El Otro Nombre Capítulo 10 La casa
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Capítulo 10 La casa

La mujer continuaba buscando entre los recibos, mientras Sofía permanecía de pie frente al mostrador y Bellini sostenía el pequeño papel entre los dedos.

Sofía volvió a mirar el recibo.

—¿Qué significa?

Bellini, como era ya costumbre, no respondió inmediatamente.

La mujer detrás del mostrador observaba a ambos con una expresión de creciente preocupación.

—¿Hay algún problema? —preguntó.

El inspector levantó la mirada.

—¿Está completamente segura de que fue ella quien pagó?

La mujer pareció confundida.

—Sí, fue ella. Estoy segura.

—¿Y fue usted quien la atendió?

—Sí. Al igual que cada vez que estuvo por aquí, fui yo quien la atendió.

—¿Personalmente?

—Sí, a eso me refiero. Siempre la atendí yo personalmente.

Él volvió a mirar el recibo.

—¿Está segura de que la persona que pagó era ella?

—Oiga, eso ya me lo preguntó y ya se lo dije antes. Sí, fue ella. No hay ninguna duda de que fue ella. Y sí, antes de que me lo pregunte de nuevo, fui yo quien le cobró personalmente y quien le entregó el recibo de pago.

—¿Me vio salir? —preguntó Sofía.

La mujer pensó durante unos segundos.

—Sí, la vi salir un rato más tarde.

—¿Recuerda cuando salí?

—Sí. Lo recuerdo bien. Había estado mirando el reloj constantemente. Me pareció extraño. Como si estuviera esperando a que el reloj le dijera en qué momento irse.

—¿Estaba sola cuando me fui?

—Sí. El hombre con el que usted estaba ya se había ido un rato antes de que usted se fuera.

El inspector levantó lentamente la mirada.

—¿Está segura de eso?

La camarera resopló con impaciencia.

—Sí que es insistente. Sí. Se fue sola.

Sofía miró a Bellini.

—Entonces estaba viva.

El detective guardó el recibo en el bolsillo interior de su chaqueta.

—Todavía no lo sabemos —miró a la camarera—. Me llevo el recibo.

La camarera asintió. Pero Sofía cambió su expresión.

—Pero usted acaba de preguntarle si me vio salir.

—Así es.

—¿Por qué le preguntó eso?

La observó durante unos segundos antes de contestar.

—Porque si usted salió de aquí a las 11:17 de la noche, tenemos una nueva pregunta.

—¿Cuál?

—¿Adónde fue una vez que se fue de aquí?

Sofía sintió que el lugar se tornaba insoportablemente más pequeño.

La camarera, todavía detrás del mostrador, volvió a mirar el reloj de la pared pero finalmente acotó algo.

—Eso fue hace mucho tiempo. ¿Por qué es tan importante averiguar todo eso ahora?

Bellini no respondió. Sofía lo hizo por él.

—Porque según los registros, yo ya estaba muerta a esa hora.

La mujer la miró y por un instante pareció no saber qué decir. Después de unos segundos sonrió con incredulidad.

—Pero si usted está aquí.

Sofía sonrió débilmente.

—Eso es lo que llevo intentando explicarle a todo el mundo desde esta mañana.

La mujer dejó de sonreír. Se quedó inmóvil, siguiendo con sus ojos la trayectoria del detective, quien ahora caminaba por el lugar y miraba hacia arriba, hacia los rincones, como buscando algo específico. Finalmente, se acercó a la puerta y giró en dirección del mostrador.

—¿Tiene cámaras?

—No.

—¿Nunca tuvo?

—No. Este lugar es demasiado pequeño. Nunca hubo necesidad.

—Está bien.

Sofía miró una vez más hacia la mesa junto a la ventana.

—Disculpe mi insistencia, pero ¿está segura de que quedé sola cuando el hombre que estaba conmigo se fue?

La mujer volvió a pensar.

—Sí. Totalmente segura. Aunque ahora creo recordar que volvió a buscarla más tarde, justo antes de la hora del cierre.

—¿El hombre con el que estaba?

—Sí. Ahora lo recuerdo. Volvió, preguntó por una mujer con la que había estado más temprano. Manolo fue quien le respondió porque yo ya estaba haciendo el cierre de la caja.

—¿Manolo?

—El dueño. Siempre está por las noches.

—¿Está disponible para hacerle algunas preguntas?

La mujer miró hacia la puerta detrás del mostrador.

—Bueno, casi siempre. Hoy tuvo que ir a cuidar de su madre en Aranjuez. Es una señora mayor. Lo tiene loco al pobre Manolo. Es tan buen hijo…

Bellini frunció el ceño.

