El Otro Nombre Capítulo 26 Los recuerdos
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Capítulo 26 Los recuerdos

El sol comenzaba a bajar nuevamente sobre Madrid cuando abandonaron finalmente el almacén.

Durante unos minutos ninguno de los dos habló.

El aire de la tarde parecía extrañamente limpio después de las horas que habían pasado encerrados allí. Sofía caminaba lentamente junto al inspector, todavía intentando asimilar todo lo que había ocurrido.

Todo resultaba decididamente sospechoso. Alfredo, el arma, la carta y las tantas coincidencias del día anterior. Pero sobre todo la mirada que él y Bellini habían intercambiado.

Definitivamente había sucedido algo que ella todavía no comprendía y que, al parecer, el detective estaba haciendo un esfuerzo importante para que ella no lo comprendiera.

El inspector caminaba unos pasos por delante y de vez en cuando miraba hacia atrás para comprobar que ella aún lo seguía.

—¿A dónde vamos? —preguntó finalmente ella.

—A un lugar donde podamos sentarnos.

—Si se refiere a la comisaría, ya mismo le digo que prefiero seguir atada a esa silla del almacén, que es considerablemente más cómoda que las sillas de la estación de policía.

Él no llegó a formar una sonrisa. Simplemente negó con la cabeza.

—No. No creo que sea buena idea volver a la comisaría. Alguien en la estación estuvo hablando con Alfredo Álvarez desde hace ya un tiempo. Claramente no podemos confiar en nadie que trabaje en la Policía.

Ella casi sonrió.

—Sobre eso no hay duda.

Ella miró al detective como quien espera una reacción específica. El inspector no movió un músculo de la cara.

Unos minutos después de caminar en dirección contraria al camino que llegaba al almacén, llegaron hasta el automóvil. Bellini abrió la puerta del acompañante y esperó a que ella subiera.

Sofía permaneció unos segundos de pie.

—¿Está seguro de que deberíamos conducir?

Él la miró.

—¿Usted está en condiciones de hacerlo?

Ella negó lentamente con la cabeza. El inspector sonrió.

—Entonces yo lo haré.

Una vez dentro del vehículo, mientras ella se ajustaba el cinturón de seguridad, él puso en marcha el motor y ajustó el espejo retrovisor.

—¿Está bien?

Sofía comenzó a mirar por la ventana.

—No estoy segura.

—Es una respuesta bastante razonable después de lo que acaba de experimentar.

El automóvil comenzó a avanzar. Madrid seguía completamente activa. Los autobuses circulaban por las avenidas, las aceras estaban llenas de personas y los turistas ocupaban las calles del centro.

Sofía apoyó la cabeza contra el cristal.

—No puedo dejar de pensar en Alfredo.

Él se giró un momento para verla.

—¿Cree que realmente se fue?

—Sí. Realmente lo creo.

—¿Y no cree que volverá a buscarnos?

—No lo sé. Soy inspector, no adivino.

Sofía se permitió una pequeña sonrisa, luego de la cual, siguió mirando por la ventana en silencio, pensativa.

Después de un par de minutos, hizo una nueva pregunta.

—¿Usted sabía que él iba a reaccionar así?

—No. Nunca lo imaginé capaz de algo así.

—Pero sabía que la información que buscaba era importante para él.

—Sí. Lo sabía.

—No puedo entender por qué no se la dio antes.

Ella volvió la cabeza hacia él al notar que no le había respondido.

—Si no me va a responder eso, por lo menos cuénteme qué decía exactamente esa carta que le dio.

Él mantuvo los ojos sobre la carretera.

—Ya se lo expliqué.

—No. Me dijo que era información sobre la posible causa de la muerte de su hija.

—Porque eso es exactamente lo que era.

—Pero no me dijo qué información.

Una vez más, Bellini tardó unos segundos en responder.

—No creo que sea el momento adecuado para hablar de eso.

—¿Por qué?

—Porque acaba de pasar por algo bastante traumático.

Ella volvió a mirar por la ventana.

—Eso no significa que no pueda manejar la verdad sobre Sofía Álvarez.

Él siguió conduciendo, con la mirada clavada en el camino. Unos minutos después, vieron aparecer a lo lejos la silueta de la Gran Vía, uno de los bulevares más famosos y emblemáticos de Madrid.

—¿Dónde estamos yendo?

—Estamos cerca de Callao.

Ella lo miró.

—¿Por qué?

Bellini estacionó finalmente en una calle cercana.

—Porque creo que necesitamos hacer algo normal.

—¿Normal?

—Sí. En este momento, creo que lo mejor será descomprimir, aunque sea por un rato.

—Después de que un hombre nos secuestrara, nos apuntara con un arma y casi le disparara a usted. A eso se refiere.

Él intentó sonreír pero no lo consiguió.

—Exactamente.

Ella suspiró.

—¿Y qué es lo que considera usted normal?

—Comer algo, caminar y ver gente. Recordar que existe un mundo fuera de todo esto. Le prometo que nos ayudará a retomar nuestra investigación.

Ella no pudo evitar sonreír.

—Usted tiene una forma extraña de recuperarse de una experiencia traumática.

—Hasta ahora ha funcionado razonablemente bien, ¿no lo cree?

Bajaron del automóvil y caminaron hacia la zona de Callao. Sofía observó los edificios, los carteles luminosos, los escaparates y el movimiento constante de personas.

Todo parecía demasiado normal y eso era quizá lo más extraño. Pero asimismo, tal como había dicho el inspector, era exactamente lo que necesitaba.

