El Otro Nombre Capítulo 26 Los recuerdos #2
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Capítulo 26 Los recuerdos #2

—¿Usted tuvo hijos?

La pregunta lo tomó por sorpresa. Levantó la mirada para responder.

—Sí. Tuve una hija.

—¿Cómo se llamaba?

Él bajó los ojos hacia su taza y ella se dio cuenta de que era un tema difícil para el detective.

—No importa, Lorenzo. Discúlpeme.

—No se preocupe. Es solo que pensar en su nombre…

El inspector no terminó su frase.

—¿Puedo preguntarle qué le pasó?

Bellini respiró profundamente. Sus ojos no mostraban lágrimas, pero su tono era indiscutiblemente triste.

—La perdí.

—¿Y su esposa?

El detective tardó unos segundos en responder.

—También. Las perdí a ambas el mismo día.

—¿Eso fue antes de que usted viniera a España?

Bellini levantó la mirada.

—No. Fue aquí. En España. En Madrid.

La respuesta fue tan inmediata que hizo que ella frunciera ligeramente el ceño.

—¿Hace cuánto sucedió?

Bellini sostuvo su mirada.

—Hace un tiempo ya.

Ella comprendió que el hombre no quería hablar más del asunto.

—Lo siento mucho.

—Gracias.

Sofía volvió a mirar hacia el lugar donde había estado la niña.

—¿Usted alguna vez tuvo la sensación de que alguien seguía viviendo dentro de usted después de haberlo perdido?

Bellini se quedó helado.

—Sí.

—¿Cómo se siente?

El inspector tardó unos segundos en contestar. Sofía entendió que estaba intentando contener la angustia.

—Como una habitación en la que nadie vuelve a entrar.

Aquella frase la golpeó con una intensidad que no esperaba. Sintió una tristeza profunda creciéndole desmesuradamente.

Una lágrima apareció en sus ojos. Él la notó inmediatamente.

—¿Está bien?

Ella se limpió rápidamente la mejilla.

—Sí, sí. Estoy bien.

—No tiene por qué estarlo.

Ella sonrió débilmente.

—No sé por qué estoy triste.

Dos columnas de agua brotaron de sus ojos y comenzaron a deslizarse por los costados de su cara.

Él sintió el impulso de tomar sus manos para contenerla, pero prefirió no hacerlo.

—Es como si —comenzó a explicar, buscando las palabras—, como si hubiera perdido algo.

—¿Qué cosa?

Ella negó con la cabeza.

—No lo sé. Es sólo una sensación.

El inspector dejó la taza sobre la mesa.

—Quizá no sea el momento correcto todavía y por eso no consiga recordarlo.

Ella lo miró.

—¿Y si nunca lo recuerdo, Lorenzo?

Él le sostuvo la mirada brevemente.

—Lo hará.

—¿Cómo puede estar tan seguro?

Él sonrió apenas.

—Porque parece ser importante para usted. Las cosas importantes no desaparecen realmente. Créame. Lo sé.

Ella sonrió levemente con tristeza.

Pocos minutos después de ese último intercambio, abandonaron la cafetería.

Caminaron nuevamente por el interior del edificio. Sofía observaba los escaparates mientras avanzaban, hasta que en un momento se detuvo súbitamente.

Bellini dio unos pasos antes de darse cuenta.

—¿Qué ocurre?

Ella estaba mirando una vidriera donde había varios vestidos, zapatos y accesorios expuestos.

—No sé. No estoy segura.

Se acercó lentamente al cristal y vio que uno de los vestidos era pequeño, infantil, un talle diseñado para una niña pequeña.

Sofía se quedó mirándolo fijamente durante unos segundos. Sintió que algo volvía a aparecer en su mente:

Una tienda, luces blancas, una niña frente a un espejo y una mujer arrodillada frente a ella.

—¿Le gusta?

La voz, la niña girando, una sonrisa… Sofía cerró los ojos.

—¡Sofía!

Abrió los ojos nuevamente. Bellini estaba a su lado.

—¿Qué vio?

—Un negocio, una tienda.

—¿Esta tienda?

—No. Otra.

—¿Qué había?

—Ropa.

—¿Estaba comprando ropa para usted misma?

—No —miró nuevamente el vestido infantil—. Para una niña.

—¿Conoce a esa niña? ¿Es una familiar suya o la hija de alguien que conoce?

Sofía cerró los ojos otra vez pero esta vez no apareció ninguna imagen clara. Sólo una sensación, una familiaridad imposible de explicar.

—Creo que sí. Pero no sé exactamente quién es. ¿Por qué no puedo recordar nada?

El inspector miró hacia el escaparate.

—Trate de tranquilizarse. Quizá lo recuerde algún día.

Ella lo miró.

—Usted siempre dice eso.

Bellini ofreció su mejor versión de una sonrisa tierna.

—Porque sigo creyéndolo. Creo que el cuerpo es capaz de recordar cosas que la mente aún no consigue. Es solo cuestión de tiempo hasta que el cuerpo y la mente se pongan de acuerdo, ¿no le parece?

Continuaron caminando, pero esta vez ella no volvió a hablar.

Algo había cambiado, aún si no sabía exactamente qué. La imagen de aquella niña seguía apareciendo una y otra vez en algún lugar profundo de su mente. Sin embargo, no podía recordar su rostro o su nombre.

El inspector caminaba lentamente a su lado, mientras, entre tanto, la observaba de reojo.

—Sofía.

—¿Sí?

—¿Quiere que nos vayamos de aquí?

Ella asintió con lágrimas en sus ojos.

—Sí, por favor.

Él señaló hacia la salida.

—Vamos.

Mientras caminaban hacia las escaleras, ella volvió la cabeza una última vez. El vestido infantil seguía allí. Una vez más las lágrimas brotaron de sus ojos. Necesitó el tiempo que se tardaron en bajar por las escaleras hasta la planta baja para poder controlarlas.

Una vez bajaron de la escalera mecánica, Sofía secó las lágrimas de sus ojos con la manga de su abrigo y luego siguió a Bellini hacia la puerta de salida.