El Otro Nombre Capítulo 24 La hija #2
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Capítulo 24 La hija #2

Sofía sintió que la respiración se le hacía más lenta.

—¿Entonces qué hicieron?

—Nada. Me informaron que los documentos se habían extraviado al igual que el cuerpo. Que era normal en algunas investigaciones que el cuerpo y las pertenencias fueran trasladados a otra jurisdicción para acelerar la investigación y que había que esperar el informe.

—¿Nada más? ¿Y cuando llegó el informe?

—El informe nunca llegó. El cuerpo y las pertenencias de esa persona nunca aparecieron. La Policía cerró la investigación y concluyó que la persona era una mujer no identificada.

Alfredo señaló hacia el lugar donde el inspector estaba sentado.

—En uno de mis intentos de hablar con el detective que había llevado el caso, insistí hasta que finalmente, él incluso me dio una dirección.

—¿Qué dirección?

El hombre miró a Bellini con odio antes de responder.

—La dirección de este depósito. Me dijo que podía estar relacionado con mi hija. Pero que la investigación sobre la muerte de esa persona ya estaba cerrada. Que si quería averiguar algo más, debía hacerlo por mi cuenta.

Alfredo dejó salir una carcajada sarcástica. Continuó:

—Luego de darme cuenta de que este lugar no tenía nada que ver con la desaparición de mi hija, confirmé lo que sospechaba: el Inspector Lorenzo Bellini estaba escondiendo algo. Ahí es donde comencé a seguirlo.

Sofía quiso hacer una pregunta al respecto, pero le pareció poco prudente interrumpir. El hombre siguió con su historia.

—Lo seguí durante días. Pero el inspector sólo iba de la estación al mismo bar cada día y luego a dormir. A cenar al mismo lugar, y de ese lugar a su casa a dormir.

Alfredo miró a Sofía e hizo una breve pausa para mirar al inspector, quien había decidido no intervenir hasta que el padre de Sofía Álvarez finalizara su historia.

—Al principio todos los días veía lo mismo. Hasta que un día, vi que él —señaló a Bellini— salió en el medio del día, de la comisaría, y fue a un edificio, donde estuvo sólo diez minutos. Eso me pareció sospechoso.

Cada vez que el hombre terminaba de contar un fragmento de su historia, el silencio en el depósito se volvía aterrador. Por lo menos hasta que continuara hablando.

—Supongo que cualquiera hubiera descartado esa información. Pero había algo llamativo: el edificio era un edificio abandonado. ¿Por qué un inspector de la policía de Madrid iría en el medio del día de trabajo a un edificio abandonado?

Sofía clavó los ojos en el inspector, aún sentado detrás del escritorio. Respiró hondo y le preguntó:

—¿El edificio donde está el apartamento 214?

Alfredo la miró y respondió antes de que el inspector pudiera dar su respuesta.

—Sí. El mismo donde fueron ustedes ayer y hoy.

El inspector cerró los ojos sólo durante una fracción de segundo pero ella lo vio justo en ese momento.

Alfredo continuó:

—Lo sé porque yo también fui allí. Varias veces durante estos últimos meses.

—¿Y qué encontró? —preguntó Sofía.

—No mucho. Alguien estaba viviendo en ese segundo piso, en el 214. Alguien también vivía en el primer piso. Pero no había señales de mi hija.

Sofía se puso pálida. Parecía legítimamente confundida.

—¿Había alguien viviendo en el departamento 214?

Alfredo se acercó a ella enfurecido.

—¿Lo vas a negar?

Bellini quiso intervenir.

—Sr. Álvarez, ella todavía no…

—Callate Bellini. No quiero escuchar más de tus mentiras.

—¿A qué se refiere? —preguntó Sofía—. ¿Negar qué?

Alfredo respiró profundamente.

—Te vieron entrar y salir de ese departamento durante semanas. Yo mismo te vi.

—¿Entrar y salir? ¿A mí? —preguntó Sofía con un tono que denotaba sorpresa.

—Mirá, no sé a qué juego están jugando ustedes dos.

Pero hoy, después de meses de no conseguir respuestas de la policía, y de semanas de seguirlos, decidí cambiar la cerradura.

Sabía que si no podían volver al departamento, si creían que alguien ya sabía lo que hicieron, me llevarían, posiblemente sin darse cuenta, a conseguir las respuestas que necesito.

Sofía miró a Bellini. Ahora comprendían por qué la llave no había funcionado.

Alfredo volvió a mirar a Bellini.

—Sr. Álvarez, yo no sabía de la existencia de ese departamento hasta el día de ayer —dijo Sofía, confundida.

Alfredo la miró y sonrió con arrogancia.

—No mientas. Te vieron. Tengo pruebas.

Se hizo un breve silencio.

—Te vieron salir a las mañanas, volver a la tarde, llegar con bolsas... Te estuvieron vigilando. Hay fotos tuyas llegando y yéndote del edificio en varias oportunidades distintas.

—¿A mí? ¿Pero cómo supo quién era yo? Entiendo que estuvo siguiendo al Inspector Bellini por meses, pero yo… No entiendo.