Habían pasado las últimas horas dentro de un almacén abandonado, y ahora estaban caminando entre personas que no tenían la menor idea de lo que acababa de sucederles. Por alguna razón, eso resultaba extrañamente reconfortante.

Bellini señaló hacia uno de los edificios.

—Podemos entrar allí.

Sofía levantó la mirada. Era el gran edificio de El Corte Inglés Callao, que se levantaba frente a ellos.

—¿Ahí?

—Sí. Hay una muy buena cafetería arriba.

Ella accedió sin protestar. Estaba demasiado cansada para discutirle. Ambos entraron.

El interior estaba lleno de personas. Algunos clientes recorrían los distintos pisos mientras otros observaban las vidrieras.

Sofía caminaba lentamente junto a Bellini.

De repente sintió que algo en aquel lugar le resultaba extrañamente familiar. Pero no podía decir exactamente qué.

Quizá había estado allí alguna vez. Pero en ese momento, no podría recordarlo.

O quizá había visto fotografías. No podía estar segura. Todo parecía esfumarse cuando cerraba los ojos para evocar algún recuerdo.

Subieron por las escaleras mecánicas hasta llegar a uno de los pisos superiores.

El detective se detuvo frente a una cafetería.

—¿Quiere sentarse?

Sofía hizo un gesto con la cabeza y se sentaron nuevamente junto a una ventana.

—Veo que le gusta sentarse junto a la ventana, Bellini.

Él lanzó una carcajada.

—No se le escapa ningún detalle. Podría ser una gran detective si quisiera.

De repente, ella tuvo la rara sensación de estar viviendo algo que ya había vivido, un déja vu . Pero no le dio importancia. Decidió que haría caso al inspector y trataría de relajarse.

Durante unos minutos hablaron de cosas sin importancia. Hablaron del café y de cómo cambiaba el sabor de éste según la estación del año.

Sofía estaba verdaderamente sorprendida de lo mucho que el hombre parecía saber del tema.

Hablaron del clima y de cómo en Argentina estaría haciendo bastante frío seguramente y también de los veranos en el norte de Italia.

Ella se dio cuenta demasiado pronto de lo mucho que estaba disfrutando de ese pequeño escapismo, y, aunque no se animó a decirlo en voz alta, lo cómoda que se sentía conversando con el hombre que bebía su café de a sorbos, al otro lado de la mesa.

Hablaron también del tráfico en Madrid comparado con Argentina y con Génova.

Hicieron exitosamente el esfuerzo de platicar de cualquier cosa que no tuviera relación con Alfredo, con la investigación o con la mujer encontrada en aquel automóvil.

Ella comenzó a relajarse. Sintió que por fin, al menos por un rato, podía respirar normalmente.

Entonces escuchó una voz. Una voz infantil.

—Mamá.

Levantó la cabeza para ver a una niña de unos seis o siete años que caminaba junto a su madre entre las mesas. La mujer llevaba varias bolsas y la niña sostenía una pequeña muñeca contra el pecho.

La niña se detuvo de golpe.

—Mamá, quiero ese.

La mujer siguió caminando.

—Después.

—Pero quiero ese.

Sofía sonrió sin darse cuenta, mientras observaba a la niña durante unos segundos.

Y entonces ocurrió. Algo mucho más breve que un recuerdo se apoderó de ella. Una sensación de una pequeña mano dentro de la suya, una voz, el peso de una bolsa en su otra mano, una niña corriendo unos metros delante de ella y una frase que no consiguió escuchar completamente.

Parpadeó y la imagen se desvaneció y, automáticamente, se llevó una mano al pecho.

El inspector lo notó inmediatamente desde el otro lado de la mesa.

—¿Qué ocurre?

Sofía no respondió pero continuaba mirando hacia donde había desaparecido la niña.

—Sofía.

Ella volvió lentamente la cabeza.

—Estoy bien. En serio.

—No parece estarlo.

—Estoy bien. Se lo juro.

Él esperó un momento.

—¿Qué vio?

Ella negó con la cabeza.

—No vi nada.

—Entonces, ¿qué ocurrió?

Tardó unos segundos en contestar.

—No lo sé.

Miró nuevamente hacia el lugar donde había estado la niña.

—Sentí algo, recién, cuando esa niña se detuvo ahí —señaló con su dedo el lugar donde la niña se había detenido momentos atrás.

—¿Qué?

—Como si fuera conocida…

—¿La niña?

—No. La sensación.

—¿Qué sensación?

Ella respiró profundamente.

—La de estar con una niña.

Él no dijo nada.

—Como si hubiera hecho eso antes —continuó Sofía.

—¿Caminar con una niña?

—Sí. Y hablar con ella, y tener su mano, y besar su frente.

Se produjo un silencio. El inspector abrió los ojos bien grandes.

—¿Alguna niña que conocía?

—No lo sé.

—¿Tiene alguna imagen?

Ella cerró los ojos durante unos segundos.

—Sólo una mano.

—¿La mano de una niña?

—Sí. Dentro de mi mano. Como si la estuviera llevando de la mano.

—¿Algo más?

Sofía intentó concentrarse haciendo fuerza con sus ojos y su ceño.

—Una bolsa. En mi otra mano.

—¿Qué había dentro?

—No lo sé. No consigo verlo.

Abrió los ojos.

—Ropa, creo.

Él esperó unos instantes antes de seguir con la conversación.

—Quizá sólo sea una asociación.

Ella lo miró a los ojos.

—¿Usted realmente cree eso?

—Creo que no es algo que podamos saber todavía.

Ella asintió lentamente.

La niña y su madre habían desaparecido entre las personas pero Sofía continuó mirando hacia el lugar donde habían estado.