Capítulo 27 Rojo y Verde
Una vez en la calle, Bellini miró su reloj. Había pasado poco más de una hora y media desde que Alfredo había abandonado el almacén, pero la sensación que él y Sofía tenían era la de que había pasado mucho más tiempo.
Comenzaron a caminar rumbo al auto, ella todavía estaba intentando ordenar todo lo que había pasado momentos atrás. El inspector estaba junto a ella, manteniendo un paso sorprendentemente ligero para alguien que hacía más de veinticuatro horas que no descansaba bien.
Cruzaron la calle por la esquina y al terminar de cruzar, el detective sacó su teléfono del bolsillo. La pantalla se iluminó, denunciando que había recibido un mensaje. El inspector sin dudarlo leyó el mensaje y comenzó a escribir una respuesta breve.
Sofía lo notó.
—¿Problemas?
Bellini terminó de escribir y guardó nuevamente el teléfono.
—Mi superior.
—¿Qué quiere?
—Saber por qué no estoy en mi escritorio.
Ella soltó una pequeña risa.
—Después de todo lo que ha ocurrido, supongo que no le hará mucha gracia.
—No particularmente. No.
Cuando llegaron al vehículo, él le abrió la puerta de acompañante y esperó a que estuviera sentada para cerrarla cuidadosamente. Una vez más, cruzó por delante del automóvil, abrió la puerta del conductor y se sentó al volante.
Sofía lo miró.
—Quizás debería volver a trabajar a la estación.
Bellini encendió el motor.
—Probablemente sería lo más apropiado. Pero no.
—No quiero seguir quitándole tiempo.
Él la miró brevemente.
—Usted no me está quitando tiempo.
—Lleva más de un día entero conmigo.
—Lo sé.
—Y su superior ya está preguntando por usted. Voy a terminar siendo la culpable de que pierda su empleo.
Bellini puso el automóvil en marcha y sonrió antes de continuar hablando.
—Si es así, entonces tendrá que esperar un poco más.
Ella sonrió.
—¿Está seguro de que quiere seguir ayudándome? No parece que estuviéramos llegando a ningún lado con esto.
Él miró hacia la calle.
—Todavía hay demasiadas preguntas sin responder.
—¿Por ejemplo?
Comenzó a conducir.
—Por qué su nombre apareció como fallecida al llegar a migraciones en el aeropuerto. Por qué el cambio en el registro civil se hizo precisamente ayer y no antes o después.
Sofía asintió.
—¿Algo más?
—Por qué alguien introdujo información en un expediente de un caso cerrado, que hasta entonces hablaba de una persona desconocida.
—Por qué no recuerdo nada —agregó Sofía.
Él asintió con la cabeza.
—Por qué alguien le dijo que no volviera a llamar a su exmarido.
Sofía bajó la mirada.
—Los mensajes…, las reservas del hotel…
—La de hace tres días —intervino Sofía.
—Y la de hace once meses.
Sofía levantó lentamente la mirada.
—La habitación 214.
Él asintió.
—El apartamento 214 y la llave en el piso frente al edificio con el mismo número.
—La ropa, las fotografías…
—La caja que aparece en la foto, sí —agregó Sofía una vez más.
Él se quedó pensando en eso último. Ella lo notó con rapidez.
—¿Qué cree que había en esa caja, Bellini?
—No lo sé.
—Pero cree que era importante.
—Creo que alguien quería que la viéramos en la foto.
Ella lo pensó unos segundos.
—Pero si es así, Bellini, ¿dónde está la caja? ¿Por qué alguien querría que la encuentre sin dejar pistas respecto de dónde encontrarla?
Ella miró por la ventana del auto pensativa, intentando buscar en sus recuerdos algo que les permitiera continuar investigando y responder alguna de esas preguntas.
Él volvió a mirar su reloj. Se encontraban cerca de El Corte Inglés de Callao. A esa hora, la zona comenzaba a llenarse de personas. Gente entrando y saliendo de los comercios, taxis deteniéndose unos segundos y peatones cruzando las calles.
Estacionaron apenas pudieron encontrar un lugar. El inspector apagó el motor.
—¿No nos íbamos?
—Necesito pensar a dónde deberíamos ir ahora.
Ella sonrió, y estaba a punto de hacer un juego de palabras con la intención de hacer sonreír al detective, cuando un hombre de unos cuarenta años, vestido con el uniforme de una empresa de mensajería, se acercó a la ventanilla del conductor. Llevaba un sobre pequeño en la mano.
—¿Es usted el Inspector Lorenzo Bellini?
El inspector se sobresaltó. Se giró para verlo y, después de unos segundos, bajó el cristal.
—Sí. Soy yo.
El hombre le entregó el sobre.
—Esto es para usted.
Lo tomó.
—¿Quién lo envía?
El hombre negó con la cabeza.
—No tengo esa información, señor. Lo lamento.
—¿Y cómo sabe que es para mí?
El mensajero señaló el sobre.
—La empresa me dio instrucciones de buscar un hombre dentro de un auto como este, en este preciso lugar y a esta hora exacta.
Bellini observó el papel e inmediatamente notó que no había remitente.
—Gracias.
El hombre se alejó inmediatamente entre la gente. Sofía lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre los peatones.
—Eso ha sido extraño.
El detective sólo movió levemente la cabeza como respuesta.
