Capítulo 7 La firma
Eran casi las cinco de la tarde cuando Bellini y Sofía llegaron al automóvil del inspector.
El sol comenzaba a perder intensidad y las sombras de los edificios se extendían sobre la calle.
La ciudad seguía moviéndose a su alrededor con la indiferencia de siempre.
Personas que regresaban del trabajo, autobuses que avanzaban lentamente entre el tráfico y vendedores que comenzaban a recoger sus puestos.
Sofía miró la hora en su teléfono. Había pasado menos de un día desde el incidente en el aeropuerto.
Le parecía imposible. Aquella mañana había pensado que estaría en Londres antes del mediodía y ahora sabía que, oficialmente, había muerto dos veces: la primera vez hace once meses, y de nuevo la mañana del día anterior a su viaje.
Él le abrió la puerta del automóvil.
—Suba, por favor.
—¿A dónde vamos?
—A un lugar donde podremos encontrar el expediente original.
—¿El expediente de la mujer que murió?
—Exactamente. El del fallecimiento, el del día 10 de noviembre de 2025.
Ella no subió al vehículo.
—¿Y por qué no lo buscamos antes?
El inspector mantuvo abierta la puerta del automóvil.
—Porque no estaba seguro de que fuera una buena idea.
—¿Y ahora sí?
—Ahora usted quiere saber la verdad y yo necesito que me ayude con eso.
Sofía soltó una pequeña risa.
—Creo que debería ser al revés, inspector. Es usted quien debería ayudarme a comprender la verdad.
—Eso intento, Sofía —la observó durante unos segundos sin decir nada y finalmente insistió—. Por favor, suba al auto.
Ella resopló de resignación y finalmente entró.
Él rodeó el vehículo y se sentó al volante y durante los primeros minutos ninguno de los dos emitió sonido alguno.
El tráfico de la tarde hacía que avanzar por Madrid resultara lento.
Ella miraba por la ventana. La luz del sol entraba entre los edificios y desaparecía nuevamente cuando el automóvil doblaba una esquina.
Pensó en su casa, en su trabajo, en el viaje que no había logrado realizar. Pensó en la vida que había tenido y cómo ahora le parecía perteneciente a otra persona.
—Bellini.
—¿Sí?
—¿Qué pasó realmente hace once meses?
El inspector mantuvo los ojos sobre la carretera.
—Todavía no estamos en condiciones de saberlo.
Giró la cabeza hacia él.
—Pero usted estuvo investigándolo.
Él no respondió.
—Lo dijo usted mismo.
— Certo
Sofía no pudo evitar sonreír.
—Entonces, ¿qué descubrió, ispettore ?
Él tardó unos segundos en responder. Una pequeña sonrisa esbozó del lado izquierdo de su cara, el lado que miraba a la calle. Pero ella llegó a notarla igualmente.
Giró su cara para mirar a Sofía y rápidamente volvió a mirar hacia adelante.
—Algunas preguntas son más peligrosas que las respuestas.
—Eso no significa nada.
Él sonrió ligeramente.
—¿Usted cree? Me parece relevante en este momento.
—¿De qué habla?
Él no respondió a esa última pregunta. Pero ella ya estaba empezando a conocer sus modos y sospechaba que cuando no respondía, no tenía mucho sentido insistir.
El lugar al que llegaron estaba en una zona diferente de la ciudad. El edificio parecía pertenecer a otra época. No había carteles modernos ni grandes ventanales. Solo una puerta metálica y una pequeña placa que indicaba que allí se almacenaban documentos de investigaciones policiales antiguos.
Bellini mostró su identificación al hombre de seguridad. El hombre la observó durante unos segundos y volvió su cara hacia Sofía.
—¿Ella también ingresa?
—Sí. Es parte de la investigación.
El hombre dudó unos instantes, volvió a mirar la identificación y finalmente abrió la puerta.
—No se demoren, inspector.
Ambos asintieron y entraron juntos, uno detrás del otro.
