Capítulo 3 El hotel
Sofía permaneció inmóvil durante varios segundos luego de darse cuenta de que la llamada había sido terminada. Aún tenía el teléfono contra el oído.
Escuchaba únicamente el silencio. Después lo separó lentamente de su cara y miró la pantalla.
Llamada finalizada.
Volvió a llamar. Nuevamente el teléfono sonó una vez, otra vez y una tercera vez. Pero después del último tono, nada. La llamada se cortó.
Volvió a intentarlo pero esta vez, el teléfono no llegó siquiera a sonar.
Confundida y preocupada, miró alrededor. La calle continuaba llena de gente.
Vio a un hombre caminar mientras hablaba por teléfono, a una mujer que empujaba un cochecito de bebé. Notó a dos adolescentes que se reían mientras cruzaban la calle.
Intentó divisar algún tipo de diferencia. Cualquier cosa que indicara que todo era algo más que un día normal en la ciudad.
Un autobús pasó frente a ella. Vio las caras de la gente sumergidas en sus dispositivos móviles. Todo parecía continuar exactamente igual.
Sofía respiró profundamente y volvió a mirar su teléfono.
Había una notificación, un mensaje pero el número no estaba registrado.
Lo abrió ansiosamente. Solo había unas pocas palabras.
No vuelvas a llamar a ese número.
Sofía sintió que el frío que había comenzado en su pecho durante la mañana volvía a recorrerle el cuerpo.
Miró nuevamente la calle. Esta vez intentó observar a las personas que caminaban a su alrededor. Buscó rostros conocidos y aunque dos personas se parecían bastante a actores conocidos de la televisión, descartó la idea de que se tratara efectivamente de ellos.
No encontró ninguna persona o rostro conocido.
Entonces se preguntó algo que hasta ese momento no había considerado.
¿Sería cierto lo que había insinuado el inspector esa mañana? ¿Acaso la estaban siguiendo? ¿Había quizás alguien observándola?
Giró lentamente con cuidado pero no logró ver nada raro.
Un hombre salía de una cafetería, una pareja esperaba para cruzar la calle. Se sorprendió un poco cuando una mujer que hablaba sola en un volumen relativamente alto, pasó junto a ella y la miró con cara acusadora.
—Es una ciudad grande —pensó—. Es perfectamente normal cruzarse con gente que grita sola en la calle.
Nadie parecía prestarle atención.
Volvió a mirar el mensaje.
No vuelvas a llamar a ese número.
No decía quién lo había enviado y tampoco indicaba por qué. Eso era, quizás, lo que más ansiedad le producía.
Comenzó a caminar sin rumbo nuevamente. No sabía hacia dónde ir. Simplemente necesitaba alejarse de la estación de policía, del aeropuerto y de su casa. De todo lo que había ocurrido durante aquella mañana.
Caminó durante casi veinte minutos antes de detenerse frente a una pequeña cafetería.
Entró, eligió una mesa junto a la ventana e hizo un gesto al camarero. El hombre se acercó a la mesa y ella indicó que le trajeran un café.
El lugar estaba casi vacío.
Cuando el camarero se alejó, ella apoyó ambas manos sobre la mesa y cerró los ojos.
Intentó repetir en su mente todos los eventos del día, el desayuno, el viaje al aeropuerto, el problema con su pasaporte, los agentes en el aeropuerto, el recorrido hasta la estación de policía y el detective.
Ese tal Bellini. El detective que hablaba como si hubiera vivido más de la mitad de su vida en Italia, y que parecía sacado de una película de cine noir .
Por un momento trató de recordar la conversación que sostuvo con él en la estación y se molestó por no haber podido interpretar sus gestos y expresiones faciales.
Se sintió orgullosa por fin recordar algo con lujo de detalle.
Entonces intentó recordar algo anterior: su casa, la noche anterior, en el itinerario para su viaje a Londres, la cena… cualquier detalle. Algo.
Nada aparecía en su mente. Todo se sentía irreal, como tratar de recordar un sueño tras haber estado despierto por horas.
La memoria se había vuelto confusa. El nerviosismo y el estrés estaban traicionándola. Eso lo sabía.
Sabía que había tenido que leer para el trabajo. Intentó encontrar alguna imagen en su cabeza. Alguna tapa de alguna revista, un título, una frase. Pero nada. No lograba visualizarlo.
Abrió los ojos. El camarero se acercó a la mesa.
—Su café, señora —dijo el camarero con total normalidad.
Ella esperó a que el camarero se retirara para agarrar la taza y beber un sorbo.
Estaba amargo, tal como a ella le gustaba. Eso no necesitaba recordarlo. Eso estaba sellado en su lengua, asociado a alguna parte primitiva del cerebro. Pero estaba demasiado caliente. La dejó sobre la mesa cuidadosamente para no derramar nada.
Movió un sobrecito de azúcar que el camarero había acomodado al lado de la taza pero que se había movido cuando Sofía levantó la taza, impidiendo que la taza cupiera en el espacio del platito en el cual se lo habían traído.
Entonces una imagen le vino de repente: ella delante de un ropero, probándose una chaqueta.
—¡La chaqueta! —dijo animosamente.
Aquella mañana había salido de casa usando una chaqueta azul. De eso estaba segura, porque podía verla en su memoria.
Era una chaqueta color azul oscuro con botones negros. Tenía dos bolsillos.
