Capítulo 2 La identificación #2
—Fue una mañana intensa. No es algo tan raro no recordar los eventos de una mañana traumática. ¿O sí?
—No. Es enteramente esperable. Aunque el hecho de que usted no lo recuerde no significa que no haya ocurrido nada. ¿No le parece?
Se quedó congelada en el lugar.
—¿Me está acusando de ocultarle algo?
—No. Para nada.
—Entonces, ¿qué es lo que quiere lograr con todo esto?
El policía cerró la carpeta.
—Quiero descubrir quién es el que está mintiendo.
Ella lo miró fijamente.
—¿Usted cree que estoy mintiendo?
El detective sostuvo su mirada.
—No. No es eso lo que estoy diciendo para nada.
—Entonces, ¿qué es lo que está diciendo?
Bellini tomó su café.
—Creo que usted está diciendo la verdad —tomó un largo sorbo de su café—. Y eso me preocupa mucho más.
Pasaron otras dos horas, durante las cuales diferentes agentes de policía ingresaron a la sala donde ella esperaba ansiosamente que le permitieran irse.
En repetidas ocasiones el inspector salió de la habitación para conversar con otros agentes de policía que llamaron a la puerta, sólo para volver a ingresar y revisar una y otra vez la carpeta ubicada sobre la mesa.
Las preguntas sobre aquella mañana y acerca de los días inmediatamente anteriores seguían surgiendo durante la conversación con el detective. Pero la respuesta de Sofía siempre era la misma. Ella no conseguía recordarlo.
Intentaron sin éxito localizar a Santiago Ortega repetidas veces desde el teléfono ubicado en la mesa junto a la carpeta.
Nada tenía sentido.
Finalmente, uno de los agentes al que Sofía ya había visto varias veces esa misma mañana, entró con un documento y, tras acercarse a la mesa, habló en voz baja con Bellini.
El inspector leyó el papel, la miró a los ojos durante unos segundos, y luego dijo:
—Puede irse, señora.
Ella se levantó inmediatamente.
—¿Ya está?
—Por ahora sí.
—¿Encontraron el error?
El detective negó con la cabeza.
—No. Todavía no.
—Pero, ¿está todo bien entonces? ¿Seguro puedo irme?
—Sí. No tenemos motivos para detenerla.
—¿Y mi pasaporte?
Él se lo entregó.
—Puede conservarlo.
—¿Está seguro?
—No —dejó asomar una pequeña sonrisa—. Pero es suyo. No tenemos motivos para retenerlo.
Ella guardó el documento. Antes de salir, una voz la llamó.
—Señora Álvarez.
Ella se volvió.
—No abandone Madrid.
—¿Es una orden?
—No —el inspector hizo una pausa durante la cual pareció pensativo—. Es un consejo.
Unos segundos pasaron en los que nadie se movió ni dijo nada, hasta que Bellini habló nuevamente.
—Y si yo fuera usted... —Se detuvo—. No volvería a mi casa esta noche.
Ella sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
El detective tomó nuevamente su café.
—Porque si usted realmente es Sofía Álvarez... —hizo una nueva pausa y tomó un sorbo más de su café— alguien ya debe saber que no está muerta.
—¿A dónde puedo ir entonces?
—Hay un pequeño hotel cerca de aquí.
Sofía no respondió. Agradeció al detective por el consejo y salió de la estación lo más rápido que sus piernas le permitieron. No volvió la vista atrás.
Caminó durante varios minutos sin rumbo específico. Realmente no sabía adónde ir. La última recomendación del inspector le había generado la sensación de haber sido atropellada por un vehículo al que nunca había visto venir.
No podía volver a casa. Tampoco podía ir al aeropuerto. El viaje ya no le preocupaba.
No sabía dónde estaba su exmarido, la única persona que podría corroborar su identidad con las autoridades.
Pensó durante un largo rato hasta que, por primera vez desde aquella mañana, se le ocurrió pensar en algo que había olvidado hasta ese momento: tal vez debía llamar a sus otros contactos.
Sacó el teléfono, abrió la agenda, buscó a alguien a quien llamar, pero sorprendentemente no encontró a nadie.
Sofía frunció el ceño. Volvió a buscar decididamente. Revisó sus mensajes, las llamadas perdidas de principios de la semana pasada, las llamadas que había hecho los últimos días, las semanas anteriores, unos meses atrás.
Nada.
Probó una vez más, buscando fotos de contactos, pero nuevamente, nada. No había una sola foto en la memoria del teléfono.
Todos los recuerdos habían desaparecido, incluyendo los del amanecer de ese mismo día, lo que ya le había sorprendido durante su conversación con el inspector Bellini.
Pero ahora, la sorpresa ya estaba comenzando a ser reemplazada por un principio de desesperación.
Por un momento tuvo un pensamiento que le generó unos segundos de calma. Seguro se había llevado el teléfono de otra persona por accidente. Pero la sensación fue inmediatamente reemplazada por la angustia de darse cuenta de que no. No era de otra persona. Ese era el suyo.
El reconocimiento facial y el pin de acceso eran evidencia suficiente.
Se detuvo en medio de la calle. Sintió que las piernas comenzaban a temblarle.
Abrió una página en el navegador y buscó a Santiago Ortega escribiendo su nombre completo. Obtuvo más de 20 resultados.
Esta vez escribió su propio nombre a continuación del de su exmarido. Consiguió finalmente un solo resultado, asociado a una dirección en Madrid.
Buscó el número telefónico asociado a ese Santiago Ortega, el asociado a esa dirección de residencia.
Ver su nombre en pantalla le provocó una sonrisa.
—Por fin —dijo en voz alta.
La pantalla lo mostraba clarísimo:
Santiago Ortega - Calle de Almagro, 24, 28010 - Madrid – Teléfono 915 94 99 00
Sofía sintió cómo el alivio bajaba por su cuerpo como un trago de una bebida caliente en un día de frío invernal.
Sin dudarlo un momento, lo llamó.
El teléfono sonó una vez. Dos veces. Tres.
Alguien respondió pero ella no dijo nada. No inmediatamente. Después de unos largos segundos, finalmente dijo.
—¿Santiago?
—¿Sofía? ¿Sos vos?
Era Santiago. Cerró los ojos.
—Sí.
Silencio.
—¿Qué pasó? ¿Dónde estás?
—En Madrid.
Se hizo silencio un poco más largo esta vez.
—Pero ¿estás bien?
La voz llevaba consigo un tono de sorpresa y preocupación.
Sofía miró alrededor y vio que había gente caminando por todas partes, pero de repente sintió que estaba completamente sola.
—Sí. Creo que sí.
Santiago respiró profundamente. Cuando volvió a hablar, su voz había adquirido un tono de seriedad y severidad, de repente.
—No sé exactamente qué te pasó, pero no puedo hablar ahora con vos.
De repente Sofía sintió que el mundo se detenía.
—Pero ¿por qué?
Santiago no respondió.
—Santiago, ¿qué está pasando?
Solo se escuchaba silencio. Entonces escuchó algo al otro lado. Una puerta cerrándose e inmediatamente después, pasos. Y finalmente, una voz de mujer, que Sofía no logró reconocer.
Todo comenzó a dar vueltas. Sus piernas le fallaron, pero, haciendo uso de la poca fuerza que le quedaba para no caerse al suelo, se inclinó rápidamente y apoyó su brazo derecho completamente estirado contra la pared más cercana.
Intentó controlar su respiración. Finalmente, cerró sus ojos, respiró profundo y preguntó.
—Santiago…
La llamada terminó.