El Otro Nombre Capítulo 19 El hombre del automóvil
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Capítulo 19 El hombre del automóvil

El vestíbulo del hotel estaba casi vacío. La madrugada había dejado paso lentamente a las primeras horas de la mañana y la luz que entraba por los ventanales tenía un tono grisáceo. Madrid comenzaba a despertar en un nuevo día.

Bellini permaneció unos segundos en la puerta, del lado de la calle. Sofía estaba detrás de él, todavía pensando en lo que acababa de suceder. Todo parecía conectado, incluso si el inspector no quería admitirlo.

—Escuche, el plan es que usted descanse y podamos retomar la investigación más tarde.

—Bellini, yo honestamente no creo que pueda…

—Debe intentarlo. Pero antes, me gustaría hacerle unas preguntas al hombre detrás del mostrador.

—No confía en nadie, ¿verdad?

—Hoy no. Después de lo que vi, no confío ni en mi propia sombra.

Ella sonrió levemente. Entraron al hotel y se dirigieron directamente al mostrador, donde el empleado estaba sentado detrás de la computadora, pero mirando la pantalla de su teléfono.

—Buenas noches.

—Buenas noches —respondió el empleado.

—La señora se está hospedando en la habitación 214.

—La señora… Álvarez.

—Correcto. Entiendo que la reserva se hizo hace unos días. Al parecer, la señora ya se había hospedado en este establecimiento el año pasado. Necesito corroborar cierta información.

—Disculpe, pero ¿quién es usted?

—Soy el Inspector Lorenzo Bellini de la Policía de Madrid. Estoy llevando a cabo una investigación y esa es información que necesito de usted, podría ser relevante para el caso.

El recepcionista negó lentamente con la cabeza.

—Disculpe, inspector. Por supuesto. ¿Qué información necesita?

—¿Puede acceder al historial de reservas bajo el nombre de un huésped específico?

—Sí. No hay problema. ¿Cuál sería el nombre del huésped?

—Sofía Álvarez.

—¿Ella? —el empleado miró a Sofía.

—Correcto. Necesito que me diga en qué fechas se ha hospedado aquí anteriormente.

—Aguarde un momento.

El hombre ingresó la información en la computadora y giró la pantalla para que pudieran leer los resultados.

—Aquí está. Sofía Álvarez. Al parecer sólo se quedó una noche en el hotel el año pasado. La reserva fue hecha el 10 de noviembre de 2025 para esa misma noche. Se retiró del establecimiento al día siguiente, a las 9:34am del 11 de noviembre de 2025.

—¿Puede decirme quién hizo la reserva?

—No. Como ya le dije, sólo aparece el nombre del huésped cuando se hace la reserva.

El detective asintió.

—¿Y la reserva sigue registrada en el sistema?

—Sí.

—¿Por cuánto tiempo conservan esos datos?

El hombre dudó.

—Depende. Algunos registros permanecen durante años.

Bellini pareció considerar la respuesta.

— Capisco. Grazie mille.

Sofía lo observaba.

—¿Por qué es tan importante esa reserva?

Bellini se volvió hacia ella.

—Porque alguien tuvo que hacerla.

—¿Y usted cree que fue la misma persona que hizo la de hace tres días?

—No necesariamente.

—Pero ambas están a mi nombre.

—Sí. Eso es lo llamativo.

Ella miró hacia el ascensor.

—Quizás alguien sabía que yo iba a venir.

—Quizás.

Ella volvió a mirarlo.

—No parece muy seguro.

—Como ya sabe…

—Sí, ya lo sé —interrumpió Sofía con una pequeña sonrisa en sus labios—. Usted hoy no está seguro de nada.

Él sonrió con el costado de su cara.

El recepcionista levantó discretamente la mirada hacia ellos.

—¿Necesitan algo más? —preguntó el empleado del hotel.

Ambos negaron con la cabeza en simultáneo.

—No. Gracias por su ayuda —dijo Bellini.

Se alejaron del mostrador. Sofía caminó junto al detective, quien se dirigía hacia la salida.

