El Otro Nombre Capítulo 5 El detective
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Capítulo 5 El detective

Bellini caminó durante varios minutos sin decir una palabra junto a Sofía, quien intentaba seguirle el paso.

No sabía hacia dónde se dirigían y, por primera vez desde que había salido del hotel, tampoco estaba segura de querer saberlo.

El inspector parecía concentrado en algo que ocurría dentro de su propia cabeza.

Caminaba con las manos dentro de los bolsillos del pantalón y miraba hacia adelante, observando ocasionalmente los vehículos que pasaban por la calle.

Sólo habían pasado diez minutos cuando ella decidió romper el silencio.

—¿A dónde vamos?

Él tardó unos segundos en responder.

—A un lugar donde podamos hablar.

—¿No podemos hablar mientras caminamos?

—Podemos, claro.

—Entonces, ¿por qué necesitamos ir a otro lugar?

La miró brevemente.

—Porque necesito hacer una llamada y preferiría no hacerlo en la acera.

La respuesta pareció ser suficiente. Simplemente continuaron caminando en silencio hasta que unos minutos después llegaron a una pequeña cafetería.

El lugar estaba casi vacío con la excepción de cuatro mesas que estaban ocupadas.

En una de las mesas, un hombre leía un periódico sentado junto a una ventana. En otra, había dos mujeres que hablaban en voz baja.

En otra de las mesas ocupadas, la del fondo, un hombre mayor tomaba café mientras miraba la televisión instalada sobre una pequeña estantería y en la mesa de al lado, uno de los empleados, evidentemente el encargado del lugar, realizaba cuentas en una pequeña libreta azul.

Bellini eligió una mesa junto a la ventana.

—Siéntese.

Ella se sentó sin cuestionar el tono ni la orden del detective, quien tras dejar la carpeta sobre la mesa, dijo:

—Voy a hacer una llamada.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿A quién?

El inspector se alejó unos metros sin dar una respuesta a esa pregunta y se acercó a la puerta del establecimiento. Sofía podía aún verlo a través del salón repleto de mesas desocupadas.

Vio cómo caminaba hasta la esquina del pequeño local, se detuvo junto a la puerta que parecía conducir a la cocina, sacó el teléfono, marcó un número y esperó.

La persona del otro lado respondió y él permaneció en silencio durante unos segundos.

Después de unos segundos que a ella le parecieron durar una eternidad, notó que el detective comenzaba a hablar.

—Necesito ayuda con algo.

Hizo una pausa.

—No. No lo creo.

Hizo otra pausa más.

Sofía no podía escucharle bien ni tampoco podía oír la voz del otro lado, pero podía verle el rostro y leer parcialmente en sus labios lo que decía. Parecía preocupado.

—Sí. Con la misma mujer —continuó diciendo al teléfono y volvió a hacer silencio para escuchar a su interlocutor del otro lado.

—No. Estoy seguro.

Hizo otro silencio.

—Porque lo vi.

El detective miró hacia la cafetería y sus ojos encontraron los de ella.

Durante unos segundos ninguno de los dos se movió pero, casi instantáneamente, él apartó la mirada.

—El mismo —continuó.

Escuchó unos momentos.

—No.

Hizo silencio nuevamente.

—No entiende.

Miró nuevamente hacia la cafetería.

—Ella no lo sabe. No recuerda.

Se quedó escuchando durante varios segundos hasta que finalmente dijo:

—No. Todavía no. Gracias.

Breves segundos después, terminó la llamada y guardó el teléfono en el bolsillo.

Se quedó parado en la esquina durante algunos segundos. Parecía estar pensando.

Finalmente regresó a la mesa, acomodó la silla un poco y se sentó frente a Sofía.

Ella lo miró con intriga.

—¿Con quién hablaba?

En lugar de respuesta, abrió la carpeta que había dejado sobre la mesa y tomó una fotografía que estaba anexada con un sujetador de papeles a una pequeña pila de documentos.

—Con un colega —dijo mientras apoyaba la fotografía junto a la carpeta.

—¿Por mí?

El inspector negó con la cabeza.

—No. Por alguien con quien vengo lidiando desde hace once meses.

—Pero ¿tiene algo que ver conmigo?

Él la miró y pareció dudar un instante antes de responder.

—No con usted. Con ella —señaló a la imagen que había dejado sobre la mesa.

—La mujer de la fotografía.

Bellini asintió.

