Capítulo 21 El cuerpo #2
Había armarios, un lavamanos. Algo que parecía bandejas de instrumentos cubiertos por una tela.
Sofía sintió que el estómago se le cerraba.
No había nada extraordinario en aquella habitación, por lo menos hasta ese momento. Nada que justificara el miedo que estaba sintiendo.
Y, sin embargo, no veía la hora de salir. Eso es lo que quería: salir. Volver a la calle, respirar aire fresco.
Sintió un impulso extraño de querer ver movimiento, ver personas. Cualquier persona.
El hombre se acercó a uno de los armarios, mientras Bellini permanecía junto a la puerta.
—Si hay información acerca del destino de ese cuerpo, Lorenzo, debería estar en este registro.
El hombre puso en las manos del detective un enorme libro de tapa dura, color negro. El inspector comenzó inmediatamente a buscar la fecha del 10 de Noviembre de 2025, la fecha en que la policía había sido notificada sobre el cuerpo hallado en el automóvil.
—Necesitamos asegurarnos que el cuerpo no está aquí, Carlos.
—El cuerpo de esa mujer no está aquí. Pero eso ya lo sabes.
—De todas maneras, necesitamos revisar que no se encuentre almacenado en uno de estos compartimentos por error. No quisiera pasar por alto ese detalle en la investigación.
Carlos dijo algo ininteligible en voz baja.
—A la orden, inspector.
El hombre tomó una pequeña escalera de metal y comenzó a revisar todos los compartimentos, abriendo las compuertas una por una, extrayendo la camilla de acero inoxidable.
Cada vez que extraía un cuerpo, levantaba la mortaja blanca que cubría la cara y comprobaba las identidades de los muertos, leyendo las etiquetas colocadas alrededor del primer dedo de los pies de los cadáveres.
Sofía miró la mesa.
Y entonces ocurrió nuevamente. Una imagen. Breve y fragmentada.
Ella estaba allí. Pero no exactamente allí. En una habitación parecida.
Una mesa de acero con una persona acostada sobre ella.
Sofía tenía algo en la mano que parecía un cuaderno. Había algo escrito: números, palabras, alguna fecha.
La imagen desapareció con el primer parpadeo de ojos.
Respiró profundamente e intentó concentrarse. Volvió a aparecer.
Esta vez vio sus propias manos. Estaban sosteniendo un bolígrafo, escribiendo. Una línea, otra. Después levantó la mirada.
Frente a ella había un cuerpo.
Abrió los ojos y la habitación volvió a aparecer, vacía.
—¿Qué pasa? —preguntó el detective, levantando la mirada y manteniendo el libro abierto en la última página revisada.
Ella lo miró, tratando de disimular.
—Nada.
—Está temblando.
Ella miró sus manos. Tenía razón.
—Tuve una imagen.
Bellini se acercó.
—¿De qué?
Ella miró nuevamente la mesa.
—Un cuerpo.
El hombre que estaba revisando los cuerpos en los armarios levantó la mirada.
—¿Qué dijo?
Bellini se giró para mirarlo.
—Carlos, continúa haciendo lo que te pedí, por favor.
El hombre asintió.
Sofía volvió a mirar la mesa. Otra imagen apareció automáticamente.
Esta vez, ella estaba acostada mirando hacia arriba, mientras una mano enguantada soltaba un bisturí sobre una bandeja, y unas mujeres detrás le alcanzaban otros instrumentos. Era un lugar más cálido.
Ella miraba a la gente que la miraba desde arriba, pero no podía entender lo que estaban haciendo. De repente, un grito. Un llanto. Una sonrisa.
En ese instante, el encargado de la morgue abrió uno de los compartimentos con fuerza, haciendo que su escalera tambaleara de un lado hacia el otro.
El sonido metálico hizo que Sofía abriera los ojos.
Intentó recordar pero nada más apareció en su mente.
La imagen desapareció tan rápido como había llegado.
El inspector la observó.
—No tiene que recordar todo ahora.
—Sí. Tiene razón.
Carlos, el contacto del inspector, cerró el compartimento.
—Como ya te he dicho, Lorenzo, no está aquí. Si quieres, puedes seguir buscando todo el tiempo que quieras, pero te garantizo que el cuerpo de esa mujer no está aquí.
—¿Estás seguro?
