Capítulo 17 El número
La oficina volvió a quedar en silencio.
Sofía permaneció sentada, mirando sus propias manos. La imagen de la puerta todavía estaba en su cabeza, aunque comenzaba a desvanecerse lentamente. Todavía podía ver la llave, la silueta detrás de ella y el número indicado en la puerta.
El detective se quedó de pie junto al escritorio durante unos segundos, observándola.
—¿Está segura de que había un hombre detrás suyo?
—Sí.
—¿Lo vio claramente?
—Durante sólo unos segundos, pero lo vi.
—¿Y después?
—Después desapareció.
—¿Como las otras partes del recuerdo?
—Sí, exactamente igual.
El inspector tomó asiento detrás del escritorio.
—Quiero hacerle una pregunta más. Pero ahora sí necesito que se esfuerce.
—¿Cuál?
—¿Está segura de que ese número pertenece al recuerdo de aquella noche?
—¿Qué quiere decir?
—Hoy vio el número 214 varias veces.
Ella se quedó mirándolo en silencio.
—Lo vio en el hotel.
—Sí, era el número de la habitación.
—Lo vio en la llave.
—Sí, es verdad.
—Y sabe que el departamento también era el 214 porque yo le conté.
—Usted entonces está pensando que mi cabeza podría estar mezclando las cosas.
Bellini asintió lentamente.
—Sabe Bellini, a lo mejor la mezcla de cansancio y el estrés del día…
—Exactamente.
—Entonces usted realmente cree que lo estoy inventando.
—No dije eso.
—Pero es lo que piensa, ¿no?
—Estoy pensando que no podemos saberlo todavía. Por lo menos, no con certeza.
Él tomó rápidamente una hoja de papel y comenzó a escribir.
—Necesito que haga algo.
—¿Qué?
—Es una prueba. Cierre, por favor, los ojos.
Ella obedeció.
—Ahora olvide el número.
—¿Cómo hago para olvidar algo? No estoy segura de que eso sea algo que las personas normales puedan hacer, olvidar cosas a pedido.
—Lo sé. Pero inténtelo. Intente pensar únicamente en la puerta. Pero sólo en la puerta.
Sofía respiró profundamente. Ahí estaba una vez más. La puerta apareció. Oscura. Frente a ella. Pero esta vez no había número, sólo la puerta.
El detective esperó unos segundos.
—¿Qué ve?
—Lo que usted me pidió: la puerta.
—¿Algo más?
—No.
—Perfecto. Ahora imagine que está más cerca.
Ella intentó hacerlo y la imagen se hizo inmediatamente más clara, tanto que podía distinguir el marco, la pintura y una pequeña imperfección en la madera.
Y entonces apareció nuevamente el número: 214.
Abrió los ojos.
—Volvió a aparecer.
Él dejó de escribir.
—¿El número?
—Sí. Puedo verlo con nitidez.
—¿Apareció después de que usted lo buscara?
—No. Apareció solo.
—Bien. Esa es una buena noticia.
—¿Buena noticia?
—Eso significa que al menos no lo estaba inventando conscientemente.
—No sé si eso me tranquiliza.
—No era la idea tampoco.
Ella sonrió débilmente mientras él dejaba el lápiz sobre el escritorio.
—Ahora quiero saber algo diferente.
—¿Qué?
—¿Qué siente cuando ve ese número?
Sofía pensó.
—No sé. Son varias sensaciones a la vez.
—Inténtelo. Concéntrese.
Cerró nuevamente los ojos.
—Es familiar.
—¿Familiar cómo?
—Como si lo hubiera visto muchas veces.
—¿Dónde?
Abrió los ojos.
—No lo sé. No estoy segura.
Se hizo un silencio en la oficina. Pasó casi un minuto completo antes de que ella dijera algo nuevamente, algo que recordó súbitamente.
—La llave.
—¿Qué pasa con ella?
—La llave que tenía en la mano.
—Sí. ¿Qué sucede con la llave?
—No sé de dónde salió.
