El Otro Nombre Capítulo 13 El abrigo
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Capítulo 13 El abrigo

Bellini cerró la puerta del archivo y permaneció unos segundos con la mano sobre el picaporte.

Escuchó atentamente, pero no oyó nada. Ni pasos, ni voces, ni el ruido de una puerta cerrándose. Lo único que se podía escuchar era el zumbido constante de las luces del pasillo.

Mientras tanto, Sofía seguía junto a la mesa.

—¿Qué hacemos?

—Nos vamos.

—¿Y el expediente?

—Lo llevamos.

Sofía miró la caja.

—¿Podemos?

—No, por supuesto que no. Pero lo llevaremos de todos modos.

Tomó la caja y ambos salieron del archivo.

El pasillo continuaba vacío. Caminaron hasta la escalera tratando de mantener un silencio absoluto. Antes de subir, él se detuvo y miró hacia atrás.

Una vez más. No había nada ni nadie divisable en el pasillo.

—¿Qué busca?

—A nadie.

—Entonces, ¿por qué mira?

—Porque creo que alguien estuvo aquí hace unos momentos.

Subieron al vestíbulo, donde el mismo agente seguía detrás del mostrador.

El agente levantó la mirada para verlos.

—¿Ya terminaron? ¿Tan pronto?

El agente fijó sus ojos en la caja que Bellini cargaba bajo su brazo izquierdo.

—Necesito llevármela.

El agente miró la caja y luego al inspector.

—¿Está autorizado?

—Acabo de bajar al archivo con usted aquí arriba.

El agente sonrió.

—Eso no responde la pregunta, detective.

Bellini también sonrió.

— Certo.

El agente esbozó la más leve de las sonrisas, tomó la caja y miró la etiqueta.

—¿Es un expediente antiguo? ¿De una investigación ya concluida?

—Sí. Caso cerrado hace casi un año ya.

—Entonces lléveselo.

El agente hizo un pequeño saludo con la mano derecha. Bellini respondió asintiendo con la cabeza. Entonces tomó la caja y caminó hacia la puerta.

Sofía se acercó a la puerta pero antes de salir, miró hacia atrás. El vestíbulo estaba completamente vacío.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Salieron. La noche estaba más fría que un rato antes. El aire había cambiado desde que habían llegado y ya no quedaba nadie en las calles. Algunos de los edificios cercanos tenían las ventanas cubiertas con cortinas. Todas las luces de las habitaciones que daban a las calles estaban apagadas.

Caminaron unos metros antes de hablar. El inspector habló primero.

—No me gusta.

—¿Qué? ¿El ruido?

—No.

—¿Entonces qué?

Él levantó ligeramente la caja.

—Esto.

—¿El expediente?

—El hecho de que haya cosas aquí dentro que yo no recuerdo haber visto o que no haya notado cuando lo estaba investigando. Es peligroso.

—¿Cree que alguien estuvo en el archivo?

Él no respondió.

—Otra vez, Bellini. O me responde que no lo sabe o no me responde y me deja esperando como a una idiota por una respuesta que nunca llega.

Bellini sonrió, como Sofía ya había visto varias veces ese día, por el costado de su cara.

—Suele ser la respuesta que tengo disponible.

Ella también sonrió, pero débilmente.

—Da igual. Ya empiezo a acostumbrarme.

Siguieron caminando durante unos minutos.

Sofía no podía dejar de pensar en la fotografía, en la mujer reflejada en el auto, en el abrigo y en lo que fuera que estaba llevando en sus brazos.

—Bellini.

—¿Sí?

—Quiero volver a ver la fotografía.

El inspector la miró.

—¿Otra vez? ¿Aquí en la calle? ¿Por qué?

—Porque quiero intentar recordar algo. Quiero ver si puedo recordar el abrigo con más detalle. Realmente siento que tuve uno igual. Es como si lo hubiera soñado y no pudiera visualizarlo completamente. Pero la sensación permanece. ¿Me entiende?

El inspector se quedó observándola fijamente unos segundos.

—Sí. Creo que la entiendo. Pero ya vio la foto y no pudo reconocerlo.

—No. Usted lo vio y yo lo reconocí. Eso es lo que intento decirle. Lo reconozco. Lo siento en mi cuerpo.

—Pero aun así hubiera tenido uno igual, no sabemos si es el mismo. Además, usted misma dijo que no estaba del todo segura.

—Por eso quiero volver a verlo.

Bellini se quedó en silencio por un momento pero finalmente asintió.

—Está bien.

Se detuvieron bajo la luz de una farola. El detective abrió la caja, sacó la fotografía y la lupa que astutamente había tomado prestada del archivo de la comisaría y se la entregó.

Ella la sostuvo entre las manos y la observó durante varios segundos sin interrupción.

La mujer continuaba allí, una silueta al otro lado de la calle, visible a través de la ventana del automóvil. El abrigo, los hombros, la forma en que caía la tela, algo que cargaba con sus brazos.

Sofía volvió a sentir algo extraño.

—Es el mío. Lo sé. Recuerdo el peso del abrigo, la tela sobre mi piel. No recuerdo haber estado ahí o haberlo comprado o nada por el estilo.

