Capítulo 24 La hija #3
—No exactamente. Porque tal como me imaginé, apenas la policía aeroportuaria reportó a las autoridades locales en Madrid que una mujer fallecida estaba intentando viajar a Inglaterra, el inspector Lorenzo Bellini apareció en escena de nuevo e inmediatamente, se hizo cargo personalmente el caso.
—Entonces nos siguió hasta el hotel, hasta el café y al restaurante.
Alfredo asintió.
—Y después al edificio.
—Y al departamento. Quería verlo con mis propios ojos.
—¿Por qué?
Alfredo la observó.
—Porque necesitaba saber por qué una mujer que llevaba el pasaporte de mi hija estaba recorriendo los mismos lugares que ella frecuentaba al momento de nuestra última conversación hace un poco menos de un año.
Sofía se quedó quieta en su lugar. Todo lo que decía Alfredo seguía una lógica, una que tenía verdaderamente sentido viniendo del padre de una mujer desaparecida. Demasiado sentido.
—¿Y después? —preguntó Sofía.
—Después ustedes volvieron a la estación de policía.
Alfredo miró a Bellini.
—Y mi investigador me llamó.
Bellini levantó ligeramente la cabeza.
—¿Qué le dijo?
—Que uno de sus contactos dentro de la policía había descubierto que estaban revisando un expediente antiguo, uno que una vez mencionaba una mujer no identificada.
Alguien la había reportado como fallecida unos días atrás, y ahora alguien revisaba un expediente cerrado poco después de su desaparición.
Estaban viendo el caso de la muerte de mi Sofía.
Alfredo tenía los ojos llorosos. La poca luz que atravesaba las aberturas del viejo almacén se reflejaba en las lágrimas acumuladas en la parte inferior de sus ojos.
Sofía sintió que el corazón comenzaba a latirle más rápido. El señor Álvarez contuvo el llanto y continuó.
—Entonces entendí que ustedes estaban buscando algo. Posiblemente para encubrir alguna de sus mentiras.
Sofía miró al inspector y a la carpeta con el expediente que el inspector aún sostenía con su mano derecha.
—¿Y qué cree que hay en este expediente? —preguntó Bellini.
Alfredo respondió:
—No lo sé. Posiblemente alguna mentira nueva. Algo que intenta ocultar el destino de mi hija. Sea lo que sea, quiero saberlo.
Sofía permaneció sentada en aquella vieja silla, intentando ordenar todo lo que acababa de escuchar.
Una mujer llamada Sofía Álvarez, un apartamento, un automóvil, un cuerpo que nadie había podido identificar, un pasaporte, un expediente y en el medio de todo, Bellini. Siempre Bellini.
Sofía lo miró fijamente.
—Usted la conocía.
El inspector tardó unos segundos en responder.
—Conocía el caso. Me fue asignado hace once meses.
—No es eso lo que le pregunté.
El detective mantuvo la mirada sobre ella. Alfredo interrumpió.
—No te va a decir nada. Está entrenado para mentirle a la gente. Es capaz de mentirle al padre de una persona desaparecida, una persona fallecida. No tiene humanidad. Es un caso perdido.
Bellini lo miró. Intentó ponerse de pie, pero Alfredo levantó el arma velozmente, lo que hizo que volviera a sentarse detrás del viejo escritorio.
—Sí, es cierto. No le dije la verdad, Alfredo. Al menos no toda la verdad.
Sofía sintió que algo dentro de ella se rompía un poco más.
—¿Entonces la conocía?
El inspector respiró profundamente.
—No personalmente.
Alfredo soltó una risa amarga.
—Eso no fue lo que me dijiste cuando fui a tu oficina. Bellini lo miró.
—Alfredo, le estoy diciendo la verdad. Nunca la conocí personalmente.
—Pero me dijiste que habías investigado su vida.
—Sí. Es cierto.
—Que sabías dónde vivía y de qué trabajaba.
—Sí. Todo eso lo pude averiguar mediante una investigación bastante rutinaria.
Bellini permaneció callado unos momentos. Alfredo continuó.
—Me dijiste que no tenía ninguna razón para pensar que mi hija estuviera muerta.
Sofía cerró los ojos durante un instante. Cuando volvió a abrirlos, miró a Alfredo.
—¿Por qué me trajo aquí a mí, señor Álvarez?
El hombre sostuvo su mirada y durante unos segundos pareció luchar consigo mismo antes de responder.
—Porque necesito saber quién sos vos. Estoy seguro de que entre ustedes me pueden decir qué pasó con mi hija. Aunque hagan un esfuerzo por mantenerlo en secreto, yo estoy seguro de que lo saben —miró a Sofía a los ojos—. Incluso si vos personalmente no sabés que lo sabés.
Bellini levantó la cabeza rápidamente y miró a Sofía, pero ella no lo miró. En lugar de eso, concentró su mirada en Alfredo, respiró lentamente y finalmente dijo:
—Ya se lo dije.
Alfredo negó con la cabeza.
—No, no, no… No me mientas más. Decime la verdad. —Las lágrimas brotaron de sus ojos una vez más y comenzaron a caer por el costado de su cara. Bajó el arma unos centímetros.
—Vos me decís que sos Sofía Álvarez.
La miró fijamente.
—Yo digo que Sofía Álvarez es mi hija y que sé con seguridad que vos estuviste intentando vivir su vida durante los últimos once meses.
Sofía no respondió. Alfredo se acercó un paso y luego otro. Unos segundos después acercó su cara a la altura de la cara de ella y finalmente dijo en una voz más baja mientras las lágrimas surcaban sus mejillas:
—Por favor, nunca pude despedirme. Sea lo que sea que le haya pasado, sólo quiero verla una vez más.