El aire del interior era más frío que el de la calle. Había pasillos largos, estanterías metálicas y cajas apiladas unas sobre otras y el olor del lugar era una mezcla de polvo, papel y humedad.
Sofía miró alrededor.
—¿Aquí guardan todos los expedientes antiguos?
—Los que no fueron destruidos.
—¿Destruidos?
—Después de cierto tiempo algunos expedientes dejan de ser necesarios. Sobre todo si las investigaciones ya fueron cerradas. Si se guardara todo indefinidamente, se necesitarían varios edificios enteros para almacenarlo. No sería práctico, ¿no le parece?
—Se ve que la policía española aún no ha escuchado hablar de la nube.
—Muy gracioso. Pero como usted ya sabe, los documentos digitales son más fáciles de modificar y adulterar. Las carpetas y documentos impresos…
—Sí, ya veo lo bien que funciona todo, Bellini. Por eso estamos aquí. Yo once meses muerta, y usted con menos información que un reloj roto. Y hasta ese reloj tendría información valida por lo menos dos veces al día.
—Parte de mi trabajo es saber conseguir esa información a la que usted se refiere. Eso es lo que estamos intentando hacer aquí.
Ella resopló y luego señaló a la carpeta que el inspector traía bajo su brazo.
—¿Qué me dice de este expediente?
—Este nunca debería haber sido archivado.
Continuaron caminando. Después de unos minutos llegaron frente a una fila de estanterías.
El detective se detuvo. Miró varias cajas y finalmente identificó una. La sacó, la colocó sobre una mesa y le hizo un gesto a Sofía para que se acercara.
Abrió la caja. Adentro había fotografías, documentos y varios informes con fechas distintas y anotaciones en la letra de varias personas.
Varias hojas ya se estaban poniendo amarillas por el paso del tiempo.
—¿Esto es todo?
—Es lo que quedó del caso.
—¿Qué pasó con el resto?
—No lo sé.
Sofía levantó una fotografía. La miró y dejó de respirar.
Parecía ser ella. Una vez más, el parecido era indiscutible. Podría ser ella misma quien estaba en la foto.
La fotografía mostraba a una mujer sentada dentro de un automóvil. El rostro estaba parcialmente oculto, pero realmente se le parecía. El mismo tipo de vestimenta que ella llevaba, el mismo tipo de figura y exactamente el mismo cabello. Hasta el color de ojos coincidía.
Sofía sintió que sus dedos comenzaban a temblar.
—¿Quién tomó esta fotografía?
Bellini tomó el documento que estaba debajo.
—La policía científica. Siempre envían un fotógrafo a las escenas de posible crimen para documentar las circunstancias del hallazgo.
—¿El hallazgo?
—El hallazgo de un cuerpo sin vida.
Sofía volvió a mirar la imagen.
—¿Cuándo fue tomada esta fotografía?
—El mismo día en que encontraron el cuerpo. Parece que durante el horario de la noche, por la iluminación.
Dejó la fotografía sobre la mesa.
—¿Dónde estaba el cuerpo?
—Tal como lo ve, dentro del automóvil.
—¿Y el automóvil? ¿Qué sabe al respecto?
—Abandonado.
—¿Dónde?
Le indicó una dirección pero ella no reconoció el lugar.
—¿Cómo saben que era yo?
El inspector seguía mirando la imagen. Ella lo miró e insistió.
—¿Cómo? Dígame.
El inspector sacó otro documento.
—La identificación se realizó mediante varios elementos.
—¿Cuáles?
—Documentación personal.
—Eso podría haber sido falsificado.
—Sí, por supuesto.
—Entonces no es suficiente.
—No lo es.
Él colocó otro documento sobre la mesa.
—Registros impositivos, asociados a documentación hallada.
Sofía miró el documento.
—¿Y de qué manera puede eso confirmar la identidad?
—Porque los registros coincidían.
—¿Y las huellas?
Una vez más, no le respondió inmediatamente.
—¿Qué ocurre, Bellini?
