El Otro Nombre Capítulo 12 El expediente
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Capítulo 12 El expediente

La comisaría estaba casi vacía cuando llegaron. Bellini miró su reloj antes de entrar y cayó en la cuenta de que la noche había avanzado más de lo que habían imaginado.

El inspector empujó la puerta y ambos atravesaron el vestíbulo. Un agente que estaba detrás de la mesa de entrada levantó la mirada.

—¿Todavía trabajando, inspector?

—No actúe tan sorprendido.

El agente sonrió y largó una pequeña carcajada. Luego miró a la mujer a la derecha del detective.

—¿Y ella?

Bellini lo observó durante unos segundos.

—Está conmigo.

El hombre pareció considerar la respuesta y después volvió a mirar su pantalla.

—Entonces no he visto nada.

Bellini sonrió.

—No esperaba otra cosa.

Continuaron hacia el interior, con Sofía caminando junto a él.

—¿Todos aquí saben lo que ocurrió?

—No. No todos.

—¿Cuántos conocen el expediente del caso?

—Bastantes.

—¿Y usted?

—Yo estaba a cargo de la investigación.

Sofía revoleó los ojos pero Bellini estaba demasiado concentrado. Nunca se dio cuenta.

Bajaron por una escalera estrecha hasta el archivo, donde el aire era más frío. Había estanterías metálicas a ambos lados y cajas apiladas hasta casi tocar el techo.

El detective encendió una luz y durante el tiempo que demoraron los tubos de luz en arrancar, permanecieron en silencio.

—¿Dónde está?

Él señaló una de las estanterías.

—Allí.

Se acercó y comenzó a buscar. Sofía observó las etiquetas. Había cientos, algunas con nombres, otras con números.

Finalmente el inspector encontró una caja y la sacó con cuidado. La colocó sobre una mesa, haciendo que el polvo se levantara ligeramente.

Sofía la observó sin hacer comentarios por unos breves instantes.

—¿Ese es mi expediente?

Él asintió.

—Es la caja de expediente original.

Abrió la caja. Dentro había fotografías, informes, documentos y varias bolsas transparentes que contenían objetos pequeños.

—¿Todo eso es de mi muerte?

Él negó con la cabeza.

—De la investigación. Sólo algunas cosas fueron halladas en la escena.

—¿Escena?

—La escena del hallazgo del cuerpo.

—O sea mi muerte.

El detective suspiró.

—De la escena — insistió.

La diferencia parecía insignificante pero realmente no lo era. Por lo menos para él.

Tomó una fotografía y la colocó sobre la mesa. Era el automóvil, en el cual habían hallado el cuerpo.

Ella sintió algo extraño al verlo, pero no era miedo, era algo más parecido a la sensación de que algo aterrador ya se hubiera tornado en algo familiar.

—Ese es, ¿no? El automóvil donde hallaron mi cuerpo.

—Sí. Es de las primeras fotografías que se hicieron del vehículo al llegar a la escena.

Observaron la fotografía durante varios segundos. El automóvil estaba estacionado junto a la acera y las puertas estaban cerradas. No había nadie alrededor.

—¿Dónde estaba el cuerpo?

—En el asiento trasero.

El inspector inmediatamente colocó otra fotografía junto a la primera. Era una imagen del interior del vehículo.

—Aquí.

Sofía se inclinó. La fotografía mostraba el asiento trasero. No había nada particularmente extraño en ella. Hasta que, unos instantes después, vio algo.

—Espere.

—¿Qué?

Ella señaló una pequeña zona de la fotografía.

—¿Qué es lo que vio?

—No sé. No estoy segura. ¿Tiene una lupa? Necesitamos ampliar esa parte de la foto.

Bellini caminó hacia un escritorio ubicado en la esquina de la habitación, abrió un pequeño cajón y sacó una lupa de mano. Caminó nuevamente hasta la mesa, acercó la fotografía a la luz y sostuvo la lupa sobre el rincón de la fotografía que Sofía señalaba con su dedo.

Observaron la imagen durante varios segundos.

—¿Esto dice usted?

Ella negó con la cabeza.

—Más atrás.

El detective acercó y alejó la lupa para tratar de encontrar la distancia adecuada para ver con nitidez la zona ampliada de la fotografía. Notó algo que aparecía en el reflejo de una de las ventanas del automóvil: una figura de una mujer.

Estaba de pie al otro lado de la calle.

—Jamás la había visto.

Sofía lo miró.

—¿Cuántas veces revisó estas fotografías?

—Muchas. Demasiadas.

—¿Y nunca notó eso?

—No. Es extraño.

Volvieron a mirar la imagen. Lamentablemente, la mujer estaba demasiado lejos para distinguir su rostro. Pero había algo en ella, algo que Sofía reconocía.

—¿Puede ampliar esa parte?

El inspector sostuvo la lupa sobre la zona indicada y la imagen se deformó. Entonces alejó la lupa para hacer más clara la imagen.

La mujer en la imagen continuaba siendo apenas una silueta. Pero cargaba algo en sus brazos.

