Capítulo 29 El otro nombre
Madrid todavía no había terminado de despertar de un fin de semana con un clima fresco y poco amigable, y la luz gris del amanecer apenas comenzaba a entrar por las ventanas de un departamento situado en una de las tantas calles que atravesaban la ciudad.
Carolina Halmers estaba sentada frente a una computadora portátil.
Sobre el escritorio había varios documentos, algunas hojas con anotaciones manuscritas, gráficos, resultados de laboratorio y una pequeña libreta en la que había escrito fórmulas y observaciones durante los últimos meses.
Ya llevaba varias horas trabajando desde la madrugada.
Había estudiado Medicina en Argentina. Había conocido a su marido a través de un amigo en común, en una celebración por su graduación, mientras él se encontraba vacacionando en la ciudad, visitando a unos amigos de la infancia.
No pasó demasiado tiempo antes de que ambos comenzaran una relación.
Durante un tiempo, compartieron un pequeño departamento en el barrio porteño de Belgrano.
La relación avanzó sorprendentemente rápido. Tanto, que él pidió extender su licencia en el trabajo, que lo esperaba ansiosamente en Madrid para poder compartir más tiempo junto a ella. Se casaron poco después.
Y unos meses más tarde ese año, nació su hija Mia y sus vidas cambiaron completamente.
Después de algunos meses, Carolina y su marido se trasladaron a Madrid, bajo la promesa de una mejor y más estable situación económica, sumado al proyecto de Carolina de continuar estudiando y especializándose en investigación neuropsicológica.
Tras meses de largos trámites burocráticos, había logrado ingresar a la Universidad Rey Juan Carlos, obteniendo una beca de investigación centrada en los efectos de la psicofarmacología en el tratamiento del trauma psicológico agudo.
Una vez completado su curso de posgrado, y habiendo investigado paralelamente durante un largo tiempo, creó su propia empresa privada de investigación a la que nombró CHALMERS S.L.U.
Ya desde hacía algunos meses trabajaba secretamente en un proyecto que no había compartido completamente con nadie, ni siquiera con su marido.
Había comenzado investigando los efectos de diferentes sustancias sobre los mecanismos de formación y recuperación de la memoria. Poco a poco, su investigación comenzó a concentrarse en una posibilidad mucho más ambiciosa.
Había descubierto un tiempo atrás, por accidente, que la escopolamina podía utilizarse para producir un estado inducido de amnesia retrógrada, evitando que las personas bajo tratamiento pudieran acceder a recuerdos a largo plazo.
La idea era utilizar ese estado para tratar determinados casos de trauma psicológico.
Si un paciente pudiera olvidar una experiencia traumática específica, pensaba Carolina, quizá sería posible intervenir durante ese período y ayudar al cerebro a formar nuevas asociaciones.
La segunda parte de su investigación requería el uso de otra droga: la fisostigmina.
Según su hipótesis, la sustancia podía ayudar a regular determinados procesos relacionados con la forma en que el cerebro absorbía nueva información durante una ventana particularmente sensible.
Había escrito en su cuaderno, sus observaciones tras meses de investigación:
“Es como si el sujeto estuviera bajo el efecto de un proceso hipnótico. La información que le sea brindada tras la ingestión de la droga en las concentraciones adecuadas, se volverá nuclear en el desarrollo de la vida del sujeto. Es casi como si el cerebro le dijera al cuerpo de no excederse más allá de los límites de la información brindada durante el tratamiento con fisostigmina. La fijación de los nuevos recuerdos parecería estar directamente relacionada con el efecto amnésico de la escopolamina.”
Eso es lo que había descubierto: escopolamina para olvidar y fisostigmina para abrir una ventana durante la cual pudieran introducirse nuevas experiencias, nuevas imágenes y nuevas asociaciones. Construir nuevos recuerdos. Recuerdos que serían definitorios de la nueva historia del paciente.
El objetivo final era que esas nuevas experiencias pudieran transformarse en recuerdos que el paciente percibiera como reales, reemplazando a los recuerdos de un trauma que le impedía vivir su vida con normalidad.
Carolina sabía que era peligroso. El problema era la concentración.
Había realizado ya doscientos trece ensayos y ninguno había funcionado como esperaba.
Todos habían producido algún grado de amnesia de corto o mediano plazo, pero ninguno había conseguido el resultado que buscaba.
El problema era la dosis.
Durante los últimos ensayos clínicos, había aumentado cuidadosamente la concentración y la exposición para evitar provocar daños permanentes en las estructuras del sistema límbico, especialmente aquellas relacionadas con la memoria, como el hipocampo y la amígdala.
No quería destruir la memoria sino que quería aprender a controlarla.
Y ahora estaba a punto de realizar el ensayo número doscientos catorce.
Envió la orden a su laboratorio de confianza en Madrid, asociando un nombre a cada una de las sustancias solicitadas: SC-214 para la nueva concentración de escopolamina y ARX-214 para la de fisostigmina.