—¿Recuerda cómo era?
Sofía negó con la cabeza.
—No.
—¿Recuerda si tenía un número o algo grabado en ella?
Ella dudó unos instantes.
—No, tampoco.
El inspector tomó su propia libreta.
—¿Y la llave que tiene ahora?
Ella metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó la llave del hotel y la dejó sobre el escritorio. El pequeño número estaba claramente visible en la etiqueta adjunta: 214.
Ninguno de los dos habló durante unos segundos hasta que ella rompió el silencio una vez más.
—Esa es la llave de mi habitación.
—Sí.
La tomó entre sus dedos.
—Es la que me dieron esta mañana.
Él asintió.
—¿Recuerda cuándo vio el número por primera vez?
—Sí, claro. Cuando me dieron la llave en el hotel.
—Pero, ¿y antes de eso?
—No lo sé.
—Piénselo. Inténtelo.
Ella miró la llave.
—No recuerdo haber visto el número antes de entrar al hotel. ¿Por qué me pregunta eso?
—Porque hay una diferencia importante.
—¿Cuál?
—Si sus recuerdos de la puerta son de algo que sucedió realmente, usted ya conocía el número antes de llegar al hotel. Se me ocurre que entonces necesitamos saber de dónde lo conocía.
—¿Y si no lo conocía? ¿Si los recuerdos son inventos de mi mente?
—Entonces tendremos que intentar entender por qué su mente generó recuerdos directamente alrededor de ese número esta noche. Deberemos entender qué importancia tiene para usted ese número.
Sofía se quedó mirando al inspector, inmóvil. La llave descansaba sobre la mesa entre ambos. El número 214, el hotel, el departamento, la puerta, el recuerdo, todo parecía formar una línea. Pero aún no sabía dónde comenzaba ni dónde terminaba.
—Bellini.
—¿Sí?
—¿Usted cree que yo estuve en ese departamento?
—Creo que es posible. Sí.
—¿Y eso le preocupa?
Tardó unos segundos en responder.
—Me preocupa más no saberlo.
Ella miró nuevamente la llave.
—Yo siento que estuve allí.
—Lo sé.
—¿Y si recuerdo algo que ocurrió antes de mi muerte?
El inspector se quedó en silencio, pensando.
—Entonces tendríamos que averiguar qué le sucedió que la llevó a morir, ¿no le parece?
Sofía pensó unos instantes antes de continuar hablando.
—Tal vez ocurrió algo que no quiero recordar. Morir suena como algo que podría ser traumático, ¿no? Después de todo, ¿cuánta gente recuerda su propia muerte?
—Podría tener otra explicación, ¿no cree?
—¿Qué otra explicación hay?
—Que alguien no quiso que recuerde nada antes de su muerte.
La frase quedó flotando en el aire por unos segundos.
—¿Cree que alguien pudo haber hecho algo para borrar mis recuerdos?
—No lo sé. Nunca antes escuché de algo así.
—Pero acaba de decirlo.
—Dije que era una potencial explicación.
—¿Y usted cree que es realmente posible borrar los recuerdos de alguien?
—Creo que estamos intentando explicar algo que todavía no estamos en condiciones de comprender.
Ella asintió, pero el inspector notó que claramente no parecía satisfecha. Tampoco insistió.
Él volvió a mirar la llave.
—Guárdela.
—¿Por qué?
—Porque vamos a necesitarla.
—¿Para qué?
Bellini se puso de pie.
—Honestamente, todavía no lo sé. Pero es un presentimiento.
—Eso no suena muy tranquilizador.
Él sonrió apenas.
—Ya le dije que hoy no estoy seguro de nada.
Ella guardó la llave en el bolsillo y de pronto tuvo una idea.
Una que vino acompañada de una extraña sensación de certeza: aquel pequeño objeto marcado con el mismo número que la puerta en sus recuerdos no había llegado a sus manos por casualidad.
Alguien estaba planeando algo y el número 214 tenía algo que ver con eso.