El Otro Nombre Capítulo 29 El otro nombre #3
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Capítulo 29 El otro nombre #3

Continuó intentando durante largos minutos, hasta que finalmente comprendió que no podía traerla de vuelta.

Su hija estaba muerta.

Miró la hora en el reloj del instrumental. Todos los instrumentos estaban sincronizados con su reloj.

Se puso de pie, tomó su pequeño cuaderno y anotó:

“Mia Bellini - Hora del fallecimiento: 11:17”.

Carolina permaneció junto a la camilla durante horas.

No llamó a una ambulancia. No llamó a nadie.

Probablemente, porque sabía que no había nada que pudieran hacer por su hija para ese entonces.

Y también porque sabía perfectamente lo que ocurriría si llamaba.

La policía vendría y haría las preguntas que debían hacer. La investigación acabaría con su vida, su laboratorio, los experimentos. Encontrarían y harían estudios sobre las drogas que usaba para sus estudios. Todo eso generaría un caso frente al cual ella no podría defenderse.

Pero la parte que sumaba una angustia infinita sobre el inexplicable dolor que ya sentía por la muerte de su hija, era el hecho de que la había utilizado como sujeto de prueba, después de haberle prometido a su marido que no haría pruebas en humanos.

Encima del imposible duelo por la muerte de su hija, vendría una acusación, una condena, una prisión.

No podía pensar. Había sufrido un trauma ella misma.

Su mente estaba atrapada en una única imagen: su hija sobre aquella camilla, con su pequeño torso desnudo, conectado a los monitores y el vestido que habían comprado esa misma mañana, aún colgado del respaldo de la silla junto a la camilla.

El cielo comenzó a oscurecerse lentamente sobre la ciudad. Ya habían pasado horas.

Finalmente se levantó y tomó el teléfono. Buscó un número y llamó.

Se escuchó la voz de un hombre que respondió pero ella no pudo hablar inmediatamente.

Después de unos largos segundos, finalmente consiguió decir:

—Lorenzo...

Él no dijo nada inmediatamente. Era como si estuviera anticipando malas noticias.

—Necesito que vengas.

Hizo una breve pausa.

—Lo arruiné.

Hizo otra pequeña pausa.

—Lo arruiné todo.

Comenzó a llorar.

—Maté a nuestra hija.

Lorenzo se quedó en absoluto silencio. El silencio se extendió por unos segundos y luego otros más.

Para Carolina, esos segundos parecieron durar una eternidad.

Finalmente escuchó su voz.

—Quédate ahí.

Ella no respondió.

—Voy a buscarte en unos minutos.

Bellini terminó la llamada. Dejó el teléfono sobre su escritorio y golpeó la madera con el puño con tanta fuerza que el impacto hizo que una pequeña parte del borde se astillara.

Por unos momentos, se quedó sentado detrás de su escritorio, simplemente mirando hacia adelante, pensando, evaluando posibilidades. Era como si no pudiera terminar de aceptar lo que acaban de decirle. Parecía surreal.

Finalmente se levantó y tomó su abrigo.

Sobre su escritorio había un expediente. Lo tomó también y, sin mirar atrás, salió de la estación de policía.

Cuando llegó a su casa, Carolina estaba sentada sin decir una palabra.

Parecía haber envejecido años. No podía articular una frase completa.

No parecía estar allí realmente.

Pasó junto a ella y entró en la habitación, donde el cuerpo de su hija yacía sin vida sobre la camilla improvisada.

Se acercó y la miró. Eso fue todo lo que hizo falta para darle un tono real a la situación.

Se derrumbó y comenzó a llorar desconsoladamente. Permaneció junto a su hija durante casi una hora.

Cuando finalmente consiguió levantarse, volvió junto a su mujer.

Ella le explicó todo con lujo de detalle. Le habló de esa mañana, de la farmacia, del centro comercial, del vestido, de las dos píldoras, del experimento y de la promesa que había hecho esa mañana.

Le contó también de cómo, incluso si había sido por unos segundos, Mia había vuelto a hablar.

Le contó de cómo había muerto.

Lorenzo escuchó todo. Estaba furioso. Una furia tan profunda que durante varios momentos no consiguió hablar.

Cuando finalmente recuperó la capacidad de decir algo, no dijo nada.

Porque seguía amándola. Incluso entonces. Aunque en aquel momento hubiera deseado con todas sus fuerzas que quien estuviera sobre aquella camilla fuera alguno de ellos dos, en lugar de su hija.

Carolina lo miró.

—No puedo vivir así.

Él no respondió.

—No puedo seguir viviendo sabiendo que la maté.

Comenzó a llorar nuevamente.

—No puedo ir a prisión.

—Carolina...

—No podría soportarlo.

Lo miró directamente.

—Necesito que me mates.

Él se quedó inmóvil.

—Si no lo hacés vos, voy a hacerlo yo.

Él no tenía respuesta para darle, de manera que simplemente se quedó mirándola en silencio.

Ella continuó igualmente:

—No puedo vivir con esto.

Bellini respiró profundamente y exhaló con resignación.

Miró nuevamente hacia la habitación donde estaba su hija y después volvió a mirar a su esposa.

Fue ahí cuando comenzó a pensar, no como esposo o como padre, sino como detective. Como alguien que necesitaba encontrar una salida donde no existía ninguna.

Miró a su esposa a los ojos y habló.

—Hay una forma que se me ocurre.

Carolina levantó la mirada.

—¿Cuál?