—Entonces irá a la estación.

—En un rato, sí. Primero tengo que ocuparme de algo más importante.

—¿Qué?

— La colazione .

Ella lo miró con incredulidad.

—¿Desayunar?

—¿No lo sabe? Es la comida más importante del día. Il buon giorno si vede dal mattino, soprattutto a colazione.

Sofía se sorprendió de lo fácil que le había resultado comprender lo que el inspector acababa de decir. Sintió orgullo de sí misma por unos breves instantes.

—Después de todo lo que acabamos de descubrir, ¿usted quiere desayunar?

Bellini abrió la puerta del hotel.

—Precisamente por todo lo que acabamos de descubrir.

Sofía sonrió débilmente.

—Usted es extraño.

—Eso me han dicho. Vendré por usted más tarde.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el auto.

—Bellini.

El inspector giró su cabeza para ver a Sofía.

—¿Sí?

—¿Le molestaría si lo acompaño? No creo que pueda dormir y, honestamente, como usted dice, “el buen día se ve desde la mañana”.

Bellini sonrió y se quedó mirándola por un momento. Luego de unos segundos, asintió con la cabeza.

Ella comenzó a caminar hacia él. No había notado lo frío que estaba el aire.

Él se detuvo en la acera y miró hacia ambos lados antes de subir al auto. Sofía avanzó junto a él.

—¿A dónde vamos?

Una oleada de vapor salió de su boca cuando habló.

—Hay un café a unas calles de aquí. Pero hace mucho frío para caminarlas. Suba.

Condujeron durante unos minutos, hasta que Bellini se detuvo frente a un viejo café, que parecía estar abriendo sus puertas para comenzar a recibir clientes.

Bajaron del vehículo y Sofía dio unos pasos más antes de darse cuenta de que él no se había movido de al lado de la puerta del auto.

—¿Qué sucede?

El inspector miraba hacia el otro lado de la calle. Había varios automóviles estacionados. Uno de ellos era oscuro y un hombre permanecía sentado en el interior. Lo observó durante apenas unos segundos, pero luego continuó caminando. Sofía lo alcanzó.

—¿Qué vio?

—Nada.

—Pero ¿por qué se detuvo entonces?

—Me pareció reconocer un automóvil.

—¿De quién? ¿El que perseguimos hace un rato?

—No. Otro. Pero me pareció haberlo visto antes.

Continuaron caminando, Sofía miró hacia atrás y vio que el automóvil del cual él hablaba seguía allí.

—¿Es el mismo que vimos anoche?

Él no respondió.

—¿Usted lo recuerda?

—Sí. Sé de qué automóvil está hablando.

—¿Está seguro?

—Sí. Estoy seguro.

Bellini siguió caminando.

—No sabemos si es el mismo.

—Pero usted también lo pensó.

El inspector nuevamente eligió no dar respuesta.

Llegaron al café. Entraron y se sentaron junto a una ventana.

Sofía dejó el abrigo sobre el respaldo de la silla.

—Bellini, ¿por qué cree que me están siguiendo?

—¿Cómo sabe que la están siguiendo a usted? A lo mejor me están siguiendo a mí.

—Porque usted no se enteró ayer de que había muerto.

Él se quedó mirándola en silencio, sin contestarle.

—¿Por qué no quiere decirme qué piensa, inspector?

Él tomó el menú.

—Porque todavía no tengo nada pensado con claridad.

—Eso no es verdad.

—¿A qué se refiere?

—A que cuando vio ese automóvil, su expresión cambió.

Dejó el menú sobre la mesa.

— Certo.

Sofía esbozó una pequeña sonrisa de celebración de aquella pequeña victoria. Se quedó mirándolo, esperando una explicación.

—Anoche vi ese mismo automóvil frente a la comisaría.

—¿Está seguro?

—No completamente. Diría que estoy casi seguro.

—¿Y ahora lo volvió a ver?

—Creo que sí.

—¿Y el hombre?

—No puedo decirlo con exactitud.

—¿Por qué?

—Porque estaba demasiado lejos para ver su cara.