Abrió el sobre. Dentro del mismo no había una carta o documentos. Sólo había dos pequeñas cápsulas, píldoras. Una era verde y la otra, roja.
Sofía se inclinó ligeramente para observarlas.
—¿Qué son?
Bellini tomó primero la verde. Había una pequeña inscripción en uno de sus lados.
Luego tomó la roja. La inscripción era prácticamente idéntica.
—Hay un nombre.
—¿De un medicamento?
—No creo.
Bellini sacó el teléfono y tomó una fotografía de las dos cápsulas para poder aumentar el tamaño y hacer legible la inscripción al costado de las mismas.
La inscripción era un nombre. Usó su teléfono para buscarlo y sólo tardó unos cortos segundos en conseguir lo que buscaba.
—Es un laboratorio.
—¿Dónde?
Él volvió a mirar la pantalla.
—Aquí. En Madrid.
Ella frunció el ceño.
—¿Un laboratorio farmacéutico?
—Eso parece.
—¿Y por qué alguien nos enviaría esto?
El inspector guardó el teléfono.
—Sólo hay una forma de averiguarlo.
Condujeron durante la mejor parte de una hora. El tráfico se encargó, como suele suceder en las grandes ciudades, de que la corta distancia hasta el destino se transformara en una agónica espera, atorados en calles principales, detrás de autobuses, taxis y vehículos particulares.
Cuando llegaron a la dirección que el teléfono les había marcado, vieron que se trataba de un laboratorio que ocupaba una planta de un edificio moderno. Estaban relativamente lejos del centro de Madrid.
El edificio no tenía nada particularmente llamativo. Tampoco así el laboratorio. No parecía una instalación secreta ni un lugar donde se desarrollaran medicamentos a gran escala. Era, en apariencia, una empresa más.
Una recepcionista los condujo hasta una sala donde un técnico esperaba frente a una computadora.
Bellini se presentó, mostrando su insignia a la altura de los ojos del hombre, vestido con ropa de oficina cubierta por una bata blanca.
El técnico tomó las píldoras que el inspector le dio en la mano, colocó las dos cápsulas sobre una pequeña bandeja y presionó una serie de botones que, a simple vista, les pareció casi divertido y al azar.
—Necesitamos saber qué contienen.
El hombre las observó y luego, nuevamente, miró al inspector.
—¿Tienen documentación?
—No.
—¿Quién las fabricó?
El detective señaló las marcas.
—El nombre de su laboratorio aparece aquí al costado de las cápsulas.
El técnico las miró nuevamente.
—Nosotros no fabricamos medicamentos para empresas farmacéuticas. Pero de vez en cuando realizamos compuestos para terceros. Académicos y profesionales realizando estudios privados mayormente.
—¿Académicos?
—Entre otros. Empresas asociadas a la investigación académica, que desarrollan prototipos de ciertas drogas, universidades, laboratorios de investigación, etc.
—¿Puede decirnos qué contienen?
El técnico asintió.
—Debería ser posible, sí.
Las tomó y desapareció durante unos minutos, tras solicitarles que esperaran en un área con sillas no demasiado atractivas. Prefirieron quedarse de pie junto a la computadora.
Un rato más tarde, el hombre regresó con una expresión ligeramente diferente.
—Esto es extraño.
Ambos levantaron la mirada.
—¿Qué encontró?
El técnico colocó una hoja sobre la mesa.
—Hicimos un análisis por espectrometría de masas. El resultado coincide con un registro que tenemos en nuestra base de datos.
—¿Qué registro?
—Un único registro de un pedido de un privado.
El inspector se inclinó hacia adelante.
—¿De cuándo?
El técnico consultó nuevamente la computadora.
—No puedo darle una fecha exacta del desarrollo, pero si figura en este sistema, tiene que haber sido dentro de los últimos dos años porque fue cuando lo instalamos. Si fuera anterior, no tendría ninguna información al respecto.
El técnico esperó unos segundos, leyó la hoja nuevamente y continuó con su explicación.
—El análisis que me pidieron coincide con la fórmula en el pedido registrado en el sistema en un cien por ciento.
—¿Y qué contiene la cápsula verde?
El hombre miró la pantalla.
—Escopolamina.
Sofía frunció el ceño.
—¿Escopolamina?
—Sí. Eso es lo que contiene. Es un anticolinérgico de uso bastante frecuente. Se suele usar en parches transdérmicos para evitar los mareos por movimientos. Se suele poner detrás de la oreja así.
El técnico hizo un movimiento con la mano simulando la colocación de un parche detrás de la oreja. Después, prosiguió con su explicación.
—Debo admitir que su uso en forma de píldoras no es tan común ni frecuente.
Bellini permaneció inmóvil.
—¿Está seguro de que es la misma sustancia entonces?
—El resultado coincide con la fórmula en la orden.
—¿Qué me puede decir de la otra? ¿De la roja? —preguntó el detective.
El técnico tomó la segunda cápsula y miró los resultados en la pantalla.
—Según nuestro análisis, la cápsula roja contiene fisostigmina.
Sofía miró a Bellini.
—¿Y qué puede decirme sobre esa sustancia?
—Es un inhibidor de la acetilcolinesterasa. Se usa como antídoto para la intoxicación anticolinérgica grave, que puede ser causada por sobredosis de ciertos antihistamínicos, antipsicóticos o algunas plantas tóxicas.
—¿Un antídoto? —preguntó Sofía.