—Vos estás de alguna manera involucrada en la desaparición de mi hija. Lo sé. No tengo dudas. Sólo necesito que me digas cómo. Que me digas qué le hiciste a mi hija.

Sofía abrió la boca y la cerró nuevamente. No sabía qué decir. Pero Alfredo continuó:

—No podés mentir más. Hice que te siguieran, que te investigaran. Hace unos meses contraté a un investigador privado.

—¿Para buscar a su hija?

—Sí, para buscar a Sofía. Pero también para seguirlo a éste —señaló a Bellini.

—¿Y encontró algo que lo pueda ayudar? —preguntó Bellini.

Alfredo avanzó unos pasos hacia el inspector y estuvo a punto de golpearlo. Sofía lo notó. Pero sorprendentemente, la respuesta de Alfredo fue calma.

—La encontró a ella —señaló el lugar donde había atado a Sofía.

—¿A mí?

—Sí. A una mujer que durante meses estuvo usando las tarjetas de crédito, la documentación de Sofía y que ayer intentó usar el pasaporte de mi hija para realizar un viaje internacional.

Ella miró hacia su bolso nuevamente.

—¿Qué está diciendo? ¿Las tarjetas de crédito de su hija? Yo uso mis tarjetas de crédito, mis documentos, mi pasaporte…

De repente se quedó callada. No podía recordar, por más que lo intentó, la última vez que usó las tarjetas.

Sabía que las había usado en esos últimos meses.

Las imágenes que había visto en su mente minutos atrás así lo indicaban.

Pero no podía visualizar con exactitud cuándo o para qué las había usado.

Cerró los ojos e intentó visualizar las imágenes una vez más, pero el nerviosismo del momento se lo impidió.

No consiguió concentrarse lo suficiente.

En lo que se refería al pasaporte, estaba segura de que lo había usado el día anterior por primera vez ese año.

—Usaste el pasaporte ayer. Eso fue lo que alertó a las autoridades. Pero yo ya sabía que era muy probable que lo tuvieras en tu poder.

Alfredo se acercó a unos pocos centímetros de la cara de Sofía y la miró a los ojos.

—¿Quién sos? ¡Decime la verdad! ¿Por qué tenés los documentos de mi hija? ¿Qué hiciste con Sofía?

—¿Qué hice con Sofía? Yo soy Sofía Álvarez.

Ella intentó soltarse de sus ataduras sin éxito. Intentó moverse lo suficiente como para aflojar la soga un poco, pero el hombre había hecho muy bien los nudos de sujeción.

—No, no sos Sofía. Podrás usar sus tarjetas, su documentación, su pasaporte, su ropa, pero no sos mi Sofía, no sos mi hija.

Ella relajó su cuerpo. Sintió cómo le bajaba la presión. Temió por un momento desvanecerse. Tuvo que usar toda su concentración para enfocarse en su respiración y evitar perder la conciencia.

—Según la información que me dio el investigador privado, Sofía Álvarez, mi hija, está muerta. Me lo dijo hace unos días. De hecho, recibí otro mensaje del hombre que contraté para investigar, diciéndome que el registro civil fue actualizado hace tres días con esa información.

Sofía dejó de respirar durante un instante. Alfredo continuó hablando.

—Así que podrán imaginarse mi sorpresa cuando alguien intenta cruzar una frontera internacional con su pasaporte y resulta que es la misma persona que estuvo pretendiendo vivir como si fuera ella durante los últimos once meses.

Sofía sintió que su pulso se aceleraba.

—Pero si su hija está registrada como fallecida, ¿por qué no habló directamente con la Policía una vez más?

—Eso es exactamente lo que hice. El mismo día que el detective privado me contactó para confirmarme que no había duda, que mi hija había fallecido hace once meses, fui a la policía otra vez. Y allí lo vi otra vez. El Inspector Lorenzo Bellini.

—¿A mí? —preguntó el detective.

—Sí. A vos.

—Recuerdo que vino a hablar conmigo hace unos días. Pero ¿por qué no me dijo lo que su investigador había averiguado?

—Porque no confío en vos. Me mentiste durante casi un año. Fui una vez más a pedirte información, para ver qué me decías esta vez. Pero cuando me dijiste lo mismo que siempre me habías dicho, preferí seguirte y mirarte de cerca personalmente a ver qué hacías después.

—¿Y empezó a seguirnos? —preguntó Sofía.

—Los primeros días, sólo a él.

—¿Por qué?

—Porque quería estar seguro de que estuviera planeando algo. Pero también quería ver si estaba de alguna manera relacionado con vos. Para ver si en esos próximos días te contactaba para alertarte, para avisarte que alguien estaba buscando a Sofía y advertirte que no siguieras fingiendo ser ella.

—¿Y? ¿Vio algo extraño? —preguntó Bellini.

—No, nada. El inspector parecía ser un hombre de rutina. Siempre el mismo saco, siempre tomando café en el mismo horario y siempre comiendo su cena en el mismo lugar. No tiene amigos, no tiene contacto con nadie fuera del trabajo. Parecía completamente limpio. Triste, pero limpio.

—Entonces ya sabe que Bellini es inocente de cualquier cosa que pudiera haberle pasado a su hija.