Lorenzo pensó unos segundos antes de continuar.

—Tú sabes lo que puede hacer la escopolamina.

Ella lo miró.

—Lorenzo...

—Puede provocar pérdida de memoria.

—No así.

—Tú misma me dijiste que todavía no habías encontrado la concentración adecuada.

En ese momento, ella comprendió lo que su marido estaba diciéndole.

—No.

—Escúchame con atención, Carolina.

—No. No es como vos pensás. No creo que funcione.

—Sí funcionará, si tomas suficiente cantidad...

Ella negó con la cabeza.

—Eso podría matarme.

Él la miró a los ojos, intentando comunicar sus sentimientos más allá de las palabras.

—Lo sé.

Ella permaneció en silencio.

—Y si no te mata —continuó él—, hay una posibilidad de que destruya el acceso a tus recuerdos.

—Podría dañar permanentemente mi sistema límbico.

—¿Es así como se llama?

Ella asintió con la cabeza lentamente.

—El hipocampo. La amígdala. Las estructuras relacionadas con la memoria.

—Entonces eso es lo que necesitamos.

Ella lo miró horrorizada.

—¿Qué estás proponiendo?

—Estoy proponiendo que si sobrevives a tomar tu propia droga, que olvides lo que sucedió completamente.

Carolina no respondió.

—Todo —continuó Lorenzo—. Tu identidad, tu vida, esta casa, tus estudios, tu trabajo, a mí… —hizo una pausa donde tuvo que hacer un esfuerzo notorio para no largarse a llorar nuevamente—, y a Mia.

Al escuchar el nombre de su hija, ella cerró los ojos.

—Si funciona, no recordarás nada de lo ocurrido.

—¿Y después?

Lorenzo tomó la píldora roja.

—Después tenemos esto.

Ambos observaron la cápsula roja que Bellini sostenía en su mano.

—¿La fisostigmina?

—Exacto. La utilizaremos para ayudar a formar nuevos recuerdos.

El plan que su marido le estaba proponiendo, podía funcionar realmente, ella lo sabía. Pero así y todo, algo no le cerraba.

—Querés crearme otra identidad.

—Sí. Otra vida distinta.

—Pero ¿quién?

Él pensó durante unos segundos antes de contestar.

—Una mujer que murió, de un caso que me acaban de asignar en la estación. Se parece a ti. Podría funcionar.

Ella levantó la mirada buscando más información. Él le explicó que, aquel mismo día, había sido llamado para investigar el hallazgo de un cuerpo dentro de un automóvil en Madrid.

La mujer era argentina y tenía una edad muy cercana a la de Carolina. Pero más importante aún, sus rasgos físicos eran muy parecidos: el color del pelo, la piel, la altura, el tipo de figura.

El cuerpo todavía se encontraba en el automóvil, esperando ser retirado por los servicios forenses.

—Podemos hacer que desaparezca —dijo Lorenzo—. De esa manera podrías empezar una nueva vida bajo esa nueva identidad.

Carolina lo miró.

—¿Hacer que desaparezca qué? ¿El cuerpo, decís?

—Sí.

—Pero alguien vendrá a buscarla. ¿Cómo se llamaba?

—Su nombre era Sofía Álvarez.

—Alguien vendrá a buscar a esta mujer, Sofía Álvarez, y todo el plan se va a desmoronar.

—No. Ya lo tengo pensado.

Bellini le explicó que utilizarían sus contactos para interceptar el traslado al depósito forense y hacer que el cadáver fuera llevado a otra jurisdicción.

También tomarían sus pertenencias: las llaves, los documentos y todo aquello que pudiera ayudar a construir la nueva identidad.

Luego, irían a la dirección que figuraba en el expediente, entrarían utilizando las llaves, tomarían su ropa.

Carolina podría probarse algunas prendas para asegurarse de que el talle le quedara bien y elegir las que le quedaran mejor.

Todo terminaría dentro del maletero del automóvil del inspector. Y mientras tanto, uno de los contactos de Bellini se encargaría de notificarlos de la llegada del cuerpo de Sofía Álvarez para que pudiera retirarlo bajo un pretexto falso y hacerlo desaparecer.

Después tendrían que hacer desaparecer también el cuerpo de Mia.

Bellini decidió que utilizarían una caja para transportarla para no llamar la atención de ningún curioso. Nadie tendría motivos para imaginar lo que había dentro.

Carolina se tomó un largo tiempo antes de acceder a avanzar con el plan que su marido parecía tener ya tan bien ideado.

El detective tomó su teléfono e hizo un llamado. Esperó a que la persona a la que había llamado atendiera.

—Carlos. Soy yo, Bellini. Necesito un favor.

Durante unos minutos, el detective procedió a explicarle a su contacto el favor que necesitaba: solo necesitaba que su contacto le avisara al momento de la llegada de un cuerpo de una mujer esa misma noche.

La conversación fue sorprendentemente transaccional. El contacto del inspector no parecía tener demasiadas objeciones. Lorenzo escuchó atentamente la respuesta de la persona con la que hablaba.

—Carlos, todo lo que necesito que me avises. Yo me encargo del resto.

Bellini esperó unos segundos.

—Carlos, me debes esto cuanto menos.

Unos segundos después, el detective agradeció al hombre con el que hablaba y terminó la llamada.

Había llegado el momento ahora de asegurarse de que el cuerpo de la mujer que la policía había hallado en el automóvil fuera trasladado a otra jurisdicción.