El Otro Nombre Capítulo 6 El registro
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Capítulo 6 El registro

No volvieron a hablar durante un largo rato, tras dejar el bar.

Caminaron por varias calles hasta que el movimiento de la ciudad comenzó a quedar atrás. Las avenidas más grandes fueron reemplazadas por calles estrechas, edificios antiguos y pequeños comercios que parecían haber sobrevivido durante décadas sin que nadie se hubiera preocupado demasiado por ellos.

Sofía no sabía exactamente hacia dónde se dirigían. Después de varios largos minutos de caminar en silencio, finalmente preguntó:

—¿Dónde vamos?

Bellini continuó caminando.

—A buscarla.

Ella frunció el ceño.

—¿A quién?

El inspector se detuvo y la miró durante unos segundos.

—A usted.

Ella no supo qué responder.

—No entiendo.

—Lo sé.

—Entonces explíqueme.

—Primero necesitamos comprobar algo.

—¿Qué?

—Necesitamos comprobar quién es Sofía Álvarez.

Ella sintió una extraña incomodidad al escuchar su propio nombre.

—Pero ya sabe quién soy.

Él negó lentamente con la cabeza.

—Sé quién dice usted que es.

El detective continuó unos pasos antes de darse cuenta de que ella ya no lo seguía. Entonces se dio vuelta.

—¿Qué sucede?

—¿Qué quiere decir con eso?

—Quiero decir que, hasta hace unas horas, yo también habría pensado que esa era una pregunta absurda.

—¿Y ahora?

Tardó unos segundos en responder.

—Ahora ya no estoy tan seguro.

El edificio al que llegaron no tenía nada de especial. Era antiguo y la fachada estaba cubierta por una capa de pintura que había perdido su color hacía muchos años.

Una pequeña placa metálica junto a la puerta indicaba que allí funcionaban varias oficinas públicas.

Bellini entró sin decir una palabra seguido de cerca por Sofía.

El interior olía a papel viejo y humedad.

Había varias personas esperando frente a diferentes ventanillas, incluyendo a un hombre que discutía con una empleada y a una mujer que sostenía una carpeta contra el pecho mientras esperaba su turno.

Un niño dormía sobre las piernas de su madre. Una vez más todo parecía completamente normal.

De repente, Sofía sintió algo extraño. Después de todo lo que había ocurrido desde aquella mañana, aquella normalidad le resultaba casi ofensiva.

Bellini se acercó a una de las ventanillas y mostró su identificación.

La mujer detrás del escritorio lo reconoció inmediatamente.

—Inspector Bellini.

—Ana, ¿cómo estás? Necesito consultar un registro.

La mujer miró a Sofía y volvió a mirar al inspector.

—¿Qué registro?

El detective le dijo algo en voz baja. La mujer pareció sorprenderse.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Bueno. Eso puede llevar unos minutos.

—Tenemos tiempo.

La mujer asintió.

—Esperen allí, por favor.

Señaló algunas sillas.

Bellini y Sofía se sentaron y durante varios minutos no ocurrió nada.

Sofía observaba a las personas que entraban y salían.

Vio a un hombre acercarse a la ventanilla, a una mujer recibiendo unos documentos, a un empleado caminando rápidamente por el pasillo con una carpeta en las manos.

Todo continuaba funcionando como si el mundo no hubiera cambiado.

—¿Conoce a esa mujer?

—Sí. Nos conocemos desde hace un tiempo.

—¿Confía en ella?

—¿A qué se refiere?

—Me refiero a si la conoce hace mucho.

—Estuve a cargo de una investigación complicada hace unos meses y ella me ayudó a conseguir información en repetidas ocasiones.

—¿Qué le pidió? ¿Qué está buscando?

El inspector no respondió inmediatamente.

—Su registro civil.

—¿Por qué?

—Porque quiero saber si existe más de una persona con su nombre.

—¿Y si existe?

Él la miró con un gesto de preocupación.

—Entonces tendremos un problema.

—Me parece que ya tenemos uno, ¿no le parece?

—Sí —se hizo un breve silencio—. Pero todavía no sabemos con exactitud cuál es.

