El Otro Nombre Capítulo 24 La hija
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Capítulo 24 La hija

Bellini tardó exactamente dos horas y cuarenta y cinco minutos en llegar al almacén donde Alfredo Álvarez mantenía secuestrada y atada a una silla a una mujer que se había presentado con el mismo nombre que su hija.

Cuando el inspector entró al almacén lo hizo con las manos en alto, sosteniendo un expediente por encima de su cabeza.

El hombre, parado al lado de la silla a la cual había atado a Sofía, no dejaba de apuntarle con su arma.

Durante los primeros segundos nadie dijo nada. Sofía buscaba a Bellini con la mirada con la intención de comunicarle que se encontraba sana y salva. Le angustiaba la idea de que el detective permaneciera preocupado por su bienestar.

El silencio dentro del almacén parecía todavía más pesado que antes.

Sofía fue la primera en romperlo.

—El hombre dice ser el padre de Sofía Álvarez. Ya se lo he dicho, Sofía Álvarez soy yo.

El hombre la miró fijamente. No había sorpresa en sus ojos ni tampoco parecía confundido.

Era algo diferente, como si estuviera observando a alguien que llevaba demasiado tiempo buscando.

El inspector se quedó quieto en su lugar, sin despegar su mirada del arma ni del hombre que, amenazantemente, le apuntaba a la altura de los ojos.

—Baje el arma —dijo.

El hombre volvió lentamente la mirada hacia él.

—Vos no me vas a decir lo que tengo que hacer.

El detective no contestó a eso último. El hombre dio un paso hacia Sofía.

—¿Sabe cuántas veces fui a verte, sorete?

Bellini mantuvo el rostro inexpresivo.

—No sé de qué está hablando.

El hombre soltó una pequeña risa.

—Claro que lo sabés. No te hagas el boludo.

Sofía miró al inspector.

—¿Usted lo conoce?

Él tardó unos segundos en responder. Ella se dio cuenta de que estaba buscando en su mente la mejor forma de armar una respuesta. Finalmente, la miró y le dijo:

—Sí. Lo conozco.

La respuesta cayó sobre el almacén como si el cielo se hubiera desmoronado sobre el techo de chapa.

Ella lo miró sorprendida y vio cómo el hombre del arma sonreía por primera vez.

—Por fin decís algo que es verdad. Sinceramente, no pensé que eras capaz.

El detective bajó ligeramente la mirada.

—Señor...

—No me llames señor. Sabés perfectamente mi nombre. Me presenté muchas veces ya.

La voz del hombre se volvió más dura pero, a pesar de eso, Bellini lo miraba como si realmente no supiera su nombre.

—Mi nombre es Alfredo. Alfredo Álvarez.

El inspector permaneció en silencio mientras Alfredo se giraba para mirar a Sofía.

—Soy el padre de Sofía Álvarez. Seguro te acordás de eso, Inspector Lorenzo Bellini.

Sofía sintió que la angustia se apoderaba de la parte superior de su cuerpo.

—Sí. Sé exactamente quién es usted.

Sofía tragó saliva antes de hablar.

—¿Cómo sabía que yo también soy Sofía Álvarez?

Alfredo negó lentamente con la cabeza.

—No lo sabía. Francamente no me importa tu nombre o quién seas realmente.

La respuesta la desconcertó.

—Entonces, ¿por qué estoy aquí?

Alfredo la observó durante unos segundos.

—Porque usaste el pasaporte de mi hija ayer en el aeropuerto.

Ella miró instintivamente hacia su bolso.

—No. Yo usé mi pasaporte.

—No. No era el tuyo. Usaste el pasaporte de mi hija.

Bellini interrumpió acercándose un paso hacia la silla donde Sofía permanecía imposibilitada para moverse.

Inmediatamente Alfredo Álvarez acercó su arma y la presionó contra la frente del inspector.

—No te acerques un paso más porque te vuelo la cabeza.

Si querés que salgan vivos de esta, te vas a quedar ahí y me vas a explicar cómo puede ser que una persona que dice llamarse igual que mi hija, aparece en el aeropuerto once meses después de que mi hija desapareciera completamente, usando su pasaporte, intentando escaparse a Londres.

Bellini lo miró y dio un cuidadoso paso hacia atrás, intentando despegarse del cañón de la pistola.

—Y lo más importante, me vas a explicar cómo alguien que dice no saber nada sobre el paradero de mi hija, durante casi un año, pasa dos días seguidos yendo de acá para allá con la mujer que fue detenida llevando el pasaporte de mi hija.

El inspector respiró hondo.

—Alfredo, esto no tiene sentido.

El hombre volvió a acercar el arma hacia él.

—No vuelvas a decirme que no tiene sentido. No vuelvas a mentirme porque es lo último que hacés en tu vida. Sentate ahí.

Bellini se volteó para encontrar el lugar donde el hombre le ordenaba que se sentara.

El hombre lo guió hasta el asiento con el arma dirigida hacia la cabeza del detective.

Finalmente, el inspector tomó asiento detrás de una vieja mesa de metal oxidada que había visto sus mejores días años atrás. Una vez sentado, guardó silencio y escuchó mientras Alfredo Álvarez continuaba hablando.

—Mi hija llevaba años viviendo en España. Llegó aquí mucho antes de desaparecer.

Sofía escuchaba atentamente.

—¿Cuánto tiempo?

—Unos años aproximadamente.

—¿Y qué hacía?

Alfredo bajó ligeramente el arma, aunque no dejó de sostenerla con firmeza.

—Trabajaba desde aquí. Desde Madrid.

—¿En qué?

—En moda.

Sofía frunció el ceño.

—¿Moda?

