El Otro Nombre Capítulo 22 La vida de otra mujer
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Capítulo 22 La vida de otra mujer

Bellini condujo en silencio durante unos largos minutos. Sofía miraba distraídamente a través de la ventana.

—Bellini —dijo repentinamente.

—¿Qué sucede?

—Me gustaría volver al edificio.

—¿Qué edificio?

—El del departamento 214. Alguien tiene que haber visto algo. Algún vecino cercano, algún encargado de un edificio de la zona, alguien…

—¿Está segura?

—Sí. Quiero saber quién vivía aquí.

El inspector se quedó callado unos momentos.

—Hay alguien que podría ayudarnos. Pero no estoy convencido de que sea buena idea.

—¿Un testigo?

—No exactamente.

—¿Quién?

—Es una mujer. Vive en el edificio abandonado. La entrevistamos durante el transcurso de la investigación. No se cuán confiable pueda llegar a ser.

—¿A qué se refiere? Si es alguien que vive en el edificio abandonado, seguro sabe quién habitaba el segundo piso.

—Si piensa que puede ayudarnos, allí es donde iremos.

Llegaron pocos minutos más tarde.

Sofía descendió del vehículo antes que el inspector, quien se quedó sentado tras el volante, revisando y contestando algunos mensajes.

Después de unos minutos de esperarlo, parada junto a la puerta del conductor, ella golpeó el vidrio. El detective se sobresaltó, la miró, guardó el teléfono en su bolsillo y descendió del auto.

—Perdón. El trabajo nunca se detiene en esta ciudad.

—¿Algo importante?

—No demasiado. Pero si dejo sin atenderlo, después será una pesadilla la cantidad de trabajo acumulado.

—Francamente, no entiendo por qué alguien elegiría hacer lo que usted hace.

El inspector la miró a los ojos, sonrió, pero no respondió la pregunta.

El edificio parecía distinto durante el día. La luz que entraba por las ventanas hacía visibles las paredes deterioradas y las manchas de humedad que durante la madrugada apenas habían podido distinguir. Ya no parecía un lugar abandonado, sino sólo un lugar viejo.

Subieron la escalera tratando de hacer el menor ruido posible. Llegaron al primer piso, donde encontraron una puerta entreabierta. Bellini se detuvo.

Del interior llegaba el sonido de una radio.

—¿Está segura de querer hablar con alguien que vive en un lugar así? Yo hablé con ella una vez. Parece faltarle un hervor.

La frase hizo sonreír brevemente a Sofía.

—Creía que este edificio estaba abandonado. Pero si hay alguien que vive aquí, creo que podría llegar a ser importante escuchar lo que dice.

—Es exactamente lo que se pensó la Policía cuando investigamos.

—¿Y? ¿Me está diciendo que no dijo nada que el gran inspector Bellini pudiera usar para avanzar en su persecución de la verdad y la justicia?

Sofía sonrió sarcásticamente, lo que hizo que él sonriera también.

—Veamos qué información puede obtener la gran detective Sofía.

Ella hizo un leve gesto con la cabeza, se puso seria y luego golpeó la puerta suavemente.

Esperaron hasta que una mujer mayor finalmente apareció detrás de la puerta.

—¿Sí?

Bellini mostró su identificación.

—Buenos días. Soy el inspector Bellini. Estamos investigando un asunto relacionado con el departamento del segundo piso.

La mujer lo observó durante unos segundos, como si estuviera procesando la información.

—¿El 214?

—Sí —respondió Bellini—. Exactamente. El 214.

La mujer abrió un poco más la puerta.

—¿Qué quieren saber?

—Estamos intentando averiguar quién vivía allí.

La mujer frunció el ceño.

—¿La muchacha argentina?

Sofía levantó ligeramente la cabeza. Bellini lo notó.

—Sí. Ella.

La mujer pensó unos segundos.

—No voy a poder ayudarlos.

—Inténtelo, por favor. Cualquier cosa que recuerde puede ser útil.