—Sí.

—¿Qué tiene que ver ella con todo esto?

El detective miró hacia la ventana.

—Todavía no lo sé. No estoy seguro.

Ella se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Usted sabe mucho más de lo que me está diciendo. ¿No es así?

Una vez más, él dudó antes de responder.

—Sí.

La respuesta fue tan directa que ella no supo qué decir. Esperaba por lo menos tener que luchar un poco para convencerlo de que lo admitiera.

En ese momento, el camarero se acercó y acomodó una jarra con agua y dos vasos pequeños en el medio de la mesa.

—¿Qué van a tomar?

—¿Café? —preguntó Bellini.

Ella asintió.

—Sí. Doble, por favor.

—¿Solo? —preguntó el camarero.

Él respondió automáticamente.

— Caffè macchiato, per favore.

El camarero se quedó mirándolo durante un instante. Bellini pareció tardar en darse cuenta de lo que había dicho.

—Perdón. Cortado, por favor.

El camarero sonrió.

—No pasa nada.

Se alejó.

Sofía lo miró.

—¿ Caffè macchiato, per favore ?

Él sonrió ligeramente.

—Un hábito.

—¿Es italiano?

—Sí. De Camogli. ¿Conoce?

—Es cerca de Génova, ¿verdad?

—Sí, a veinte minutos en tren.

—No parece italiano.

No estaba segura de por qué había dicho eso. En realidad le dio un poco de vergüenza admitir que ya se había dado cuenta. Ya había escuchado un poco de acento de Italia más temprano, en la estación de policía.

Hizo su mejor intento para disimular esa pequeña mentira.

—Llevo muchos años aquí.

—¿En España?

—Sí.

—¿Cuántos?

Bellini tomó la jarra de aluminio del medio de la mesa y sirvió agua en ambos vasos. Tomó un pequeño sorbo de agua.

—Los suficientes.

Sofía sonrió por primera vez desde que había entrado al aeropuerto.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

El camarero regresó con los cafés.

Sofía lo observó durante unos segundos antes de hacerle otra pregunta.

—¿Nació en Camogli?

Él levantó la mirada. Por un instante pareció sorprendido por la pregunta.

—No. Nací en Génova. Pero crecí en Camogli.

—¿Y cómo terminó en España?

—Es una historia larga.

—Tenemos tiempo.

Él sonrió.

—No estoy seguro de que usted tenga tanto.

Ella dejó de sonreír instantáneamente. No estaba segura de si debía sentirse ofendida por eso último.

El detective tomó otro sorbo de café y no dijo nada más, aunque ella tampoco insistió.

Ya había aprendido algo durante aquella mañana: había preguntas que era mejor no hacer.

Por lo menos por el momento.

Durante varios minutos permanecieron en silencio.

Mientras ella miraba por la ventana, Bellini revisaba algunos documentos dentro de la carpeta. Finalmente, sacó otra fotografía y la sostuvo entre sus dedos.

No parecía querer mostrársela.

—¿Es ella?

El inspector levantó la mirada.

—¿Quién?

—La mujer.

Bajó los ojos hacia la fotografía.

—Sí. Es ella.

Sofía extendió la mano.

—¿Puedo verla?

Él lo dudó pero, después de un breve lapso de tiempo, se la entregó.

Era una fotografía vieja. La mujer estaba sentada frente a una mesa y parecía estar esperando a alguien.

Sofía la observó. Notó que había algo extraño en aquella imagen. No era solamente el parecido. Era la sensación de familiaridad, como si hubiera visto aquella habitación antes. Como si hubiera estado allí.

—¿Dónde fue tomada?

Él se quedó mirándola como si no hubiera comprendido la pregunta.

Ella volvió a mirar la fotografía. Insistió.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—¿No lo sabe?

—No aparece en el expediente.

—¿Y cómo consiguió la fotografía?

El inspector extendió la mano. Ella entendió el gesto con rapidez y se la devolvió.

—Estaba en el archivo.

—¿El archivo de la mujer que murió?

—Correcto.

—Entonces alguien sabía que esa fotografía existía.

Él asintió.

—Sí. Alguien lo sabía.

—¿Quién?

—Sinceramente no lo sé.

Ella respiró profundamente.

—Siempre responde lo mismo.

Él sonrió ligeramente.

—Es porque siempre es cierto. Todavía no puedo darle las respuestas que quiere.

