Capítulo 16 El recuerdo
La oficina quedó en silencio después de que Bellini cerrara la puerta.
La noche había avanzado demasiado. Eso por lo menos fue lo que notó cuando miró su reloj.
—Son casi las dos.
Sofía miró la pantalla de su teléfono.
—¿Ya? Parece que llevamos aquí una semana.
Él sonrió apenas.
—Eso es porque llevamos un día bastante largo.
Ella miró alrededor.
La oficina no parecía precisamente un lugar diseñado para pasar la noche. Había un escritorio, dos sillas, un pequeño archivador y una ventana que daba a una calle completamente vacía.
Él señaló una de las sillas.
—Intente dormir un poco.
—¿Ahí?
—Sí. Es eso o el piso. Pero no se lo recomiendo. Es más sucio y frío que la silla.
—¿Usted ha dormido alguna vez en esa silla?
—No voluntariamente.
Ella sonrió.
—Entonces debe ser bastante cómoda.
—No lo crea. Es una silla de policía. Fue diseñada para evitar que los sospechosos se duerman durante los interrogatorios.
Ella soltó una pequeña carcajada.
—Excelente. Justamente lo que necesitaba.
El detective tomó la otra silla y la colocó junto a la pared.
—Usted duerma ahí. Yo dormiré aquí.
—¿Y si alguien entra?
—Entonces la comodidad de las sillas será la menor de nuestras preocupaciones.
—Qué tranquilizador.
—Trate de dormir, Sofía.
Apagó la lámpara del escritorio y la habitación quedó iluminada únicamente por la luz tenue que entraba desde el pasillo a través de la parte inferior de la puerta.
Sofía se acomodó como pudo, pero la silla era peor de lo que había imaginado.
El respaldo terminaba exactamente donde comenzaba su cuello y el asiento parecía inclinado hacia adelante y, tal como había mencionado el inspector, era como si estuviera deliberadamente diseñada para no dejar lugar a duda de que dormir era una actividad que no debía permitirse allí.
Él tampoco parecía estar mucho mejor.
Después de unos minutos de silencio interrumpido solo por el crujir del plástico de las sillas cuando alguno de los dos se acomodaba, escuchó su voz.
—¿Está cómoda?
—Obviamente no. ¿Usted?
—Yo tampoco. Claramente.
Bellini sonrió levemente.
—Entonces me tranquiliza que no soy la única sufriendo. Debe ser el peor hotel en el que me he hospedado.
Él dejó escapar una pequeña risa pero rápidamente volvieron a quedarse en silencio.
Sofía cerró los ojos. Hizo su mejor esfuerzo para no pensar. No quería recordar y tampoco quería entender. Sólo quería descansar, como fuera. Simplemente cerró los ojos y el cansancio hizo el resto.
No supo cuánto tiempo había pasado. Podrían haber sido cinco minutos o una hora cuando un ruido metálico repentino retumbó en el pasillo.
Abrió los ojos de golpe. El inspector también se incorporó inmediatamente. Ambos miraron hacia la puerta sin decir una palabra.
De repente, otro ruido. Esta vez más fuerte. Sofía clavó su vista en la puerta.
—¿Qué fue eso?
Él ya estaba de pie.
—No lo sé. Voy a ver. Quédese ahí, por favor.
Se acercó a la puerta y apoyó una mano sobre el picaporte y esperó. Pero nada parecía querer entrar al despacho o siquiera estar cerca del mismo.
Entonces escucharon un sonido extraño, como el chirrido de unas ruedas contra el suelo, seguido de un golpe seco.
Bellini abrió la puerta para descubrir a un hombre que empujaba un carro metálico por el pasillo que, al ver al inspector, se detuvo.
—Disculpe, inspector.
Bellini lo miró.
—¿Qué está haciendo?
—Limpiando.
El hombre señaló el carro.
—Se me cayó una de las bolsas.
El detective cerró los ojos durante un instante.
—Está bien. Siga con lo suyo, signore.
