Capítulo 20 La carpeta roja
La comisaría comenzaba a llenarse cuando Bellini y Sofía regresaron.
El cambio era evidente.
Hacía apenas unas horas, el edificio había parecido suspendido en el tiempo, ocupado únicamente por unos pocos agentes y el murmullo distante de las computadoras. Ahora había teléfonos sonando, puertas abriéndose y cerrándose y voces que se cruzaban desde distintos despachos.
El recepcionista de turno levantó la mirada al verlos entrar y saludó brevemente al inspector.
Bellini señaló una de las sillas junto al mostrador.
—Siéntese aquí. No debería tardar más de unos minutos.
Sofía obedeció.
—¿Qué va a hacer?
—Voy a buscar un café.
—¿Más café?
—Sí. Es parte de mi organismo. No puedo funcionar bien sin él.
Ella lo miró con cierta curiosidad.
—¿Quiere uno? —le preguntó.
Ella negó con la cabeza.
—No, gracias. Ya tomé uno hace un rato. Mi cuerpo sólo puede ingerir cafeína en pequeñas dosis durante el día. Una sobrecarga podría tener consecuencias catastróficas.
Bellini sonrió.
—Entonces tendré que beberlo solo.
—Como me imagino es su costumbre, ¿verdad?
Su sonrisa se amplió hacia ambos lados de su cara.
—Sí. Esa es mi costumbre.
Tomó un sorbo y miró hacia el reloj de la pared.
—Todavía tengo que ocuparme de la declaración.
—¿Quiere que espere aquí?
—Preferiría que subiera conmigo y me esperara en mi despacho.
—¿En su oficina? ¿Seguro?
—Sí. Creo que sería lo más conveniente en este momento.
Sofía se levantó.
Bellini comenzó a subir las escaleras y ella lo siguió.
Llegaron al segundo piso, donde el pasillo estaba casi vacío.
Cuando entraron en la oficina, ella reconoció inmediatamente las dos sillas, el escritorio, el archivador y la ventana.
El inspector dejó la taza sobre el escritorio.
—Quédese aquí.
—¿No debería acompañarlo?
—No será necesario. Sólo tengo que tomar la declaración. No serán más de quince minutos.
—¿Seguro?
—Seguro.
—¿Y si alguien entra?
—Esta vez no hay nada de qué preocuparse.
Ella sonrió.
—Ya lo escuché decir eso antes.
—Y nos viene funcionando bastante bien, ¿no lo cree?
Ella soltó una pequeña risa.
El detective tomó algunos papeles que estaban sobre una mesa lateral.
—Volveré enseguida.
Salió.
La puerta quedó entreabierta.
Sofía permaneció de pie unos segundos y luego se sentó.
Sacó el teléfono del bolsillo.
La pantalla mostraba varias notificaciones. Sobre todo noticias que prefería no leer.
Abrió una aplicación pero rápidamente la cerró.
Volvió a abrirla con resignación y comenzó a mirar videos cortos uno tras otro.
Después de unos minutos, levantó la mirada. La oficina estaba completamente silenciosa.
Miró hacia la puerta pero no había señales de Bellini todavía.
Suspiró. Caminó lentamente alrededor del escritorio. No tenía nada más que hacer.
Observó algunos documentos apilados, una libreta, un bolígrafo y la taza de café que el inspector había dejado sobre la mesa.
Entonces vio la carpeta.
Era roja y estaba colocada casi en el centro del escritorio.
No recordaba haberla visto la noche anterior.
Se acercó y notó que en la portada había algunas palabras escritas a mano.
EXPEDIENTE CERRADO
Debajo había un número de expediente y una fecha.
Se quedó mirándola unos segundos.
Sabía que no debería abrirla. Era evidente. Era obvio que era documentación policial y que no era asunto suyo.
Además, Bellini le había dicho que esperara.
Se alejó un paso pero, unos segundos después, volvió a acercarse.
Miró nuevamente hacia la puerta. Seguía vacía. No había nadie cerca del lado de afuera de la oficina.
Tomó la carpeta y la sostuvo entre sus manos.
Durante unos segundos dudó pero finalmente la abrió.
El primer documento era un resumen de la investigación.
Una persona había sido encontrada muerta meses atrás.
Al principio, la policía había considerado la muerte accidental.
No había señales evidentes de violencia.
El caso parecía sencillo.
Pero el inspector a cargo, Lorenzo Bellini, había encontrado algunas inconsistencias.
Una declaración no coincidía con otra. Había documentos que faltaban y, al parecer, alguien había ocultado información.
Continuó leyendo.
La investigación había demostrado que una de las personas involucradas había mentido para proteger a alguien más.
No había sido responsable directamente de la muerte, pero había ocultado información que podría haber cambiado la investigación desde el principio.
Él había descubierto la mentira, encontrando las pruebas que faltaban, resolviendo concluyentemente el caso.
Pasó la página. Había una última anotación. Una frase breve, anotada a mano:
“La investigación permitió establecer la verdad de los hechos y devolver justicia a la familia de la víctima”.
Cerró la carpeta con cuidado y procuró dejarla en el mismo lugar exacto, sobre el escritorio.
Pensó en Bellini. Si había podido resolver ese caso, el de la carpeta roja, ¿podría ayudarla a ella a hallar la verdad también?
Decidió en ese momento que confiaría en él para responder la pregunta que todavía no podía responder. La pregunta sobre qué había ocurrido realmente aquella noche once meses atrás.
Unos segundos más tarde, la puerta se abrió.
Sofía se volvió rápidamente. Bellini la miró, miró su reloj.
—Tal como le dije. Menos de quince minutos.
—Encontré esto —dijo Sofía, señalando a la carpeta en el medio del escritorio—. Perdón, detective, yo sé que no debía hacerlo, pero la abrí y la leí.
Él caminó hasta el escritorio.
—Ya veo.
—¿Este caso lo investigó usted?
—Así es.
—¿Lo resolvió?
—Si lo leyó ya sabe la respuesta a esa pregunta.
Ella sonrió levemente.
—Parece que hizo un buen trabajo.
—Hice lo que tenía que hacer.
—La familia pudo saber la verdad gracias a usted.
—Sí.
—Aunque la verdad no pudiera cambiar lo que había sucedido.
Él levantó los ojos hacia ella.
—La justicia no siempre puede cambiar lo que ocurrió.
Sofía se quedó mirándolo en silencio.
—Pero puede impedir que una mentira sea lo único que quede —añadió el inspector.
La frase quedó suspendida entre ambos.
—Eso es importante.
—No. Eso es lo único que importa.
Tomó la carpeta y la cerró.
—Eso es lo que debe hacer un buen detective. Y eso es exactamente lo que le prometo. Hallar la verdad y hacer justicia.
Ella sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas. Se sentía protegida.
—Ahora tenemos que irnos.
Ella tomó su abrigo y se secó los ojos con la manga.
—¿A dónde vamos?
Él miró hacia la puerta.
—A buscar un cuerpo.