Capítulo 9 El camino de regreso
La noche había terminado de caer sobre Madrid hacía ya un buen rato y las luces de los comercios ya dominaban las calles. El tráfico continuaba siendo intenso, aunque ya no tenía el movimiento frenético de las últimas horas de la tarde.
Caminaron durante varios minutos. Ninguno de los dos habló.
El agotamiento físico y mental ya estaba manifestándose en su forma de caminar y en su forma de hablar.
Para Sofía, había llegado a un punto en el que cada respuesta parecía abrir otra puerta. Y detrás de cada puerta había algo que no quería ver.
Aun así, sintió que era un buen momento para preguntarle al detective acerca del caso que había tomado hace once meses, pero no supo qué pregunta hacer. La idea era clara, pero le estaba costando armar la pregunta con la coherencia necesaria.
Finalmente y con mucho esfuerzo, habló.
—¿Qué hacemos ahora?
Bellini continuó caminando.
—Encontrar una respuesta.
—Eso ya lo estamos haciendo desde la mañana.
—No. Hasta ahora estábamos intentando entender qué había ocurrido.
—¿Y ahora?
Bellini la miró.
—Ahora tenemos que descubrir qué va a ocurrir.
—¿Cree realmente que va a pasar algo mañana?
La respuesta se demoró unos segundos.
—No lo sé.
—Pero usted dijo que no tenemos tiempo.
—Porque no lo tenemos.
—Eso no responde mi pregunta.
—No. No sé qué significa el mensaje. En verdad.
—Entonces, ¿por qué está tan seguro de que tenemos que actuar esta noche?
El detective miró hacia la calle.
—Porque alguien parece saber dónde estábamos en cada instante.
—Eso puede significar que nos estén siguiendo. Pero no significa necesariamente que vaya a ocurrir algo mañana.
—No necesariamente, no.
Hizo una pausa.
—Pero significa que alguien quiere que pensemos que va a ocurrir.
Ella frunció el ceño.
—¿Y eso es mejor?
Él negó con la cabeza.
—No. Pero es suficiente para que lo tomemos en serio.
Continuaron caminando. Ella se quedó pensando en la respuesta del detective.
—Suficiente —pensó—. ¿Suficiente para que lo tomemos en serio?
En ese momento, le pareció mejor no hacer más preguntas y confiar en los instintos del investigador. Para ella, todo era necesario tomárselo en serio.
Después de unos minutos de caminar, Bellini volvió a hablar.
—Quiero llevarla a un lugar.
—¿Dónde?
—A uno de los lugares que solía frecuentar.
Ella lo miró.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Cómo sabe dónde iba?
No respondió inmediatamente.
—Porque apareció durante la investigación.
Sofía se detuvo. Bellini caminó dos pasos antes de darse cuenta. Se volvió.
—¿Qué?
—La que se hizo sobre usted.
—¿Qué sabe sobre mi vida?
Bellini actuó como si no hubiera escuchado la pregunta.
—Bellini!
—Sé lo suficiente.
—Eso no es una respuesta completa.
—Sé dónde trabajaba, dónde vivía, qué lugares frecuentaba…
La respuesta le generó una incomodidad creciente.
—¿Y qué más sabe?
—Sé que algunas personas la conocían.
—¿Quiénes?
—Eso es lo que vamos a averiguar.
Ella dejó escapar una pequeña risa sarcástica.
—Siempre dice lo mismo.
—Porque normalmente es cierto.
—No sé si eso me tranquiliza.
—No pretendía hacerlo.
El lugar estaba a unas diez cuadras y, a pesar de las insistentes preguntas, Bellini no volvió a explicar a dónde iban.
Sofía comenzó a reconocer algunas calles.
No recordaba haber estado allí con seguridad, pero algo en ellas le resultaba familiar.
Una esquina, una plaza pequeña, una farmacia ambientada como si fuera de principios del siglo XX, una cafetería.
No podía recordar los detalles, pero tenía la sensación de haber recorrido esas calles muchas veces.
—Creo que conozco este lugar.
Bellini la miró.
—¿Está segura?
—No. Hoy no estoy segura de nada.
—Entonces no diga que lo conoce.
Sofía sonrió.
—Gracias por la ayuda, ispettore.