—¿Sabe si volverá antes del cierre?

—No lo sé. Puede ser. Aunque no lo creo.

—¿Recuerda de casualidad qué le dijo Manolo al hombre cuando regresó esa noche?

—El hombre quería saber si ella —señaló a Sofía— se había retirado. Manolo le dijo que sí. Eso es todo lo que recuerdo.

De repente, Sofía sintió que una nueva imagen aparecía en su cabeza:

Ella sentada frente al hombre, una conversación, una voz, una mano sobre la mesa. Pero después, nada.

Abrió los ojos súbitamente.

—Bellini, aún no puedo recordar.

Él la miró a los ojos.

—No intente hacerlo.

—Pero necesito saber.

—Lo sé. Pero no lo intente en este momento.

—¿Cómo puede estar tan tranquilo?

—No estoy tranquilo.

Esta vez, realmente ella le creyó.

Salieron del café unos minutos después.

La puerta se cerró detrás de ellos y el sonido de la ciudad volvió a ocupar el espacio. Ya era completamente de noche y ahora las luces de los edificios se reflejaban sobre los automóviles estacionados y las ventanas de los comercios iluminaban las aceras.

Sofía caminó junto a Bellini y, como ya había sucedido varias veces desde temprano, cada vez que comenzaban a caminar, durante un rato ninguno habló. Finalmente, ella preguntó:

—¿Qué cree que ocurrió aquella noche?

Dejaron de caminar unos segundos.

—Todavía no tenemos suficiente información.

—Pero yo estaba allí.

—Ese es precisamente el problema.

—¿Qué quiere decir?

—Usted debería ser la persona que más sabe sobre lo que ocurrió esa noche.

Sofía bajó la mirada.

—Y aun así no recuerdo nada.

—No. Eso es evidente.

—¿Y eso le parece normal?

El inspector retomó el paso antes de responder.

—No. No me parece normal para nada.

—Entonces, ¿qué cree que me pasó?

—Todavía no hay información suficiente para saberlo.

Sofía revoleó los ojos, respiró hondo, resopló en un volumen lo suficientemente alto como para que él la oyera. Pero breves segundos más tarde, siguió caminando, esta vez a un paso más intenso, intentando alcanzarlo.

—¿Y si la respuesta está en lo que hice después de salir de aquí?

—Eso es exactamente lo que vamos a averiguar.

Caminaron hasta llegar a una pequeña plaza, donde el detective sacó su teléfono.

—Tenemos una cosa que sí sabemos.

—¿Cuál?

—La hora.

Ella miró el reloj de su teléfono.

—Las 11:17.

—Exactamente.

—¿Y después?

—Después tenemos que reconstruir sus movimientos.

—¿Cómo hacemos eso?

Él comenzó a revisar algo en su teléfono.

—Tarjetas, transporte, teléfono, cámaras públicas, lo que encontremos.

—¿Y si no hay nada?

—Entonces sabremos con seguridad que alguien se ocupó de que no hubiera nada que encontrar.

Bellini abrió una aplicación en su teléfono.

—¿Recuerda dónde vivía?

Sofía respondió inmediatamente.

—Sí, por supuesto.

—¿Recuerda cómo llegar?

— Certo.

Él no sonrió esta vez. Sólo guardó el teléfono.

—Entonces iremos allí.

Sofía se detuvo.

—¿A mi casa?

Bellini asintió.

—¿Cuál es la dirección?

—Creí que usted lo sabría. Después de todo, usted estaba a cargo de la investigación.

—Sí. Es cierto. Pero quiero saber si usted la recuerda.

Sofía miró hacia la calle. La posibilidad de no recordar su dirección no le gustaba para nada.

Pero asintió. Cerró los ojos, hizo fuerza para recordar. Nada. No pudo recordar siquiera una calle cercana.

—Bellini, usted sigue diciéndome que no intente recordar, que no me esfuerce, pero luego me pide que le cuente cosas que sabe perfectamente que no puedo recordar. ¿Qué es lo que quiere realmente?

El inspector se quedó callado unos segundos. Como si estuviera tratando de armar una buena respuesta antes de contestar.

—Lo que quiero es asegurarme de que realmente no recuerda.

—Todavía no confía en mí ¿verdad?

—No se trata de confianza. Es mi trabajo.

Mientras caminaban, Sofía comenzó a pensar en algo que hasta ese momento había evitado.

—Bellini.

—¿Sí?

—Si yo estoy muerta desde hace once meses, ¿qué es lo que sucedió con mi casa?

—¿Qué quiere decir?

—¿Quién vive allí ahora? O me va a decir que no investigó el domicilio de la persona fallecida que investigaba.

