Capítulo 11 La llave #2
—La llave estaba relacionada con el edificio. La encontramos, como ya le dije, en la mesa de la habitación en ese edificio abandonado.
—¿La habitación 214?
—Exactamente.
—¿Y por qué era importante?
—Porque como le dije, alguien había estado utilizando esa habitación.
—¿Quién?
—No lo supimos con seguridad. No hubo forma de corroborarlo.
—¿No había ningún registro?
—El edificio estaba en desuso y lo había estado por años.
—Y la persona que usaba la habitación, ¿qué relación había entre esa persona y el caso que investigaban, el de mi cuerpo en el automóvil? ¿Cómo llegaron a ese edificio, a la habitación 214?
El inspector demoró en responder.
—Encontramos evidencia de huellas de una segunda persona en el auto donde encontramos el cuerpo. Luego de intentar averiguar su identidad, algunos testigos nos informaron que esa persona había sido vista entrando y saliendo de ese edificio en particular.
—Pero entonces saben de quién se trata. ¿Qué supieron de esa persona?
—No existía una persona. No había nadie. Ni huellas, ni documentos, ni evidencia alguna de que esa persona estuviera ahí o hubiera estado alguna vez. Nada.
Por unos instantes, no le hizo más preguntas. Pero unos segundos más tarde, abrió sus ojos de par en par.
—¿Es la misma persona que figuraba como propietaria del automóvil?
—La misma identidad.
—Entonces el automóvil y la habitación sí estaban relacionados.
—Eso pensamos, pero nunca pudimos confirmarlo.
Es decir, había suficiente información sobre la identidad de un hombre, y pudimos comprobar que era el dueño de ese auto.
También se intentó hacer coincidir sus huellas con la identidad que figuraba en la documentación.
Pero no fue posible. Esa persona no existe.
Sacó el teléfono y buscó algo. Después colocó la pantalla sobre la mesa para que ella pudiera verla.
Era una fotografía de una habitación vacía. En la misma se veía una cama, una mesa, un armario y una puerta.
Bellini amplió la imagen. Sobre la mesa había una pequeña llave, cuyo número era claramente visible: 214.
—¿Es la misma que tiene en su bolsillo?
—Parece serlo.
—¿No está seguro?
—Bueno, la llave que encontré hace unos minutos tiene exactamente el mismo número. Es cuanto menos una gran posibilidad.
—Pero podría haber muchas llaves con el número 214.
—Sí, eso es verdad, pero no tantas como para ignorar encontrarla justo en el momento y lugar donde la encontramos.
Sofía volvió a mirar la fotografía. Había algo extraño aunque no sabía qué. Se inclinó hacia la pantalla.
—Espere.
—¿Qué?
—La mesa.
—¿Qué pasa con ella?
Señaló la fotografía.
—Hay algo allí.
El detective amplió nuevamente la imagen.
Sobre la mesa, junto a la llave, había un objeto pequeño. Brillaba como si estuviera hecho de metal.
Sofía frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
Acercó la imagen un poco más.
—No lo sé.
—¿Nunca lo había visto?
—No.
Bellini parecía realmente sorprendido de ese nuevo hallazgo.
—Parece… Es una placa de la Policía. ¿Lo ve?
Bellini se acercó a la pantalla.
—Sí. Tiene razón. Es una placa de la Policía de Madrid.
—Pero mire bien. Hay algo escrito en esa placa. ¿Lo ve?
Amplió la foto al máximo. Sofía tenía razón. Había una pequeña inscripción justo debajo de la insignia. La leyó en voz alta.
— ILTBC
Sofía sintió que el corazón comenzaba a latir más rápido.
—Dígame que lo recuerda, Bellini. Es la misma sigla que aparecía en las modificaciones del registro civil.
El detective estaba realmente sorprendido.
—Tiene razón.
—Quiere decir que si encontramos a esa persona, la que lleva esa insignia, podríamos hallar a quien está detrás de todo esto.
Bellini no pudo evitar sonreír.
—Aprecio su entusiasmo. Lamento informarle que no es así como funciona.
El entusiasmo que hasta ese momento Sofía parecía estar experimentando, se terminó de golpe.