La mujer los observó en silencio, dudando. Luego suspiró, abrió finalmente la puerta y se hizo a un lado.

—Pasen. Pero no me hagan muchas preguntas. Me duele la cabeza cuando me hacen pensar demasiado.

—Entonces tendremos que intentar que no piense demasiado.

La mujer lo escuchó.

—No se preocupe. Ya estoy acostumbrada.

El departamento era pequeño y oscuro. Había fotografías familiares sobre una cómoda, algunas torcidas y otras apoyadas contra la pared.

Una mesa estaba cubierta con un mantel de flores demasiado grande para ella.

Sobre una silla había varias prendas dobladas y, en el suelo, un par de zapatos junto a una caja llena de revistas antiguas.

Una radio sonaba en algún lugar de la habitación.

—¿Hace cuánto que vive usted aquí? —preguntó Bellini.

—Desde siempre. Con mi Arturo. Fuimos de las primeras personas en comprar un piso en este edificio. Eso fue en 1983.

Señaló una fotografía.

—Ese era mi Arturito. Nos dejó hace seis años. Que Dios lo tenga en su gloria.

Sofía miró la fotografía.

—Lo siento mucho.

—Gracias, querida.

La mujer la observó unos segundos.

—Eres argentina.

Sofía sonrió.

—Sí.

—Qué lindo acento. A Arturo le gustaba tanto ese país.

—¿A su esposo?

—A mi hermano.

La mujer se quedó callada.

—Aunque Arturo también tenía buen gusto.

Bellini miró a Sofía, quien con esfuerzo notable consiguió contener la sonrisa.

—¿Cuánto tiempo vivió ella aquí? —preguntó Bellini.

—¿Quién?

—La mujer del 214.

—Ah. La chica de arriba.

—Sí.

—No demasiado. Quizás un año. Tal vez un poco más.

—¿Recuerda su nombre?

La mujer lo miró como si la pregunta fuera absurda.

—Por supuesto. Sofía.

—¿Sofía Álvarez?

La mujer asintió.

—Exactamente. Sofía Álvarez.

Bellini permaneció inexpresivo.

—¿Está segura?

—Sí. Una vez recibió una notificación y vi el nombre.

La mujer señaló una pequeña pila de sobres sobre una mesa.

—Yo siempre leo el correo de los demás.

Bellini levantó una ceja. La mujer sonrió.

—Es una broma.

Hizo una pausa.

—Bueno, más o menos.

—¿Cómo era ella?

La mujer sonrió ligeramente.

—Callada. Bastante reservada.

—¿Tenía amigos?

—No lo sé.

—¿Familia?

—No lo creo. Nunca la vi con nadie.

—¿Hombres?

La mujer negó con la cabeza.

—Nunca. Eso seguro.

—¿Trabajaba?

—Sí. Desde casa.

—¿Sabe de qué trabajaba?

—Algo con computadoras. Siempre estaba frente al ordenador.

Sofía sintió un pequeño escalofrío.

—¿Recuerda algo más?

La mujer pensó.

—Le gustaba comprar ropa.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque siempre subía con bolsas.

Señaló el techo.

—Una vez pensé que se estaba mudando. Después entendí que simplemente compraba demasiado.

Bellini sonrió.

La mujer continuó:

—También recibía muchos paquetes. Ropa, zapatos, esas cosas. A veces yo los recibía porque estaba todo el día aquí.

Miró alrededor.

—No tengo otra cosa que hacer.

Después señaló un rincón de la habitación.

—Excepto hablar con Arturo.

Sofía miró hacia donde señalaba. No había nadie.

La mujer pareció darse cuenta.

—No se preocupen. No responde. Está completamente sordo.

—¿Cómo era su forma de vestir? —preguntó Sofía.

—Elegante. Aunque no demasiado. Tenía muchos abrigos.

—¿Muchos abrigos?

—Demasiados para una mujer que vivía sola.

La mujer soltó una pequeña carcajada.

—Nunca entendí a vuestra generación. Compran más ropa de la que podrían usar en dos vidas.