—¿Ahora está segura entonces?

Ella negó lentamente con la cabeza.

—No. Aún no lo sé con certeza —volvió a mirar la fotografía—, pero estamos cerca.

El inspector señaló una parte de la imagen.

—Mire esto.

Sofía se inclinó. Había una pequeña parte del objeto que la mujer cargaba que tenía un brillo particular. Una especie de cinta plástica.

—Parece cinta de embalar, ¿no?

Bellini levantó la mirada.

—¿Cinta?

—La que se usa para las mudanzas. ¿Sabe de cuál hablo?

El detective parecía sorprendido. Abrió los ojos de par en par, como si hubiera descubierto algo importante.

—¡Es una caja! —se corrigió con rapidez—. Podría estar llevando una caja.

La expresión de Sofía cambió repentinamente. Por un momento fue como si fuera a largarse a llorar. La siguiente pregunta de Bellini pareció rescatarla.

—Podría estar llevando cosas al vehículo.

Ahora fue el turno de Sofía de abrir los ojos con sorpresa.

—¿Y si la mujer de la foto no sabía que la mujer del auto estaba muerta?

El inspector se quedó mirándola.

Pero ella continuó. Sólo hizo un pequeño silencio antes de hacer otra pregunta.

—Bellini, ¿dónde puede estar mi abrigo?

Bellini dejó de sonreír instantáneamente.

—No lo sé. Sus pertenencias fueron retiradas de su casa tras su fallecimiento.

—Usted o la Policía seguro habrán guardado mis cosas.

El detective parecía avergonzado. Le costó casi un minuto responderle.

—No hay ningún registro de sus cosas.

Sofía sintió una pequeña punzada en el pecho.

—¿Qué significa eso?

—Significa que no se sabe qué pasó con sus pertenencias.

—¿Las tiraron a la basura? ¿Las regalaron?

Bellini no respondió.

—¿Es algo recurrente con ustedes, no? Extravían mis pertenencias, el cuerpo, información del caso. Debe estar muy orgulloso de ser tan bueno en su trabajo.

El inspector miró a Sofía como tratando de absorber el golpe.

—Puedo entender cómo se siente.

—No. No puede. No realmente.

Bellini se quedó mudo. Por primera vez algo parecido a la incomodidad se hacía evidente en su rostro.

Ella clavó sus ojos en los del detective. Respiró hondo y exhaló con fuerza.

—Dígame,  Bellini, mis huellas estaban en el automóvil, ¿verdad?

Él asintió con la cabeza.

—La mujer de la foto lleva mi abrigo.

—No sabemos…

—Hagamos por un momento como que sí lo sabemos, ¿puede ser, inspector Lorenzo Bellini?

—Puede ser —concedió.

—Y la fotografía fue tomada el mismo día.

—Sí. Eso indica el expediente.

—Entonces quizás yo estaba allí cuando esa mujer murió, quien quiera que sea.

—Es algo que he estado pensando. Sí.

—Sí —repitió pensativa—. Yo podría haber estado allí.

—Parecería ser así.

La idea permaneció entre ambos y, durante varios segundos, ninguno de los dos pareció querer tocarla. Finalmente, él volvió a guardar la fotografía.

—Hay algo que no encaja.

Sofía lo miró.

—¿Qué?

—La fotografía.

—¿La mujer?

—No.

Bellini sacó otra fotografía de la caja.

—La fecha.

La colocó junto a la anterior.

—Esta fotografía fue tomada después de la que acabamos de ver.

Puso una al lado de la otra y observaron ambas.

—No entiendo a qué apunta, Bellini.

—Mire la hora.

Ella se acercó la fotografía. Vio que había una anotación manuscrita:

11:18.

Levantó los ojos.

—Un minuto después de la fotografía que tiene la figura de la mujer usando mi abrigo.

Él asintió.

—Exactamente.

—¿Y qué tiene de extraño?

—Que en esta segunda fotografía ya no aparece la mujer.

Sofía volvió a mirar la imagen. La calle estaba vacía. El automóvil seguía allí pero la figura había desaparecido.

—Se fue.

—Sí.

—Entonces, ¿qué tiene de extraño?

El detective tomó la primera fotografía.

—Que esta fue tomada desde este lado de la calle.

Después tomó la segunda.

—Y ésta del otro lado.

Sofía comprendió.

—Entonces, si se hubiera ido...

—Tendríamos que estar viendo su figura de un lado o del otro, marchándose de la escena. No podría haber desaparecido por el mismo camino, en menos de un minuto. Veríamos de alguna manera su figura. Aunque fuera un poco más lejana, aun así la veríamos. ¿Me sigue?

Sofía sintió un escalofrío.

—A menos que estuviera parada detrás del fotógrafo.

—Un civil no tiene acceso a una escena de un crimen mientras está siendo fotografiada por la policía forense. Además, mire el espacio de alrededor.

Señaló el espacio rodeando el automóvil en ambas fotografías.

Ella miró nuevamente las fotografías.

—Entonces su teoría es que la mujer simplemente desapareció.