—Pero tiene que ser la misma persona. Seguro sabe…
—Sofía, escúcheme con atención. La sigla ILTBC no identifica a una persona. Lamento cortarle el rollo. Esa sigla es una categoría de sistema, correspondiente a una división de la Policía: Identificación, Localización y Transferencia de Bases Criminales .
—¿Bases Criminales?
—Así es. Es una División con más de cuarenta oficiales y agentes.
Por un momento, Sofía se quedó muda. Pero inmediatamente se le ocurrió una nueva pregunta.
—Pero entonces, ¿qué hace la insignia de una agente de esa División de la Policía en una foto del departamento que investigaba?
—No lo sé. Pero no es algo poco común en este tipo de casos que se involucre al personal de diferentes departamentos de la Fuerza.
—¿Quién tomó la fotografía?
—No lo sabemos. Esa información no está disponible. Puede haber sido cualquiera que haya participado de la investigación en su momento.
—¿Entonces cualquiera pudo entrar?
—No cualquiera exactamente. Pero existen demasiadas personas que podrían haber tenido acceso a la habitación. Recuerde que la investigación no se hizo exactamente siguiendo el protocolo.
Ella revoleó los ojos y resopló mostrando su desaprobación. Luego, volvió a mirar la fotografía.
—¿Y por qué nunca vio ese detalle? ¿No es usted acaso un investigador profesional?
Bellini respiró profundamente antes de responderle.
—Porque el caso se cerró demasiado pronto. Demasiadas cosas estaban mal en esa investigación. Extraviar un cuerpo no es exactamente buena publicidad para la policía. Honestamente, no hubo tiempo de investigarlo tan meticulosamente.
—¿Quién decidió cerrarlo?
Él no respondió.
—¿Quién?
El inspector finalmente levantó la mirada.
—Yo.
Se quedó completamente quieta.
—¿Usted?
—Sí.
—¿Usted cerró el expediente?
—Sí.
—¿Por qué?
Bellini parecía avergonzado. Tomó aire.
—Porque no teníamos pruebas suficientes para continuar. Tuve presión para hacerlo.
—¿Y ahora? ¿Por qué decidió dedicarse nuevamente a investigar este caso?
El inspector miró la llave que llevaba en el bolsillo.
—Ahora tenemos algo que no teníamos hace once meses.
—¿Qué?
Él la miró.
—La posibilidad de hacer justicia como corresponde.
Sofía sonrió. La respuesta le trajo un alivio que no había podido conseguir desde las primeras horas de la mañana. Desde el incidente en el aeropuerto.
—¿Eso es suficiente?
El inspector negó lentamente con la cabeza.
—No. Nunca lo es —hizo una breve pausa—. Pero es un comienzo.
Afuera, un automóvil pasó lentamente frente al café. La luz de los faros atravesó la ventana y recorrió durante un instante el rostro de ambos. Había un hombre detrás del volante. El inspector notó que éste los miró fijamente al pasar delante de ellos.
Sofía miró hacia la calle y vio que el automóvil continuaba avanzando y no se detuvo.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—¿Está seguro?
—Sí. Pero debemos irnos.
La frase la preocupó.
—¿Vio la hora que es? ¿Adónde quiere ir a esta hora?
Él guardó el teléfono en el bolsillo.
—A la comisaría.
—¿Ahora?
—Ahora mismo.
—¿Por qué?
El detective se levantó.
—Porque necesito cotejar algo en el expediente original.
Sofía también se levantó.
—¿Y no tiene nada que ver con el automóvil que acaba de pasar por la puerta?
Bellini negó con la cabeza.
—No. Necesitamos ver el expediente. Ahora.
—Espere, ¿dónde está guardado?
El inspector se colocó el abrigo.
—En el archivo.
—Pero dígame al menos qué espera encontrar.
Miraron hacia la ventana. La noche se había vuelto completamente negra.
—La respuesta a una pregunta que no pudimos responder hace once meses.
—¿Cuál?
Bellini tardó unos segundos en contestar.
—¿Quién vivía en el apartamento 214?
Salieron del café con un único objetivo en mente: llegar lo antes posible a la estación de Policía. En su apuro, ninguno de los dos notó que el automóvil que recién había pasado delante de ellos estaba estacionado en la esquina siguiente, al otro lado de la calle.
El conductor permaneció dentro. Esperó hasta que Bellini y Sofía doblaran la esquina, encendió el motor y se marchó.