Capítulo 28 Las piezas
Tres días antes del incidente en el aeropuerto, en una habitación con sólo una pequeña ventana que miraba a las calles de Madrid, un hombre se encontraba sentado frente a una computadora portátil.
La habitación estaba en silencio y sobre el escritorio había varios documentos impresos, una taza de café y un teléfono celular.
El hombre tomó uno de los documentos y lo leyó nuevamente.
—“Sofía Álvarez”
Debajo del nombre había información personal, fechas y una dirección en Madrid.
Una vez terminó de leer el documento completo, tomó un sorbo de su café, miró la hora en la pantalla del teléfono y volvió a leer todo nuevamente.
Cuando terminó de leerlos por segunda vez, tomó el teléfono y realizó una llamada.
—¿Está listo?
Escuchó durante unos segundos.
—No. Necesito que aparezcan en el expediente.
Otra pausa.
—Sí. El nombre completo. Todo lo demás puedo llevarlo yo.
Miró nuevamente el documento.
—Sofía Álvarez.
Espero unos segundos.
—Una cosa más. Asegúrese de que las cámaras estén apagadas a partir de hoy. Muchas gracias.
Terminó la llamada y dejó el teléfono sobre el escritorio, luego de lo cual, abrió un archivo en la computadora.
El expediente contenía fotografías, informes y varias páginas relacionadas con una mujer cuya identidad todavía figuraba como desconocida.
El hombre revisó cada una de ellas. Después abrió otra carpeta con varias fotografías adentro.
Las observó durante unos segundos y seleccionó algunas. Las colocó en un nuevo archivo:
Una fotografía de una mujer caminando con una caja en brazos, otra tomada en el interior de un departamento, otra que mostraba una imagen en el reflejo de la puerta de un auto.
El hombre permaneció mirando la pantalla unos momentos y después guardó el archivo.
Tomó un sobre que estaba junto a la computadora y escribió una dirección.
Lo dejó sobre la mesa y luego miró su teléfono. Había recibido un mensaje.
Lo leyó y respondió brevemente. Sin perder tiempo, volvió a concentrarse en la computadora.
Horas más tarde, el hombre salió de la oficina y comenzó a caminar tranquilamente por una calle de Madrid.
Entró en un hotel.
Se acercó al mostrador y esperó hasta que el empleado terminó de atender a otro huésped.
Cuando llegó su turno, se acercó un paso más al mostrador.
—Necesito saber si tiene disponibilidad.
El empleado escribió algo en la computadora.
—¿Para qué fecha?
El hombre respondió.
—Para dentro de tres días.
El empleado continuó escribiendo.
—¿Alguna preferencia?
El hombre lo pensó unos momentos.
—La habitación 214.
El recepcionista levantó brevemente la mirada.
—¿La 214? Por lo general cuando se pregunta por preferencias, la idea es saber si prefiere una o dos camas, aire acondicionado, etc.
—Sí, lo sé. Mi preferencia es la habitación 214.
El hombre detrás del mostrador accedió al pedido y comenzó a chequear el sistema.
—Sí, la 214 estará disponible en esa fecha. ¿Quiere hacer la reserva ahora?
—No. Necesito confirmar unos detalles previamente y confirmaré por teléfono más tarde.
El empleado del hotel le entregó una tarjeta con el nombre y número de contacto del hotel.
—Muchas gracias. Esperamos su llamado entonces para realizar la reserva.
El hombre se dio vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta de salida. Antes de salir, miró una vez más hacia el mostrador y luego salió del edificio.
Esa misma tarde, luego de manejar por las atestadas calles de Madrid, llegó hasta un edificio con aspecto de haber sido abandonado hace años. Estacionó en la acera del lado de enfrente y se quedó unos minutos observando la fachada.
Cruzó la calle y luego entró al edificio, mirando hacia ambos lados, para asegurarse de que nadie lo estaba siguiendo.
Una vez adentro, subió lentamente las escaleras hasta el primer piso y golpeó una puerta.
