El Otro Nombre Capítulo 21 El cuerpo
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Capítulo 21 El cuerpo

Al salir de la estación, el aire frío los golpeó más fuerte de lo que esperaban. Apuraron el paso hasta el automóvil sin decir una palabra.

La comisaría quedó detrás de ellos, iluminada por los pocos rayos de sol que se filtraban entre el cielo nublado.

Bellini se sentó al volante y encendió el motor.

Sofía comenzó a mirar por la ventana. Los edificios de Madrid pasaban rápidamente frente a sus ojos.

De repente, algo apareció en su cabeza. Una imagen incompleta, más parecida a una sensación acompañada de fragmentos de una carretera en la oscuridad. Unas manos sobre un volante.

Cerró los ojos intentando recordar más detalles pero la imagen desapareció.

Volvió a abrirlos.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Está pálida.

Ella respiró profundamente.

—Creo que acabo de recordar algo.

Él redujo ligeramente la velocidad.

—¿Qué?

—Un automóvil.

—¿Qué automóvil?

—No lo sé.

Se llevó una mano a la frente.

—Creo que un hombre conducía.

—¿Un hombre?

—Sí. Creo.

—¿Dónde?

Negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé.

Volvió a cerrar los ojos, hizo un esfuerzo por recordar una vez más. Esta vez apareció algo más:

Una calle estrecha, un edificio y una puerta metálica. Y ella dentro del automóvil, esperando. De repente miraba su teléfono como si estuviera esperando una llamada importante. Poco después, el teléfono comenzó a vibrar.

La imagen desapareció. Sofía abrió los ojos de golpe.

—¿Qué pasó?

—No lo sé.

—¿Recuerda algo más?

—Estaba esperando una llamada.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Cuánto tiempo?

—No puedo recordar eso. Es como si no hubiera más imágenes a partir de ese momento.

Bellini volvió a mirar la carretera.

—¿Recuerda dónde estaba?

—No.

Se quedaron en silencio unos segundos.

—Pero creo que estaba esperando que alguien me dijera que el momento de hacer algo había llegado. Es como si estuviera esperando ansiosamente una orden.

—¿Y se fue? Intente recordar. Podría ser importante.

Ella cerró nuevamente los ojos y después de un esfuerzo de volver a evocar el recuerdo, la imagen volvió. El automóvil, la oscuridad, una puerta, su mano sobre el teléfono y, entonces, otra cosa: una voz.

No podía entender las palabras. Solo reconoció el tono. Era una voz masculina.

Abrió los ojos.

—No.

—¿Qué?

—No puedo recordar.

El inspector asintió y no volvió a insistir.

Siguieron conduciendo.

Después de unos minutos, Bellini tomó una calle más estrecha.

—¿Dónde estamos?

—Cerca.

—¿Cerca de qué?

—De la estación donde supuestamente enviaron el cuerpo. Iremos a la morgue.

—¿La morgue que extravió el cuerpo?

—No sabemos si fue así.

Hizo una pausa.

—Pero los registros indican que fue trasladado allí y es a partir de ese momento que le perdimos el rastro al cuerpo.

—¿Y usted tiene un contacto en esta estación? ¿No es fuera de su jurisdicción?

—Sí. Es cierto. Y sí. Tengo un contacto. Trabajamos juntos en cientos de casos.

El inspector tomó el teléfono.

—Voy a avisarle que vamos.

—¿Ahora?

—No veo por qué no.

—Es temprano todavía. Quizás no esté allí. Su estación estaba bastante despoblada. Por lo menos en el piso donde está ubicada su oficina.

Bellini sonrió.

—No todos los policías son tan comprometidos con su trabajo.

—¿Está usted seguro de que el cuerpo fue llevado ahí?

—El expediente dice que sí.

—El expediente dice muchas cosas.

—Exactamente. Por eso, creo que va a ser mejor que investiguemos la morgue para asegurarnos.

La incomodidad de Sofía crecía y se volvía cada vez más notoria en su rostro.

—Bellini, sea sincero. ¿Qué espera encontrar?

Él pensó la respuesta antes de contestarle.

—Algo que no haya sido descubierto aún.

Ella tardó unos segundos en comprender.

—¿Una prueba que no dependa de un documento o del expediente?

—Eso mismo.

El silencio invadió el interior del automóvil. El detective concentró su mirada en el camino delante de ellos. De repente, giró su cabeza hacia ella y la miró por unos segundos antes de volver a mirar el camino.

—¿Qué? —preguntó ella en un tono que traslucía su incomodidad.

—Nada.

—Otra vez esa respuesta. A lo mejor su español no es tan completo después de todo, ispettore .

Bellini sonrió apenas.

—Questa donna sarà la mia rovina.

—¿Lo qué?

—Que estoy pensando…

Ella sonrió.

—Estoy segura de que eso fue lo que dijo.

La sonrisa se dibujó en la cara del inspector. Ella no lo había visto sonreír así. Era una sonrisa contagiosa. Por unos breves instantes, ambos se quedaron en silencio, sonriendo, compartiendo ese momento.

Unos instantes más tarde, el auto se detuvo en un semáforo. Bellini sacó su teléfono.

Ella observó cómo buscaba un número.

—¿Quién es su contacto?

—Un hombre que trabaja en la morgue en este precinto.

El teléfono comenzó a sonar hasta que finalmente alguien respondió.

Él habló con una voz tranquila, mientras conducía el vehículo.

—Hola. Soy Bellini.

Silencio.

—Sí. Perdón por la hora. Sé que es temprano para ti.

Escuchó la respuesta de su contacto en silencio.

—Necesito hacer una consulta sobre un traslado de un cuerpo hace once meses.

Ella intentó escuchar pero no podía oír la voz del otro lado.

