El Otro Nombre Capítulo 3 El hotel #2
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Capítulo 3 El hotel #2

El hombre escribió algo en la computadora, le solicitó su pasaporte, el cual ella ya tenía preparado en su mano derecha.

El hombre tomó su pasaporte y lo introdujo en el lector. La máquina emitió un pequeño sonido.

Sofía contuvo la respiración. Esperó, procurando moverse lo mínimo y necesario, como si moverse pudiera tener un efecto directo sobre lo que podría acontecer a continuación.

El hombre miró la pantalla y la miró a ella y finalmente sonrió.

—Todo correcto.

Le devolvió el pasaporte, y ella sintió que podía respirar nuevamente.

—¿Habitación para una persona, entonces?

—Sí, por favor.

El empleado volvió a mirar la pantalla.

—¿Está segura?

—Sí. ¿A qué se refiere?

Se hizo una pequeña pausa de pocos segundos.

—Disculpe. Pensé que había reservado para dos.

—Yo no hice ninguna reserva.

El hombre dejó de sonreír y miró nuevamente la pantalla.

—Claro.

Ella no respondió inmediatamente. Pensó en la nota y pensó en las palabras de Bellini.

—Entonces debe tratarse de un error.

—¿Qué error?

El empleado del hotel volvió a mirar la pantalla.

—Disculpe. No tiene importancia.

Se dio vuelta y agarró algo que colgaba en la pared. Volvió a girar, la miró nuevamente, extendió su brazo y le entregó la llave.

—Habitación 214. Segundo piso a la derecha.

—Gracias.

Tomó la llave y comenzó a subir las escaleras. Le pareció mejor que usar el ascensor. No sabía por qué. Simplemente comenzó a subir los escalones a un paso acelerado.

Al llegar al segundo piso, miró el cartel de la pared señalando la dirección en la que se encontraba su habitación. Caminó hacia el fondo del pasillo hasta encontrar la puerta.

El pasillo era viejo, con una alfombra bordó muy gastada. Las paredes estaban cubiertas de una madera que a Sofía le producía la sensación de estar caminando en el interior de un barco.

Había poca luz. Además de la aparente baja tensión del edificio, tres o cuatro de las lámparas estaban quemadas y las que quedaban generaban un ambiente parecido al interior de un cine antiguo.

La habitación era pequeña. Solo tenía una cama con sábanas en un estilo anticuado, una mesa, un armario, solo una ventana y un baño.

Cerró la puerta detrás de ella y puso el cerrojo. Eso lo hizo automáticamente, casi por instinto.

Después de mirar el estado del baño, se acercó una vez más a la puerta y volvió a comprobar que estuviera cerrada.

Dejó el bolso sobre la cama y se sentó al lado.

Miró el teléfono pero no había nada en la pantalla. Ni mensajes, ni llamadas. Nada.

Abrió la agenda y la galería de fotografías otra vez. Pero, al igual que había sucedido más temprano, nada apareció. Estaban completamente vacías.

Entonces hizo algo que le provocó enojo por no haberlo hecho hasta ese momento: abrió la aplicación bancaria.

El sistema tardó varios segundos en responder. La señal de red no era buena ahí.

Revisó las redes disponibles. Solo llegaba la señal del hotel. Era una red abierta pero no consiguió conectarse. Decidió usar los datos del plan que la compañía de telefonía móvil le asignaba mensualmente y que aún parecía tener disponibles para navegar.

Segundos más tarde apareció un mensaje.

USUARIO NO ENCONTRADO.

Enojada, cerró la aplicación y la abrió nuevamente.

El mismo mensaje. Volvió a cerrarla cuando de repente, su teléfono vibró lo que la hizo sobresaltar.

No era un mensaje. Era una notificación.

Una fotografía había sido compartida con ella.

Miró el número desde el cual se la estaban enviando pero no logró reconocerlo.

Abrió la imagen. Era una fotografía tomada desde cierta distancia.

Ella aparecía en la foto. Estaba caminando por la calle, vistiendo su saco gris y llevando el bolso que acababa de apoyar sobre la cama.

La fotografía había sido tomada pocos minutos antes.

Ella miró la hora y notó que habían pasado menos de diez minutos desde que había entrado al hotel.

Alguien la había estado observando en la calle.

Tuvo ganas de llorar pero extrañamente, el llanto no llegó. Solo angustia y la horrible sensación de tener miles de preguntas y ni una sola respuesta.

Abrió las cortinas y vio que frente al hotel había un automóvil oscuro. Pero las ventanas eran demasiado oscuras para ver quién estaba dentro.

Le sacó una foto con su teléfono e intentó retocar la imagen con la aplicación del teléfono pero las ventanas seguían opacas, no importa cuánto ampliara la foto en la pantalla.

Sofía sintió un escalofrío.

Entonces recibió otro mensaje pero desde otro número de teléfono. Esta vez, el mensaje no contenía una fotografía. Solo cuatro palabras.

No vuelvas a casa.

Miró la puerta de la habitación. Durante varios segundos no se movió pero poco después escuchó algo.

Tres golpes. Golpes suaves pero definitivamente eran golpes. Y eran en su puerta.

Dejó de respirar.

Tres golpes más. Esta vez, más fuertes. Cada golpe sacudió su cuerpo entero.

Se levantó lentamente de la cama. No sabía qué hacer.

Miró la puerta. Claramente, había alguien del otro lado.

Y entonces escuchó una voz.

—Señora Álvarez.

Sofía reconoció la voz. Era Lorenzo Bellini.

Abrió la puerta y vio que el inspector estaba solo, sin uniforme, sin saco.

Sostenía una carpeta bajo el brazo y parecía mucho más cansado que más temprano.

—¿Cómo sabía que estaba aquí?

Antes de responder, el detective miró hacia el pasillo y volvió a mirarla.

—Porque yo le dije que no volviera a su casa.

Sofía sacó su teléfono, miró el último mensaje y abrió un poco más la puerta.

—¿Fue usted? ¿Usted me envió ese mensaje?

—¿Puedo pasar?

Lo dudó unos momentos pero luego abrió la puerta y, haciendo un gesto con la mano, lo invitó a ingresar a la habitación.

—Entonces, ¿cómo me encontró?

Él la miró fijamente sin decir una palabra y levantó lentamente la carpeta.

—Tenemos que hablar —miró nuevamente hacia el pasillo y esta vez, su expresión cambió—. Pero no aquí.

—¿Por qué?

Bajó el volumen de su voz para responderle.

—Porque la habitación que usted acaba de ocupar fue reservada hace tres días.

Sofía sintió un vacío en el estómago.

—¿Por quién?

—Por Sofía Álvarez —el silencio envolvió el ambiente como una frazada—. La misma Sofía Álvarez que murió hace once meses.