El inspector tomó otra hoja. La leyó para adentro. Hizo un gesto extraño y volvió a leerla.
—Esto no tiene sentido.
—¿Qué?
Le entregó el documento para que ella pudiera leerlo.
No entendió inmediatamente. Había términos técnicos que no conocía. Pero encontró una línea que sí podía comprender.
IDENTIFICACIÓN DACTILAR: NO CONCLUYENTE.
Levantó la mirada.
—¿Qué significa que la identificación dactilar no haya sido concluyente?
—Que las huellas no pudieron confirmar la identidad.
—Entonces, ¿cómo supieron que era yo?
Él tomó el documento.
—Esa es una excelente pregunta, Sofía.
—Pero entonces no demuestra que la persona dentro del vehículo fuera yo.
—No. No en su totalidad.
—Entonces no sabían. No sabían y me declararon como fallecida.
Él negó lentamente con la cabeza.
—No. No lo sabíamos con absoluta certeza.
—Pero el sistema dice que morí. Eso sí se registró.
—Sí. Se la declaró como muerta.
—El certificado de defunción dice que morí.
—Sí.
—Y la policía cerró el caso como si hubiera muerto.
—Sí. Pero alguien volvió a activar su perfil en el Registro Civil al día siguiente. Sabemos eso ahora.
Ella lo miró fijamente.
—Entonces ¿anularon la declaración del fallecimiento porque no pudieron comprobar la muerte?
Bellini no respondió.
Volvió a mirar la fotografía. La mujer que aparecía allí era ella. O parecía serlo de una manera difícil de negar.
Era la primera vez desde que había llegado al aeropuerto en que esa diferencia comenzaba a importar.
El detective continuó revisando la caja. Luego de unos segundos encontró un informe doblado. Lo abrió.
Su expresión cambió y ella lo notó.
—¿Qué encontró?
Nuevamente, él no respondió.
—Bellini.
El inspector levantó la mirada.
—Este informe lo escribí yo.
Ella se acercó.
—¿Cuándo?
—Hace once meses.
—¿Y qué dice?
—Que la identificación visual era imposible.
—¿Por qué?
—No lo recuerdo.
—Pero hay fotografías.
—Las fotografías fueron tomadas antes de la extracción del cuerpo.
Sofía permaneció en silencio.
—¿Y después?
—No fue posible reconocerla.
—¿Por qué?
—Porque el cuerpo desapareció.
Sofía sintió un escalofrío.
—¿Desapareció? ¿Cómo puede ser?
—Hubo un inconveniente con el traslado. El cuerpo fue trasladado a otra jurisdicción.
—Entonces alguien decidió que esa persona era yo y no hubo pruebas porque no pudieron volver a encontrar el cuerpo.
—Los documentos apuntaban a esa conclusión.
—¿Quién querría hacer desaparecer un cuerpo?
—Eso es lo que estamos intentando descubrir.
—¿Y no lo descubrieron durante la investigación hace once meses?
Bellini permaneció unos segundos mirando el informe.
—No. Nadie supo bien que fue lo que pasó.
Sofía lo observó.
—¿Por eso cerraron el expediente?
Bellini negó lentamente con la cabeza.
—No. No se cerró inmediatamente. La investigación continuó un tiempo.
—Entonces, ¿por qué se terminó cerrando?
Bellini volvió a guardar el informe.
—Porque alguien ordenó que lo cerraran.
Sofía sintió un escalofrío.
—¿Quién?
—Alguien con la autoridad para cerrar una investigación policial.
—Pero ¿quién?
—Yo.
—¿Usted? Pero ¿por qué cerró la investigación?
—Entienda. Hallamos un cuerpo de una persona fallecida junto a documentación que indicaba su identidad.
Existe, como ve, evidencia fotográfica del cuerpo dentro del vehículo donde fue encontrado, informes corroborando que la persona estaba muerta.
Pero el cuerpo desapareció y no pudo ser hallado, al igual que la documentación.