—Sí. Ya te lo he dicho. Ese cuerpo se extravió. Se perdió. Se lo tragó la tierra. No existe.
Bellini lanzó una sonrisa extraña. Miró a Carlos y le preguntó:
—¿Es algo común para ustedes algo así? ¿Perder el rastro de los cuerpos antes de la autopsia?
El hombre que hasta ahora no había sido otra cosa que amable, cambió su gesto por completo. Se lo veía enojado, furioso.
—Eso no puedo decírtelo, Lorenzo. No llevo la cuenta.
—Bueno, bueno. No hay necesidad de perder la cabeza. Ya con un cuerpo perdido es suficiente.
La cara del hombre indicaba que estaba bastante cerca de perder los estribos.
—¿Qué más puedes decirme, Carlos? Dime algo útil.
—Lorenzo, no te pases. Sé lo mismo que tú sabes. Lo que figura en los registros.
—¿Y qué es lo que dicen los registros?
El hombre respiró profundamente y exhaló con fuerza, intentando recuperar la compostura.
—Dicen que el cuerpo llegó aquí.
—¿Cuándo?
—La misma noche del traslado.
—¿Quién lo trajo?
El hombre dudó.
—¿Estás interrogándome a mí? ¿Qué es esto, inspector Bellini? ¿Dónde está tu orden para poder ingresar al recinto?
—Carlos, por favor.
Una vez más, el hombre clavó sus ojos enrojecidos en el detective, juntó aire y lo expulsó con fuerza.
—No lo recuerdo. Fue hace once meses.
—Sí que recuerdas. Inténtalo.
El hombre miró hacia uno de los armarios.
—Alguien solicitó que fuera trasladado nuevamente.
—¿Quién?
El hombre volvió a negar con la cabeza.
—No lo sé. Venga, es hora de irse que tengo mucho por hacer. Ya me has hecho hacer el tonto demasiado.
—Carlos, ¿dónde fue llevado el cuerpo?
—Tampoco lo sé, ¿sí? ¿Qué es esto? ¿Una broma? Yo no soy responsable si un cuerpo se extravía. Busca en tu propia jurisdicción si quieres más respuestas. Ahora, vamos. A tomar por culo, Lorenzo.
—Gracias por tu ayuda, Carlos. No volveremos a molestarte.
El detective y Sofía comenzaron a caminar nuevamente de regreso al auto, seguidos por Carlos, quien caminaba en silencio. Solo el ruido de sus pasos se escuchaba resonando en el ambiente.
Una vez afuera, ella cerró los ojos y tomó una gran bocanada de aire, lo que le hizo sentir como si hubiera estado conteniendo la respiración por un largo rato, desde que habían entrado.
Cuando los abrió, Bellini estaba junto a ella, mirando al hombre, que los miraba desde la puerta metálica de color gris.
El inspector levantó su mano para saludarlo.
—Carlos, gracias por tu ayuda. En serio.
—Que te den, Lorenzo.
Comenzó a cerrar la puerta, pero antes de cerrarla por completo, se detuvo y la volvió a abrir.
—Ah, una cosa más, Lorenzo —dijo en una voz bastante firme—. No hay más favores. Estamos a mano.
Se dio vuelta nuevamente y cerró la puerta de un portazo.
Subieron al auto, Bellini puso el motor en marcha.
—¿Qué fue todo eso? —preguntó Sofía.
El detective sonrió.
—¿Carlos? No está muy acostumbrado a interactuar con personas vivas. Estará bien, no se preocupe.
El inspector lanzó una pequeña carcajada y miró a su derecha, intentando buscar una sonrisa cómplice. Sin embargo, Sofía no sonrió.
—Venir aquí fue una pérdida de tiempo, Bellini. ¿No lo cree?
—¿Una pérdida de tiempo? Para nada. Carlos no es bueno con los secretos. Mucho menos cuando pierde la paciencia. ¿No escuchó lo que dijo? Si queremos más respuestas, debemos buscar dentro de mi jurisdicción.
Ella lo miró sorprendida. Abrió la boca como para decirle algo pero luego la cerró.
—Es usted muy hábil llevando a la gente donde usted quiere, ¿verdad?
El inspector sonrió plácidamente.
—No se trata de llevarlos donde yo quiero sino de llevarlos donde es necesario para descubrir la verdad.
Ella asintió con la cabeza y se giró para mirar por la ventana mientras el vehículo comenzaba a moverse.