El Otro Nombre Capítulo 18 La puerta
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Capítulo 18 La puerta

Sofía estaba parada junto a la ventana, mirando las luces dispersas de la calle. Desde allí, la ciudad parecía tranquila, casi indiferente a todo lo que había ocurrido durante las últimas horas.

Bellini tomó su abrigo.

—Si no vamos a dormir, deberíamos irnos de aquí.

Ella se volvió hacia él.

—¿A dónde quiere ir a estas horas?

—A descansar un poco la cabeza.

Ella sonrió débilmente.

—Tiene razón. No creo que pueda dormir. Por lo menos, no en esas sillas de tortura.

—Tome su abrigo.

—Aún no dijo a dónde quiere ir.

Él guardó la carpeta dentro de un cajón y cerró con llave.

—Quiero que vayamos al apartamento.

—¿El 214?

—Ese mismo.

Ella pensó en la pequeña llave que el detective llevaba en su bolsillo. La que habían hallado en la calle más temprano.

—¿Por qué quiere ir ahora?

—Porque sospecho que alguien dejó la llave en el piso de la calle para indicarnos que ahí es donde encontraremos más respuestas. Como ya le dije, si alguien está guiándonos, creo que, al menos por el momento, deberíamos seguirle la corriente.

—Pero usted me dijo que ya había investigado ese departamento. Y que no había hallado nada.

—Sí. Pero si hay algo que alguien quiere que sepamos, quizá es ahí donde podamos encontrarlo.

—¿Y si no hay nada?

El inspector tomó las llaves de su automóvil.

—Entonces sólo habremos perdido una hora, como mucho.

Sofía se acercó unos pasos.

—Bellini, ¿y si nos están esperando? Podría ser una trampa.

Por un momento, ella pensó que el detective no iba a responderle. Pero él se acercó de nuevo a su escritorio, abrió un cajón y sacó un revólver viejo, guardado dentro de una funda de cuero marrón.

Automáticamente, Sofía dio un paso hacia atrás.

El inspector colocó la funda cuidadosamente en el costado de su pantalón. Caminó hacia la puerta. Ella se corrió hacia un costado para hacer lugar.

—No se preocupe. No es una trampa si sabemos que nos están esperando.

Cuando llegaron al edificio, la calle permanecía casi desierta. Un automóvil pasó lentamente frente a ellos y desapareció en la esquina.

Bellini estacionó y ambos permanecieron dentro del vehículo durante unos segundos, observando la fachada.

—No me gusta este lugar.

—A mí tampoco.

—Eso no me tranquiliza mucho, la verdad.

Él apenas sonrió.

—No pretendía que lo hiciera.

Bajaron del automóvil. El inspector cerró la puerta y miró hacia la calle antes de entrar al edificio, seguido de cerca por Sofía.

La escalera estaba en silencio. El eco de sus pasos parecía demasiado fuerte. Subieron hasta el segundo piso.

Cuando llegaron al pasillo, Sofía se detuvo.

La puerta estaba allí y el número 214 revelaba que su recuerdo era sobre algo real y no inventado. Pero ahora, parada delante de la puerta en ese oscuro segundo piso, era algo más que un recuerdo. Era algo más profundo, como si su cuerpo reconociera un lugar que su memoria no podía identificar.

Pensó en decírselo a Bellini, pero prefirió guardar silencio.

—¿Está bien?

—Sí. Estoy bien. Gracias.

—¿Está segura?

—Sí, no se preocupe.

El inspector sacó la llave que había encontrado, que aún guardaba en su bolsillo. La introdujo en la cerradura, giró, pero la puerta no abrió. El tambor de la cerradura no cedió ni un milímetro.

Volvió a intentarlo, pero nuevamente, la cerradura no se movió.

Retiró la llave.

—Está cerrada.

—Pero ¿no debería abrir?

—Sí. Debería.

—¿Entonces?

Bellini examinó la cerradura.

—Parece como si la hubieran cambiado.

Ella se acercó para ver, iluminando con la linterna de su teléfono.

—¿Está seguro?

—Sí. Esta no es la misma cerradura que recuerdo.

Ella permaneció unos segundos mirando la puerta.

—¿Y cómo sabe que la cambiaron?

Bellini señaló los tornillos.

—Mire.

Sofía se inclinó y notó que la pintura alrededor de la cerradura era ligeramente diferente. Había marcas recientes.

—¿Cuándo la cambiaron?

—No lo sé. Hasta el momento no sabía que la hubieran cambiado.

—¿Y quién tiene la llave de esta nueva cerradura entonces?

El detective se incorporó.

—Ésa es una muy buena pregunta.

—¿Podemos forzarla?

—No sin autorización.

—Pero usted es inspector.

—Precisamente por eso.

—¿En serio? Ni siquiera bajo la excusa de “esto es España…”?

Bellini lanzó una pequeña carcajada que resonó en todo el edificio.

—No. Ni en España, ni en Italia.

Ella suspiró.

—Ojalá esto fuera Buenos Aires. Entonces no tendríamos ese problema.

El inspector se puso serio de repente.

—Pero no lo estamos. Tenemos que hacer las cosas según dicta la ley.

—Entonces vinimos hasta aquí para mirar una puerta.

—Por ahora, me temo que así es.

Antes de que esa última frase dejara de resonar en el pasillo del segundo piso, un ruido seco llegó desde abajo.