Una mujer abrió y lo saludó cordialmente. El hombre entonces le explicó algo en voz baja.
La mujer escuchó atentamente, abriendo los ojos con sorpresa.
—¿Está seguro?
—Sí. Debe ser así.
—¿Y qué debo hacer?
El hombre le entregó una hoja de papel.
—Sólo memorice y dígale lo que está escrito aquí.
La mujer leyó el papel y después levantó la mirada.
—Ay no sé. Tendría que consultarlo con mi Arturo.
El hombre sonrió amablemente.
—No hay problema. Hable tranquila con el señor. Yo la espero.
—¿Qué señor?
—Arturo. Me dijo que quería consultarlo con él.
—Mi Arturo no está aquí. Nos dejó hace un poco más de 5 años.
—Señora, ¿se encuentra usted bien?
—¿Por qué siempre me pregunta eso? ¿Acaso tengo cara de estar mal?
—No, para nada. Es simplemente una cordialidad la pregunta. Entonces, ¿puede hacer eso o no?
—Ah sí, por supuesto. No hay ningún inconveniente. La queremos tanto a Sofía. ¿A partir de cuándo sería?
—Cuando llegue. En unos días.
—¿Y si hace preguntas sobre eso que…?
El hombre no la dejó terminar la pregunta.
—No responda más de lo necesario. Trate de no irse lejos de la información que le estoy dando.
—No se preocupe. Mi Arturo y yo siempre fuimos buenos actores. Será un placer recibirla.
El hombre sonrió.
—No lo dudo. Muchas gracias por todo.
La mujer extendió su mano repentinamente y acarició la mejilla derecha del hombre parado delante de ella.
El hombre extendió su brazo, tomó la mano de la mujer, y suavemente la posicionó delante de él con las palmas hacia arriba. Inmediatamente, le depositó sobre ella un fajo de billetes de cien euros que había sacado del bolsillo de su saco momentos antes.
La mujer asintió con una sonrisa tierna y guardó el dinero sin hacer más preguntas.
El hombre hizo un gesto con la cabeza, dio la vuelta y se marchó, bajando las escaleras con cuidado.
Esa noche, volvió a sentarse frente a su computadora y abrió nuevamente el archivo.
Revisó los documentos, abrió una página diferente y buscó información sobre una empresa.
La pantalla mostró varios datos.
El hombre tomó el teléfono y marcó el número indicado en la pantalla de la computadora.
Esta vez la llamada fue más larga y habló durante más tiempo.
—Sí.
Escuchó.
—Dos unidades.
Otra pausa.
—Una verde y una roja.
Miró hacia un papel que tenía junto a la computadora.
—No, no necesito que aparezcan con ese nombre.
Escuchó nuevamente.
—El laboratorio se encargará de eso.
Terminó la llamada pero se quedó unos segundos mirando el teléfono. Unos segundos más tarde, lo dejó sobre el escritorio.
Sacó la tarjeta del hotel, que había guardado en el bolsillo izquierdo de su saco, tomó el teléfono nuevamente y marcó el número de contacto para reservas. El teléfono sonó sólo una vez antes de que un empleado atendiera del otro lado.
—Reservas, buenas noches.
—Buenas noches, quisiera realizar una reserva.
—Con mucho gusto, señor. ¿Para qué fecha sería la reserva?
—Dentro de tres días. Pero tiene que ser la habitación 214. Estuve más temprano por ahí y me informaron que estaba disponible. ¿Sigue siendo así?
El hombre escuchó ruidos del empleado presionando algunas teclas. Y unos segundos después, el empleado volvió a hablar.
—Sí, la habitación 214 se encuentra disponible para reserva para esa fecha.
—Entonces me gustaría confirmar la reserva. ¿Qué información necesita?
—Sólo nombre y documento o número de pasaporte.
—La reserva debe estar bajo el nombre de Sofía Álvarez.
El empleado ingresó la información en su sistema y, un segundo después, el hombre le dictó el número de documento de Sofía Álvarez para completar el trámite.
