El Otro Nombre Capítulo 23 El hombre detrás del volante
61%

Capítulo 23 El hombre detrás del volante

Bellini miró una última vez hacia ambas esquinas, salió del auto y entró al hotel. Sofía caminó detrás de él hacia los ascensores.

Cuando las puertas se abrieron, ambos entraron. El ascensor comenzó a subir.

Sofía observó los números iluminándose uno tras otro con ansiedad. Planta baja, primer piso y unos segundos después, el segundo piso.

Sofía sacó la llave de su bolsillo y abrió la puerta de la habitación.

La habitación estaba exactamente como la habían dejado.

Sofía entró lentamente, miró la cama, la ventana, la pequeña silla y la mesa junto a la pared. Y luego el armario.

Se quedó quieta.

El inspector cerró la puerta detrás de ellos.

—¿Qué pasa?

Sofía no respondió. Se acercó al armario y abrió la puerta.

Estaba completamente vacío.

—¿Qué?

—Nada.

—No parece nada.

Ella negó con la cabeza.

—No sé cómo explicarlo.

Bellini se acercó.

—Inténtelo.

—Tengo la sensación de que ya hice esto.

—¿Abrir un armario? —preguntó el inspector sonriendo—. No me sorprende mucho.

—Qué divertido es usted cuando quiere. No, no abrir un armario.

Miró el lugar donde normalmente estaría colgada la ropa.

—Elegir qué ponerme de este ropero.

—Pero si está vacío.

—Sí, pero tengo la sensación de que en algún momento no lo estuvo.

Bellini sintió que la habitación se encogía alrededor suyo pero prefirió no decir nada al respecto.

Ella continuó observando el interior del ropero.

—Es extraño.

—¿Qué cosa?

—No recuerdo haber estado aquí antes, pero al mismo tiempo, estoy segura de que alguna vez me hospedé aquí.

—Quizá esté recordando la breve estadía de ayer a la mañana.

—No. Ayer no abrí el ropero. Usted llamó a la puerta poco después de que yo hubiera entrado a la habitación.

—No le dé importancia entonces a lo que dije. Sólo estaba pensando en voz alta.

Ella cerró lentamente el armario.

—Es como le decía antes. Por momentos, siento que estoy viviendo una vida que no sé si realmente es mía.

Él la observó sin decir nada.

—Creo que quizá estoy recordando algo.

—¿Qué?

—No lo sé todavía. Pero las imágenes que veo. Se sienten más como viejos recuerdos que como memorias de hace unos días. ¿Me entiende?

Se sentó en el borde de la cama. Él permaneció de pie frente a ella.

—Quizá deberíamos descansar. Yo puedo dormir en aquella silla —señaló la mesa y la silla junto a la pared.

Sofía miró la silla y luego al inspector.

—¿Usted cree que todo esto va a terminar?

Él sonrió débilmente.

—Todo termina en algún momento. Tutto ha fine, tranne il salame che ha due capi.

Sofía dejó escapar una carcajada.

—Todo tiene un final, excepto el salame que tiene dos —tradujo entre carcajadas—. ¿Ve, Bellini? ¿Cómo puedo yo entender esa frase si ni siquiera hablo italiano?

—Es una frase conocida. Creo que está pensando demasiado las cosas…

—¡No! No es sólo el entender la frase. Es esta sensación, como si alguien me la hubiera dicho muchas veces a lo largo de mi vida. Lo extraño es que no recuerdo que así fuera.

—Hay muchos italianos en España. Más incluso en Argentina.

Ella sonrió y por un instante, la tensión pareció desaparecer.

Entonces alguien golpeó la puerta. Tres golpes secos.

Ambos se quedaron inmóviles. Él levantó lentamente la cabeza.

—¿Esperamos a alguien?

—No.

Volvieron a golpear, esta vez más fuerte.

El detective levantó una mano.

—Quédese aquí.

Sacó el arma de su funda y se acercó a la puerta. Miró por la mirilla y comprobó que el pasillo estuviera vacío.

Esperó unos segundos y volvió a mirar. No había nadie allí.

—¿Quién es? —preguntó.