Ella miró hacia la ventana.

—¿Está allí todavía?

—No mire.

Ella obedeció.

—¿Por qué no puedo mirar?

—Porque si alguien nos está observando, no quiero que sepa que lo hemos notado.

Ella bajó la voz.

—¿Cree que alguien nos sigue?

Bellini tardó unos segundos en responder.

—Creo que sería irresponsable ignorar la posibilidad.

—Eso no es lo mismo.

—No. Pero es lo que creo.

El camarero llegó y ambos hicieron sus pedidos, los cuales trajo sorprendentemente rápido.

Durante unos minutos no hablaron del asunto.

Se limitaron a desayunar, tal y como habían conversado anteriormente. Bellini bebió su café y comió algunas rebanadas de pan tostado con dulce.

Ella hizo lo mismo. No se había dado cuenta del hambre que tenía hasta que probó el primer mordisco.

Después de unos largos minutos de tranquilidad, Sofía levantó la mirada.

—¿Tiene alguna idea de quién podría ser?

—No. Ninguna realmente.

—¿Alguien relacionado con el expediente?

—Podría ser. De nuevo, no lo sé. No le he visto la cara.

—¿Alguien relacionado conmigo?

—También podría ser. Aunque no lo creo.

—¿No piensa que podría tratarse de alguien relacionado con la mujer que murió?

Él se quedó congelado durante un instante.

—Eso es lo que más me preocupa.

Sofía sintió un escalofrío.

—¿Por qué?

—Porque todavía no sabemos prácticamente nada sobre ella.

—Sabemos que murió.

—Sí. Eso lo sabemos.

—Sabemos dónde encontraron el cuerpo.

—Sí. Tenemos material fotográfico al respecto.

—Sabemos que tenía un automóvil registrado a nombre de alguien que no existía.

Él asintió.

—Y sabemos que alguien estuvo en aquel departamento antes que nosotros.

Ella bajó la mirada, pensó unos momentos y luego continuó.

—Y ahora sabemos que alguien reservó la habitación 214 hace once meses.

Bellini permaneció callado.

—Todo vuelve al mismo número, Bellini.

El detective la miró con amargura. Ella pensó que parecía triste.

—Eso es lo que parece, sí.

—¿Realmente usted va a sentarse ahí y decirme que cree que todo es una coincidencia?

Él apoyó lentamente la taza sobre la mesa.

—Creo que hemos visto demasiadas coincidencias como para descartarlas. Pero tampoco quiero cometer el error contrario.

—¿Cuál sería el error contrario?

—Creer que absolutamente todo está conectado sólo porque queremos que lo esté.

Ella asintió.

—Entonces seguimos sin saber nada.

Bellini sonrió ligeramente.

—No. No es así. Sabemos algunas cosas.

—¿Cuáles?

—Usted ya las dijo. Sabemos que usted ya conocía la puerta de aquel apartamento y que alguien estuvo en el departamento antes de que nosotros llegáramos anoche.

Ella asintió con la cabeza.

—Sabemos también que alguien accedió al expediente ayer.

—Tenemos evidencia sobre eso en el registro del expediente, sí.

El inspector sonrió levemente.

—Sabemos que existió una reserva de hotel a su nombre once meses atrás y otra hace tres días.

—Sí. Es verdad.

Bellini miró hacia la ventana sin girar completamente la cabeza.

—Y sabemos que alguien parece estar siguiéndonos.

Ella lo miró fijamente.

—Es verdad. Eso último no lo sabíamos antes.

—No. Ni tampoco lo sabemos ahora con seguridad.

—¿Y qué hacemos con eso?

Bellini volvió a mirarla.

—Nada.

—¿Nada?

—Por ahora, nada.

—¿Por qué?

—Porque si ese hombre está relacionado con todo esto, tarde o temprano cometerá un error. Cuando la gente hace las cosas de manera ilegal, siempre comete errores. Los criminales siempre se equivocan en algún momento.

—Parece saber mucho del tema, Bellini —bromeó Sofía.

—Como si fuera policía, ¿no?

Ambos rieron unos segundos.

