacia una camilla ubicada detrás de una cortina blanca larga, que llegaba desde los rieles amurados al techo hasta el piso de la habitación.

—¿Necesita ayuda para moverlo?

—No gracias. Ya me has ayudado lo suficiente.

El detective abrió el cierre de la bolsa que contenía el cadáver para asegurarse de que el cuerpo era el mismo que había visto en el vehículo un rato antes.

Empujó la camilla a través de la puerta de salida trasera de la morgue, hasta el ascensor de carga.

Una vez ahí, sacó su teléfono y llamó a su esposa.

El ascensor llegó sin demora. No había demasiado movimiento en la morgue, y menos a esas horas de la noche.

Las puertas del ascensor se abrieron de par en par. Empujó la camilla hacia el interior del mismo.

Cuando llegó a la planta baja, no había nadie custodiando la entrada trasera de la comisaría. Dio gracias internamente por ese pequeño golpe de suerte.

Carolina esperaba en el asiento del conductor con el motor en marcha.