—No se puede ver nada.

Sofía siguió observándola con atención.

—Yo conozco ese abrigo.

Él levantó la cabeza y la miró a los ojos.

—¿Qué dijo?

Ella señaló la figura.

—Ese abrigo. Me suena muy conocido.

Bellini volvió a mirar la fotografía.

—¿Está segura?

Dudó antes de dar su respuesta.

—No. No estoy segura. Pero creo que tuve uno igual.

—¿Usted tiene uno igual?

Ella miró nuevamente la fotografía y después miró sus propias manos.

—No. Pero siento que tuve uno así en algún momento.

El inspector tomó la fotografía y la observó nuevamente.

—¿Cuándo lo compró?

Ella frunció el ceño.

—No lo sé. No me acuerdo en este momento.

—¿No se acuerda o no quiere decirlo?

—No. Simplemente no me acuerdo. Tengo imágenes en mi cabeza de haberlo tenido. Pero no recuerdo cuándo lo compré. A lo mejor fue un regalo. No sabría decirle con seguridad.

El inspector dejó la fotografía sobre la mesa.

—Pero recuerdo el abrigo. Recuerdo haberlo usado.

Se hizo un breve silencio.

—¿Qué está cargando? Tiene algo en los brazos —preguntó Sofía.

Bellini intentó una vez más con la lupa. La calidad de la imagen no permitía distinguir mucho más.

—Parece una caja. Pero no se ve bien. Podría ser cualquier cosa.

Él se quedó observándola. Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. Finalmente, Sofía señaló otra fotografía.

—¿Y esa?

La tomó. Era una fotografía del exterior de un edificio abandonado.

—¿Dónde es ese lugar?

—Es el edificio abandonado que investigamos.

—El del departamento que alguien había estado usando. El 214.

El inspector asintió con la cabeza.

—¿Cuándo fue tomada?

Miraron la fecha escrita en el reverso. La expresión en la cara de Bellini cambió ligeramente.

—El mismo día.

—¿El mismo día que encontraron el automóvil?

—Sí.

—Entonces estuve allí. En la escena.

—¿A qué se refiere?

—Usted lo dijo. Mis huellas estaban en el automóvil, ¿no?

—Así fue.

—Y ahora hay una mujer que parece llevar un abrigo que estoy casi segura de que era mío.

—Al parecer, sí.

—¿Cuántas coincidencias necesitamos?

El detective tomó la fotografía del automóvil nuevamente.

—Sólo una más.

Ella lo miró extrañada.

—¿Cuál?

Bellini giró la fotografía y vio que en el reverso había una anotación manuscrita. Sofía la leyó en voz alta.

— 11:17.

Levantó lentamente los ojos.

—¡La hora!

Él asintió.

—La misma hora que aparece en el recibo del bar.

Algo acerca de ese número hacía que algo en su interior se cerrara y no permitiera la salida del aire. Tuvo que sentarse unos segundos en la silla más cercana para poder recuperarse.

Tardó tres minutos en recuperarse lo suficiente para analizar la información.

La nueva coincidencia representaba meramente una posibilidad para ella.

Quizás había estado allí y quizás había visto el automóvil.

Podría haber conocido a ese hombre que la policía concluyó que no existía, el supuesto dueño del vehículo donde la Policía había hallado su cuerpo once meses atrás.

Quizás sabía más de lo que podía recordar.

De repente una idea comenzó a parecerle posible, una que no se atrevió a decir en voz alta.

Él la observó.

—¿Qué está pensando?

Ella negó con la cabeza.

—Nada. Estoy bien. Ya estoy bien. Gracias, Bellini. Es mucho para mí en un solo día.

El inspector la miró durante varios segundos y frunció el ceño. Sabía que le estaba mintiendo, pero no insistió. Se dio vuelta y volvió a guardar la fotografía dentro del expediente, luego de lo cual cerró la caja.

—Será mejor que nos vayamos.

—Bellini.

—¿Sí?

—Quiero volver a ver esa fotografía.

El inspector se quedó mirándola fijamente, claramente molesto, pero unos segundos más tarde abrió nuevamente la caja. Pero antes de que pudiera sacar la fotografía, ambos escucharon un ruido en el pasillo.

Un golpe seco. Después otro.

Ambos notaron que la luz del archivo parpadeó una vez.

Sofía dejó de respirar. El inspector cerró la caja con rapidez.

—Quédese aquí.

—¿Qué fue eso?

El inspector caminó hacia la puerta.

—No lo sé. Quédese aquí. No haga ruido.

Abrió la puerta del archivo lentamente. El pasillo estaba vacío.

Miró hacia ambos lados, sin embargo, no pudo ver nada. No había nada allí.

Volvió al archivo.

—No hay nadie.

Sofía miró la caja.

—¿Está seguro?

Él cerró la puerta.

—No. No estoy seguro. Pero no hay nadie allí afuera.

—¿Qué hacemos entonces?

—Será mejor que nos vayamos de aquí. Pronto, Sofía.