El Otro Nombre Capítulo 14 Las fotografías
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Capítulo 14 Las fotografías

El trayecto hasta la comisaría se sintió extrañamente más corto que el trayecto que ya habían caminado desde que habían dejado la estación minutos más temprano.

Caminaron rápido, con la caja apretada contra el cuerpo. Sofía intentaba seguirle el paso, pero cada pocos metros miraba hacia atrás.

No había nadie. O, al menos, nadie que ella pudiera ver.

Cuando llegaron a la comisaría, el mismo agente que seguía detrás del mostrador levantó la mirada al verlos entrar.

—¿Otra vez por aquí? ¿Encontraron algo?

Bellini negó con la cabeza.

—Todavía no.

El agente sonrió.

—Entonces sí encontraron algo.

Bellini lo miró durante unos segundos.

—Es mejor no hacer preguntas.

—No hice ninguna pregunta, Lorenzo. ¿O sí?

—Acaba de hacer otra.

El agente soltó una pequeña carcajada.

—Tiene razón.

—¿Las cámaras están activas?

El agente dejó de sonreír.

—Algunas sí, algunas no, como siempre —el agente sonrió pícaramente—. ¿Qué quiere con las cámaras?

—Quiero ver las grabaciones del pasillo que lleva al archivo.

El hombre se quedó mirándolo.

—¿Por qué?

Bellini sostuvo su mirada.

—Porque creo que alguien estuvo allí.

El agente tardó unos segundos en responder.

—Eso sería complicado.

—¿Por qué?

—Porque las cámaras de ese sector no funcionan desde hace tres o cuatro días.

Bellini no dijo nada, permaneció inmóvil, sosteniendo su expresión adusta habitual.

—¿Las de la escalera también?

El agente asintió con la cabeza.

—Debe ser una falla general del sistema.

Bellini dejó escapar lentamente el aire.

—¿Y por qué nadie las reparó?

—Se solicitó la reparación, Lorenzo —miró a Sofía y luego de nuevo al detective—. Ya sabes cómo es esto.

—¿Cuándo se solicitó la reparación?

El agente miró su computadora.

—Ayer.

—¿Entonces?

—Todavía no vinieron, como era de esperar. Esto es España, no Italia, Lorenzo. Usted sabrá entender…

El inspector se quedó en silencio durante varios segundos.

—¿Quién sabía que no funcionaban?

El agente levantó los hombros.

—No lo sé. ¿Cómo podría yo saber eso?

El inspector tomó nuevamente la caja y miró a Sofía.

—Vamos.

Ella lo siguió por las escaleras nuevamente hacia el pasillo que llevaba a su oficina.

Al llegar, el detective encendió las luces y colocó la caja sobre su escritorio.

Abrió la caja y tomó la fotografía de las 11:17.

—Vamos a empezar por aquí.

La colocó sobre la mesa.

Luego puso junto a ella la segunda fotografía, la que el horario marcaba que había sido tomada a las 11:18.

—¿Puede saber quién tomó la primera?

—Eso es lo que vamos a intentar descubrir.

Bellini revisó nuevamente la documentación.

—El historial del registro de este expediente dice que la fotografía fue incorporada al expediente a las 08:42 de la mañana siguiente.

Sofía lo miró.

—¿Quién la entregó?

Bellini buscó entre los papeles.

—No aparece.

—¿Cómo que no aparece?

—No hay registro de quién la entregó. Es bastante frecuente que no se deje constancia del fotógrafo forense a cargo. Lo importante para la investigación suelen ser las fotografías en sí mismas.

—Suelen ser…

—El sarcasmo no ayuda demasiado.

—Perdón, inspector.

Sofía bajó la mirada y volvió a subirla segundos después.

—¿Entonces una fotografía puede entrar en un expediente sin que nadie sepa de dónde salió o quién la sacó?

—En teoría, no. Pero como ya puede apreciar, las cosas no siempre se hacen como deberían en este lugar. Es como dijo el agente de guardia. Esto es España…

Sofía sonrió.

—Es evidente que fue así como ocurrió en este caso.

Bellini continuó. Tomó otra hoja.

—Aquí está la lista de evidencias.

La recorrió con el dedo.

—Fotografías del vehículo, fotografías del lugar, fotografías del cuerpo, fotografías del edificio.

Sofía señaló una línea.

—¿Y esa?

Bellini leyó y su expresión cambió súbitamente.

—¿Qué dice?

—“Material fotográfico adicional anexado a expediente 14354”.

—¿Qué significa eso?

—Significa que tenemos que mirar dentro de ese expediente.

Sofía lo miró.

—¿No dice quién lo entregó?

—No.

—¿Y quién lo incorporó?

Él buscó otra página.

—Tampoco. Es todo lo que dice.

Sofía permaneció en silencio.

—Eso no parece un error.

—No, no creo que lo sea.

Se dio vuelta y comenzó a seguir el orden de los expedientes, tratando de encontrar el expediente nombrado en esa hoja que acababan de leer.

—Aquí está. Expediente anexo 14354.

El detective tomó la carpeta y la ubicó cerca del borde de la mesa, procurando no tapar las fotografías y documentos del expediente original, que aún permanecían fuera de la caja.

—Aquí solo hay una fotografía. Es extraño.

Tomó la fotografía y la acercó a la luz de manera que ambos pudieran verla. Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada. Sólo observaron la imagen con el mayor cuidado posible de no pasar por alto ningún detalle.

Entonces Sofía señaló la fotografía.