La empleada apareció finalmente con unas hojas en la mano y, tras colocarlas sobre el escritorio, les hizo una seña.

—Inspector —los llamó.

Se acercaron al mostrador.

—Sí. ¿Conseguiste la información que te encargué?

La mujer volvió a mirar las hojas.

—Sí. Pero es muy extraño.

Ambos se acercaron un poco.

—¿Qué?

Ana abrió la carpeta.

—Hay dos registros de fallecimiento. Los imprimí para que puedan verlos. Es la información disponible en sistema. ¿Ven?

La mujer señaló la pantalla de su computadora.

Bellini no reaccionó inmediatamente. Parecía más concentrado en cotejar que la información en pantalla coincidiera con la información en las hojas frente a él. Sin embargo, Sofía sí reaccionó rápidamente.

—¿Dos registros?

—Sí.

—¿De quién?

La empleada levantó la mirada.

—De Sofía Elena Álvarez.

—Eso no es posible.

La mujer volvió a mirar los documentos.

—Eso pensé yo también.

El inspector se inclinó sobre el escritorio.

—Muéstrame ambos.

La empleada colocó dos hojas frente a él, mientras Sofía observaba desde el otro lado.

El primer documento contenía su nombre completo, su fecha de nacimiento, su nacionalidad y su lugar de nacimiento.

Todo parecía correcto.

Hasta que vio una oración en la parte inferior en letras mayúsculas y en verde.

ESTADO: BAJA POR FALLECIMIENTO

ESTADO: MODIFICADO - ACTIVA

La empleada colocó el segundo documento junto al primero. Comprobaron lo que habían escuchado hace unos instantes: el nombre era exactamente el mismo.

La fecha de nacimiento también era exactamente la misma, así como el lugar de nacimiento y el número de identificación. Sin embargo, el estado no coincidía. En la misma tipografía que la otra carpeta, sólo que en color rojo decía:

ESTADO: MODIFICADO - BAJA POR FALLECIMIENTO

Sofía miró ambos documentos. El detective miró a la empleada.

—¿Cómo puede haber dos modificaciones de estado?

Ana negó con la cabeza.

—No debería haberlos. Es realmente extraño.

Estos cambios de estado sólo se hacen una vez, cuando las personas son declaradas muertas por las autoridades competentes.

Ahí se da la baja. Pero en este caso no tiene sentido.

Es como si hubieran revivido a una persona muerta, modificando el estado de fallecida a viva.

Y luego hubieran vuelto a dar la baja al registro.

Como si Sofía Álvarez hubiera muerto no una sino dos veces.

Bellini levantó la mirada.

—¿Cuándo fue creado el primero?

La mujer buscó la información.

—Hace once meses. ¿Ven? —Señaló una línea—. Aquí: Sofía Elena Álvarez – ESTADO: BAJA POR FALLECIMIENTO – 10 de noviembre de 2025 – 7:45pm.

Ambos leyeron lo que la empleada señalaba desde el otro lado del mostrador.

—Y aquí, ESTADO: MODIFICADO - ACTIVA

El detective se acercó al documento para ver la letra más chica.

—¿La modificación fue realizada el mismo día?

La empleada continuó buscando.

—No —la empleada hizo una pausa y miró las fechas para corroborar la información—. Un día después. Aquí está: MODIFICACIÓN – ESTADO: ACTIVA – 11 de noviembre de 2025 – 8:25am

Sofía reconoció esa información. Era la fecha del día siguiente a la que había aparecido en los documentos de la policía. El día siguiente a la fecha de su muerte.

Cerró los ojos durante unos segundos. Cuando volvió a abrirlos, ambos documentos seguían allí.

—Ahora miren —dijo Ana—, aquí en el segundo documento se ve la segunda modificación, dando la baja del registro, por fallecimiento.

La mujer señaló una línea del segundo documento, donde claramente se veía lo que les acababa de explicar:

ESTADO: MODIFICADO - BAJA POR FALLECIMIENTO – 14 de octubre de 2026

—Quiero ver los originales —ordenó el inspector.

La empleada pareció incómoda.

—No puedo entregar los originales, Lorenzo. Ya lo sabes. Puedes llevarte estas copias, si quieres.

