Capítulo 8 La cena #2
Sofía respiró profundamente.
—Mis padres viven en Buenos Aires, aunque no tengo relación con ellos. Ya no hablamos.
—¿Tiene hermanos?
—No.
—¿Siempre fue hija única?
Sofía pensó. Ya dudaba de sus propios recuerdos.
—Sí.
—¿Dónde creció?
Respondió inmediatamente.
—En Buenos Aires.
—¿En qué barrio?
Sofía abrió la boca y se detuvo. No sabía por qué. La respuesta estaba allí, en algún lugar, pero no aparecía.
—En... Palermo, creo.
—¿Cree que en Palermo?
—Sí. No estoy totalmente segura.
—¿A qué se refiere?
Ella frunció el ceño, como si estuviera haciendo fuerza con su cerebro para recordar los detalles.
—No recuerdo la calle.
El inspector se acomodó en su silla. Como si lo que acababa de escuchar le pareciera difícil de creer.
—Es extraño, ¿no le parece?
—¿Qué?
—Que no recuerde la calle donde creció.
Sofía sintió una pequeña molestia.
—Han pasado muchos años.
—Claro. Entiendo.
Bellini tomó otro sorbo de vino.
—¿Cómo se llamaba su colegio?
Ella lo miró sorprendida. El color de la piel de su rostro cambió súbitamente. Esta vez la respuesta no apareció. Por lo menos, no inmediatamente.
Intentó recordar el edificio, alguno de los pasillos, ventanas, alguna profesora, algún patio.
Había imágenes. Muchas. Pero extrañamente, ninguna tenía un nombre.
—No lo sé. No puedo recordar el nombre de ninguna. Es que este vino es realmente fuerte. Nosotros el vino que tomamos en Argentina…
Él la interrumpió.
—¿No lo sabe?
—No. No realmente.
Comenzó a sentirse incómoda.
—Sé dónde estudié. Por supuesto que lo sé.
—¿Dónde?
Ella lo miró. Una vez más cerró los ojos para intentar concentrarse.
—No sé. No puedo decirlo en este momento. Tengo las imágenes pero no recuerdo el nombre, ni dónde estaba ubicado. ¿Qué me está pasando, Bellini?
Estaba al borde del llanto. Su cara denotaba una mezcla de miedo y tristeza y su tono reflejaba el agotamiento de un día larguísimo.
Él permaneció en silencio, pero igualmente, ella miró hacia otro lado, intentando disimular las lágrimas que se habían empezado a acumular en sus ojos.
—Es ridículo —dijo mientras limpiaba el exceso de líquido en sus párpados con la manga de su remera.
—No. Le aseguro que no lo es.
—Sí. Lo es. Todo esto es ridículo.
—Sofía, escúcheme bien. No es ridículo para nada.
—Entonces, ¿qué es?
—No se exija tanto. Deberíamos darle tiempo para recordar. Fue un día difícil. Se encuentra bajo mucho estrés. Es algo normal. Permítase no recordar por ahora.
Ella sonrió con tristeza. El intento del detective de contenerla le parecía tierno pero no pudo sacudir una nueva sensación de ansiedad que le recorrió su cuerpo entero.
—Recuerdo mi infancia.
—No lo dudo.
—Recuerdo a mis padres.
—Sí.
—Recuerdo mi casa.
Él asintió.
—¿Cómo era?
Sofía abrió la boca y nuevamente se detuvo. La imagen otra vez estaba allí pero lamentablemente, los detalles no.
No podía recordar la cara de sus padres, el color de las paredes de su casa de la infancia, ni podía evocar algún recuerdo de cómo era la cocina. Tampoco podía recordar qué había en el jardín o dónde estaba su habitación.
Solo sabía que había existido.
Bajó la mirada.
—No lo sé. No lo puedo recordar. Es como si tratara de recordar los detalles de un sueño después de despertarme.
El inspector no hizo comentario alguno al respecto.
Ella levantó los ojos. Estaban húmedos.
—¿Por qué me está preguntando todo esto?
—Porque usted me preguntó por mi pasado.
—Y usted decidió devolverme el favor.
—Algo así.
Sofía intentó sonreír pero no pudo.
—No recuerdo muchas cosas.
Él negó lentamente con la cabeza.
—No. Evidentemente no.
María apareció en ese momento.
—¿Todo bien?
Sofía levantó la mirada.
—Sí.
Giró su cabeza en dirección opuesta a la camarera y se secó rápido las lágrimas. María miró al hombre sentado frente a ella.
—¿Seguro?
—Sí. Todo tranquilo, María.
La mujer sonrió.
—Bien.
Tomó los platos vacíos.
—¿Postre?
Sofía negó con la cabeza.
—No, gracias.
María miró a Bellini.
—¿Lo de siempre, inspector?
—Café.
—¿Solo?
Él asintió con la cabeza y miró a la camarera intentando comunicarle algo sin usar palabras.
María comprendió rápidamente, giró en dirección contraria a la mesa y se alejó. Sofía la miró mientras caminaba hacia otra mesa para tomarle la orden. Una vez que la camarera estaba lo suficientemente lejos, miró nuevamente al detective.
—¿Ella siempre lo trata así?
—¿Así cómo?
—Con tanta confianza. Con tanta cercanía.
—No siempre. De vez en cuando.
—¿Pero usted nunca habla con nadie aquí?
—No mucho. No realmente.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros.
—Me gusta que me dejen tranquilo.
Ella sonrió.
—Eso sí lo había notado.
—¿Qué?
—Que le gusta estar solo.
Ella notó cuánto le costaba interpretarle las expresiones. Decidió no gastar más energía intentándolo. En lugar de eso, miró hacia la puerta.
Afuera, la luz había desaparecido casi por completo.
—¿Sabe qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que estoy empezando a tener miedo de descubrir que tampoco recuerdo quién soy.
Él permaneció quieto, en su lugar, pensando una respuesta oportuna, pero antes de que pudiera responder, el teléfono de Sofía comenzó a sonar.
Los dos miraron la pantalla.
NÚMERO DESCONOCIDO.
Ella sintió cómo sus músculos se tensaban.
—No conteste.
El teléfono continuó sonando. Ella lo miró y luego miró al inspector.
—¿Por qué?
—No lo sé. Me parece que no es un buen momento para contestar una llamada desconocida.
El teléfono dejó de sonar y durante unos segundos no ocurrió nada. Pero antes de que pudieran seguir conversando al respecto, volvió a sonar. Esta vez, ella contestó.
—¿Hola?
Nadie contestó. Todo lo que se escuchaba del otro lado era silencio.
Sofía esperó.
—¿Quién es?
Nuevamente, nada. De repente, muy gradualmente comenzó a escucharse una respiración muy leve.
Sofía miró hacia el otro lado de la mesa. El inspector se había incorporado ligeramente en su asiento.
—¿Quién es? —repitió.
Finalmente, una voz habló. Era baja, casi un susurro.
—Sé que Sofía Álvarez está muerta.
La llamada terminó. Ella se quedó petrificada en su lugar, como si su energía vital hubiera abandonado su cuerpo.
—¿Quién era? ¿Qué le dijo?
Ella no respondió. Giró lentamente la cabeza. El miedo en su cara era notorio.
La mesa detrás de ella estaba vacía.
Él también miró, levantándose levemente de su asiento y tratando de observar por encima del hombro de Sofía. No había nadie.
Ella volvió a mirar su teléfono. La pantalla mostraba la llamada finalizada.
—¿Qué pasó? —preguntó el detective.
Ella levantó lentamente la mirada.