Él continuó.

—Sí. El cuerpo de una mujer.

Hizo una pausa.

—Exactamente.

Miró por el parabrisas.

—No. Todavía no tengo el número.

Hizo un silencio más largo esta vez.

—Una cosa más, Carlos. Voy acompañado.

Bellini no la miraba mientras hablaba. No la había mirado desde que comenzó a hablar con su contacto. Segundos después agregó:

—Sí. Una mujer que está acompañándome en la investigación.

Otra pausa.

—No, no es de la fuerza, pero no se preocupe.

Bellini hizo una pequeña y última pausa.

—Llegaremos en unos minutos. Gracias.

Escuchó algo nuevamente y después de eso, la llamada terminó.

Dejó el teléfono sobre la consola.

—¿Todo bien? —preguntó Sofía.

—Sí. Todo bien.

—¿Qué le dijo?

—Que podemos pasar.

—¿Y sabe qué es lo que estamos buscando?

—Sí. Lo sabe.

—¿Qué es lo que sabe?

Bellini volvió a mirar la carretera.

—Sabe que estamos buscando el cuerpo de una mujer. Uno que desapareció hace once meses.

De repente, el teléfono vibró. Él lo tomó, miró la pantalla, escribió una respuesta y lo dejó nuevamente en la consola.

Sofía volvió a mirar por la ventana, sin decir nada más hasta llegar a su destino.

La estación apareció unos minutos después. Era un edificio antiguo, de fachada gris y varias ventanas pequeñas. No parecía una comisaría.

Al menos no desde aquella calle. Bellini pasó de largo frente a la entrada principal.

Ella lo miró.

—¿No es por ahí?

—No si queremos pasar inadvertidos.

—¿A qué se refiere?

—Es como usted dijo, esta no es mi jurisdicción. Además, no tenemos orden de un juez para allanar una morgue de la policía. ¿Entiende?

Ella asintió.

El inspector giró en la siguiente esquina. La calle lateral era mucho más estrecha. Al final había una puerta metálica de color gris.

Estacionaron frente a ella. Él apagó el motor.

Ella observó el edificio a través de la ventana lateral del lado del conductor. Algo dentro de ella se movió.

Tuvo de repente una sensación extraña. Como si ya hubiera estado ahí. Era una sensación de reconocimiento.

Miró la puerta y durante un instante tuvo una imagen. Una nueva sensación la invadió tomándola por sorpresa. Era de certeza. Ella ya había estado ahí. Pero la imagen desapareció antes de que pudiera visualizar cualquier tipo de detalle.

La sensación de saberlo con seguridad, sin embargo, permaneció intacta. Era algo extraño, no tener duda alguna de haber estado en un lugar pero no poder recordar nada al respecto.

—¿Qué pasa? —preguntó Bellini.

—Nada.

—Otra vez, ¿no es cierto?

—¿Qué?

—Está recordando algo.

Sofía miró la puerta.

—Sí. Sé que ya estuve aquí alguna vez.

—¿Está segura?

—Sí. Aunque no puedo recordar cuándo ni puedo decirle para qué. Pero no me cabe ninguna duda. Estuve aquí alguna vez.

Se llevó una mano al pecho.

—Siento que conozco este lugar.

Él bajó del automóvil.

—Vamos.

Ella salió detrás de él.

Caminaron hasta la puerta. El detective llamó golpeando la puerta tres veces.

Esperaron un largo rato hasta que por fin escucharon pasos.

La puerta se abrió lentamente. Detrás de ella estaba parado un hombre de unos cincuenta años. Vestía pantalones oscuros, una camisa blanca y una chaqueta gris.

—Inspector.

—Buenas noches Carlos.

El hombre miró a Sofía y luego de nuevo al inspector.

—Pasen.

Lo primero que sintió Sofía al cruzar la puerta fue frío. Pero no era un frío normal, era un frío seco, artificial.

El aire parecía demasiado limpio. Demasiado quieto.

El pasillo era estrecho y estaba iluminado por tubos fluorescentes que producían una luz blanca con un leve tono azulado.

No había ventanas y las paredes estaban cubiertas de azulejos blancos.

El suelo también estaba exageradamente limpio. Como si alguien hubiera decidido que cualquier tipo de marca de suciedad o cambio de color en las grandes baldosas era inaceptable.

Cada paso producía un pequeño eco.

La puerta metálica se cerró haciendo un ruido que resonó en todo el lugar, sobresaltando a Sofía, quien intentaba con todas sus fuerzas disimular su inquietud.

El hombre comenzó a caminar delante de ellos.

El lugar estaba completamente silencioso. No había voces, ni teléfonos sonando. Tampoco había máquinas.

Solo el sonido de sus zapatos y un zumbido constante que parecía provenir de alguna parte detrás de las paredes.

Sofía intentó respirar hondo para calmar su ansiedad pero no lo consiguió. Al entrar al primer salón, el olor la golpeó.

Era extraño. Una mezcla de productos químicos, desinfectante y algo más. Algo dulce, penetrante.

—“Formaldehído” —dijo en voz alta.

No sabía por qué conocía aquella palabra, que apareció en su cabeza automáticamente.

El inspector se dio vuelta.

—¿Está bien?

Ella asintió.

—Sí. No se preocupe.

Continuaron. A cada lado había puertas metálicas. Algunas tenían pequeñas ventanas de vidrio.

Ella evitó mirar. No sabía qué había detrás, y tampoco quería saberlo.

El hombre abrió una puerta.

—Por aquí.

Entraron en otra habitación. Era más grande y la luz era todavía más blanca.

Había una mesa de acero inoxidable en el centro con varias bandejas metálicas ordenadas cuidadosamente sobre ella.