Se dio cuenta de que estaba sonriendo al recordarlo. Era una sonrisa automática que sólo venía a traer una breve sensación de orgullo, de victoria por recordar un detalle que, hasta ahora, parecía haber sido borrado de su mente, junto a todo lo demás.
Desafortunadamente, la sonrisa desapareció súbitamente cuando miró hacia abajo.
Llevaba una chaqueta gris, no una azul.
Se quedó mirando la prenda. Su cara reflejaba su frustración y enojo.
No entendía lo que estaba sucediendo. Eso es lo que más le molestaba.
Recordaba haber elegido la azul, e incluso recordaba haber pensado que combinaba mejor con el pantalón que iba a ponerse.
Pero ahora no estaba usando esa chaqueta. Ahora no estaba segura si el recuerdo era de esa mañana. Ahora no estaba segura si el recuerdo era real o si lo había inventado.
Metió la mano en uno de los bolsillos y encontró ahí las llaves, un pañuelo, su teléfono y algo más: un pequeño papel doblado.
Sofía no recordaba haberlo puesto allí. De eso estaba segura.
Lo sacó y lo abrió rápidamente.
Vio que había una sola frase escrita a mano, la cual reconoció inmediatamente.
Estaba escrita en su propia letra. De eso no había dudas.
No confíes en tus recuerdos.
Sofía dejó caer el papel sobre la mesa. Este rebotó contra la taza de café, pero tuvo la suerte de aterrizar al costado del plato.
Durante varios segundos no pudo respirar correctamente.
Miró alrededor nuevamente pero nadie la observaba. Por lo menos nadie que ella pudiera identificar a su alrededor.
Volvió a tomar el papel y lo leyó otra vez, esta vez en voz alta.
Luego, una tercera y última vez.
Era su propia letra pero ella no había escrito eso. Al menos no recordaba haberlo hecho.
Y entonces recordó las palabras del inspector Bellini.
“… El hecho de que usted no lo recuerde no significa que no haya ocurrido nada.”
El recuerdo de esa frase le trajo una sensación horrible. Era miedo. Miedo de su propia memoria.
A varios kilómetros de allí, Lorenzo Bellini regresó a la estación.
Entró en su oficina sin saludar a nadie, dejó el café sobre el escritorio, se quitó el saco y lo colocó con precisión en el respaldo de la silla.
Después se sentó y durante varios minutos no hizo nada. Solo bebió su café intermitentemente mientras miraba hacia adelante, pensativo.
Finalmente abrió el expediente de Sofía Álvarez y lo leyó nuevamente.
No había más explicaciones para ofrecer en ese momento.
Una mujer identificada como Sofía Elena Álvarez aparecía como fallecida en el registro oficial, al que cualquier autoridad competente podría acceder en Madrid.
Tomó el teléfono.
—Necesito el expediente completo de Sofía Álvarez.
Una voz respondió al otro lado.
—¿El de la mujer del aeropuerto?
—Sí. Ese.
—Ya lo tiene, inspector.
—No. Lo que tengo es una copia —insistió en un tono que pareció innecesariamente elevado para esas circunstancias.
De repente, se hizo silencio.
—Quiero el original —ordenó nuevamente.
—Inspector, ese expediente está cerrado desde hace casi once meses.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no entiendo.
—Yo tampoco. Pero lo necesito cuanto antes.
—Entonces va a tener que dirigirse al archivo físico.
Una vez más se hizo evidente el silencio.
—¿Quién cerró el caso?
Hubo una pausa antes de la respuesta.
—Un momento.
Pasaron unos segundos.
—Inspector...
—¿Sí?
—Hay un problema.
El detective se incorporó lentamente.
—¿Qué problema?
—No aparece ningún nombre.
—¿Qué quiere decir?
—No hay ningún número de identificación asociado al cierre del expediente. No sabemos quién lo cerró.
—Eso es imposible.
—Entiendo. Pero es lo que muestra el sistema.
—¿Quién autorizó el cierre?
—No lo sé. No se menciona.
A partir de ese momento, Bellini permaneció en silencio.
Lo pensó unos segundos, repasando los detalles en su cabeza: once meses, la misma fecha, la misma persona, el mismo nombre.
Una mujer muerta había entrado caminando en un aeropuerto esa mañana.
¿Qué faltaba? ¿Se estaba olvidando de algo? ¿Se le había escapado algún detalle?
Abrió otro archivo, buscando una fotografía que creía haber visto más temprano ese día.
La encontró y la sostuvo entre sus dedos durante unos segundos.
En la foto aparecía una mujer. Pero era más joven. Mucho más joven.
No era Sofía. O eso parecía a simple vista.
Observó la fotografía durante varios segundos y luego volvió a guardarla.
No dijo nada. No había nada para decir. Pero todavía había mucho por hacer.
Sofía decidió seguir la recomendación del detective y no regresar a su casa. No le parecía prudente todavía.
Encontró el pequeño hotel que el inspector Bellini había mencionado a pocas calles de distancia. No era elegante pero tampoco necesitaba que lo fuera. Solo quería una habitación, un lugar donde cerrar una puerta, un lugar donde pensar.
Entró en la recepción e inmediatamente el hombre detrás del mostrador levantó la mirada.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes. Necesito una habitación.
—¿Para cuántas personas?
—Una.