El Otro Nombre Capítulo 11 La llave
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Capítulo 11 La llave

Siguieron caminando durante varios metros sin hablar.

El inspector aún tenía la llave en el bolsillo interior de su chaqueta, pero ninguno de los dos volvió a mencionarla.

La calle estaba cada vez más tranquila. La mayoría de los comercios habían ya cerrado y las pocas personas que aún caminaban por las veredas parecían hacerlo con mayor prisa, como si también quisieran llegar a algún lugar antes de que la noche se transformara plenamente en madrugada.

Sofía miró hacia atrás. El edificio había quedado lejos y parecía casi indistinguible de los edificios contiguos.

—¿Qué es esa llave?

—No lo sé.

—Eso ya me lo dijo.

—Entonces no hay mucho más que pueda agregar.

—Dijo que la vio en el expediente original. ¿Por qué dijo eso?

El inspector la miró a los ojos.

—Porque es cierto.

—¿De quién era?

—No tengo esa información.

—¿Entonces para qué servía? ¿Qué es lo que abre?

—Tampoco lo sé.

Sofía soltó una pequeña risa, que él supo interpretar como sarcasmo.

—Empiezo a sospechar que su capacidad lingüística se limita a frases de solamente tres o menos palabras.

Bellini la miró.

—¿Cuáles?

—No lo sé.

Después de un largo rato de caras y expresiones de preocupación e incomodidad, por fin el inspector sonrió.

—Es un vocabulario bastante útil para un policía.

—Pero no para una mujer que está intentando descubrir por qué murió hace once meses.

La sonrisa desapareció.

—Tiene razón.

Continuaron caminando.

—¿Dónde estaba esa llave en el expediente?

Bellini tardó unos segundos en responder.

—Estaba anexada a una fotografía. Como material adjunto a la misma.

—¿Una fotografía de qué?

—De una habitación.

Ella cambió su gesto. Parecía confundida.

—¿Qué habitación?

Bellini continuó caminando.

—La encontramos durante la investigación.

—¿Dónde?

—En un edificio que llevaba años abandonado.

—¿Y qué tiene que ver con mi muerte?

—No lo sabemos.

Sofía se detuvo. El inspector dio algunos pasos antes de darse cuenta. Entonces se volvió.

—¿Qué?

—Pensé que ya me había contado todo lo importante sobre el caso.

—Le conté lo que necesitaba contarle.

—Eso no es lo mismo. ¿No le parece importante compartirme todos los detalles de aquella investigación? Después de todo, se trata de mi vida. O mejor dicho, mi muerte.

Él la observó durante unos segundos sin alterar su expresión.

—No.

—¿No le parece o no es lo mismo?

—No es lo mismo que contarle todo sobre el caso. Tiene razón.

—Entonces cuénteme.

El inspector respiró profundamente.

—Sepa que se trata de información clasificada por el Cuerpo Nacional de Policía. Al compartirle esto, estoy poniendo mi trabajo y mi reputación en juego.

—Sí, lo entiendo. Siempre puede decir que se lo contó a una persona que ya estaba muerta. Eso debería ayudarlo a mantener su trabajo, ¿no?

Bellini sonrió. Volvió a respirar profundamente y exhaló aún más fuerte.

—El cuerpo fue encontrado en el automóvil, como ya le expliqué.

—Sí, ya lo dijo antes.

—Pero lo que no le dije es que el automóvil había sido visto varias veces cerca de ese edificio durante los días anteriores.

—¿Qué edificio?

—Uno que llevaba años vacío.

—¿Y qué buscaban allí?

—Al principio, nada. Información, algún sospechoso o cualquier cosa que pudiera arrojar un poco de luz sobre el caso.

—¿Y después?

—Después descubrimos que alguien había estado utilizando uno de los apartamentos.

—¿Cuál? —preguntó, aunque sospechaba que ya sabía la respuesta.

Bellini la miró.

—El 214.

A pesar de que la respuesta sólo había confirmado sus sospechas, Sofía no pudo evitar sorprenderse.

—La misma de la llave, entonces.

—Sí. La misma.

—¿Qué encontraron?

—Una habitación prácticamente vacía.

—¿Prácticamente?

—Había una mesa, una silla, un armario y una cama.

—¿Y nada más?

—Nada que pudiera identificar a la persona que la utilizaba.

—¿Y la llave?

Bellini se tocó ligeramente el bolsillo de la chaqueta.

—La encontramos durante aquella investigación.

—¿Dónde?

—Sobre la mesa, en la habitación.

Ella sintió que algo no encajaba.

—Entonces, ¿cómo puede estar ahora aquí?

—Exactamente.

—Pero ¿es la misma llave?

—No puedo asegurarlo todavía.

—Pero acaba de decir que la vio en el expediente.

—Vi una fotografía de una llave con el mismo número pero no significa que esa sea la misma llave.

—El número 214.

—Sí. Ese número.

—¿El mismo que figura en la que acabamos de encontrar?

—Sí.

Ella guardó silencio por unos segundos. Pero luego preguntó:

—¿Qué pasó con la otra llave? La que estaba en poder de la Policía.

—Simplemente desapareció.

—¿Cómo?

—Eso es lo que nunca pudimos explicar. Es posible que alguien haya estado investigando el caso y la haya tomado, y que nunca la haya devuelto.

Llegaron a un pequeño café. Uno de los pocos locales que todavía permanecía abierto a esa hora.

Bellini señaló una mesa justo junto a la ventana del lugar.

—Necesito sentarme.

Ella asintió y lo siguió hacia el interior del local.

El lugar estaba casi vacío. Un hombre joven detrás de la barra levantó la mirada.

—Buenas. ¿Café?

El inspector asintió.

—Dos, por favor.