—Perfecto. La reserva ya está confirmada. ¿Quisiera dejarme una dirección de correo para que le envíe la confirmación por ese medio?
—No será necesario, muchas gracias. Buenas noches.
El hombre terminó la llamada y fijó nuevamente su mirada en la pantalla de su computadora, aun encendida en la mesa frente a él.
Al día siguiente, el hombre recibió un mensaje durante las horas de la mañana.
Lo abrió y leyó la confirmación. Escribió una respuesta y presionó el botón de enviar.
No parecía haber nada más que hacer.
Pero antes de cerrar la computadora, abrió nuevamente el archivo y buscó el nombre.
Sofía Álvarez.
Lo observó durante unos segundos y después cerró el archivo.
Unos minutos más tarde, tomó su teléfono y marcó un número.
—Sí. Soy yo. Necesito una entrega.
Escuchó por unos momentos.
—Es un sobre que todavía no tengo en mi poder, pero lo tendré pronto.
Esperó nuevamente, escuchando a la persona del otro lado de la línea.
—Menos de 10 gramos más el peso del papel. Sería retirar de una dirección y entregar a un hombre en un auto.
Una vez más la persona del otro lado hizo alguna pregunta y el hombre escuchó atentamente.
—Aún no tengo su ubicación. Pero podré compartirles su ubicación el día de la entrega. ¿Pueden hacer eso?
La persona a la que había llamado entendió las instrucciones a la perfección y accedió, repitiendo los detalles del pedido a modo de confirmación.
El hombre escuchó unos instantes hasta quedar conforme con la confirmación.
—Muchas gracias. Que tenga buen día.
El resto de su día ocurrió sin eventos relevantes. Envió algunos correos con su computadora durante la tarde pero eso fue todo.
A la mañana del día siguiente, un día antes de que Sofía Álvarez se enterara de que estaba muerta, el hombre se encontraba en un restaurante. Era un lugar tranquilo, no demasiado lejos del centro de Madrid.
Sobre la mesa sólo había un vaso con agua y una computadora portátil.
Abrió la tapa de la computadora y esperó unos segundos antes de comenzar a escribir.
Entró en la plataforma del Registro Civil electrónico de España. La pantalla mostró una barra color amarillo con las inscripciones correspondientes a la DICIREG.
La página solicitó sus credenciales, las cuales el hombre ingresó sin problemas y esperó a que la plataforma terminara de cargar.
Accedió a la búsqueda de personas y, sin dudarlo, escribió el nombre Sofía Álvarez.
Con gran rapidez, la plataforma mostró el registro solicitado. Lo abrió y durante un breve instante, se quedó quieto en su lugar, sin mover el cursor o presionar ninguna tecla.
Por unos momentos se limitó simplemente a leer y releer los datos. Luego de haberlos leído por lo menos cuatro veces, movió el cursor e hizo clic en un botón de la pantalla que hizo aparecer la opción para modificar el estado de la persona.
Respiró hondo, movió el cursor nuevamente y finalmente se detuvo.
Miró la pantalla, apartó la mano del teclado, bebió un pequeño sorbo de agua y volvió a dejar el vaso sobre la mesa.
Miró nuevamente la pantalla. El cursor permanecía sobre una de las dos opciones de un menú que se había desplegado frente a sus ojos:
FALLECIDA.
Una vez más, respiró hondo lentamente pero durante varios segundos no hizo nada.
Después movió el cursor y se detuvo nuevamente.
Miró hacia la ventana. Madrid continuaba moviéndose al otro lado del cristal.
Finalmente volvió a mirar la pantalla, extendió un dedo e hizo clic sobre la opción deseada.
La pantalla cambió y el nuevo estado quedó registrado.
SOFÍA ÁLVAREZ — FALLECIDA.
Permaneció unos segundos mirando el resultado y, justo en ese momento, una camarera se acercó a la mesa.
—Como siempre, tortilla, merluza y una copa de vino.
El hombre levantó la mirada. La camarera sonrió.
— Buon appetito , Lorenzo.