—Entonces quiero saber quién creó el segundo registro. El del 2026.

La mujer miró la pantalla, tecleó algunos datos y esperó.

—No aparece ningún nombre.

El detective frunció el ceño.

—¿Cómo que no aparece?

—El sistema indica que fue creado desde una terminal autorizada, pero no registra al usuario.

—¿Quién autorizó la terminal?

—No lo sé. No hay información al respecto.

Bellini miró a Sofía, quien seguía observando los documentos meticulosamente.

Había algo más, una pequeña línea en la parte inferior.

—Espere.

La empleada levantó la mirada.

—¿Qué?

Sofía señaló el segundo documento.

—Ahí.

La mujer se inclinó.

—¿Qué ve?

—Una fecha.

La empleada acercó el documento.

Sofía señaló una pequeña inscripción.

ÚLTIMA MODIFICACIÓN: 14 de octubre de 2026 - 07:31am.

Bellini miró su reloj y volvió a mirar el documento. Sofía hizo lo mismo.

—¿Qué significa esa información? —preguntó.

La empleada respondió:

—La última modificación del registro, pidiendo una nueva baja por fallecimiento.

—¿Cuándo?

La empleada la miró.

—Al parecer, ayer.

—¿Ayer?

—Sí. —La empleada volvió a mirar la pantalla—. A las siete treinta y uno.

La empleada parecía cada vez más incómoda.

—¿Ocurre algo?

Bellini la miró.

—¿A qué hora abrió este edificio el día de ayer?

La mujer respondió inmediatamente.

—A las ocho.

Sofía sintió que la sangre comenzaba a enfriarse.

—Entonces, ¿quién modificó mi registro a las siete treinta y uno?

La empleada negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé. Como le dije, no tengo esa información.

Bellini se inclinó hacia la pantalla.

—¿Puede mostrarme el usuario?

—Ya le dije que no aparece.

—Busque nuevamente.

La mujer obedeció. Tecleó algunos comandos y esperó nuevamente. Unos segundos después, frunció el ceño.

—Esto es extraño.

—¿Qué?

La empleada señaló la pantalla.

—El registro informa que la modificación fue realizada con credenciales válidas, al parecer, desde una terminal remota.

—¿De quién?

La mujer volvió a mirar.

—No lo sé. No tengo información de la IP de ese dispositivo o siquiera de la ubicación de dicha terminal.

—¿Cómo que no lo tienes?

—Inspector, ya le dije, el sistema no muestra el nombre del usuario, ni ese tipo de información. Este tipo de casos son rarísimos.

El inspector respiró profundamente con resignación.

—¿Pero qué información muestra entonces?

La mujer dudó, revisó la información en su pantalla y luego giró lentamente el monitor. Sofía pudo ver la pantalla.

—Aquí hay algo. El usuario parece ser el mismo para todas las modificaciones en el sistema.

Señaló una línea en la esquina de la pantalla.

USUARIO: ILTBC

—Eso no puede ser —dijo Bellini con un tono que denotaba sorpresa.

—No lo entiendo —dijo la empleada.

—¿Por qué no aparece un nombre en la línea de usuario? ¿No es requisito legal del sistema?

—No lo sé. Debería aparecer. Yo no hice esto. Te lo juro, Lorenzo.

Bellini pareció calmarse repentinamente.

—Lo sé, Ana. No hay forma de que estuvieras aquí a esa hora esta mañana.

Para Sofía, la rabia comenzaba a reemplazar el miedo. Giró hacia el inspector y lo señaló con su mano derecha.

—Usted no puede seguir diciéndome que no sabe. Yo sé perfectamente que usted sabe y, como ya admitió más temprano, o no me lo puede decir o no me lo quiere decir.

—Tiene razón.

—Entonces dígame algo.

—¿Qué quiere que le diga?

—¿Qué cree que está pasando?

La miró unos segundos en silencio. Después volvió a mirar la pantalla.

—Creo que alguien quiere que pensemos que usted está muerta.

—Sí. Creo haberme dado cuenta de eso. ¿Qué más puede decirme?

Bellini la miró.