Había recibido un mensaje del laboratorio el día anterior para avisarle que la orden ya estaba lista para ser retirada.
Carolina, sin embargo, prefirió hacer uso del servicio de mensajería utilizado por el laboratorio y solicitó que se lo enviaran a la farmacia situada a pocos pasos de un concurrido edificio comercial de Madrid.
Se pasó buena parte de la noche estudiando modelos predictivos, derivados de los resultados de ensayos clínicos anteriores. Las notas ahora estaban sobre su escritorio.
Aquella mañana, antes de que su marido se marchara a trabajar, tuvieron una conversación acerca del experimento.
—Estás nerviosa —le había dicho él.
Carolina sonrió.
—Estoy nerviosa y emocionada.
—Eso es una receta para algo muy bueno, o algo muy malo.
Él se rió y ella inmediatamente comenzó a reír también.
Ella tomó sus notas de la noche anterior y se las mostró.
—Esta vez es diferente.
Su marido, quien en repetidas ocasiones había compartido largas charlas sobre los métodos y resultados de los diversos experimentos, ya se sentía cómodo discutiendo los detalles de la investigación.
Adicionalmente a todas las conversaciones, durante la hora de la cena, había también observado en repetidas ocasiones los videos que su esposa le había enseñado, demostrando los efectos en pacientes voluntarios, tras la administración de ambas drogas, en ambientes controlados.
Él ojeó los documentos que su esposa le estaba compartiendo. Intentó leer las columnas y filas de los reportes impresos en las hojas, cargadas de cifras y evoluciones de curvas de concentración en plasma e indicadores de tiempos de administración.
—No entiendo lo que me quieres mostrar. Son las cifras habituales, ¿no? ¿Qué tiene de diferente esta vez?
—La concentración, ¿ves? —señaló una columna específica con su dedo índice—. Lo estuve pensando mucho últimamente y voy a hacerlo. Voy a probar una dosis el doble de alta que durante la última prueba.
Él la miró inmediatamente.
—Carolina...
—Si sigo subiendo la dosis gradualmente, podría estar años sin ver resultados. Necesito duplicar la dosis y documentar los resultados. Sé lo que estoy haciendo.
—Eso es exactamente lo que me preocupa. Es precisamente lo que suelen decir las personas antes de hacer algo terrible. Generalmente, algo irreversible.
Ella intentó explicarle nuevamente su teoría.
Le habló de los resultados de los últimos meses, de los pacientes con trastorno de estrés postraumático que algún día podrían beneficiarse de aquello, de las posibilidades que se abrirían si conseguía demostrar que era posible interrumpir temporalmente el acceso a determinados recuerdos traumáticos y después ayudar al cerebro a construir nuevas asociaciones.
Su marido la escuchó con atención. Por unos momentos se olvidó de la hora y de lo tarde que se le estaba haciendo para salir para el trabajo. Sin embargo, a pesar de haber escuchado todo con detenimiento, aún no estaba convencido.
—Has pasado meses diciéndome que no puedes aumentar demasiado la dosis, porque podría ser peligroso para la salud de los pacientes.
—Eso era porque necesitaba encontrar el punto adecuado. Pero hasta ahora, la dosis nunca fue suficiente.
—Y ahora quieres probar una concentración directamente el doble de alta. Carolina, yo no soy médico ni científico. Tú eres la experta, pero subir la dosis directamente al doble suena irresponsable.
—Tenés razón en algo que dijiste: yo soy la experta. Confía en mí.
—Experta en arrogancia, querrás decir. ¿Qué pasaría si uno de tus pacientes sufre daños irreversibles?
—Pero para eso son voluntarios. Firman un documento que me libera de cualquier…
—¡Carolina! —interrumpió su marido—. ¿Acaso te estás oyendo a ti misma?
Ella guardó silencio. Su marido respiró profundamente.
—Lo que dices no parece ético. Saltearse los pasos y precauciones que tanto has mencionado en los últimos meses, suena más a capricho que a ciencia.
Es una responsabilidad que no puedas asumir.
Si algo sale mal, puedes causar una pérdida de memoria grave.
Puedes provocar daños permanentes. Puedes terminar con una demanda, perder tu licencia, cerrar la empresa...
—¿Y si funciona?
—¿Y si no?
La discusión comenzó a subir de tono, con ella defendiendo su investigación con una intensidad que su marido ya conocía bien.
—¿Sabe cuántas personas podrían beneficiarse de esto?
—Sí, me lo has dicho. Lo entiendo y puedo también imaginarlo.
—No, mi amor, no creo que puedas.
—Carolina —El tono se volvió más severo de repente—. Claro que lo entiendo. No soy tonto. Sólo creo que existe una lista de cuidados que un científico debería seguir para poder…
—No. No lo entendés porque te estás enfocando en lo que podría salir mal y yo estoy enfocada en lo que podría salir bien.
Él la observó durante unos segundos en silencio. Finalmente dijo:
—Sé por qué haces esto.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?