Capítulo 4 La habitación
Bellini no esperó a que Sofía respondiera. Simplemente miró nuevamente hacia el pasillo, entró otra vez a la habitación y cerró la puerta detrás de sí.
Ella se quedó junto a la entrada, observándolo.
—¿Qué está haciendo?
El inspector dejó la carpeta sobre una pequeña mesa que había junto a la cama.
—Asegurándome de que nadie nos esté escuchando.
—¿Cree que alguien nos está escuchando? —el miedo volvió a aparecer de repente.
Él no respondió. Se acercó a la ventana, miró hacia la calle y permaneció allí durante varios segundos. Después cerró las cortinas con fuerza, más de la necesaria para cerrarlas.
—¿Qué está pasando?
El inspector se dio vuelta.
—Todavía no lo sé.
—Usted parece saber bastante más que yo.
—Eso tampoco es mucho decir, se lo aseguro.
Ninguno de los dos sonrió.
—Quiero saber por qué la habitación estaba reservada para mí antes de que yo llegara al hotel.
—Yo también.
—¿Y por qué siento que alguien me está siguiendo?
—¿Vio a alguien seguirla?
—No. Pero tengo esa sensación desde que dejé la estación de policía esta mañana.
—Eso mismo es lo que yo quiero averiguar.
Ella señaló la carpeta.
—¿Qué hay ahí?
—Una parte de la respuesta. Solo una parte.
Abrió la carpeta. Adentro había varias fotografías, documentos y copias de registros oficiales.
Ella se acercó y tomó una de las fotografías pero Bellini se la quitó inmediatamente.
—Antes de que le enseñe esto, necesito que me responda una pregunta.
—¿Cuál?
—¿Conoce a esta mujer?
Le mostró otra fotografía, distinta a la que ella había agarrado segundos antes.
Sofía la tomó y la miró con atención. Era una fotografía vieja. De más de diez años.
La mujer que aparecía en ella estaba sentada frente a una mesa y tenía el cabello más corto. Parecía más joven.
Pero había algo en sus ojos que reconoció inmediatamente. No era ella. No había forma de que lo fuera. Y, sin embargo, se parecía demasiado.
—No.
—¿Está segura?
Miró la fotografía una vez más para asegurarse.
—Sí. No tengo idea de quién es esa mujer.
Bellini tomó nuevamente la fotografía.
—Eso pensé.
Guardó la fotografía en la carpeta.
—¿Quién es? ¿Piensa decírmelo? ¿O me va a dejar en suspenso?
Él no respondió. En lugar de hacerlo, tomó otra fotografía.
Esta vez era una imagen de un documento.
—Esta mujer falleció.
—¿La mujer de la fotografía?
—Sí. La que le acabo de enseñar.
—¿Cómo murió?
El inspector lo pensó por unos segundos.
—Eso es precisamente lo que no puedo explicar.
—Pero entonces explíqueme lo que sí puede.
Una vez más, el inspector pareció pensar su respuesta con cuidado.
—Su cuerpo fue encontrado en un automóvil.
—¿Dónde?
—Aquí en Madrid.
—¿Cuándo?
—Hace once meses.
—¿Y usted investigó el caso?
—No exactamente.
—Entonces, ¿cómo sabe todo esto?
Él cerró la carpeta.
—Porque el caso apareció en mi escritorio hace tres días.
—¿Hace tres días?
—Sí. Sorprendentemente.
—¿Por qué dice sorprendentemente?
Bellini la miró fijamente.
—Porque alguien volvió a abrirlo luego de once meses de haber estado cerrado el expediente.
El silencio que siguió fue más largo de lo que debería haber sido.
Finalmente, ella habló.
—¿Quién lo abrió nuevamente?
El inspector negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Cómo puede no saberlo? ¿No es usted policía?
—No tenemos esa información en el sistema.
Sofía caminó hacia la ventana, separó apenas la cortina y miró hacia la calle.
