Capítulo 25 La carta
Alfredo permaneció sentado frente a ellos mirando fijamente la carpeta, aún apoyada sobre la mesa delante de Bellini.
Durante unos segundos, todas las miradas de los presentes confluyeron en ese mismo punto en el espacio.
—Usted quiere saber qué ocurrió con su hija.
Alfredo no apartó los ojos de él.
—Sí. Es lo único que quiero.
Bellini tomó la carpeta y la acercó lentamente hacia el hombre.
—Aquí hay información que quizá le ayude.
Alfredo miró la carpeta.
—¿Qué información?
Bellini no respondió, simplemente la acomodó unos centímetros más adelante sobre la mesa, sugiriendo que era el momento de que Alfredo la tomara y la leyera.
Alfredo entendió el gesto con facilidad y la tomó.
Comenzó a pasar las páginas mientras Sofía y Bellini observaban en silencio.
Algunas hojas contenían fotografías, informes y documentos que Alfredo apenas parecía mirar. Pasaba las páginas lentamente, hasta que llegó a un sobre sellado donde se detuvo.
Lo abrió sin dudarlo. Dentro del sobre había una hoja sola, la cual leyó cuidadosamente.
Una vez la terminó, volvió al principio y la leyó nuevamente.
Sofía miró al detective, quien hasta el momento parecía estar congelado en su lugar, en la misma silla y en la misma posición desde que Alfredo lo había obligado a sentarse.
Alfredo continuó leyendo. Sus ojos recorrieron las líneas lentamente y, cuando llegó al final, permaneció unos segundos mirando la hoja.
Entonces bajó la cabeza y una lágrima cayó sobre el papel.
Sofía se quedó helada.
Alfredo se pasó una mano por el rostro y volvió a leer la última parte. Otra lágrima apareció en sus ojos pero esta vez no intentó ocultarla.
Segundos más tarde, levantó lentamente la mirada y la clavó en el inspector, quien lo había estado observando desde que tomó la carpeta. Ese detalle no se le había escapado a Sofía.
Durante varios segundos ni Alfredo ni Bellini hablaron. Sólo se quedaron mirando el uno al otro, como si pudieran leer telepáticamente los pensamientos del otro.
Sofía sintió que estaba presenciando una conversación de la que había sido excluida.
Alfredo cerró la carpeta y la sostuvo con una mano.
Se dejó caer sobre un banco separado de la silla donde había atado a Sofía sólo por unos metros. Luego de unos largos seis minutos, que parecieron extenderse por una eternidad, se puso de pie.
Bellini también se incorporó casi al mismo tiempo. Alfredo dio un paso hacia él.
Sofía retrocedió, tirando su espalda hacia el respaldo de la silla instintivamente.
El hombre levantó el arma y durante un instante, todo pareció detenerse.
Alfredo acercó el cañón hasta la cabeza de Bellini y lo presionó con fuerza contra su frente.
El detective no se movió ni intentó defenderse. Simplemente se quedó en su lugar, sin emitir sonido alguno.
Alfredo lo miró directamente a los ojos. Tenía lágrimas en el rostro.
Sofía contuvo la respiración.
—Alfredo...
El hombre no respondió y mantuvo el arma contra su cabeza. Todo indicaba que iba a disparar al inspector.
—Por favor... —gritó ella con desesperación.
El hombre cerró los ojos, respiró profundamente y, sin responder ni mirar a Sofía, retiró lentamente el arma, bajándola y mirando nuevamente al inspector a los ojos.
Sofía notó que no había odio en su expresión. Había algo mucho más difícil de interpretar. Algo así como una mezcla de dolor y resignación.
Alfredo guardó el arma, tomó la carpeta y caminó hacia la puerta, lo que ella observó, completamente desconcertada.
—¿Qué acaba de pasar?
Ni Bellini ni Alfredo respondieron.
Alfredo abrió la puerta pero antes de salir, Bellini gritó su nombre. El hombre se detuvo un instante para mirarlo.
—Alfredo… Lamento su pérdida profundamente. Va a tener la justicia que busca, se lo prometo.
Sofía vio cómo a Alfredo se le llenaban los ojos de lágrimas, justo antes de desaparecer por el pasillo de salida del almacén.
Una vez que escuchó el eco de la puerta al cerrarse, miró al inspector.
—Bellini.
El inspector volteó para verla pero no respondió.
—¿Qué decía esa hoja?
Él tardó unos segundos en contestar. Se acercó a la silla para comenzar a desatar los nudos que la inmovilizaban. Ya había deshecho el primer nudo cuando finalmente respondió la pregunta.
—La carpeta contiene información sobre Sofía Álvarez, la hija de Alfredo Álvarez.
—Eso no explica nada.
Él respiró profundamente y siguió desatando de un nudo por vez para liberarla de la silla.
—Le ofrecí información sobre la posible causa de la muerte de su hija.
Sofía frunció el ceño.
—¿De dónde sacó esa información? Creía que esa información estaba perdida.
Él asintió. Deshizo el segundo nudo, liberándole las manos. Sólo quedaba uno.
—Sí, lo estaba.
Ella lo miró fijamente.
—¿Y esa información es por la que casi nos matan?
Él bajó la mirada.
—No lo sé. Pero parece haberlo conformado, al menos por ahora.
—¿Cree que va a volver a intentar algo así?
—No lo creo. Parecería que finalmente consiguió lo que estaba buscando.
Ella no parecía convencida. Bellini finalmente deshizo el último nudo y la liberó completamente, desenrollando la soga de alrededor de sus piernas.
—¿Y qué es lo que le dijo? —preguntó mientras se ponía de pie.
Él lo pensó unos segundos.
—Le di una respuesta.
Ella miró hacia la puerta.
—Pero ¿cuál fue esa respuesta?
El inspector no respondió la pregunta. Ella permaneció unos segundos más observando la puerta cerrada.
—¿Sabe, Bellini? Le agradezco por salvarme la vida. Pero estoy empezando a sospechar que fue usted quien la puso en peligro en primer lugar.