La fotografía era aparentemente la misma que habían visto en el expediente original, donde el reflejo en la puerta del auto permitía ver una caja en el piso, al otro lado de la calle.

—Es la misma fotografía. La de las 11:18. No veo ninguna diferencia.

—¡Ahí! —exclamó Sofía—. Hay algo distinto en esta foto, Bellini. Algo que no está en la otra.

El inspector se acercó un poco más.

—¿Qué?

—La mujer.

—¿Qué pasa con ella?

—Mire el reflejo.

Bellini tomó la lupa y se inclinó sobre la fotografía. Sofía señaló una zona junto a la figura.

—Ahí.

Bellini ajustó la distancia de lupa respecto de la imagen, intentando mirar con mayor detalle la puerta una vez más, tal como habían hecho más temprano. Durante varios segundos no dijo nada, pero después levantó lentamente la mirada.

—¡Es la mujer! En esta foto se ve la mujer al lado de la caja.

Bellini tomó la fotografía de las 11:18 y la puso junto a la que habían encontrado en el expediente anexo. En el reflejo de la puerta en la primera foto sólo se veía la caja. Pero en esta nueva foto, la mujer vistiendo un abrigo estaba parada junto a la caja.

Sofía lo miró.

—Me pregunto, Bellini, qué habrá dentro de esa caja.

Inmediatamente sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.

El detective no respondió. No inmediatamente. Se quedó observando la nueva foto, prestando especial atención al detalle de la mujer. Estaba intentando descubrir algún detalle que podrían haber pasado por alto. Algo que pudiera ayudarlos a revelar la identidad de aquella mujer.

—No creo que estemos en condiciones de saber quién es la mujer —dijo finalmente.

Sofía se acercó.

—Se parece a mí, ¿no lo cree?

Bellini comparó ambas imágenes.

—No puedo asegurarlo. No se puede distinguir mucho en el reflejo. No se puede ver la cara.

Sofía sonrió.

—Pero se parece, ¿no? Además, lleva mi abrigo. Eso tiene que servir de algo.

—Sí. Pero es trágicamente insuficiente para decir que es usted.

—Pero es suficiente prueba de que no estoy muerta. Que el cuerpo hallado en el automóvil no soy yo.

Bellini negó lentamente con la cabeza.

—No podemos concluir eso aún.

—Pero si está en la fotografía. Está clarísimo, Bellini.

—No es así como funciona esto. En sólo un reflejo borroso en una fotografía, cuyo origen no podemos corroborar.

—¿Y qué diferencia hay?

Bellini la miró.

—Toda la diferencia del mundo.

Bellini tomó la fotografía de las 11:18, la que sólo mostraba la caja en el piso de la calle frente al automóvil. Una vez más intentó observarla con todo el aumento que la lupa permitiera.

Al parecer, la caja no tenía marcas, no tenía nombre y tampoco tenía aberturas visibles.

—¿Entonces nunca nadie la notó antes? —preguntó Sofía.

—No. Nosotros fuimos los primeros en notar su existencia. Y eso fue hoy mismo, hace un rato.

—¿Y si esa caja fuera la respuesta?

El detective cerró los puños con fuerza. Sofía lo notó. Sostuvo la fotografía entre las manos.

—Entonces tendremos que encontrarla, sea como sea.

De repente, un ruido metálico sonó en algún lugar del piso superior, lo que sobresaltó, sobre todo a Sofía.

Ambos levantaron la mirada y esperaron. Nada sucedió.

—Nos quedaremos aquí, en mi despacho.

—¿En su despacho?

—Sí.

—¿Por qué?

Bellini miró hacia la puerta.

—Porque nadie nos molestará aquí. Ahora sabemos con seguridad que hay alguien que quiere que encontremos las respuestas en este expediente. Alguien tomó esas fotos y las introdujo en el expediente. Alguien que desea que esté y se quede muerta.

La cara de Sofía se puso blanca de golpe. Como si toda su sangre hubiera migrado a sus pies.

—¿Alguien me quiere muerta? ¿Quién?

—No lo sabemos aún. Pero alguien parece querer asegurarse de que así sea.

Sofía se sentó frente al escritorio y se tomó la cara con sus manos.

—Bellini, ¿y si alguien quiso matarme hace once meses y en vez de lograrlo, yo hubiera seguido con vida?

El inspector la miró fijamente.

—Escúcheme con atención. Yo le prometo una cosa.

—¿Qué?

—Pase lo que pase en las próximas horas, seguiremos haciendo todo lo posible para lograr lo que hemos estado intentando lograr.

—¿Comprobar si estoy muerta? No sé si se dio cuenta, inspector, pero estoy tan viva como usted.

—No, Sofía. Nuestro objetivo es la justicia. Es lo único que importa.

Bellini se dio cuenta de que ella tenía los ojos mojados. Dos lágrimas habían comenzado a caer por los costados de su cara.

Le ofreció unos pañuelos para secarse los ojos. Puso su mano derecha en su hombro para contenerla.

—Hay mucho más sobre usted que lo que aparenta, ¿verdad, Sofía?

Sofía esbozó su mejor versión de una sonrisa.

—Es la astucia porteña, Lorenzo.

Bellini sonrió por unos segundos también.

Una vez más miró dentro de la caja, y continuó revisando los contenidos de la misma.

—¿Qué busca?

Él negó con la cabeza.

—Nada. No se preocupe.

—No le creo.

—Hace bien.

Ambos comenzaron a reír en simultáneo.