El Otro Nombre Capítulo 2 La identificación
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Capítulo 2 La identificación

La policía aeroportuaria llegó siete minutos después.

Sofía seguía sentada en la pequeña sala del aeropuerto, con su pasaporte sobre la mesa. Ya para entonces había dejado de intentar explicarse lo sucedido. En ese breve lapso de tiempo ya se había dado cuenta de que cada vez que lo hacía, la explicación sonaba más absurda.

Una mujer fallecida no podía estar sentada en un aeropuerto esperando un vuelo a Londres. Sin embargo, allí estaba.

Dos agentes vestidos con uniforme de policía entraron en la sala. Uno de ellos era claramente más joven que ella. El otro parecía tener más de cincuenta años.

El más joven se acercó primero.

—Señora Álvarez, necesitamos hacerle unas preguntas.

—¿Estoy detenida? —preguntó ella con cierto tono de resignación en su voz.

—No —respondió el hombre demasiado rápido.

—Entonces, ¿puedo irme?

—En este momento necesitamos verificar su identidad.

—Ya la verificaron. Repetidas veces.

—No exactamente.

Sofía miró al otro agente que hasta el momento no había dicho una palabra. Había estado observándola desde que llegaron al lugar.

No parecía interesado en su pasaporte. Parecía más interesado en ella.

—¿Qué significa que necesitan verificar mi identidad?

El agente joven tomó asiento frente a ella.

—Su documentación corresponde a una persona que figura como fallecida.

Sofía respiró profundamente.

—Eso ya me lo explicaron.

—Entiendo. Pero entonces comprenderá que tenemos que comprobar que usted es quien dice ser.

—¿Y cómo piensan hacerlo?

El agente miró a su compañero, quien finalmente habló.

—Con sus huellas dactilares. Pero no lo podemos hacer aquí. Necesitaremos hacerlo en la estación de policía.

—¿Y después?

—Después veremos, dependiendo del resultado.

—¿Y si el resultado fuera que las huellas coinciden?

El hombre la observó durante unos segundos.

—Entonces tendremos un problema mucho más grande.

El agente más joven le hizo una señal con su mano derecha y le pidió que los acompañara.

Esta vez, ella obedeció sin emitir objeción alguna.

La estación policial estaba a menos de veinte minutos del aeropuerto.

La trasladaron en un vehículo sin distintivos. No estaba esposada y hasta el momento, nadie le había dicho que estaba detenida, aunque extrañamente tampoco le habían permitido irse.

Durante el trayecto, miró Madrid a través de la ventanilla a su derecha.

La ciudad parecía exactamente igual. Personas caminando, autobuses y todo tipo de vehículos particulares circulando por las calles, ciclistas andando dentro de los carriles exclusivos y restaurantes terminando de servir los últimos desayunos de la mañana.

Giró su cabeza hacia su izquierda y, a través de la ventanilla, vio a una pareja discutiendo en una esquina.

Todo continuaba funcionando con una normalidad casi ofensiva.

Giró nuevamente y apoyó la frente contra el vidrio. Pensó en su viaje. Ya era obvio que debería reprogramar. No sabía si llegaría al congreso a tiempo.

Sacó su teléfono celular, y sin pedir permiso a los oficiales sentados al frente del vehículo, intentó llamar a la aerolínea pero la espera era demasiado larga.

Prefirió entonces llamar al hotel para modificar la reserva pero el número parecía ser incorrecto.

Llamó una vez más pero nada. Esta vez, el teléfono ni siquiera llegó a sonar antes de que un mensaje automático en inglés, con acento londinense, le dijera que el número estaba equivocado o fuera de servicio.

Abrió la aplicación de mensajería y notó nuevamente que el último mensaje que había recibido era de algo relacionado con su trabajo. La fecha era de hace dos noches.

Documentos recibidos. Muchas gracias.

Miró la hora y calculó que habían pasado menos de una hora desde que su pasaporte la había declarado como muerta.

Sin embargo, parecía que hubiera ocurrido en otra vida.

Una vez que llegaron a la estación, un agente sentado detrás de un mostrador los hizo pasar a una pequeña oficina iluminada con un tubo de luz fluorescente. Le tomaron las huellas inmediatamente.

Luego, le tomaron una fotografía para el registro y volvieron a tomarle las huellas una vez más.

La situación empezó a irritarla.

—¿Por qué las toman otra vez?

El agente no le respondió. Estaba mirando la pantalla, haciendo un gesto extraño con los labios.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—No me diga que no pasa nada. Es claro que algo está ocurriendo.

El hombre quitó la mirada de la pantalla y la miró.

—Nada, señora. Simplemente que las huellas coinciden.

Sofía sintió alivio por primera vez desde el aeropuerto.

—Entonces ya está.

El agente no sonrió.

—No. No es tan sencillo, señora.

—¿Cómo que no?

—Coinciden con las huellas de Sofía Elena Álvarez.

La respuesta le causó gracia, pero eligió no reírse en ese momento. Pensó unos segundos en cuál sería la mejor forma de responder a un agente de la policía sobre algo tan obvio y evidente.

—Es lógico —dijo mientras elaboraba su mejor intento de una sonrisa calma—. Porque son mis huellas.

—Sí. Por supuesto.

—Entonces...

El agente miró nuevamente la pantalla.

—El problema es que esas mismas huellas pertenecen a una persona cuya muerte fue registrada hace once meses.

La respuesta le borró la sonrisa de la cara. La situación ya no tenía nada de divertido.

El hombre mayor, que hasta ese momento había permanecido detrás de ellos, se acercó.