—Es investigadora de tendencias. O por lo menos lo era hasta la última vez que hablé con ella. Trabajaba para varias marcas pequeñas. Preparaba informes, buscaba tendencias, analizaba colecciones, hacía propuestas. Todo desde su casa, desde su computadora.

Sofía sintió una extraña incomodidad. Cerró los ojos y una imagen apareció en su mente. Era ella, leyendo revistas de moda, haciendo compras de prendas en tiendas online, redactando informes.

Abrió los ojos y la imagen desapareció. Miró a Alfredo.

—¿Trabaja desde su casa entonces?

—La mayor parte del tiempo.

Alfredo la observó.

—Hasta hace once meses, vivía sola.

Sofía bajó lentamente la mirada.

—¿Cómo era? ¿Le molestaría contarme?

Alfredo tardó unos segundos en contestar. Primero la miró con una expresión de odio. Pero brevemente, su gesto cambió. Comenzó a contarle con una sonrisa dibujada en su cara.

—Muy inteligente. Una persona dulce, que disfruta de su trabajo. Aunque siempre fue un poco reservada.

—Eso no dice mucho.

—Es cierto. No es una persona fácil de entender. Pero era maravillosa una vez que se la conoce.

—¿Tenía amigos en esa época?

—Algunos, pero nunca me contó mucho de ellos.

—¿Pareja?

Alfredo negó con la cabeza.

—No que yo supiera.

Sofía permaneció callada.

—¿Y usted hablaba con ella frecuentemente?

El señor Álvarez dejó inmediatamente de sonreír. Soltó una respiración lenta.

—No lo suficiente.

Se quedó unos segundos en silencio.

—Hablé con ella por última vez hace once meses.

La voz de Alfredo Álvarez se había tornado más triste de repente. Sofía levantó la mirada.

—¿Le puedo preguntar qué le dijo o de qué hablaron?

Alfredo la miró por unos instantes. Dudó antes de responder pero finalmente cedió.

—Nada extraño.

El hombre parecía estar recordándolo.

—Hablamos de cosas normales. Del trabajo, de Madrid, de su apartamento.

—¿Y después?

—Después desapareció. No me escribió ni llamó por al menos dos semanas. Ahí supe que algo andaba mal.

Sofía sintió un escalofrío.

—¿No le avisó sobre algún plan de viaje de trabajo o algo por el estilo?

—No, nada.

—¿No dejó ningún mensaje con algún amigo o familiar?

—Nada de nada.

Alfredo apretó la mandíbula.

—No volvió a llamar, no respondió mis mensajes ni contestó ninguna llamada.

Bellini permanecía completamente quieto. Alfredo lo miró.

—Por eso fui a la policía. ¿No te contó nada este?

Sofía miró al inspector, y luego al Señor Álvarez.

—No. No me dijo nada al respecto.

Alfredo rió con amargura.

—Bueno. Fui una vez.

Hizo un silencio breve.

—Después otra.

Otra vez hizo un breve silencio y su rostro se endureció.

—Y otra.

El hombre miró a Bellini con una expresión parecida a la furia.

—Señor Álvarez, ¿cuántas veces habló con alguien de la Policía?

El hombre respondió sin apartar los ojos del inspector.

—Muchas. Demasiadas.

—¿Y siempre hablaba con el Inspector Bellini?

Bellini contestó por él.

—En algunas ocasiones. No siempre.

Alfredo respondió con una mirada intensa hacia el detective, una fracción de segundo más tarde.

—En casi todas.

Sofía volvió a mirar a Bellini.

—¿Por qué nunca me dijo nada?

El inspector mantuvo la mirada sobre Alfredo Álvarez.

—Porque no tenía información acerca de su hija. Y porque no me pareció relevante para nuestra investigación.

Sofía lanzó una carcajada sarcástica.

—No es relevante para nuestra investigación.

Alfredo soltó una pequeña carcajada.

—¿Ves? —dijo Alfredo mirando a Sofía—. Eso es lo que me dijo cada vez que pasé por su oficina.

—¿Qué le decía?

Alfredo comenzó a caminar lentamente por el almacén.

—Que no tenían información sobre Sofía, que no conocía su paradero y que lo iba a investigar personalmente.

Bellini lo miró por un breve instante antes de responder.

—Se revisaron los registros de personas desaparecidas. Investigamos todo lo que pudimos.

—Me dijeron que habían encontrado a una mujer muerta en un automóvil pero que no había posibilidad de confirmar que se tratara de mi hija. Que sólo era una posibilidad pero que no se podía confirmar.

Sofía sintió un pequeño estremecimiento.

—¿Muerta?

El hombre asintió.

—Eso fue lo que me dijeron. Que podría ser mi hija la persona que encontraron muerta. Como si decirle eso a un padre fuera suficiente. Como si fuera a quedarme conforme con esa respuesta de mierda.

—¿Pero entonces era ella?

—No lo sabían. Eso es lo que me dijeron cada vez que fui a la comisaría a preguntar.

Sofía miró a Bellini pero antes de que el detective pudiera responder, Alfredo negó con la cabeza.

—No había nadie que pudiera reconocerla al momento en que hallaron el cuerpo.

No se hizo el peritaje como correspondía, antes de trasladar el cuerpo, no se siguió el protocolo para nada.

Y me dijeron que con la documentación hallada al momento del descubrimiento del cuerpo, no se podía corroborar la identidad con exactitud.

Se hizo silencio por unos segundos pero, luego de unos instantes, Alfredo continuó:

—Me dijeron que no pudieron encontrar el cuerpo luego de que fuera trasladado a la morgue. No hubo forma de hacer una autopsia, ni un informe para validar la identidad.