Bellini tardó unos segundos.

—Nadie. Nadie vive allí.

Sofía se detuvo.

—¿Nadie?

—Está vacía.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace once meses.

Sintió nuevamente aquel frío.

—¿Por qué?

—Porque usted murió.

Ella cerró los ojos. Era una frase sencilla. Pero cada vez que alguien la pronunciaba, parecía adquirir un significado diferente.

—Entonces todo quedó igual.

—No exactamente.

—¿Qué cambió?

Él no respondió.

—Bellini, dígame. Necesito saberlo.

—Vamos entonces. No es lejos.

—¿Estamos cerca de mi casa?

Él hizo una larga pausa antes de responderle.

—Veo que no lo recuerda ni reconoce su barrio.

Ella no dijo nada más. No protestó. Continuaron caminando hasta que, unas diez cuadras más adelante, se detuvieron frente a un pequeño edificio, bastante bien conservado.

—Es aquí.

Sofía miró hacia arriba. El edificio le resultaba familiar. Demasiado familiar.

No podía recordar haber vivido allí pero reconocía las ventanas, el portal y la pequeña grieta en una de las paredes. Incluso, le parecía reconocer una planta que alguien había colocado junto a la entrada.

—¿Yo vivía aquí?

Él asintió.

—En este edificio, sí.

—¿En qué piso?

—Primer piso.

Sofía miró hacia arriba.

—¿Cuál era mi ventana? ¿Lo sabe?

Bellini señaló con la mano derecha. Ella siguió el recorrido trazado por el dedo del inspector y notó que en la ventana que le indicaba había una luz encendida.

Frunció el ceño.

—¿No me dijo que estaba vacío el departamento? Parece que hay alguien.

El inspector miró hacia la ventana.

—No debería.

Sofía sintió que su pulso comenzaba a acelerarse.

—¿Qué quiere decir?

—Que hasta donde yo sabía, la casa está vacía desde hace once meses. No debería estar habitada.

Apenas el detective terminó de hablar, la luz de la ventana del primer piso se apagó.

Ambos se quedaron quietos por unos segundos.

—¿Qué fue eso?

Él no respondió, pero se acercó cuidadosamente al portal.

—¿Podemos entrar?

—No sin autorización de un juez.

—Pero es mi casa.

—Según los documentos, no. Oficialmente, la casa no es más suya.

Ella sintió que aquella frase le dolía más de lo que esperaba.

El detective volvió a mirar hacia arriba y vio que la ventana permanecía completamente oscura.

—Nos vamos. Ya mismo.

—¿Por qué?

—No sabemos quién encendió esa luz. No deberíamos estar aquí.

Sofía no discutió. Se alejaron del edificio, pero después de caminar unos metros, él se detuvo.

—Espere.

Sofía se volvió. Bellini estaba mirando el suelo como si hubiera encontrado algo.

Se agachó y lo recogió. Era una llave.

Tras examinarla, observaron que había un número grabado en ella: el número 214.

—¿Qué es?

El inspector no respondió.

—¿Bellini?

Él continuó mirando la llave.

—¿De dónde sacó eso?

—Estaba en el piso. Y antes de que me pregunte, no tengo idea de dónde salió o si abre lo que sospecho que puede llegar a abrir.

Luego, levantó lentamente la mirada pero esquivó intencionalmente su mirada. Ella lo notó con facilidad.

Ella observó la llave.

—Bellini, dígame algo. No puede decirme que es algo casual. ¿No le parece extraño cuando menos?

La respuesta llegó unos segundos después. El detective se giró nuevamente para ver la ventana, que permanecía oscura, luego miró hacia ambos lados y, finalmente, guardó la llave en el bolsillo.

—Ya le dije, no lo sé. No insista, por favor.

—Entonces, ¿por qué parece que sabe algo e intenta esconderlo?

Bellini hizo un largo silencio, pero finalmente le respondió.

—Porque sé dónde vi una llave igual.

—¿Dónde?

—En el expediente original.

—¿Qué significa eso?

Él negó lentamente con la cabeza.

—Todavía no lo sé. Tenga, por favor, paciencia.

—¿Paciencia? ¿No fue usted quien dijo que no teníamos tiempo?

Él ignoró la pregunta, se dio vuelta y comenzó a caminar. Sofía se quedó mirándolo por unos instantes, pero comenzó a caminar intentando alcanzarlo nuevamente.

Ninguno de los dos vio que, desde una ventana del edificio, una silueta observaba cómo se alejaban.

La figura permaneció inmóvil hasta que ambos desaparecieron al final de la calle.

Entonces cerró lentamente la cortina y dejó la habitación a oscuras.