Capítulo 8 La cena
La luz comenzaba a cambiar sobre las calles de Madrid. El sol todavía iluminaba las fachadas más altas, pero las calles ya estaban cubiertas por sombras largas y azuladas.
Madrid empezaba lentamente a teñirse de colores azafranados y, dependiendo del barrio, algunos negocios ya habían empezado los preparativos vespertinos para recibir al habitual caudal de gente que prefería la noche para salir a disfrutar de su vida social y romántica.
Ya había pasado más de medio día desde que Sofía había comenzado a buscar una explicación sobre los eventos de aquella mañana.
Aún caminaba junto a Bellini sin decir nada.
El cuerpo ya le estaba enviando señales de agotamiento.
No recordaba la última vez que había estado tan cansada.
No solamente físicamente. Sentía que su cabeza había llegado a un punto en el que ya no podía incorporar otra información sin que algo dentro de ella se rompiera.
El inspector la miró.
—¿Tiene hambre?
Ella pensó durante unos segundos. No se había dado cuenta del hambre que tenía hasta que el inspector le hizo la pregunta al respecto.
—Sí. Estoy famélica.
Él asintió sonriendo casi automáticamente ante esa respuesta.
—Bien.
—¿Eso es todo lo que tiene para decir?
—¿Qué esperaba?
—No sé. Quizás una explicación. Alguna que arroje un poco de luz sobre lo que acaba de suceder.
La sonrisa del detective creció a lo ancho de su cara.
—Para eso necesitaríamos cenar primero.
—¿Cenar?
—Sí.
—¿Ahora?
—Es casi de noche.
Sofía miró su teléfono. El reloj marcaba las 8:03pm. Le sorprendió comprobar que habían pasado menos de veinte minutos desde que conversaban sobre el caso en el archivo de investigaciones de la policía.
—¿Dónde quiere ir a comer algo?
—Conozco un lugar.
—¿Es bueno?
Él se encogió ligeramente de hombros.
—Lo suficiente.
—Eso tampoco parece una recomendación.
—Voy todas las noches.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Todas?
—Casi todas.
—¿Desde cuándo?
Tardó un segundo en responderle.
—Desde hace ya un largo tiempo
Ella sonrió.
—Entonces debe ser bueno.
El detective negó con la cabeza.
—No necesariamente.
—¿Y por qué sigue yendo si no es necesariamente bueno?
—Porque allí ya saben qué se me antoja sin preguntarme.
Ella soltó una pequeña risa.
—Eso sí parece una buena razón.
El restaurante estaba a pocas calles de distancia. Era pequeño y estaba ubicado en una esquina. No tenía nada particularmente elegante. La fachada era blanca, con letras negras sobre una puerta de madera y en una de las ventanas había un menú escrito a mano.
TORTILLA ESPAÑOLA. CALLOS. MERLUZA. CROQUETAS. CARRILLERAS.
Sofía lo leyó mientras entraban. Para su sorpresa, el lugar estaba bastante lleno. Había parejas, grupos de amigos y varias personas cenando solas.
Bellini entró sin mirar alrededor. Una mujer detrás de la barra levantó la mirada y lo saludó en un italiano que sonaba demasiado español.
— Buonasera , Lorenzo.
— Buonasera , María.
La mujer miró a Sofía brevemente y después volvió a mirarlo. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro, casi imperceptible, pero lo suficiente para que Sofía alcanzara a verla.
—Vaya.
Él frunció el ceño.
—¿Qué?
—Hoy viene acompañado.
—Sí.
La mujer miró nuevamente a la mujer que acompañaba al inspector.
—Entonces tendremos que cobrarle doble.
Sofía sonrió, aunque Bellini no. La mujer se quedó observándolo durante unos segundos.
—Era un chiste.
—Claramente.
—A veces me preocupa que no lo sepas.
La mujer miró a Sofía, llevó su mano al costado de su boca, como si estuviera revelando un secreto y dijo:
—Es un hombre apuesto, pero no tiene demasiado sentido del humor.
Sofía soltó una pequeña carcajada que causó que él se girara para mirarla.
—No la anime.
La mujer detrás de la barra sonrió.
—No se preocupe. Él tampoco suele necesitar mucho ánimo.
Él señaló una mesa en el fondo.
—¿Podemos sentarnos allí?
—Claro. Donde usted desee.
La mujer tomó dos cartas y se las entregó.
Bellini hizo un gesto de agradecimiento asintiendo con la cabeza y comenzó a caminar hacia la mesa, seguido por Sofía, que lo miraba extrañada.
—¿Todos lo conocen?
Él se sentó primero.
—Después de tanto tiempo...
—¿Y todos saben que usted es policía?
—Sí. Lo saben.
—¿Y nunca le hacen preguntas?
Abrió la carta.
—Precisamente por eso vengo aquí.
Sofía sonrió.
—Creo que entiendo.
María regresó unos minutos después.
—¿Lo de siempre?
Él asintió.
—Sí. Gracias, María.
María miró hacia el otro lado de la mesa.
—¿Y usted?
Sofía miró la carta.
—No sé.
El inspector levantó la mirada.
—Pida algo.
—Usted es el experto. ¿Alguna recomendación?
—Todo es bueno. Preparado en el momento —intervino María.
Sofía volvió a mirar el menú.
—Quiero probar algo que sea realmente español.
María sonrió.
—Entonces no le deje elegir a él.
Bellini levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque lleva tiempo ya pidiendo siempre lo mismo.
Sofía lo miró y no pudo evitar esbozar media sonrisa.
—¿En serio? ¿Qué pide?
María respondió antes que él.
—Tortilla, merluza y una copa de vino.
—Eso no suena mal.
—Es aburrido.
Él dejó la carta sobre la mesa y, tratando de disimular una sonrisa, respondió a la acusación de María.