—¿La vio alguna vez de cerca?

—Una vez me invitó a pasar. Le había dejado unas bolsas en la puerta.

La mujer se quedó pensando.

—Parecía que tuviera una tienda dentro del armario.

Sofía se quedó mirándola. De repente, cerró los ojos y una imagen apareció en su mente.

Un armario abierto, ropa, una mano moviendo una percha, un abrigo oscuro y una voz.

La imagen desapareció rápidamente. El inspector dio un pequeño paso hacia ella.

—¿Está bien?

Ella abrió los ojos.

—Sí. Estoy bien.

La mujer mayor la observaba.

—¿Le pasa algo?

—Sólo está cansada —respondió el detective.

Sofía lo miró extrañada, pero no lo corrigió.

La mujer volvió a pensar.

—Había un abrigo que usaba mucho.

Sofía sintió que el corazón comenzaba a latir más rápido.

—¿Cuál?

—Uno oscuro. Largo.

Sofía bajó la mirada y, sin darse cuenta, llevó una mano al borde de su propio abrigo.

La mujer la observó.

—Como ese.

Sofía abrió los ojos de par en par.

—¿Este?

La mujer señaló el abrigo.

—Sí.

Durante unos segundos nadie habló y de fondo sólo se escuchaba el ruido de una radio, prendida en algún lugar de la casa.

—¿Está segura? —preguntó el inspector.

—Completamente.

—Aunque...

Se ajustó los anteojos.

—Mi vista ya no es lo que solía ser. Debo ir a ver a un especialista. Quizás no sea exactamente el mismo abrigo.

Bellini soltó el aire lentamente.

—¿Quizás?

—No se enoje, inspector. A esta edad las personas vemos menos de la mitad de lo que tenemos adelante. A veces recuerdo cosas que nunca ocurrieron y olvido cosas que sí. Por suerte mi Arturito está aquí para ayudarme. No sé cómo haría si estuviera sola.

Sofía intentó sonreír. Pasó los dedos por la tela.

Una imagen apareció nuevamente:

El armario abierto, varias prendas sobre una cama, una mujer sosteniendo un abrigo, la misma mujer frente a un espejo. Después, una caja.

Respiró profundamente.

—¿Qué vio? —preguntó Bellini.

Ella tardó en responder.

—El armario.

—Descríbalo por favor.

Ella asintió.

—Había ropa.

—¿Ropa de mujer?

—Sí. Había una mujer.

—¿Una mujer sola?

—Sí. Pero no sé quién era.

La anciana las observó.

—¿Está segura de que no conoció a Sofía?

Sofía levantó la mirada.

—No.

La mujer frunció el ceño.

—No entiendo bien qué está haciendo aquí.

El detective intervino.

—Estamos intentando reconstruir lo que ocurrió con ella.

—Ah. Claro.

La mujer pareció aceptar la respuesta.

—Entonces sí que necesitan estar un poco locos.

—¿Por qué dice eso?

—Porque para meterse en la vida de los muertos hay que estar un poco loco.

—En eso quizá tenga razón.

La mujer sonrió satisfecha.

—¿Ve? Sólo estoy medio loca. Me lo dice mi Arturito todos los días.

Bellini sacó una pequeña libreta.

—¿Recuerda el día en que dejó de verla?

La mujer dejó de sonreír. Clavó sus ojos en los del detective.

—No.

—Piénselo por favor.

—Simplemente dejó de aparecer.

—¿De un día para otro?

—Creo que sí.

—¿Le dijo que se iba?

—No. Pero era muy reservada.

—¿Dejó alguna pertenencia?

La mujer negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Nunca volvió a verla?

—No que yo recuerde.

Hizo una pausa.

—Aunque una vez la vi después de que se fue.

Bellini levantó la mirada.

—¿Después de que se fue?

La mujer lo miró y una sonrisa se dibujó en su cara.

—Sí. Después de que se fuera.

El inspector abrió los ojos y se acercó unos pasos hacia ella.

—¿Cuándo?