El Otro Nombre Capítulo 8 La cena #3
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Capítulo 8 La cena #3

—Alguien me dijo que sabía que Sofía Álvarez está muerta.

Él miró nuevamente la mesa vacía.

—¿Qué número?

Ella le mostró el teléfono. El inspector tomó el aparato y miró la pantalla con gran interés.

De repente, su expresión cambió.

—¿Qué ocurre?

Bellini abrió el registro de llamadas pero no había ninguna llamada entrante registrada.

Ella lo miró.

—Pero acaba de llamarme.

Volvieron a revisar. No había nada. No había registro de llamadas entrantes ni salientes desde la mañana.

—Lo sé. Estaba aquí con usted.

—Entonces, ¿dónde está?

—No lo sé —dijo el inspector.

En ese momento, su propio teléfono vibró. Lo sacó rápidamente del bolsillo.

Había recibido un mensaje pero no había número, solo una fotografía.

Él abrió la imagen, invitándola a inclinarse para verla.

Eran ellos dos, saliendo del archivo de investigaciones de la policía, sólo minutos atrás.

El mensaje tenía solamente cuatro palabras.

ENTREGUEN A SOFÍA ÁLVAREZ. NO TIENEN MUCHO TIEMPO.

Bellini levantó lentamente la mirada y miró a Sofía con un gesto imposible de interpretar. Una mezcla de extrañeza, sorpresa y algo que en otra persona podría asemejarse a la furia.

Ella lo observó con cuidado, intentando inútilmente interpretar lo que pasaba por la cabeza del detective en ese momento.

Ninguno de los dos habló.

María apareció súbitamente detrás de ellos. Ni Sofía ni Bellini la habían escuchado acercarse. Se sobresaltaron.

—¿Todo bien?

Bellini bloqueó el teléfono.

—Sí. Todo bien, gracias.

María miró hacia la silla frente al inspector.

—¿Segura, Sofía?

Miró a la camarera a los ojos. Algo le resultaba extraño.

—¿Cómo sabe mi nombre?

María pareció sorprendida.

—¿Su nombre?

—Sí.

La mujer miró a Bellini extrañada y después volvió a mirar a Sofía, con una sonrisa en la cara.

—¿Usted no me lo dijo?

Sofía negó con la cabeza.

—No.

María frunció el ceño.

—Entonces debo haber escuchado que él la llamaba así.

—¿Está segura? —preguntó el inspector.

—Pues claro. ¿O piensa que le mentiría sobre algo así?

María miró a Sofía.

—Lo siento. Quizás me equivoqué.

—No, no se preocupe. Ese es mi nombre.

Se alejó lentamente. Pero siguieron observándola, tratando de seguir con su mirada el trayecto que seguía tras tener esa conversación con ellos.

Sorprendentemente, la camarera regresó tras el mostrador, abrió una novela que estaba apoyada sobre el mismo, levantó el indicador que marcaba la página donde evidentemente había abandonado la lectura en algún momento más temprano y comenzó a leer, concentrando la mirada en las hojas del libro.

Él tomó su abrigo.

—Nos vamos.

—¿Por qué?

—Pues es obvio, ¿no? Alguien acaba de informarnos que sabe exactamente dónde estamos y nos ha amenazado.

Sofía se levantó, su rostro estaba pálido. Miró una última vez hacia la mesa vacía detrás de ella y siguió al inspector hacia la salida, atravesando el estrecho espacio entre las mesas del restaurante.

Una vez abandonaron el lugar, cayeron en la cuenta de que afuera, la noche había caído plenamente sobre Madrid.

El aire era más frío y las calles estaban llenas de luces.

Bellini caminó unos pasos y se detuvo. Miró hacia atrás. Sofía hizo lo mismo.

El restaurante seguía funcionando con absoluta normalidad. Vio que las personas continuaban cenando y vio a María cerrar cuidadosamente el libro para ir a atender a una mesa.

Nada parecía extraño.

—¿Usted confía en ella?

El detective tardó unos segundos en responder.

—Hasta hace diez minutos, sí.

Ella lo miró.

—¿Y ahora?

Él volvió a mirar hacia el restaurante.

—Ahora no confío en nadie.

Comenzaron a caminar, y habían recorrido apenas unos metros cuando él se detuvo nuevamente.

Miró el escaparate de un comercio cerrado. Ella siguió su mirada automáticamente. En el cristal había un reflejo.

Alguien estaba parado detrás de ellos.

Bellini se dio vuelta inmediatamente.

Pero la calle estaba vacía. No había nadie.

Volvió a mirar el escaparate. El reflejo también había desaparecido.

Ella se acercó.

—¿Qué vio?

Él no respondió.

Entonces ella miró el cristal. Se dio cuenta de que había algo escrito sobre él. Sólo cuatro palabras que, con seguridad, alguien había trazado desde el interior, aprovechando la condensación sobre el vidrio.

MAÑANA SERÁ DEMASIADO TARDE.

Sofía sintió que le bajaba la presión. Las piernas le fallaron. Llegó a sentarse en el piso, evitando caer desplomada.

Por un momento, sintió que perdía el conocimiento, pero Bellini reaccionó con agilidad y tomó su mano y la ayudó a colocar la cabeza entre medio de las piernas.

Por unos momentos ambos permanecieron inmóviles. Ella recuperó las fuerzas unos segundos más tarde.

—Bellini, necesito saber qué está pasando conmigo. ¿Quién me está haciendo esto?

El detective parecía legítimamente no tener una respuesta. Miró su reloj.

—Le digo con total sinceridad, Sofía. No entiendo bien qué es lo que está sucediendo ni por qué. Le doy mi palabra de que vamos a hacer todo lo posible para llegar al fondo de esto. Mientras tanto, algo por lo menos es seguro.

—¿Qué?

—Si queremos entender qué es lo que está pasando, tendremos que hacerlo pronto.