El hombre hizo una pequeña reverencia con su cabeza y continuó empujando el carro.
Ella apareció detrás de Bellini.
—Nos asustó.
El hombre miró a Sofía y luego de nuevo al inspector y arrojó una sonrisa pícara.
—Lo siento. No sabía que había alguien ahí.
Bellini cerró la puerta.
—¿Cuánto dormimos?
Miró el reloj.
—Veintisiete minutos.
Ella abrió los ojos de la sorpresa.
—¿Veintisiete?
—Veintisiete.
—Sentí que habían pasado horas.
Él volvió a sentarse.
—Eso es porque esa silla tiene una relación complicada con el concepto de tiempo.
Ella sonrió.
—Creo que mi espalda acaba de presentar una denuncia.
Él se acomodó en su propia silla.
—La mía ya lo hizo.
Durante unos segundos volvieron a reír, aunque sólo fuera por apenas un momento. Uno pequeño.
Después de todo lo ocurrido, Sofía agradeció poder reírse de algo.
Sin embargo, la sonrisa se disolvió lentamente cuando recordó y volvió a mirar en dirección a la carpeta, que descansaba sobre el escritorio.
—Bellini.
—¿Sí?
—Quiero preguntarle algo.
—Si tiene que ver con conseguir café, ya sabe la respuesta.
Ella intentó sonreír pero estaba más interesada en conseguir una respuesta a una pregunta específica.
—¿Qué recuerda usted de aquella noche?
—Creo que ya tuvimos esta conversación. Recuerdo la asignación para investigar un llamado anónimo. Recuerdo llegar a la escena y ver el cuerpo dentro del auto y luego ir al edificio abandonado a investigar el apartamento. Nada más que eso.
Ella cambió su gesto a uno de preocupación.
—Más importante, Sofía, sería que usted tratara de recordar esa noche.
—¿La noche de mi muerte?
—Sí.
—Nada. No recuerdo nada.
—Piénselo.
—Ya lo hice.
—No le estoy preguntando qué cree recordar. Le pregunto si hay algo, por insignificante que sea, que aparezca en su cabeza cuando intenta pensar en esa noche.
Sofía cerró los ojos y durante unos segundos no ocurrió nada. Después apareció una imagen: una puerta. Oscura. No podía ver dónde estaba. Solo veía la puerta.
—Hay algo.
Bellini no se movió.
—¿Qué?
—Una puerta.
—¿Dónde?
—No lo sé. Sólo puedo visualizar una puerta. Eso es todo.
—¿Qué más?
Intentó concentrarse pero la imagen parecía alejarse cada vez que intentaba acercarse a ella.
—Hay un número, creo.
Él se inclinó ligeramente hacia adelante.
—¿Qué número?
Sofía abrió los ojos.
—No lo sé. No llego a verlo. Está borroso. Es decir, veo que hay un número ahí, pero cuando intento leerlo, se borronea, como si tuviera una niebla delante.
—Intente recordarlo. Concéntrese.
Volvió a cerrar los ojos, la puerta apareció nuevamente y esta vez pudo verla con mayor claridad. Había un pequeño número metálico colocado en el centro. Parecía tener sólo dos cifras.
Respiró lentamente.
—Dos...
Se detuvo.
—¿Dos qué?
—No sé. Creo ver el número dos.
El detective esperó unos instantes más. Ella abrió los ojos.
—No puedo. No consigo verlos.
—Está bien. No se preocupe.
—No, espere.
Volvió a cerrar los ojos y la imagen regresó. Esta vez apareció algo más: era su propia mano.
Estaba frente a la puerta y sostenía algo.
Abrió los ojos nuevamente.
—Yo tenía algo.
—¿Qué?
—Algo en la mano.
—¿Qué era?
Miró sus propias manos pero no podía verlo con claridad.
—Una llave.
—¿Una llave? ¿Está segura?
—Sí.
—¿Recuerda qué es lo que abría?
Ella negó con la cabeza.
—No. No tengo recuerdo de eso.
—¿Recuerda dónde estaba?