El inspector también sonrió ligeramente y, con un gesto leve con su mano derecha, indicó amablemente que continuaran caminando en el mismo sentido que venían haciéndolo hasta ahora.
Llegaron finalmente a una pequeña cafetería ubicada en una esquina, con el nombre “Manolo” escrito en letras de imprenta rojas tanto en la entrada como en la marquesina.
El local era antiguo, tenía grandes ventanas y algunas mesas pequeñas en el interior.
No parecía haber cambiado en muchos años.
Se detuvieron frente a la puerta.
—Aquí.
Ella miró el lugar extrañada.
—¿Yo venía aquí?
—Según los registros.
—¿Qué registros?
Bellini no respondió, pero la invitó a entrar al local.
Una mujer de unos sesenta años estaba detrás de un mostrador de madera oscuro que parecía haber sido hecho por encargo en los tiempos en que esos tipos de trabajos tan detallados eran comunes en Europa.
La mujer levantó la mirada, miró al detective, después a Sofía.
Su expresión cambió. Era una expresión familiar. No de sorpresa sino de reconocimiento.
Sofía lo notó inmediatamente.
La mujer salió de detrás del mostrador.
—¡Ostras!
Sofía se quedó inmóvil. La mujer se acercó.
—Hace muchísimo tiempo que no la veía.
—¿Me conoce?
La mujer sonrió.
—Claro que la conozco.
Sofía miró a Bellini y rápidamente volvió a mirar a la mujer.
—Lo siento, pero yo no la recuerdo.
La sonrisa de la mujer desapareció lentamente.
—¿Cómo?
—No recuerdo haber venido aquí.
La mujer miró a Bellini. El inspector negó ligeramente con la cabeza.
—Está intentando recordar.
La mujer volvió a mirarla, sorprendida.
—¿Está bien?
Sofía dudó.
—Sí.
—Pensé que...
La mujer se detuvo.
—¿Qué?
—Nada.
Sofía la observó.
—¿Qué pensó?
La mujer se quedó unos segundos en silencio, luego de los cuales sonrió nuevamente.
—Que había pasado algo.
—¿Qué cosa?
—No lo sé. Algo. Cosas que escuché. No le dé importancia.
El inspector intervino.
—Entonces, ¿ella suele venir aquí?
La mujer lo miró.
—Venía bastante.
—¿Con qué frecuencia?
—Una o dos veces por semana, por lo menos. Durante años.
Sofía sintió el frío trepar por su espalda.
—¿Sola?
La mujer asintió con la cabeza.
—Normalmente sí.
Bellini la observó.
—¿Normalmente?
La empleada pareció darse cuenta de lo que había dicho.
—Sí.
—¿La vio con alguien?
La mujer pensó.
—Una vez.
—¿Con quién?
—No lo sé. No lo había visto antes.
—¿Entonces era un hombre?
La mujer asintió.
—Sí.
—¿Lo recuerda?
—No demasiado. Vino una sola vez.
—¿Qué aspecto tenía?
La mujer cerró los ojos durante unos segundos, intentando recordar.
—Era alto.
—¿Cuánto?
—No sé. Más o menos como usted.
—¿Eso ayuda?
—No demasiado.
La mujer sonrió ligeramente.
—Lo siento, desearía recordar más. Es mucha la gente que viene y fue hace tanto tiempo que…
Sofía intervino.
—¿Hablábamos?
—¿Quién? ¿Usted y él?
—Sí. Con el hombre con el que me vio.
—Sí. Parecían discutir algo importante. No podría decirle acerca de qué. Sólo lo recuerdo porque fue la única vez que vino acompañada.
—Pero ¿parecía que nos conocíamos?
La mujer permaneció en silencio.
—Sí, eso seguro.
Sofía sintió algo extraño. Otra vez una sensación de estar intentando recordar un sueño tras haberse despertado.
—¿Dijo que discutíamos?
La mujer la miró directamente.
—Sí. Y por lo que recuerdo, bastante fuerte.
El detective levantó la mirada.
—¿Está segura?
—Sí, por supuesto.
—¿Cuándo fue?
La mujer volvió a pensar.
—La última vez que la vi.
—¿Cuándo fue eso?
La mujer respondió sin dudar.