No hubo respuesta.

Abrió lentamente la puerta, miró hacia ambos lados. El pasillo estaba completamente vacío. Se asomó un poco más para asegurarse. Nada. No había nada allí.

Cuando comenzó a cerrar la puerta, escuchó unos pasos apresurados y un golpe seco.

La puerta se abrió violentamente y un hombre más alto que él entró de golpe.

Bellini recibió el impacto y cayó al suelo, soltando su arma, lo que hizo retroceder a Sofía.

El hombre cerró la puerta detrás de él. Era alto, de unos sesenta años. Tenía el rostro duro y el cabello completamente gris.

En su mano sostenía un arma. Sofía se quedó paralizada.

El hombre apuntó primero hacia ella y luego hacia el piso. Se apuró a tomar el arma del detective que intentaba incorporarse.

Guardó el arma de Bellini en el bolsillo de su campera, miró al inspector y le dijo:

—Levantate.

El inspector permaneció en el suelo durante un segundo.

—¿Quién es usted? —preguntó Sofía.

El hombre no respondió.

—Te dije que te levantes.

Bellini comenzó a incorporarse.

—Podemos hablar.

—No. El momento de hablar ya pasó.

El hombre tenía un marcado acento argentino. Ambos lo notaron inmediatamente.

—¿Qué quiere?

El hombre volvió el arma hacia ella.

—Ustedes van a venir conmigo.

El detective se colocó lentamente entre ambos.

—No. Ella no va a ningún lado con usted.

El hombre levantó el arma y apuntó directamente a Sofía.

—Entonces ella se muere acá.

Bellini se detuvo y dio instintivamente un paso al costado.

—Está bien.

Ella lo miró.

—Bellini...

—Haga lo que dice.

El hombre señaló la puerta.

—Vamos.

Salieron de la habitación, con el detective caminando primero, seguido por Sofía y el hombre con el arma detrás de ellos.

El hombre cerró la puerta y los siguió, manteniendo el arma visible.

Bajaron por el ascensor, pero antes de subir al mismo, Bellini miró hacia atrás una sola vez. El hombre lo notó.

—No hagas nada estúpido.

—No estoy haciendo nada.

—No te hagas el héroe. Si le hacés un gesto al de la entrada, les va a costar caro, te lo prometo.

Llegaron al vestíbulo. El recepcionista levantó la mirada, pero el hombre se aseguró de mantener el arma fuera de su campo de visión y una distancia prudente respecto a Sofía y Bellini como para no levantar ningún tipo de sospecha.

Los tres salieron a la calle.

Un automóvil oscuro estaba estacionado a pocos metros, cruzando la calle, exactamente enfrente de donde el auto del inspector estaba estacionado.

El hombre señaló el vehículo mirando a Sofía.

—Subí.

Ella abrió la puerta delantera, del lado del acompañante.

Antes de entrar, miró a Bellini. El inspector estaba a pocos pasos de ella y, durante un instante, sus miradas se encontraron.

Él dio un pequeño paso hacia el hombre. Eso fue suficiente.

El hombre levantó el arma y la apoyó contra la frente de Sofía.

—No.

—Está bien.

Ella entró en el automóvil.

—Ponete el cinturón.

Hizo caso a la orden del hombre sin cuestionarlo.

Mientras tanto, el detective permanecía inmóvil.

El hombre cerró la puerta detrás de Sofía y luego se acercó al inspector, que intentó reaccionar pero no tuvo suficiente tiempo.

El golpe fue rápido. El arma no hizo ningún ruido.

El hombre utilizó la culata para golpearlo en la cabeza y Bellini cayó al suelo haciendo un ruido sordo.

Sofía gritó desde adentro del auto.

—¡Bellini!

El hombre abrió la puerta del conductor, subió y puso rápidamente el vehículo en marcha.

Ella miró por la ventana trasera. El inspector permanecía inconsciente sobre el pavimento.

El automóvil comenzó a alejarse y Madrid comenzó a desaparecer lentamente detrás de ellos.

Durante los primeros minutos, ninguno habló. El hombre conducía con una mano sobre el volante y con la otra sostenía el arma, que mantenía apuntando hacia Sofía.

