El Otro Nombre Capítulo 1 La mujer muerta
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El Otro Nombre

El Otro Nombre

Por Matias Steinberg

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Capítulo 1 La mujer muerta

Sofía Álvarez estaba intentando abordar un avión cuando descubrió que estaba muerta.

La gente avanzaba por la terminal cargando valijas, café, niños, mochilas, computadoras y esa expresión particular de agotamiento que comparten las personas que llevan demasiado tiempo viajando antes de que el día haya comenzado realmente.

Sofía esperaba en la fila para hacer el control de seguridad con el pasaporte en una mano y el teléfono en la otra. Su vuelo a Londres estaba previsto para salir en cincuenta y tres minutos.

Meticulosa como siempre, ya había hecho el check-in la noche anterior. Había elegido su asiento, había pedido un café y había respondido seis correos electrónicos del trabajo antes de salir de su casa.

Todo era normal. Eso es lo que más la sorprendió. Lo completamente normal que había sido todo.

El empleado de seguridad escaneó su pasaporte y rápidamente la máquina emitió un pitido.

El hombre miró la pantalla, miró a Sofía y volvió a mirar la pantalla.

Sin hacer ningún gesto llamativo, como si la falla de la máquina en reconocer pasaportes fuera algo de rutina, escaneó el pasaporte nuevamente.

Pero la máquina emitió otro pitido. Esta vez, la expresión del empleado cambió, aunque no de manera dramática. Solo lo suficiente.

Sofía lo notó. Se acercó a la ventanilla y le preguntó:

—¿Hay algún problema?

En lugar de responderle, el empleado presionó algo en la pantalla.

Segundos más tarde, un segundo empleado se acercó. Los dos comenzaron a hablar en voz baja.

Sofía no logró escuchar lo que decían.

Miró hacia atrás donde advirtió que un hombre con una pequeña valija esperaba con impaciencia. Detrás de él, una mujer sostenía a un niño que lloraba mientras alguien detrás de ellos, más atrás en la fila, estornudaba ruidosamente sin cubrirse la nariz.

El aeropuerto continuaba funcionando. Nadie parecía haber notado que algo estaba mal.

Finalmente, el primer empleado miró a Sofía.

—Señora Álvarez.

—Sí.

—¿Podría apartarse un momento?

Sofía sonrió educadamente.

—Por supuesto.

Se apartó de la fila.

El empleado la siguió.

—¿Hay algún problema con mi pasaporte?

—Creo que puede haber un problema con la identificación.

Sofía soltó una pequeña risa, buscando la complicidad del oficial. Al notar que este no devolvió el gesto, Sofía dejó de sonreír rápidamente.

—Eso parece bastante serio. ¿Qué clase de problema?

El hombre volvió a mirar el pasaporte y la miró a ella.

—¿Podría confirmar su nombre completo?

—Sofía Elena Álvarez.

—¿Fecha de nacimiento?

Sofía le dijo su fecha de nacimiento comenzando por el día, seguido por el mes y usando solo las últimas dos cifras de su año de nacimiento. Hace tiempo que había adoptado esa costumbre, porque decir el año completo le hacía sentir demasiado mayor a esta altura en su vida.

—¿Lugar de nacimiento?

—Buenos Aires, Argentina.

El empleado introdujo algo en la terminal y se quedó delante de la máquina, esperando la respuesta.

La máquina procesó la información sin realizar ningún tipo de ruido. La luz indicadora del procesador titiló en rojo por unos segundos hasta que finalmente se convirtió en una luz verde. La pequeña pantalla entonces mostró algo.

El hombre se quedó mirando la pantalla.

Sofía vio cómo el color desaparecía de su rostro.

—¿Qué?

El empleado tragó saliva.

—Lo siento.

—¿Por qué?

Giró ligeramente la pantalla hacia ella hasta que la información se volvió visible desde su lugar.

Sofía miró sin entender lo que estaba viendo.

Allí estaba su nombre, su fecha de nacimiento, su nacionalidad, su número de pasaporte.

Todo parecía correcto, hasta que vio la última línea.

ESTADO: FALLECIDA

Sofía miró la pantalla. Durante varios segundos pensó que debía tratarse de algún tipo de broma.

Se rió nerviosamente, casi de manera refleja. En realidad, nada de lo que estaba sucediendo le parecía gracioso en lo absoluto, pero a veces el cerebro humano se niega a aceptar información que contradice la realidad.

—Disculpe —dijo—. ¿Qué significa eso?

—Dice que esta identidad pertenece a una persona fallecida.

Sofía lo miró.

—Pero si estoy parada frente a usted —dijo con su mejor sonrisa, intentando nuevamente llevar lo ridículo de la situación a un lugar de complicidad con el oficial—. Usted me ve que estoy aquí, ¿cierto?

—Sí, por supuesto —dijo amablemente el empleado, aunque todo indicara que él no encontraba divertida la situación.

—Entonces el sistema está equivocado.

—Eso es lo que estoy intentando determinar.

Sofía extendió la mano.

—¿Puedo ver el pasaporte?

El empleado dudó antes de devolvérselo.

Sofía miró el documento, su fotografía, su nombre, su número de pasaporte.

Todo coincidía. Lo recordaba bien porque había estado mirando la foto un rato antes, mientras bebía un agua en el hall del aeropuerto, antes de ingresar a migraciones.

Volvió a mirar al empleado.

—Alguien cometió un error.

—Es posible.

—Entonces arréglelo.

El empleado pareció incómodo.

—No puedo hacerlo aquí.

—¿Por qué no?

—Porque según el sistema...

Se detuvo.

—Según el sistema, usted no debería estar aquí.

Por primera vez aquella mañana, Sofía sintió algo frío atravesarle el pecho.

No era miedo. Todavía no. Era algo más cercano a la confusión.

Miró alrededor buscando respuestas, pero el aeropuerto parecía exactamente igual.

La gente seguía caminando. Los carteles seguían mostrando publicidades. Las pantallas también seguían mostrando información actualizada de los vuelos.

Giró la cabeza y escuchó a un niño que lloraba en algún lugar detrás de ella. Vio a una azafata que pasó apresuradamente llevando una carpeta.

Nada había cambiado.

Excepto que, aparentemente, Sofía Álvarez estaba muerta.