—¿Tiene algún familiar que pueda confirmar su identidad?

—Mi exmarido.

—¿Nombre?

—Santiago Ortega.

El agente escribió el nombre, esperó y volvió a escribir. Esperó nuevamente.

Finalmente frunció el ceño.

—¿Qué?

—No se preocupe. Vamos a intentar contactarlo.

—¿Qué quiere decir?

—No encuentro aún el registro de un Santiago Ortega asociado a usted.

—¿Está hablando de mi exmarido?

—Sí. No hay información acerca de él o de que usted haya estado casada alguna vez. O por lo menos, eso no figura en el sistema.

Sofía se levantó.

—Eso es imposible. Santiago vive en Madrid. Seguro si lo busca de nuevo...

—Señora Álvarez...

—Estuvimos casados por muchos años.

—Señora Álvarez...

Sofía estaba casi gritando.

—Vivimos juntos durante años acá, en esta ciudad.

—Sofía —dijo el agente en un tono que demandaba atención—. Trate de calmarse. Seguro lo encontraremos. Debe ser un problema técnico nada más.

—Está en Madrid. Yo tengo su número de teléfono. ¿Por qué no lo llama?

—Tranquila. Lo vamos a localizar.

—¿Cuándo?

El agente no respondió.

—¿Qué está pasando?

La puerta se abrió súbitamente y un hombre entró sin pedir permiso y respondió la pregunta:

—Eso es exactamente lo que estamos intentando averiguar.

Sofía lo observó. No parecía policía.

Llevaba una camisa blanca, una corbata oscura ligeramente torcida y un saco que parecía haber pasado demasiados años con él.

Tenía el cabello gris en las sienes. No llevaba uniforme. En una mano sostenía un vaso de café y en la otra, sostenía una carpeta demasiado común y cliché para una estación de policía.

El hombre miró a los agentes e inmediatamente giró para mirarla.

Su gesto era adusto pero no dijo nada.

El agente que la venía acompañando desde que había llegado a la estación de policía se levantó.

—Inspector.

El hombre asintió.

—¿Es ella?

—Sí.

El inspector dejó el café sobre la mesa, la miró durante varios segundos.

—Sofía Álvarez.

—Sí.

—Inspector Lorenzo Bellini.

Su español era casi perfecto.

Había algo extraño en la manera en que había pronunciado su nombre completo.

Una pequeña diferencia en la pronunciación de las vocales.

Sofía no supo identificarla con certeza pero adivinó que se trataba de alguna localidad del norte de Italia, pero decidió rápidamente que el tema no merecía mayor consideración. Por lo menos no en ese momento.

—¿Estoy detenida?

Bellini negó con la cabeza.

—No. No lo está.

—Entonces quiero irme.

—Seguro que quiere irse.

Sofía frunció el ceño.

—¿Se está burlando de mí?

Bellini abrió la carpeta.

—No, para nada. Yo también querría irme si estuviera en su lugar. Por el momento, le solicito que colabore con nosotros.

Sofía lo observó.

El inspector sacó de la carpeta una fotografía y la colocó sobre la mesa.

—¿Reconoce a esta persona?

Sofía miró la imagen. Sus ojos se abrieron súbitamente.

Era ella. Más joven. Mucho más joven.

No parecía una fotografía reciente. Debía tener por lo menos cinco años.

—Soy yo.

Bellini la observó.

—¿Está segura?

—Sí, claro.

—¿Cuándo fue tomada?

Ella miró nuevamente la fotografía y se dio cuenta de que no reconocía el lugar.

—No lo sé. No recuerdo cuándo fue tomada.

El hombre no dijo nada.

—¿De dónde salió?

—De un archivo.

—¿De qué archivo?

—Eso no puedo decírselo.

Sofía comenzaba a perder la paciencia.

—Inspector, estoy intentando colaborar. Pero necesito entender qué es exactamente lo que está pasando.

—Lo entiendo. Créame que lo entiendo.

Cerró la carpeta.

—¿Qué hizo esta mañana antes de salir de su casa?

La pregunta le parecía absurda, pero ya había dicho que intentaría cooperar.

—Me desperté temprano.

—¿A qué hora?

—Me cuesta recordarlo exactamente. Unas horas antes de que me detuvieran en el aeropuerto. ¿Por qué pregunta?

—¿Sola?

—Sí. Vivo sola.

El hombre tomó nota.

—¿Qué hizo antes de salir para el aeropuerto?

—No lo recuerdo. No lo entiendo. ¿Qué está pasando? Nadie me dice nada. ¿Por qué no puedo recordarlo?

—¿No recuerda nada?

—Tengo algunas imágenes. Creo que desayuné algo.

—¿Sola?

—Sí. Ya le dije. Vivo sola.

—¿Qué desayunó?

—Ya le dije. No lo recuerdo. Pero ¿por qué importa eso?

—No importa —el detective tomó otro sorbo de café—, pero quiero saber si lo recuerda.

Sofía cerró los ojos e intentó recordar.

—Inspector, debe ser por el estrés. No estoy intentando ser evasiva, pero no me acuerdo nada antes del aeropuerto. Se lo juro.

El hombre hizo silencio por unos segundos durante los cuales fijó su mirada en los ojos de Sofía.

—¿Qué?

—Nada. Es como usted dice. Debe ser el estrés.

—Pero está pensando algo. No me cree que no me acuerdo.

—Sí. Le creo.

—¿Me cree?

—Por supuesto. Usted no recuerda nada de lo que pasó esta mañana. No se preocupe. Ya lo iremos descubriendo.

Sofía sintió una extraña incomodidad.