—Hace un año aproximadamente, a lo mejor un poco menos.
El silencio que siguió pareció llenar todo el local.
Sofía miró a Bellini buscando su mirada, pero el inspector seguía mirando fijamente a la mujer.
—¿Recuerda qué día?
La mujer negó con la cabeza.
—No, por supuesto que no.
—¿Recuerda algo de la conversación?
—No. Como le dije, no reparé en qué es lo que se estaban diciendo.
—¿No recuerda nada?
—No, lo siento.
La mujer parecía sinceramente incómoda.
—Solo recuerdo que estaban discutiendo.
Sofía bajó la mirada y una imagen apareció en su cabeza: una mesa, una taza, una mano y una voz. Pero la imagen desapareció antes de que pudiera reconocerla.
Cerró los ojos.
—¿Está bien? —preguntó el inspector.
—Sí.
Abrió los ojos nuevamente.
—Creo que...
Se detuvo.
—¿Qué?
—Creo que recuerdo este lugar.
La mujer sonrió.
—Siempre se sentaba en aquella mesa.
Señaló una mesa pequeña junto a la ventana.
Sofía la miró. Sintió algo extraño, como si su cuerpo reconociera el lugar antes que su mente.
Se acercó lentamente y tocó el respaldo de la silla. Nada.
Luego miró hacia la ventana. Una imagen volvió a aparecer: ella sentada allí. El mismo lugar, la misma ventana, el mismo vaso y, una vez más, una figura y la voz de alguien sentado frente a ella. Pero el rostro no aparecía.
Sofía cerró los ojos y la imagen desapareció.
—¿Qué ocurre? —preguntó Bellini.
—Nada. Estoy bien.
—Sofía, ¿qué ocurre?
—Estoy bien, en serio Bellini.
El inspector no insistió.
La mujer detrás del mostrador se acercó.
—¿Quiere sentarse?
Sofía asintió y se sentó, corriendo la pesada silla con cuidado para que no hiciera ruido o rayara el piso del lugar.
Bellini permaneció de pie.
—¿Qué solía pedir?
La mujer respondió inmediatamente.
—Café.
—¿Solo café?
—Sí.
—Pero, ¿siempre?
—Siempre.
La mujer sonrió.
Bellini miró a Sofía.
—¿Quiere uno?
Ella negó con la cabeza, aunque pensó que realmente un café no era la peor de las ideas.
—No.
—Cuando venía, tampoco quería nada para comer —dijo la camarera.
—¿Nunca comí nada aquí?
—Nunca. Sólo se sentaba en esa silla, en esa mesa y pedía café. Siempre la misma escena.
La mujer pareció recordar algo.
—Excepto la última vez.
—¿Qué pasó la última vez?
La mujer señaló hacia la barra.
—Pagó con tarjeta.
Bellini frunció el ceño.
—¿Y eso es extraño?
—Sí. Para usted por lo menos.
—¿Por qué?
—Porque siempre pagaba en efectivo.
—¿Por qué recuerda eso?
La camarera se encogió de hombros.
—Porque me pidió que guardara el recibo.
El inspector cambió su gesto con rapidez y se acercó un poco a la camarera.
—¿Lo tiene?
La mujer lo miró.
—No. O eso creo.
—¿Podría verificar?
La mujer dudó.
—Quizás. Pero tendría que revisar muchos… A ver… Espere un momento por favor.
Se dirigió hacia una pequeña puerta detrás del mostrador, pero justo antes de entrar, se volvió hacia el inspector.
—¿Por qué quieren saber todo esto?
Él respondió:
—Porque estamos intentando reconstruir los últimos días de su vida.
La mujer miró a Sofía.
—¿Los últimos días?
Rápidamente pareció comprender lo que acababa de decir.
—Lo siento.
Desapareció detrás de la puerta.
Se quedaron en la mesa, esperando pacientemente. Bellini se acercó unos pasos a la silla donde Sofía se había sentado.
—¿Está bien?
—No. Claro que no.
—Lo entiendo.
—No recuerdo haber estado aquí.
—Ya lo sé.
—Pero ella me recuerda.
—Sí, la recuerda bien, por lo que veo.
—Y recuerda cosas que yo no.
Él simplemente se quedó mirándola. Ella continuó.