Ella se sentó primero y luego él tomó la silla frente a ella.

Sofía sacó su teléfono y miró la hora.

El detective parecía distraído mirando a través de la ventana, hacia la calle que permanecía tranquila ya a esa hora, sin eventos relevantes.

El camarero llevó los cafés. Apoyó primero el café del inspector cuidadosamente delante de él.

Luego tomó el otro café de su bandeja e intentó acomodarlo delante de Sofía, pero antes de que pudiera terminar de acomodarlo, el pocillo se sacudió levemente en su mano.

Con una ágil maniobra, logró estabilizarlo levantando rápidamente su brazo, pero un poco de café ya había caído sobre la mesa, salpicando levemente el saco de Sofía y el diminuto plato que acompañaba la pequeña taza, sosteniéndola desde abajo.

Sofía contuvo la respiración durante todo el evento, que duró menos de dos segundos en total.

El camarero se disculpó y ofreció reemplazar el café por otro, pero ella le agradeció y le indicó amablemente que no era necesaria.

Inmediatamente, tomó el café y sostuvo la taza entre las manos. Pequeñas gotas de café se desprendieron del fondo de la taza y mojaron nuevamente el platito y la mesa.

El camarero miró la escena durante una fracción de segundo y luego regresó a su lugar tras la barra.

—Cuénteme, Bellini.

El detective tomó su café.

—¿Qué quiere saber?

—Todo. Lo que me contó y lo que aún no me dijo. Todo.

El inspector sonrió ligeramente.

—Eso puede llevar tiempo.

—Tenemos hasta mañana, ¿ certo?

Bellini la miró y sonrió casi imperceptiblemente.

— Certo.

Por un instante pareció que iba a comenzar a contarle una historia. Pero no lo hizo. En lugar de eso, acercó la taza a su boca, sopló el café, haciendo que el vapor que emanaba del mismo desapareciera en el aire que separaba a ambos. Luego tomó un pequeño sorbo y lo volvió a apoyar en la mesa.

—Empezaré por lo que sé.

Dejó la taza sobre la mesa.

—Hace once meses recibimos una llamada.

—¿Quién llamó?

—Una mujer. Llamó anónimamente.

—¿Qué dijo?

—Que había encontrado un automóvil abandonado.

Sofía levantó la mirada.

—Me imagino que se trata de ese automóvil que…

—Sí. Ese mismo.

—¿Dónde estaba el automóvil? ¿Dónde lo encontraron?

—En una calle secundaria.

—¿Y cuando llegaron?

—La mujer había desaparecido. No esperó a la Policía.

—¿La mujer que llamó, dice usted?

—Sí. Ya no estaba en la escena. Es algo común en realidad. Muchos denunciantes prefieren permanecer anónimos. No le di importancia.

—¿Nunca la encontraron?

—No. Nunca supimos de quién se trataba.

—¿Qué había en el automóvil?

—Usted ya lo sabe. Un cuerpo.

—¿El mío?

—El cuerpo de una mujer que tenía su documentación, sí.

—Pero no era yo.

—Eso parece.

Comenzó a elaborar un poco la idea, pero la abandonó por la mitad al ver el gesto de preocupación en la cara de ella.

—¿Qué edad tenía?

—Según el informe del forense, la misma que usted.

—¿Qué me dice del color del cabello?

—El mismo color que usted. Igual de oscuro. El mismo tono.

—¿Y el rostro?

Bellini bajó los ojos.

—¿Qué?

El inspector no respondió, lo que llevó a Sofía a concluir que la respuesta no iba a gustarle.

—¿Qué le ocurrió?

—No lo sabemos.

—¿No saben cómo murió?

—Se determinó que había muerto varias horas antes de ser encontrada.

—¿Causa?

El detective negó con la cabeza.

—No fue concluyente. No hubo autopsia.

Sofía lo miró extrañada.

—No hubo autopsia porque extraviaron el cuerpo, ¿verdad?

—Así es. Alguien pidió el traslado a la morgue de otra jurisdicción y el cuerpo desapareció.

—Así nomás, como quien pierde una billetera, ¿no?

Bellini la miró a los ojos. Ella no supo si detrás de su mirada había vergüenza o frustración. No importaba realmente.

—¿Y entonces en ese momento decidieron que era yo?

—No exactamente.

—¿Qué quiere decir?

—Primero encontramos su documentación.

—Eso ya me lo dijo.

—Después encontramos sus huellas.

—¿Y eso no era suficiente?

—Para identificar un cuerpo, sí.

—Entonces era yo.

Bellini negó lentamente con la cabeza.

—No necesariamente.

—¿Por qué?

—Porque las huellas no son una prueba contundente en esas circunstancias.

Sofía frunció el ceño.

—No entiendo.

—Las huellas dicen que una persona estuvo en un lugar. Pero no necesariamente cuándo estuvo allí. Podemos inferir que usted estuvo ahí. Pero eso no nos permite decidir que esa persona es inequívocamente usted. ¿Entiende?

Ella hizo un gesto con la cabeza y él continuó.

—Sus huellas estaban en el automóvil.

—¿Está diciendo que las que tomaron del cuerpo eran las mías? ¿Mis huellas?

—No. Lo que le digo es que las huellas estaban en distintas partes del vehículo. Lamentablemente no pudieron ser cotejadas con las impresiones digitales del cuerpo porque…

—Sí, sí. Ya lo dijo. Porque el cuerpo se extravió antes de que pudieran hacerlo.

El inspector asintió con la cabeza.

—Pero usted dijo que mis huellas estaban en el automóvil.

—Sí.

—Entonces estuve allí.

—Eso parece.

—¿Cuándo? ¿Qué hacía ahí?

—No lo sabemos.

Ella se llevó una mano a la frente.

—¿Y la llave?