El automóvil oscuro seguía allí, estacionado al otro lado. Pero todavía resultaba imposible distinguir a alguien adentro del vehículo.
—Ese automóvil estaba ahí antes.
—¿Está segura?
—Sí. Lo vi más temprano. Estoy segura.
El detective observó el vehículo durante unos segundos y después sacó su teléfono para tomar una fotografía.
—Vamos. Tenemos que irnos.
—¿A dónde?
—A la estación.
—¿Por qué?
—Porque allí podremos comprobar algunas cosas.
—¿Qué cosas?
El inspector guardó el teléfono.
—Si usted realmente estuvo aquí.
Ella lo miró confundida.
—Pero no entiendo. ¿Qué quiere decir?
—Quiero decir exactamente lo que acabo de decir.
Bajaron las escaleras. El hotel continuaba extrañamente silencioso.
Cuando llegaron a la recepción, el hombre que la había atendido seguía detrás del mostrador.
—Disculpe.
El hombre levantó la mirada.
—¿Sí?
—Inspector Lorenzo Bellini.
Le mostró sus credenciales y notó que el empleado del hotel pareció ponerse ligeramente nervioso.
—¿Ocurre algo?
Señaló a Sofía.
—Esta mujer acaba de hacer una reserva en este hotel.
El hombre la miró y rápidamente volvió a mirar al inspector.
—No. No fue así.
—¿Cómo que no?
El hombre parecía genuinamente confundido.
—Ella no reservó hoy.
Bellini permaneció inmóvil.
—¿Está seguro?
—Sí, claro.
—Habitación 214.
El hombre negó con la cabeza.
—La 214 estaba reservada a su nombre.
—Pero si usted me dio la llave...
El hombre la miró.
—Sí. Es cierto. Pero la habitación usted ya la había reservado hace tres días.
—¿Puede mostrarme el registro de huéspedes? —pidió Bellini.
El hombre dudó. Pero finalmente accedió.
—Claro.
Abrió el sistema. El inspector se inclinó sobre el mostrador.
El hombre introdujo algunos datos y esperaron unos instantes.
La pantalla mostró una lista de huéspedes.
La examinaron con detenimiento.
—Ahora busque específicamente reservas para la habitación 214.
El hombre introdujo el número y la pantalla mostró el resultado.
Bellini lo leyó. Ella se acercó a la pantalla también.
Había un solo registro esa semana.
HABITACIÓN 214 — RESERVADA – HUESPED: SOFÍA ÁLVAREZ – Última modificación hace 3 días.
—¿Podría buscar por apellido por favor?
El empleado del hotel presionó algunas teclas, y escribió el apellido Álvarez.
—Figuran más de 50 entradas de huéspedes con ese apellido en los últimos años.
—Escriba Sofía Álvarez, por favor.
El empleado hizo lo que le pidió.
—Aquí. La señora ya había estado en este hotel.
Sofía sintió que le faltaba el aire. Apoyó su peso sobre el mostrador de madera pesada cuyo color coincidía con el de las paredes de los corredores del hotel.
—Eso no puede ser. Yo me registré por primera vez al llegar hace un rato. Nunca en mi vida había estado en este hotel antes de esta mañana.
—¿Cuándo fue eso? —el inspector le preguntó al empleado.
—Hace once meses.
—Pero no puede ser…
—El sistema no miente. Aquí dice que usted estuvo en este hotel y se registró con el mismo pasaporte en la misma habitación.
Aquí está, ¿ve? —el hombre giró la pantalla hacia ellos— Sofía Elena Álvarez, aquí está la fecha y horario de ingreso que data de hace once meses, su número de pasaporte y el número de la tarjeta de crédito con la que hizo el pago de la habitación.
Sofía se acercó a la pantalla para leer los números en pantalla. Sacó su pasaporte y su tarjeta de crédito del bolsillo del saco para constatar la información. Todos los datos coincidían.
—Inspector, le juro que jamás estuve en este hotel. Nada de esto tiene sentido.
—No. No lo tiene. Creo que es momento de irnos.
