El Otro Nombre Capítulo 29 El otro nombre #2
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Capítulo 29 El otro nombre #2

—Sé por qué llevas meses haciendo esto y por qué estás tan empecinada en tener los resultados que deseas.

Ella no respondió.

—Es por Mia, ¿no es así?

La cara de Carolina cambió súbitamente. Su expresión era de enojo. Algo la había herido más allá de las palabras.

—No vuelvas a decirme eso.

—Carolina...

—No.

—Sé que es por ella.

—Mi investigación no es sobre nuestra hija.

—Claro que lo es.

Ella se levantó.

—Mi investigación puede ayudar a millones de personas. ¿Creés que sería tan miope de dedicar mi carrera, mi tiempo y mi reputación profesional, persiguiendo una cura milagrosa para mi propia hija?

—Debes admitir que si bien ahora podría potencialmente ayudar a muchos, la investigación comenzó con ella.

La expresión en el rostro de Carolina cambió y sus ojos se llenaron de lágrimas con gran rapidez.

—Mia tenía tres años. Era todavía un bebé.

No pudo contenerse más frente al recuerdo de aquel día. Comenzó a llorar desconsoladamente.

Recordaba perfectamente aquel día.

Ya estaban en España hace un tiempo. Sus padres, los abuelos de Mia, habían decidido viajar a Madrid para compartir un verano con ellos.

Un jueves por la mañana, mientras Carolina estaba en el laboratorio realizando algunas pruebas en pacientes diagnosticados con estrés postraumático, la niña había quedado con la abuela en la casa.

A las 13:52 Carolina recibió un llamado en su teléfono móvil. Salió del consultorio, excusándose con un paciente que estaba recostado sobre una camilla, conectado por medio de electrodos a una máquina que parecía estar monitoreando su actividad cerebral.

El llamado era de la policía. Había habido un accidente. Su madre había tomado su auto prestado para llevar a su nieta a la plaza más cercana.

Cuando estaba cruzando la avenida principal, un camión se salteó un semáforo y embistió el vehículo.

El automóvil quedó destrozado. Las personas que circulaban cerca intentaron inútilmente abrir las puertas del conductor y del asiento de pasajeros.

La ambulancia tardó exactamente veintisiete minutos en llegar a la escena. Desgraciadamente, para ese momento, su madre, la abuela de Mia, ya había fallecido.

Los bomberos tardaron dos minutos más que la ambulancia en alcanzar el lugar del accidente, y otros nueve minutos en cortar los paneles laterales del auto para poder remover a los pasajeros.

La niña sobrevivió gracias a estar ajustada al asiento de niños que Carolina y su marido habían comprado poco después de su nacimiento.

Sin embargo, Mia tuvo una fractura de pelvis y una conmoción cerebral grave, aunque no perdió la conciencia hasta minutos después que los bomberos lograran rescatarla.

Tal como le informó la Policía, la niña estaba aún consciente cuando vio morir a su abuela.

Desde entonces no había vuelto a hablar. Dos años pasaron desde el accidente, pero la niña todavía no pronunciaba una sola palabra.

El trauma también había afectado su capacidad para comunicarse y relacionarse con otras personas. Los especialistas habían hablado de un tipo de mutismo asociado al trauma psicológico.

Carolina había escuchado todas aquellas explicaciones, había leído todos los estudios, había estudiado cada tratamiento disponible y había comenzado a buscar una respuesta.

Pero aun así, no quería admitir que había convertido la tragedia de su hija en el centro de su investigación.

—Esto no es solamente por Mia —dijo finalmente.

Su marido resopló.

—Esto puede cambiar la vida de millones de personas —continuó explicando.

—Entonces prométeme que no vas a probarlo en un ser humano hasta estar segura de haber reducido cualquier tipo de riesgos y posibles daños permanentes en pacientes, no importa si son voluntarios o que te hayan desligado a ti o a tu compañía de cualquier responsabilidad.

Ella lo miró.

—Pero…

—Sin peros. Prométemelo.

Carolina se dio vuelta y observó las pilas de documentos sobre el escritorio y, luego de unos largos segundos, finalmente asintió.

—Está bien. Te lo prometo.

—Sólo animales hasta que sea seguro, ¿sí?

—Sí. Sólo animales.

Él se acercó, la besó, y finalmente salió para ir a trabajar.

Carolina permaneció unos segundos mirando la puerta cerrada, se volvió nuevamente hacia los documentos que había pasado casi toda la noche repasando y estudiando y tomó una decisión.

Se cambió con rapidez, despertó a su hija, como hacía cada mañana, la cambió y preparó para salir y bajaron las escaleras.

Caminaron juntas, de la mano, hacia el automóvil.

La subió, colocándola cuidadosamente en la silla ubicada en el lado derecho del asiento trasero, pero en lugar de doblar en la esquina a la izquierda como cada mañana para llevarla al jardín de infantes, siguió una calle más, dobló hacia la derecha y manejó rumbo a El Corte Inglés.

Estacionó a unas cuadras, cerca de Callao y comenzaron a caminar. A unas pocas cuadras del edificio, tomó la mano de su hija y la guió hacia el interior de una farmacia.

—Buen día. ¿Qué necesitaba?

—Mi nombre es Dra. Carolina Halmers. Vengo a retirar un paquete que me ha dejado el laboratorio a nombre de mi empresa, CHALMERS S.L.U.