Sofía se sobresaltó.

—¿Qué fue eso?

El detective levantó una mano para indicarle silencio.

Escucharon otro ruido. Esta vez parecía una puerta cerrándose.

El inspector sacó su arma de la funda.

—Quédese detrás de mí.

Comenzaron a bajar las escaleras. Un piso y luego el otro, hasta llegar a la planta baja.

El edificio volvió a quedar en silencio.

Cuando llegaron al vestíbulo, el inspector se detuvo.

La puerta principal estaba abierta.

Cuidadosamente, se acercó a la puerta de entrada y miró hacia la calle.

No había nada. Se dio vuelta para tranquilizar a Sofía, cuando de repente, escucharon un sonido agudo.

Era una alarma.

Bellini giró inmediatamente hacia el exterior.

—Es la alarma de mi auto.

Salió a la calle con el arma aún en su mano derecha, seguido por Sofía unos pasos más atrás.

El vehículo estaba estacionado frente al edificio y la alarma sonaba con fuerza.

Ambos miraron alrededor.

Al otro lado de la calle, un hombre acababa de entrar en un automóvil oscuro.

Por un instante levantó la cabeza y miró directamente hacia ellos.

El hombre encendió el motor.

—¡Sofía, suba!

Corrieron hacia el coche. Bellini abrió la puerta y entró. Ella hizo lo mismo.

El otro vehículo arrancó y el inspector puso el motor en marcha y salió detrás de él lo más rápido que sus reflejos le permitieron.

—¿Es él?

—No lo sé. Pero la gente inocente no suele escaparse.

El automóvil dobló rápidamente en la siguiente esquina.

El detective aceleró.

Durante unos segundos pudo verlo entre los vehículos estacionados.

Luego desapareció.

—Lo tenemos —dijo Sofía.

—Todavía no.

Bellini dobló.

El automóvil oscuro volvió a aparecer unos metros más adelante.

El conductor aceleró.

Él hizo lo mismo.

—¿Puede alcanzarlo?

—Si no cambia de dirección, sí.

El vehículo tomó una calle estrecha.

Un semáforo cambió a rojo.

El otro automóvil pasó.

Bellini frenó apenas y continuó.

Cuando llegaron a la siguiente intersección, el coche había desaparecido.

—¿Dónde está?

Él miró hacia ambos lados.

—No lo sé.

Tomó una calle, luego otra, pero nada. No había evidencia del auto.

Finalmente redujo la velocidad y se detuvo.

—Lo perdimos —dijo Sofía.

—Sí.

Él miró por el espejo retrovisor.

—Es alguien que vive aquí, en Madrid.

—¿Cómo puede estar seguro?

—Porque desapareció demasiado rápido. Conoce muy bien estas calles.

Ella miró hacia la calle por la que habían llegado.

—¿Quién será?

—No lo sé.

De pronto sintió nuevamente aquella sensación.

La misma que había tenido frente a la puerta. Una imagen incompleta, una cara que no podía ver, una presencia detrás de ella.

—Creo que lo conozco.

Bellini giró la cabeza hacia ella.

—¿Está segura?

Sofía negó lentamente.

—No.

—Entonces no saque conclusiones.

—No estoy sacando ninguna. Sólo digo que tuve la misma sensación que antes.

—¿Vio la puerta otra vez?

Ella asintió y él volvió a mirar hacia delante.

En ese momento, su teléfono comenzó a vibrar.

Lo sacó del bolsillo para ver la pantalla.

—¿Qué sucede? —preguntó Sofía.

—Es de la comisaría.

Contestó.

—Inspector Bellini.

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión cambió ligeramente.

—¿Está seguro?

Otra pausa.

—No toque nada. Voy para allá.

Colgó.

Sofía lo miró.

—¿Qué pasó?

Bellini arrancó nuevamente.

—Tengo que ir a la estación. Es sobre otro caso que estoy investigando.

—¿Qué cosa?

—No puedo compartir detalles de la investigación.

—¿Tiene que ver conmigo?

Él tardó un instante en responder.

—No, y no puedo llevarla conmigo. Pero le prometo que seguiremos investigando. Mientras tanto, descanse. Le hará bien.

—¿Descansar? ¿Usted es consciente de que acabo de acompañarlo en el auto durante la persecución de un posible sospechoso?

Él sonrió.

—Sí, por supuesto. Ha sido un día muy largo y cargado de mucha intensidad. La llevaré al hotel para que pueda descansar un poco. Más tarde vendré por usted y podremos continuar la investigación.

—¿Vamos al hotel? ¿Cree que será seguro?

Bellini asintió.

—Sí. Dudo que alguien la moleste ahí.

—Excepto usted.

El detective lanzó una carcajada. Ella sonrió también.

Salieron de la calle y se incorporaron nuevamente al tráfico nocturno de Madrid.

Camino al hotel, Sofía miró por la ventana, y una vez más intentó recordar el rostro del hombre. No pudo conseguirlo.

Intentó recordar la puerta. Esta vez sí logró verla nuevamente. Hasta que intentó recordar qué había detrás.

No pudo verlo. No lo recordaba.

Sin embargo, había algo. Una certeza que no podía explicar.

Alguien estaba moviendo las piezas y ella empezaba a sospechar que no era la única persona que sabía dónde estaba la siguiente.