—Creo que quien está detrás de todo esto quiere mantener su identidad oculta.

Sofía frunció el ceño.

—Dígame algo útil. Dígame por qué están haciendo esto.

Él negó lentamente con la cabeza.

—Aún no lo sé.

—Otra vez.

El detective no respondió.

La empleada observaba a ambos desde el otro lado del escritorio.

—Bueno, puedo decirle que ahora sé con seguridad que usted no hizo esto.

Sofía soltó una pequeña risa. Pero no había nada divertido en ella.

—Me alegra mucho saberlo, Bellini —dijo sarcásticamente—. ¿Qué fue lo que lo llevó a sacar esa brillante conclusión?

—Es como le dije antes. Yo sé muy bien que a las siete treinta y uno del día de ayer, usted estaba a kilómetros de aquí.

Esas últimas palabras la sacudieron. Se quedó inmóvil.

—¿Cómo sabe eso?

Él no respondió y desvió su mirada hacia la izquierda, en dirección opuesta.

Ella intentó hablar pero las palabras no salieron.

Abrió la boca y la cerró nuevamente. El detective sabía exactamente dónde había estado ella aquella mañana, antes de que ella llegara al aeropuerto e incluso antes de que descubriera que estaba muerta.

Antes de que se conocieran en la estación de policía.

—¿Dónde estaba yo a las siete treinta y uno? —preguntó apenas pudo recuperarse lo suficiente como para armar una oración.

El detective bajó la mirada.

—Eso no lo sé con exactitud.

Esta vez, Sofía no creyó esa respuesta.

Salieron del edificio casi una hora después. Para entonces, la ciudad había cambiado.

Había más tráfico, más personas, más ruido. Todo parecía normal.

Caminaron uno al lado del otro sin decir una palabra. Ella estaba realmente enojada con él.

El inspector llevaba la carpeta bajo el brazo.

Finalmente, ella fue quien habló.

—Quiero ver el expediente completo.

El detective continuó caminando.

—Todavía no.

—¿Por qué? ¿Qué diferencia le hace que lo vea ahora?

—Porque no sabemos quién está detrás de esto.

—Precisamente por eso quiero verlo.

—Sofía...

—No.

Se detuvo. Él también.

—No voy a seguir caminando ni junto ni detrás de usted mientras intenta descubrir quién soy.

Bellini la miró.

—Entonces, ¿qué quiere hacer?

Sofía respiró profundamente.

—Voy a descubrirlo yo. Y usted me va a ayudar a mí.

No estaba segura, pero le pareció que por primera vez desde que se habían conocido, había algo parecido a aprobación en los ojos del inspector Lorenzo Bellini.

Él asintió lentamente.

—Está bien.

—¿Está bien?

—Sí.

—¿Eso es todo?

—No.

Abrió la carpeta.

Sacó una hoja y se la entregó. Era la copia del registro. El mismo que acababan de ver, que Ana había impreso para ellos.

Pero había algo escrito en la parte inferior. Una pequeña anotación que no aparecía en la pantalla y que no había notado cuando vieron los documentos más temprano por primera vez.

Sofía la leyó completa, e inmediatamente después, volvió a leerla.

REGISTRO ORIGINAL: CERRADO.

Debajo había otra línea.

REGISTRO SECUNDARIO: NUEVA BAJA POR FALLECIMIENTO

Y debajo de ambas:

IDENTIDAD: SOFÍA ÁLVAREZ.

Levantó la mirada y notó que él ya estaba mirando hacia la calle.

—¿Qué significa registro secundario?

El detective tardó unos segundos en responder.

—No lo sé. En verdad no lo sé.

Ella guardó la hoja dentro de la carpeta nuevamente.

—Entonces averigüémoslo.

—Ese es el plan.

Comenzaron a caminar nuevamente.

Ninguno de los dos vio al hombre que estaba sentado dentro de un automóvil estacionado al otro lado de la calle.

El hombre sostenía un teléfono y miraba a Sofía. Después miró a Bellini.

Finalmente, miró hacia abajo, hacia la pantalla de su teléfono y escribió un mensaje. Sólo dos palabras.

Ya sabe.