—Muy bien. Aguarde un momento, por favor.

La empleada ingresó unos datos con el teclado que estaba sobre el mostrador y luego se giró hacia un pequeño armario posicionado justo detrás del mostrador principal de la farmacia.

Unos segundos luego, se giró nuevamente.

—Aquí tiene. Entiendo que ya está todo pago. Le pido que firme aquí.

Le ofreció una hoja con la palabra “Recibo” impresa en la parte de arriba. Carolina ingresó su nombre completo, número de documento, número de matrícula, tal como le solicitaba el documento, y firmó sobre la línea punteada.

Mia estaba parada junto a ella, mirando hacia arriba, tratando de observar lo que sucedía arriba del mostrador. Su madre la tomó de la mano y la guió hacia la salida.

Una vez afuera del local, caminaron hacia el edificio de El Corte Inglés, situado a unas pocas cuadras.

Durante un rato caminaron juntas por la tienda, mientras ambas miraban los escaparates.

Se detuvieron frente a uno de ellos. Mia había fijado la mirada en un vestido particularmente bonito.

—¿Te gusta?

La niña la observó sin hacer ningún gesto como respuesta.

Carolina sonrió y la tomó nuevamente de la mano. Entraron, pidieron el vestido y entraron juntas al probador para asegurarse de que el talle fuera el correcto.

—Te queda hermoso el vestido, hijita. ¿Lo llevamos?

La niña la miró nuevamente a los ojos y eso fue suficiente respuesta, al menos para Carolina.

Salieron del probador y compraron el vestido.

Unos minutos más tarde, ya se encontraban en el automóvil, en camino de regreso a la casa.

Apenas llegaron a la casa, Carolina miró a su hija y le dijo:

—Mamá tiene algo que te va a ayudar. Ya vas a ver.

Preparó velozmente una pequeña habitación para realizar el procedimiento. No era un laboratorio ni tampoco parecía un hospital. Pero había preparado todo lo necesario para controlar las funciones vitales de su hija.

Había improvisado una camilla con un colchón para invitados que todavía estaba envuelto en su plástico original.

Recostó a su hija sobre la camilla, conectó electrodos en el pecho y cabeza de la niña, encendió los monitores y los instrumentos de medición.

Había revisado cada elemento varias veces.

—Todo va a estar bien —le dijo—. Sólo es un ratito cortito y vas a ver lo bien que te sentís.

La niña la miró pero no cambió su gesto en lo más mínimo.

Carolina abrió la bolsa que había retirado de la farmacia, tomó un frasco con la inscripción SC-214. Era una píldora verde con la inscripción del nombre del laboratorio que la había producido al costado de la misma.

La sostuvo durante unos segundos en su mano y luego miró nuevamente a su hija.

—Quiero que tomes esto.

Mia se incorporó, tomó la pastilla con su pequeña mano y la puso sin dudarlo en su boca.

Su madre le alcanzó un vaso con agua, la cual tomó para ayudarse a tragar la pastilla, y volvió a recostarse sobre la camilla.

Carolina tomó nota de la hora de administración de la primera droga y esperó, mirando el reloj periódicamente.

Durante los primeros minutos no ocurrió nada extraordinario. Desde el costado de la cama, observó las pantallas, los números, las líneas, la actividad cerebral y el ritmo cardíaco, tomando notas de los valores junto al tiempo de medición.

Luego de un tiempo total de veintitrés minutos, la niña la miró desde la camilla.

—Mamá.

Carolina se quedó helada. Durante un instante creyó haberlo imaginado.

—¿Qué dijiste?

Mia volvió a mirarla.

—Mamá.

Carolina se llevó una mano a la boca y sus ojos se le llenaron de lágrimas.

—Mia...

La niña sonrió, e inmediatamente dijo:

—Papá.

Carolina comenzó a llorar. La abrazó y la sostuvo con fuerza.

Después de dos años de silencio, su hija había vuelto a hablar.

—¡Dios mío! —La abrazó nuevamente—. Estás hablando.

La pequeña apoyó la cabeza contra ella mientras su madre lloraba de la emoción.

Entonces habló nuevamente.

—Mamá...

Carolina se separó ligeramente de ella.

—¿Sí?

—No me siento bien.

Carolina miró las pantallas. Los monitores comenzaron a emitir sonidos. Primero uno. Después otro. De repente, todas las alarmas se activaron al mismo tiempo.

La actividad cerebral comenzó a descender y el ritmo cardíaco de Mia aumentó rápidamente.

—No. No puede ser.

Carolina comenzó a moverse de un lado a otro, revisando los monitores y las conexiones.

Intentó revertir el efecto, administrando medicamentos, incluyendo fármacos digitálicos y otras sustancias que esperaba pudieran controlar el ritmo cardiaco.

Pero la situación continuó empeorando.

—Mia.

La niña dejó de responder. Carolina intentó estimularla.

—Mia, mirame.

Nada. La niña no reaccionaba.

Los números continuaron cambiando, hasta que comenzaron a detenerse.

Unos minutos después, el corazón de su hija dejó de funcionar.

El otro monitor mostró que su actividad cerebral había desaparecido.

Comenzó a realizar maniobras para intentar reanimarla.

Una y otra vez, sin detenerse.

—Vamos.

Los monitores no mostraban cambios.

—Mia. Hija.