Capítulo 22 La vida de otra mujer #2
La mujer dejó de sonreír.
—No recuerdo. Mi memoria ya no es...
—Señora, ¿dónde la vio?
—Aquí, en el edificio, por supuesto.
—Pero el edificio estaba vacío.
La mujer se quedó pensativa.
—Sí.
—Entonces, ¿cómo pudo verla?
La mujer se encogió de hombros.
—No lo sé. Como ya le dije, inspector. A veces veo cosas que no están ahí.
Bellini cerró la libreta. Exhaló con fuerza.
—Gracias. Nos ha ayudado mucho.
La mujer los acompañó hasta la puerta.
Antes de salir, Sofía se dio vuelta para ver a la mujer.
—Una última pregunta.
La mujer esperó.
—¿Ella alguna vez hablaba de alguien?
—No.
—¿Nunca?
—Bueno...
La mujer se quedó pensando.
—Una vez.
Bellini volvió a prestar atención.
—Creo que fue la última vez que la escuché en el edificio.
—¿Qué dijo?
—Estaba hablando en la escalera. Supongo que por teléfono. En este edificio vacío el sonido llega a todas partes.
—¿Y qué dijo?
La mujer cerró los ojos durante unos segundos.
—No recuerdo exactamente.
—Cualquier cosa que recuerde.
La mujer abrió los ojos.
—Una vez se enojó porque no podía abrir su puerta. Su voz se escuchó por todo el edificio ese día.
—¿Recuerda cuándo fue eso? —preguntó Bellini.
—No recuerdo exactamente. Si quiere, puedo preguntarle a Arturo. Él siempre está escuchando a los vecinos. A ese hombre le encanta el chismorreo.
Sofía sintió un escalofrío.
—No, gracias. No lo moleste. Le agradezco mucho su ayuda.
La mujer abrió la puerta un poco más.
—Aunque pensándolo bien, podría haber sido yo que no podía abrir la puerta.
El detective la miró.
—¿Cómo?
—A veces hablo sola.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Arturo dice que es algo normal, que mucha gente lo hace.
—Es bastante normal, sí —dijo Bellini—. Muchas gracias por su ayuda.
—Adiós, detective y muchacha argentina. Un gusto conocerles.
La mujer miró hacia el interior del departamento, entró a su casa y simplemente cerró la puerta lentamente detrás de ella.
Bellini y Sofía quedaron solos en el pasillo.
—Bueno.
—¿Qué?
—No sé cuánto de lo que acabamos de escuchar podemos creer.
—Sí, lo sé.
—Aunque debo admitir algo.
—¿Qué?
—Me cae bien la señora.
Sofía sonrió ligeramente.
—Creo que usted y Arturo tienen razón. Sólo está un poco loca.
Ambos lanzaron una carcajada.
—Hay algo que me llama la atención. El abrigo.
Bellini dejó de sonreír.
—Sí. Eso fue bastante extraño, debo admitir. Pero dudo mucho que estuviera en sus cabales.
Ella bajó la mirada hacia su propio abrigo.
—No lo sé, Bellini. Yo siento que ya estuve aquí.
Bellini no respondió, sólo asintió con la cabeza.
—Vamos.
—¿Adónde vamos?
—No lo sé aún. Pero salgamos de aquí. Este lugar me da escalofríos.
Bajaron las escaleras en silencio y sólo volvieron a hablar una vez que estaban en la calle.
—¿Qué está pensando?
—Que esa mujer que vivía en el 214 podría haber sido yo.
—¿Qué le hace pensar eso? Esa mujer falleció hace once meses.
Sofía miró el abrigo.
—Porque siento que tiene sentido.
—¿El abrigo? ¿Es eso o realmente recuerda haber vivido aquí?
—No lo recuerdo exactamente. Es sólo una sensación.
Se tocó la frente.
—Recuerdo estar parada frente a un armario y haber elegido qué ponerme.
—¿Y cree que eso sucedió aquí?
—No lo sé.
—Entonces no podemos confirmarlo. Cambiarse frente a un armario no es evidencia suficiente para sostener una teoría como esa.
—Pero ella dijo que este abrigo pertenecía a Sofía. ¿No es extraño?
—Sí. Es extraño. Pero también dijo que hablaba con su marido muerto hace años.
—¿Y eso le parece extraño? —dijo sonriendo—. Usted ha pasado casi dos días hablando con una mujer muerta hace once meses.
El detective comenzó a sonreír nuevamente.
—Tiene razón. Si le parece que lo que usted siente podría ser algo que realmente sucedió, tendremos que encontrar pruebas.