—¿Cuánto sabe realmente sobre mí?
El inspector hizo caso omiso a la pregunta.
—Bellini, alguna vez tiene que responder a alguna de mis preguntas, ¿no le parece?
El detective sonrió del lado izquierdo de su cara.
—¿Cuánto sabe realmente sobre mí?
—No todo.
—¿Pero mucho?
—Más de lo que usted sabe, por lo visto.
Sofía bajó la mirada.
—Eso me asusta.
Él se sentó frente a ella corriendo la silla con mucho más facilidad que con la que ella lo había hecho minutos atrás.
—A mí también me asusta.
Ella levantó los ojos.
—¿A usted?
Él asintió.
—Sí.
Detrás del mostrador se escucharon algunos cajones abriéndose y cerrándose. La camarera estaba buscando el recibo.
Sofía miró nuevamente la mesa y una imagen volvió a aparecer. Esta vez duró más.
Estaba sentada allí, el hombre estaba frente a ella. Podía escuchar su voz con claridad, pero no podía ver su rostro. Sin embargo, esta vez llegó a escuchar una frase. Solo una.
—No puedo hacer esto.
Abrió los ojos de golpe. Bellini la observó.
—¿Qué pasó?
Ella respiró profundamente.
—Lo escuché.
—¿Qué?
—Una voz.
—¿De quién?
Ella negó con la cabeza.
—No sé.
—¿Qué dijo?
Sofía lo miró.
—Dijo “no puedo hacer esto”.
—¿Eso es todo lo que dijo?
—Sí, es todo lo que pude recordar. Es lo que escuché.
—¿Está segura?
—Sí. No puedo recordar nada más. No en este momento, al menos.
Él miró hacia la puerta por donde había desaparecido la camarera minutos atrás y luego volvió a mirar a Sofía.
—Cuando la mujer regrese, no se lo diga.
—¿Por qué?
—Porque todavía no sabemos qué significa.
Ella asintió.
Unos segundos más tarde, la camarera apareció finalmente con una pequeña caja de cartón. Los llamó desde el mostrador.
—Creo que encontré algo.
Se levantaron de la mesa y se acercaron al lugar donde la mujer había colocado la caja.
—Guardo algunos recibos viejos aquí. No sé por qué. Siempre pienso que en algún momento podría tener que usarlos.
Abrió la caja. Adentro había decenas de pequeños papeles. Comenzó a buscarlos.
—Esto puede llevar un rato.
Afuera, la calle seguía iluminada y las personas caminaban frente al escaparate sin prestar atención a lo que estaba ocurriendo dentro.
La mujer siguió buscando hasta que finalmente se detuvo. Sacó un pequeño papel, lo miró y rápidamente levantó la vista. Su expresión había cambiado.
—Creo que lo encontré.
Ambos miraron con atención a la mujer que sostenía el recibo entre los dedos.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Bellini.
La mujer miró nuevamente el papel.
—Es el único recibo con una inscripción en el reverso.
Bellini abrió los ojos de par en par.
—¿A qué se refiere?
La mujer no se lo entregó todavía.
—Además, la fecha es de hace once meses. Debe ser este.
Sofía sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
El inspector tomó el papel y lo observó durante varios segundos. Lo giró para leer la supuesta inscripción en la parte de atrás del mismo y luego levantó lentamente la mirada hacia Sofía.
—Esto no puede ser el recibo correcto.
Ella se acercó.
—¿Por qué?
Él le extendió el recibo para que pudiera leerlo.
Lo primero que Sofía notó fue la fecha.
Era el día en que, oficialmente, había muerto, pero debajo de la fecha había algo más.
Una hora: 11:17.
Miró al detective. Creyó ya saber la respuesta, pero aun así eligió hacer la pregunta.
—¿Cómo puede estar tan seguro? ¿Usted sabe qué hice a las once y diecisiete de la noche ese día hace once meses?
Él no respondió. Se quedó mirándola a los ojos, como si estuviera tratando de descifrar un enigma oculto dentro de ella.
Fue en ese momento que Sofía dio vuelta el recibo. Había algo escrito. Era su propia letra, no cabía la menor duda. La leyó en voz alta.
MIA. NUNCA DEJARA DE SER MIA.