Hay un punto en que toda investigación necesita más pruebas para seguir avanzando. En este caso, las pruebas se perdieron.
—O alguien las hizo desaparecer.
—Puede ser.
—¿Y ahora?
—Ahora la persona que declaramos como fallecida apareció intentando viajar a Londres esta mañana, llevando consigo la documentación extraviada.
—Y no estoy muerta, como verá.
—Evidentemente.
Durante unos segundos solo hubo silencio en la habitación.
Afuera comenzaba a oscurecer.
La luz que entraba por una pequeña ventana al final del pasillo había cambiado de color.
—¿Qué hora es?
Bellini miró su reloj.
—Las siete y cuarenta y siete.
Ella respiró profundamente mientras él abría la caja nuevamente. Sacó una hoja doblada varias veces. La abrió.
—¡ Cazzo!
—¿Qué dijo?
Él no respondió.
—¿Qué encontró?
El inspector parecía confundido.
—No recuerdo haber escrito esto.
Sofía se acercó. La hoja estaba escrita a mano y la letra era inconfundiblemente la misma que en el informe anterior. Era sin duda la letra del Inspector Lorenzo Bellini.
—¿Qué dice?
Solo había una frase en italiano.
Devi far emergere la verità
—¿Qué significa eso?
—Es una recomendación.
—Pero está escrito con su letra.
—Sí. Es mi letra.
—¿Lo escribió usted?
Miró nuevamente la hoja.
—Honestamente, no lo recordaba hasta ahora.
—¿Cuándo la escribió?
Él negó con la cabeza.
—No lo recuerdo exactamente.
—Déjeme adivinar. ¿Hace once meses?
Levantó sus ojos para mirar a Sofía sin levantar su cabeza.
—Probablemente.
Sofía volvió a mirar la frase.
—¿Qué significa?
Bellini permaneció en silencio.
—Significa “Debes hacer surgir la verdad”
—¿Automotivación?
—Algo así. Pero no recuerdo por qué me dejé un mensaje a mí mismo.
—A lo mejor porque usted es el profesional que dedica su vida a investigar y resolver este tipo de cuestiones y, principalmente, a hallar la verdad.
Bellini levantó los ojos nuevamente pero esta vez no respondió y ella sintió que el silencio era en sí una respuesta.
—Dígame la verdad, Bellini ¿Usted esperaba que yo apareciera?
Se hizo un largo silencio antes de la respuesta.
—No. No lo esperaba.
—Entonces, ¿por qué escribió esto?
—Algo no me dejaba tranquilo sobre todo esto. Es evidente que ya sabía que algún día tendría que reabrir la investigación.
Ella se quedó mirando al detective en silencio, pensativa, mientras éste doblaba el papel y a continuación lo guardaba dentro de la carpeta.
Durante varios segundos ninguno de los dos se atrevió a hablar.
De repente, en algún lugar del edificio, una puerta se cerró con fuerza. El sonido recorrió el pasillo vacío.
Sofía miró hacia atrás pero no logró ver a nadie. Él también lo escuchó.
—¿Hay alguien más aquí?
El inspector negó con la cabeza.
—No debería.
Ella volvió a mirar el pasillo. Las luces del techo parpadearon durante un instante y después volvieron a encenderse.
Le llamó la atención ese detalle, aunque no era del todo anormal en esa parte vieja de Madrid que el suministro eléctrico se volviera inestable durante esas horas de la tarde.
Después de todo, ya era la hora en que la mayoría de la gente había retornado a sus hogares.
El inspector cerró la caja.
—Nos vamos.
Ella no se movió.
—¿Por qué?
—Porque ahora sospecho que alguien sí esperaba que usted apareciera.
Ella sintió que la sangre se le helaba.
—¿Pero quién?
Él tomó la caja.
—Eso es lo que tenemos que descubrir. Pero será mejor que nos vayamos.
Caminaron hacia la salida a paso apresurado. Ninguno de los dos volvió a mirar hacia atrás.