—¿Y si no existen pruebas?
Bellini continuó bajando.
—Entonces deberemos armar alguna otra teoría, ¿no?
Ella hizo un gesto con la cabeza, dando a entender que estaba de acuerdo con el detective.
Siguieron caminando hasta el automóvil. Sofía se detuvo de repente.
—Bellini.
—¿Sí?
—Hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—Si esa mujer que hallaron en el auto hace once meses realmente era Sofía Álvarez, ¿por qué siento que algunas cosas de su vida me pertenecen?
Él la miró y pensó por unos segundos antes de responder.
—Tal vez porque está empezando a sentirse identificada con esa mujer.
Sofía frunció el ceño.
—¿Identificada? No lo entiendo.
—Usted y esa mujer tienen bastante en común, ¿no le parece? Después de todo, es como usted dijo, ambas están muertas.
—Muy gracioso, Bellini.
—No, en serio, piénselo. Está tratando de reconstruir sus recuerdos. Aún no tiene respuestas a la mayoría de sus preguntas. Y al mismo tiempo estamos investigando a una mujer sobre la cual tampoco tenemos respuestas.
—Pero eso no invalida mi teoría de que podría ser la misma persona.
—No. No la invalida necesariamente. No se preocupe. Tarde o temprano lo sabremos.
Llegaron al vehículo. Bellini se paró junto a la puerta del conductor y miró hacia el otro lado de la calle.
El automóvil oscuro estaba estacionado ahí, pero la distancia hacía imposible ver el interior del mismo.
Su expresión cambió ligeramente pero no dijo nada, sólo entró en el vehículo. Ella se sentó a su lado.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
Ella sonrió.
—Otra vez "nada".
Él encendió el motor.
—Esta vez realmente es nada.
Ella lo observó unos segundos hasta que el automóvil comenzó a avanzar, entonces comenzó a mirar por la ventana.
El inspector miró por el espejo retrovisor. La calle detrás de ellos estaba vacía.
Continuó conduciendo. Dobló en una esquina, luego en otra, se detuvo en un semáforo.
Entonces vio algo. Un automóvil oscuro apareció en el espejo. El detective no cambió de expresión esta vez. Simplemente siguió conduciendo.
Ella seguía mirando por la ventana.
—¿A dónde vamos?
—Al hotel.
—¿Por qué?
—No tenemos más pistas por el momento. Seguramente porque necesitamos descansar.
—Pensé que quería seguir investigando.
—Lo estamos haciendo bien.
—¿Cómo? Usted acaba de decir que no tenemos más pistas para seguir en este momento.
Bellini sonrió apenas.
—Lo estamos haciendo bien, intentando no morir de agotamiento.
Sofía sonrió.
Bellini volvió a mirar el espejo y notó que el automóvil seguía allí.
Giró a la derecha y vio que el otro automóvil dobló también en la misma dirección.
Tomó una calle más estrecha pero el automóvil continuaba detrás de ellos.
No había dudas. Los estaban siguiendo.
Su mano se cerró ligeramente sobre el volante. Ella lo notó.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—No me diga nada otra vez.
Él sonrió brevemente.
—Está bien.
Volvió a mirar el espejo.
—Creo que tenemos compañía.
Ella se giró para intentar ver.
—¿Dónde?
—No mire.
Ella obedeció inmediatamente.
—¿Es el mismo automóvil?
—Sí.
—¿Está seguro?
—Ahora sí.
Ella sintió que el miedo regresaba.
—¿Qué hacemos?
Bellini permaneció mirando hacia adelante.
—Nada.
—¿Cómo nada?
—Por ahora, no haremos nada.
—¿Por qué?
—Porque quiero saber quién es, y si actuamos como si lo hubiéramos descubierto, probablemente desaparezca y no podremos seguirle el rastro.
Siguieron avanzando y el automóvil oscuro continuó detrás de ellos.
Bellini no intentó perderlo ni tampoco aceleró. Simplemente siguió conduciendo.
Sin embargo, unas cuadras antes de llegar al hotel, el automóvil que parecía estar siguiéndolos, dobló hacia la izquierda en una esquina y desapareció.
Cuando llegaron al hotel, estacionaron frente a la entrada.
Ella bajó primero.
—¿Viene?
El inspector permaneció sentado.
—Ahora voy. Vaya a su habitación. Tengo que hacer algunas llamadas de trabajo.
Ella hizo un gesto con la cabeza y entró al vestíbulo.
Bellini se quedó sentado detrás del volante mirando atentamente hacia la calle.