—Es consistente en sabor y la forma en que lo preparan no ha cambiado con el tiempo.
—Al igual que usted, Lorenzo.
—Creo que probaré las croquetas y la merluza. Para tomar, un chato por favor.
María asintió con una pequeña reverencia y una sonrisa en su cara que conocía muy bien. Era la sonrisa pícara que los camareros españoles le obsequiaban cuando ella pedía algo con su acento trágicamente porteño.
La camarera se dio vuelta y se alejó camino al mostrador. La sonrisa seguía dibujada en la cara de Sofía.
—¿Siempre come lo mismo?
—Casi siempre.
—¿Nunca prueba nada diferente?
—No. Por lo general, no. Cuando sé que algo funciona, trato de hacer un hábito de ello.
—Eso explica muchas cosas.
Él la miró.
—¿Qué cosas?
—No lo sé con exactitud.
Por primera vez, Bellini sonrió de verdad y, casi automáticamente, ella lanzó una carcajada. Por un momento, todos los eventos de aquel día parecían pasar a un segundo plano.
La comida llegó unos minutos después.
María colocó las copas y los platos cuidadosamente frente a ellos, miró a ambos a la cara y nuevamente con una pequeña reverencia dijo:
—¡Que aproveche!
Luego se volteó y regresó al mostrador.
Comieron en silencio. Al menos por unos breves minutos, nadie dijo nada.
Sofía descubrió que tenía mucha más hambre de la que había imaginado.
Después de todo lo que había ocurrido, aquella comida era probablemente la primera cosa normal que hacía desde que habían comenzado los inesperados eventos de aquella mañana.
—¿Sabe qué me resulta extraño?
—¿Qué?
—Que esto se sienta normal.
Él dejó los cubiertos sobre el plato.
—A veces lo normal es lo más extraño.
Ella sonrió.
—¿Siempre habla así?
—¿Así cómo?
—Como si todo tuviera un significado oculto.
El detective volvió a tomar los cubiertos. Una pequeña sonrisa arrogante comenzó a formarse en su cara. Ella la notó inmediatamente.
—Probablemente porque algunas cosas lo tienen.
Sofía lo observó durante unos segundos, después miró su plato.
—La comida italiana es mejor, ¿no le parece?
Él levantó los ojos.
—No. Para nada.
Ella sonrió.
—Sí. Seguro que lo es.
—No. Puedo asegurarle que no.
—La pasta.
—La pasta es mejor. Eso puede ser.
—La pizza.
—También. Probablemente mejor.
—El café.
Bellini se quedó en silencio.
—Eso ni siquiera debería discutirse. El café español es una desgracia.
Ella soltó una carcajada.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No exactamente.
—¿Qué quiere decir?
—El café italiano es mejor.
—Es lo que le estoy diciendo.
—Pero el café argentino tampoco está mal.
Sofía levantó una ceja.
—¿El argentino?
—Sí. El de Buenos Aires, sobre todo.
—¿Lo ha probado?
—He visitado Buenos Aires hace unos años. Debo admitir que esa ciudad me sorprendió gratamente.
—Si estuvo en mi país, entonces sabe que tenemos una cosa que ustedes no tienen.
Él pareció interesado.
—Estoy seguro de que tienen muchas cosas que nosotros no tenemos. ¿Pero a qué se refiere exactamente?
—La capacidad de convertir una comida sencilla en algo enorme.
El inspector sonrió.
—Eso no es cocina.
—Claro que lo es.
—Eso es una reunión familiar.
—Exactamente. La gente con la que uno se sienta a comer es automáticamente familia. Por lo menos por el tiempo que dura la comida.
El detective se rio. Era la primera vez que ella lo veía realmente relajado.
Durante unos segundos, parecía simplemente un hombre cenando en vez de un inspector o alguien que ganaba su vida investigando casos imposibles de resolver. Simplemente un hombre, compartiendo una comida con una mujer.
—¿Extraña Italia?
Él dejó de sonreír.
—A veces. Pero no todo.
—¿Génova?
—Sí.
—¿Camogli?
—Más aún.
—¿Por qué?
Tardó unos segundos en responder.
—Porque allí es donde crecí.
—¿Todavía tiene familia?
El hombre bajó los ojos hacia el plato.
—No.
La respuesta fue sencilla. Demasiado sencilla. Ella lo percibió más allá de las palabras.
—¿Nadie?
Él negó con la cabeza.
—Nadie.
Ella pensó un segundo antes de seguir hablando.
—Lo siento. No quise...
—Está bien.
Sofía dejó los cubiertos sobre la mesa.
—¿Qué pasó? ¿Puedo preguntarle?
El inspector permaneció en silencio. Durante varios segundos no respondió. Parecía estar recordando algo.
—Tenía una familia.
Miró hacia la ventana antes de continuar.
—Una esposa —hizo una pausa—. Y una hija.
Ella sintió que algo cambiaba en el tono de su voz.
—¿Tenía? ¿En tiempo pasado?
Él asintió.
—Sí.
No dijo nada más. Ella esperó un momento.
—¿Qué edad tenía?
—Cinco años.
Sofía sintió un nudo en el estómago.
—Lo siento mucho.
—¿En Génova?
—No.
—¿En Madrid?
Él no respondió. Tomó su copa de vino y bebió un pequeño sorbo. Después dejó la copa sobre la mesa.
Sofía supo inmediatamente que la conversación había terminado. No fue necesario que él lo dijera. Ella ya había aprendido a reconocer ese tipo de silencio.
Durante unos segundos ambos hicieron silencio y entonces Bellini hizo algo que ella no esperaba.
La miró directamente.
—¿Y usted?
Ella frunció el ceño.
—¿Yo qué?
—¿Tiene familia? ¿Hijos?