—Bellini, ¿y si esa persona no nos estuviera siguiendo realmente a nosotros y tampoco estuviera para nada relacionada con todo esto?

—Ahora está pensando como una detective.

Ella sonrió y tomó nuevamente su café.

—Pero en serio, ¿qué pasa si esa persona no tiene nada que ver con nuestra investigación?

—Si es así, entonces nosotros habremos cometido el error de imaginarlo.

Sofía sonrió.

—Siempre encuentra una forma de tener razón.

—No —él sonrió—. Simplemente intento no estar equivocado con tanta frecuencia.

Terminaron el desayuno poco después. Cuando salieron del café, el detective miró discretamente hacia el lugar donde había dejado estacionado el automóvil. El vehículo oscuro ya no estaba.

Ella notó lo que él hacía.

—¿Se fue?

—Sí. No lo veo.

—¿Eso es bueno?

—No lo sé.

Caminaron hacia el automóvil. Al llegar al mismo, él abrió la puerta del conductor, pero antes de entrar miró nuevamente hacia la calle. No había nadie.

Subió al vehículo y esperó a que ella se sentara.

—¿A dónde vamos ahora?

Bellini encendió el motor.

—¿Está segura de que no quiere descansar unas horas en el hotel?

—Sí. Necesito llegar al fondo de todo esto.

—Entiendo. Entonces necesitamos pasar por la estación primero.

—¿Para buscar otra vez el expediente?

—No.

—Entonces, ¿para qué?

—Usted no es mi única investigación. Ese llamado que recibí hace un rato, ¿lo recuerda?

—Sí, claro.

—Necesito tomar una declaración de un testigo.

—Espero que sea más interesante que investigar a una mujer muerta hace once meses.

—No puedo contarle detalles. Ya lo sabe.

—No veo por qué no. ¿A quién podría contarle?

Él no respondió.

—Ahora —continuó Sofía—, si no confía en mí para nada, no entiendo qué hago sentada en su auto.

Poco a poco, el detective comenzó a asentir levemente con la cabeza. Sin embargo, se quedó en silencio, con las manos en el volante, mirando hacia adelante.

—Vamos, inspector. ¿Cómo puedo confiar en usted si usted no confía en mí?

Él se giró hacia ella y la miró a los ojos. Finalmente, habló.

—Es sobre un asesinato de una menor. Una niña de cinco años.

Sofía abrió los ojos de par en par. Su gesto cambió súbitamente.

—Qué horror. No puedo imaginarme que alguien hiciera algo así.

—La policía sospecha que fue su madre.

—¿Su madre? No sé cómo alguien puede hacer algo así a una criatura y seguir viviendo. Vivimos en un mundo lleno de monstruos.

Él no le respondió. Simplemente se quedó mirando hacia adelante por unos instantes antes de continuar.

—¿Cree que puede esperarme en la estación? No me tomará mucho tiempo.

—Sí. Por supuesto. Siempre y cuando me diga que tiene una idea de dónde seguir investigando.

Miró por el espejo retrovisor.

—Sí. Sé exactamente dónde debemos ir a continuación.

—¿Dónde?

—Quiero averiguar quién era la mujer que murió. Y para eso necesitaremos ubicar el cuerpo.

—¿No estaba extraviado?

Bellini la miró.

—Exacto. La pregunta que debemos hacernos es: ¿por qué está extraviado? Sospecho que si encontramos el cuerpo…

Sofía frunció el ceño.

—¿Qué?

El inspector puso el automóvil en movimiento.

—Podremos finalmente comenzar a entender qué es lo que está sucediendo con usted y quién está detrás de todo esto.

El automóvil comenzó a avanzar por las calles de Madrid.

Durante el camino a la estación de policía, ella miró por la ventana pero no consiguió ver al automóvil oscuro que el inspector había mencionado más temprano.

Pero, unas calles más atrás, un vehículo comenzó a moverse. El hombre que estaba dentro observó cómo el automóvil de Bellini desaparecía entre el tráfico. Después puso en marcha el motor y comenzó a seguirlos.