—Pero tiene preguntas.

—Demasiadas.

El inspector volvió a guardar la fotografía y cerró la carpeta.

—¿Qué pasó hace once meses?

Él no respondió.

—¿Qué ocurrió realmente con esa mujer?

Bellini apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Su cuerpo apareció dentro de un automóvil.

—Eso ya me lo dijo.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué no me está diciendo?

El inspector miró hacia la calle.

—El propietario del automóvil nunca fue hallado.

Ella frunció el ceño.

—¿Cómo puede desaparecer el propietario de un automóvil?

—Nunca dije que desapareció.

—Entonces, ¿dónde está?

—El conductor del automóvil no fue hallado porque no existe.

Sofía se quedó callada.

—El automóvil estaba registrado a nombre de una persona que no existe.

—¿Qué quiere decir?

—El nombre aparece en los registros. Tiene un número de identificación. Tiene una dirección.

—Entonces existe.

Él negó lentamente con la cabeza.

—La dirección corresponde a un edificio que fue demolido hace veintidós años.

Ella sintió cómo el temor recorría su cuerpo entero con gran velocidad.

—El número de identificación pertenece a otra persona.

—¿A quién?

—A una mujer que murió hace diecisiete años.

—No entiendo.

—Como ya le dije, señora, yo tampoco.

—Bellini, le pido un favor.

—¿Qué?

—No me diga señora. Mi nombre es Sofía.

—Es que todavía no estoy tan seguro de esa parte. —Hizo un breve silencio—. Pero está bien, Sofía.

El camarero pasó junto a ellos.

—¿Es usted el inspector Lorenzo Bellini?

—Sí. Soy yo.

—Inspector, dejaron esto para usted.

El camarero le entregó un sobre blanco.

Bellini lo tomó, le agradeció y permaneció en silencio hasta que el camarero estuviera lo suficientemente lejos.

Entonces abrió el sobre con la cuchara que había usado para revolver su café. El sobre era un sobre tamaño carta, blanco y no tenía remitente ni dirección.

Lo observó durante varios segundos.

Ella lo miró.

—¿Qué es eso?

Él no respondió pero abrió el sobre y sacó una fotografía. La miró durante unos segundos y su expresión cambió inmediatamente.

Sofía lo notó.

—¿Qué ocurre?

Él no respondió. Ella extendió la mano.

—Déjeme verla.

No se la entregó.

—Bellini.

El inspector levantó la mirada y dejó la fotografía sobre la mesa.

Ella la tomó.

La imagen mostraba el hotel. Era la entrada del mismo edificio en el que acababan de estar.

El automóvil oscuro estaba estacionado al otro lado de la calle.

—¿Cuándo fue tomada?

Una vez más, él no respondió.

Ella volvió a mirar la fotografía. Había algo escrito en la esquina inferior. Era una fecha.

Acercó la imagen a sus ojos para leerla. La fotografía había sido tomada hacía veinte minutos.

Sofía levantó lentamente la mirada.

—Esto no puede ser.

Él no dijo nada. Ella volvió a mirar la imagen.

La entrada del hotel, el automóvil, la calle y un hombre parado frente a la puerta, que parecía estar retirándose del lugar.

Sofía dejó caer la fotografía sobre la mesa.

—¿Reconoce a ese hombre?

Miró la foto una vez más.

—No.

—¿Lo ha visto antes?

Tardó varios segundos en responder.

—No lo sé.

El inspector la miró, exhaló con fuerza.

—Eso es lo que me preocupa.

Ella levantó la mirada.

—¿Qué?

Bellini guardó nuevamente la fotografía dentro del sobre.

—Que quizá usted no está viendo esto por lo que puede ser.

Ella sintió que el alma abandonaba su cuerpo.

—¿Qué está diciendo?

Bellini sostuvo el sobre entre sus dedos.

—Estoy diciendo que alguien sabe que usted murió hace once meses.

Hizo una breve pausa.

—Y que usted no debería haber estado allí hoy, en ese hotel.

Sofía estaba pálida. Se había quedado muda de golpe.

Bellini guardó el sobre dentro de la carpeta.

De repente, ella notó algo extraño. Esta vez, el inspector parecía verdaderamente asustado, lo cual le hizo comprender algo: el hombre que tenía sentado frente a ella no había empezado a investigar su historia aquella mañana.

La había estado investigando desde mucho antes de que ella supiera que estaba muerta.