Ella permanecía inmóvil.

—¿Quién es usted?

Silencio. No hubo respuesta del hombre al volante.

—¿Por qué me lleva?

El hombre ni siquiera la miró. La ignoró completamente.

—¿Qué quiere? ¡Dígame!

El hombre otra vez no respondió.

Ella miró por la ventana y vio cómo las calles que reconocía comenzaron a desaparecer.

El centro de Madrid quedó atrás. Luego las avenidas y, después, los edificios. El paisaje se volvió cada vez más industrial hasta que finalmente llegaron a una zona prácticamente abandonada.

Se detuvieron frente a un antiguo almacén.

El hombre bajó primero y abrió la puerta del lado del acompañante.

—Salí del auto.

Ella obedeció.

El hombre la guió, presionando el arma sobre su espalda, hasta el interior del almacén. El interior estaba oscuro. Había muebles viejos, cajas y objetos cubiertos de polvo.

Le señaló una silla de madera.

—¡Sentate ahí!

Ella se sentó sin dudarlo y, antes de que pudiera siquiera hacer una pregunta, el hombre tomó una cuerda y comenzó a atarle las manos detrás de la silla.

Se quedó quieta. Sabía que no era el momento de intentar nada arriesgado.

—No me voy a escapar.

Él continuó trabajando en silencio, en las vueltas de la cuerda y los nudos para sujetarla a la silla.

—Puede confiar en mí.

El hombre terminó de atarla y se incorporó.

—¿Quién es usted?

No hubo respuesta.

—¿Por qué me trajo aquí?

Él la miró pero, otra vez, no respondió.

Segundos después, sacó su teléfono del bolsillo, se alejó unos metros y marcó un número.

Esperó.

—Soy yo.

Hizo una breve pausa.

—Sí, ya sabés quién soy. Ella está acá conmigo. Por ahora sigue viva.

Luego, permaneció callado unos segundos, escuchando atentamente la voz del otro lado del teléfono.

—Vas a venir ahora a la dirección que te voy a pasar. Vas a venir sólo. Si siquiera siento que hay alguien más con vos, la mujer se muere. Traé todo lo que tengas sobre Sofía Álvarez.

El hombre permaneció en silencio mientras escuchaba la respuesta.

—Sí. Todo. Si dejás algo afuera, me voy a enterar y te juro que no la encontrás más.

Hizo un silencio breve.

—Sin trucos. Acá te esperamos. Apurate.

Colgó e inmediatamente escribió algo en el teléfono. Ella escuchó el sonido de un mensaje enviado desde su silla.

Segundos después, él guardó el teléfono y ella respiró profundamente.

—Escuché que quería toda la información sobre Sofía Álvarez. Yo soy Sofía Álvarez. Pregúnteme a mí lo que necesite. Deje a Bellini tranquilo que no tiene nada que ver.

El hombre no reaccionó. Sofía esperó.

—¿Me escuchó?

El hombre no la miró.

—Le estoy diciendo que yo soy Sofía Álvarez.

El hombre no se inmutó, lo que hizo que ella sintiera una mezcla de miedo y confusión.

—Si no quiere hablar, ¿por qué me trajo aquí?

Se hizo silencio. El hombre caminó unos pasos en dirección contraria a la silla donde la había atado con una gruesa soga y nudos que parecían saber muy bien su trabajo.

Pasaron unos minutos antes de que ella volviera a intentarlo.

—Escuche, hábleme. ¿Qué quiere de mí?

Él ni siquiera la miró.

Las horas comenzaron a pasar. La luz que entraba por una de las ventanas cambió lentamente.

Ella ya tenía la garganta seca.

—¿Quién es usted? ¿Qué quiere de Sofía Álvarez?

El hombre finalmente levantó la mirada y, por primera vez desde que habían llegado, sus ojos se encontraron, aunque su expresión no cambió.

—Mi nombre es Alfredo Álvarez.

Ella se quedó helada en su silla. El hombre bajó lentamente el arma.

—Sofía es mi hija. Estoy acá para recuperarla.