—No. Ni idea.
—¿Recuerda quién estaba con usted?
Volvió a cerrar los ojos. Esta vez apareció otra silueta. Alguien estaba detrás de ella aunque no podía ver su rostro. Pero estaba allí. Estaba segura.
Sofía abrió los ojos inmediatamente.
—Sí. Lo veo. Había alguien conmigo.
Él la miró fijamente.
—¿Quién?
—No puedo…
—¿Hombre o mujer?
Sofía dudó.
—Creo que un hombre.
Se llevó una mano a la frente.
—Es extraño.
—¿Qué?
—No recuerdo su rostro, pero tengo la sensación de que lo conocía.
Bellini hizo silencio por unos segundos.
—¿Está segura de que no es una invención de su mente?
Sofía hizo una breve pausa y lo miró directo a los ojos.
—No. Hoy no estoy segura de nada.
Él no sonrió.
—¿A qué se refiere exactamente?
—A que no siento que esté imaginándolo pero aun así, no puedo ver nada con claridad. Como si fuera el recuerdo de una noche de mucho alcohol. ¿Me entiende?
El inspector asintió con la cabeza.
—Pero espere. Siento que estoy recordándolo.
Aquella diferencia quedó suspendida entre ambos. Bellini se levantó lentamente y caminó hasta el escritorio.
—¿Puede recordar el número de la puerta?
Ella miró hacia el suelo.
—No.
—Inténtelo. Podría ser importante.
—Dos.
Él se giró hacia ella.
—¿Otro dos?
—No. El número empezaba con dos.
El inspector la miró en silencio mientras ella cerraba nuevamente los ojos.
Veía la puerta, la mano, la llave y el número.
Esta vez apareció completo.
Abrió los ojos con rapidez.
—214.
Bellini no dijo nada. Se quedó simplemente mirándola, estudiando sus gestos. Pensando en lo que acababa de escuchar.
Ella tampoco dijo nada. Simplemente se quedó en su lugar, esperando que el detective dijera algo.
Durante varios segundos, ninguno de los dos se movió.
El número permaneció en la habitación como si alguien lo hubiera pronunciado mucho más fuerte de lo que realmente había sido.
El número 214. La habitación del hotel, el departamento vacío, la llave.
Miró la ventana y luego nuevamente a Bellini.
—¿Por qué?
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué ese número aparece otra vez?
El inspector tomó aire lentamente.
—Admito que no le podría decir en este momento.
Sofía bajó la mirada hacia sus manos.
—Pero yo estuve allí. Lo sé.
Bellini no confirmó ni negó la afirmación.
—No, no sabe eso todavía. No con certeza. No nos hemos topado con evidencia concreta al respecto. Solo con la posibilidad basada en un recuerdo dudoso.
Ella levantó los ojos.
—¿Dudoso? Pero recuerdo la puerta. ¿Cómo podría recordar una puerta que nunca vi?
—Sí. Es verdad.
—Y recuerdo la llave.
—Sí, también.
—Entonces algo de esa noche está regresando.
Él asintió lentamente.
—Eso parece. Pero no es el momento de sacar conclusiones basadas en ese comienzo de un recuerdo.
Sofía permaneció en silencio, intentando procesar eso último, cuando de repente la imagen volvió a su mente.
Era un recuerdo más claro. Era la puerta, la llave y la persona detrás de ella. Pero había algo más, algo que había estado allí todo el tiempo.
Abrió la boca. Pero no dijo nada. Bellini lo notó.
—¿Qué ocurre?
Sofía lo miró.
—Creo poder recordar lo que había detrás de la puerta.
Bellini permaneció completamente inmóvil.
—¿Qué?
Sofía bajó la mirada, como si hubiera cambiado de opinión.
—No estoy totalmente segura todavía. Creo que necesito más tiempo.
Y esa fue precisamente la parte que más miedo le dio. No ser la dueña de sus recuerdos y no sentir que su memoria estaba realmente regresando, sino sentir que alguien estaba devolviéndosela.