El hombre detrás del mostrador estaba visiblemente incómodo. Aun así les preguntó si deseaban algo de tomar antes de irse.
Bellini pidió un café pero Sofía no quiso nada. Simplemente se quedó de pie junto a la puerta, mirando hacia la calle.
El automóvil oscuro ya no estaba. Pensó que por lo menos, eso debería tranquilizarla un poco, pero no lo hizo. No había forma.
—¿Qué hago ahora? —preguntó ella.
El inspector bebió el café desde el vaso de plástico que le acababan de servir y se quedó mirando la carpeta por unos instantes.
—Nos vamos.
—¿A la estación?
—No.
—¿Por qué no? ¿No había dicho usted que deberíamos ir ahí?
—Sí. Es lo que dije antes. Pero no creo que sea lo más prudente ir allí ahora. Si alguien pudo saber que usted vendría aquí antes que usted o yo lo supiéramos, entonces también puede saber que iremos allí.
Ella sintió un escalofrío.
—¿Entonces dónde?
La respuesta demoró unos momentos.
—A un lugar donde nadie espera encontrarnos.
—¿Y dónde es ese lugar?
Abrió la puerta del hotel.
—Todavía no lo sé.
Salieron. Caminaron por la calle y durante los primeros minutos ninguno habló.
El detective caminaba con las manos dentro de los bolsillos del pantalón y la mirada fija hacia adelante. Parecía estar pensando.
Finalmente, ella decidió romper el silencio con una pregunta.
—¿Quién era la mujer de la fotografía?
Continuaron caminando.
—No lo sé.
—Usted sabe algo. No me lo quiere decir pero lo sabe. Puedo verlo en su cara.
—Sí. Tiene razón.
—¿Qué?
Él se detuvo. Miró hacia atrás y después miró hacia la calle que tenían delante.
—Sé que esa mujer no debería existir.
—¿Por qué dice eso?
—Porque murió. No puede estar entre los vivos.
Sofía sintió que el corazón volvía a acelerarse.
—¿La mujer que murió hace once meses?
—Sí.
—¿Y quién es la mujer de la fotografía?
El detective siguió caminando en silencio.
—Inspector. Necesito alguna respuesta.
Bellini finalmente se detuvo y se dio vuelta.
—Sofía, necesito que me prometa algo.
—¿Qué?
—Si recuerda algo que no recuerde ahora, cualquier cosa, aunque parezca insignificante, me lo dice. Es importante que no se lo calle.
—¿Por qué?
La miró durante unos segundos antes de responder.
—Porque creo que alguien está intentando enseñarle algo.
—¿Qué cosa?
—Todavía no lo sé.
Ella miró hacia atrás. El hotel estaba desapareciendo lentamente detrás de ellos.
Entonces vio algo: un hombre estaba parado frente a la entrada.
Sofía se detuvo. El hombre parecía estar observándolos.
No podía distinguir su rostro desde aquella distancia.
Pero Sofía reconoció el auto al lado del cual estaba parado. Era el mismo que había visto desde la ventana de la habitación del hotel.
—Bellini.
El detective se detuvo.
—¿Qué?
Ella señaló hacia el hotel.
El inspector miró pero solo vio la calle que llevaba hasta la puerta del hotel. Vacía, sin nada ni nadie.
Se quedó observando durante varios segundos. Después la miró.
—¿Qué es lo que vio?
Ella no respondió inmediatamente. Volvió a mirar hacia la entrada y bajó la mirada hacia su propia chaqueta gris.
—Nada. No se preocupe. Ha sido una mañana difícil.
Él no insistió, pero mientras continuaban caminando, el detective miró hacia atrás una última vez y, durante una fracción de segundo, creyó ver a alguien observándolos desde la ventana de la habitación 214.
Se detuvo en el lugar y giró para ver mejor. Pero no había nadie en la ventana.
En ese instante comprendió algo que prefirió no compartir.
La habitación 214 no estaba vacía.