—No. Claro que no. Eso sería demasiado fácil.

Sofía sonrió ligeramente.

—¿Demasiado fácil?

—Sí.

—¿Entonces qué es lo que sugiere?

—Aún no lo sé.

Durante los siguientes treinta segundos, el inspector se quedó observando las fotos, una primero y luego la otra.

—¡Mire! ¡Aquí! —exclamó el detective.

Señaló un fragmento de la segunda foto.

Sofía se acercó velozmente y comenzó a mirar con atención. El dedo del inspector apuntaba a la puerta trasera del auto, donde la luz permitía el reflejo de algo que parecía estar ubicado del lado de la calle, del lado donde habían visto la figura de la mujer en la foto anterior.

—¿Lo ve?

—Sí, lo veo. Es...

—Es una caja.

—La que la mujer de la primera foto estaba cargando. Pero ¿la dejó ahí simplemente?

—No lo creo.

—Pero no entiendo entonces.

Él sonrió y la miró a los ojos.

—Significa que la mujer de la primera foto, quienquiera que fuera, no puede haber estado lejos en la segunda.

—Pero podría haber dejado la caja y correr, ¿no?

—No lo creo. Siempre hay un agente que permanece como consigna, protegiendo la escena mientras la policía forense hace su trabajo. La habrían detenido.

—¿Entonces?

—Entonces creo que esa mujer estuvo ahí un buen rato.

—¿Y eso cómo nos ayuda, inspector?

—Si hay una foto, posiblemente haya otra. Es probable que en alguna foto podamos conseguir identificar a esa persona.

—¿Dónde vamos a encontrar esas fotos?

Bellini no respondió. Sólo comenzó a guardar las fotografías en la caja del expediente. Pero antes de terminar de cerrar la caja, levantó la cabeza y miró a Sofía.

—Hay otra posibilidad.

—¿Cuál?

—Que la persona no estuviera realmente allí.

Ella frunció el ceño.

—Pero la estamos viendo. Está ahí.

—Lo que estamos viendo es una figura que no se entiende en una foto, y el reflejo borroso de una caja en la otra.

—Sí. Pero es una figura que lleva mi abrigo.

—Que parece llevar un abrigo que usted no está segura de haber tenido.

—Estoy casi convencida de…

El inspector la interrumpió con un gesto de su mano derecha, antes de que pudiera terminar la oración.

—Escuche, si encontramos una fotografía suya usando ese abrigo antes de su muerte...

El detective se detuvo e hizo una larga pausa.

—¿Qué?

La respuesta vino unos segundos después.

—Entonces sabremos que realmente lo tenía, que en verdad era su abrigo.

—¿Y si encontráramos una fotografía de mí usándolo esa noche?

—Entonces tendremos un problema mucho más grande.

Sofía bajó los ojos. Había entendido exactamente la implicación del detective.

Sin embargo, la posibilidad comenzó a parecerle cada vez más real. Existía una chance de que hubiera estado cerca de la mujer que murió ese día hace once meses.

Quizás, por alguna razón relacionada con esas posibilidades, su memoria había decidido borrar aquella noche.

El inspector terminó de cerrar la caja del expediente.

—Entonces está decidido. Tendremos que ir.

—¿Adónde?

—A buscar la fotografía.

—¿Ahora?

—No. No ahora.

Miró el cielo. Las nubes cubrían completamente las estrellas y apenas quedaba luz sobre los edificios.

—Ahora necesitamos dormir unas horas.

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Dormir? ¿Usted cree que yo puedo conciliar el sueño en este momento?

—Debemos intentarlo. El cansancio y la investigación policial son enemigos mortales.

Sofía estuvo cerca de sonreír, pero recordó inevitablemente los eventos de las últimas horas. La idea de dormir, aunque tentadora dado el agotamiento físico y mental, le resultaba casi cómica. De todas maneras, decidió tomarse la noción con seriedad.

—Bellini, ¿dónde quiere usted ir a dormir?

—Podemos ir al hotel.

Ella estuvo a punto de sonrojarse pero él alcanzó a aclarar lo suficientemente pronto.

—Puedo pedir una habitación junto a la suya. Así, si sucede algo…

Ese comentario sorprendió a Sofía.

—¿A qué se refiere con eso, Bellini? ¿Qué es lo que podría suceder?

—No, nada, por supuesto. No me preste atención. Como le dije, el cansancio y la investigación…

Bellini fue interrumpido en ese preciso instante por un auto que pasó por la calle lentamente, justo frente a ellos. Las ventanillas estaban subidas y no se llegaba a ver la cara del conductor.

Al principio, el inspector intentó no prestarle demasiada atención. Pero el auto se detuvo justo en la esquina.

—Sofía, creo que no hay tiempo para caminar al hotel. Vamos a la estación de policía.

—Pero recién venimos de ahí.

—Lo sé. Pero creo que va a ser lo más conveniente.

El tono del detective preocupó a Sofía, de manera que eligió no discutirle y hacer lo que él sugería.

—Vamos entonces.

Comenzaron a caminar en dirección a la estación a un paso acelerado.