El otoño que no grabamos 35
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Entrego el diez.

La entrega de verdad, la de los papeles, es una cosa aburridísima que hago yo sola en un comedor un jueves por la mañana mientras la clienta está en el colegio y el tutor legal está en Beverly.

Cuatro discos etiquetados. La película en tres formatos. El proyecto entero con las secuencias abiertas, por si alguien quiere tocarlo dentro de diez años. Los desgloses. Las once hojas de montaje pasadas a limpio y grapadas, que nadie me ha pedido y que van igual.

Y una factura de nueve mil cuatrocientos dólares que ya está cobrada desde noviembre y que meto en el sobre porque las facturas se entregan.

Encima de todo dejo un papel escrito a mano que dice:

Vera: el disco de descartes tiene sitio para otras seis horas. Úsalo. S.

◆

El once de diciembre, un viernes, rodamos el astillero.

No es un encargo. No hay cliente, no hay contrato y no hay factura, y es la última cosa que hago con dos cámaras en cinco años.

Somos cuatro. Yo con los dos cuerpos. Vera con el móvil y con instrucciones de no seguirme.

Owen, que ha subido desde Dorchester en su día libre porque se lo pedí el martes y porque le dije la verdad de por qué.

Y Daniel, con una linterna de obra, un casco amarillo y otro casco amarillo para su hija, porque es el único de los cuatro que tiene derecho legal a estar ahí dentro.

Empezamos a las siete y veinte de la mañana con la luz de invierno entrando por los huecos del techo, que es la luz por la que hemos venido a esa hora.

Cuatro horas y diez minutos.

Rodamos las tres naves. La cala de varada con los dos raíles metiéndose en el agua.

El hormigón del lado derecho, escrito y vuelto a escribir por sesenta años de gente, que Owen hace en veintiséis planos cortos y que es lo mejor que rueda nadie ese día.

Las once cerchas de 1931, una por una, numeradas, con Daniel diciendo el número en voz alta antes de cada una para que quede en el sonido.

Y la cuarta, la del apoyo sur podrido, que rodamos dos veces.

Vera rueda por su cuenta cuarenta y un minutos y no me enseña ni uno.

A las once y media paramos y nos comemos unos sándwiches sentados en el escalón del cobertizo dos, y Owen le pregunta a Daniel cuánto le queda a aquello, y Daniel dice que con esta nevada de enero probablemente no habría llegado a marzo.

—O sea que se cae igual —dice Owen.

—Se cae igual.

—Entonces el papel no lo tira.

—El papel lo tira antes —dice Daniel—. Esa es toda la diferencia y no es poca.

Y a mí eso me lo apunto, porque es la primera vez que le oigo defenderse en cuatro semanas y porque no se está defendiendo de nadie de los que estamos ahí.

Cuatro horas y diez minutos. Doscientos ochenta y nueve gigas.

Lo etiqueto esa noche:

DOGGETT & SONS BOATWORKS — 11.12.2026 — ANTES

Y hago tres copias, y una se la doy a Margaret Kovac el trece de diciembre, en su casa, en la puerta, sin entrar.

No me dice nada. Coge el disco, lo mira, y me dice que si sé escanear diapositivas.

Le digo que sí.

Me dice que ya me llamará.

Y me llama en marzo.

◆

Hay una cosa que hago el nueve por la noche y que no le digo a nadie hasta el diez.

En los créditos de la película, que son dos líneas y que están puestos con la tipografía que eligió su madre en 2024, hay tres nombres.

Elena Kovac. Sara Iribarne. Marta Oyelaran.

Vera lo ve el diez por la tarde, en el pase de comprobación, y para la reproducción.

—¿Esa quién es?

—La señora de Providence.

—Ya sé quién es. Digo que por qué está.

—Porque grabó once días de este otoño y hay cuatro minutos suyos en la película.

—¿Cuatro?

—Cuatro y veinte. La cena del once, los deberes en la mesa de la cocina, once minutos de tu abuela y el plano de la escalera que tú quitaste.

Vera mira las dos líneas de la pantalla.

—Vale —dice.

Y le da al play otra vez.

Y eso es todo. No dice que se quite y no dice que esté bien, y yo tengo otra vez la conversación entera montada en la boca —lo del eco del pasillo, lo de la silla vacía, lo de la cámara de la ventana— y no la digo por segunda vez en tres semanas.

Es la segunda vez que dejo pasar eso.

Ya me he dado cuenta las dos veces, que es lo peor que se puede decir de una persona de treinta y cuatro años.

◆

Con Owen quedo el sábado doce en un sitio de Union Square donde hemos comido cien veces.

Se lo digo en el minuto cuatro, porque si no me lo callo.

—Cierro lo de familias.

Owen deja el tenedor.

—¿Todo?

—Bodas, bautizos, comuniones, aniversarios y funerales. Todo.

—Sara, eso es el ochenta por ciento de lo que has hecho en trece años.

—Es el noventa y tres.

—Peor me lo pones.

—Ya lo sé.

—¿Y de qué vas a vivir?

Y ahí saco el papel, porque llevo tres días haciendo números y porque a Owen los números le calman.

Le explico lo que quiero hacer, que es archivo.

Digitalización, restauración, catalogación.

Cajas de zapatos, cintas de VHS, carretes, discos duros de gente que se ha muerto y bibliotecas pequeñas que tienen cuatrocientas horas de vídeo de los años ochenta en un armario y que no saben ni lo que tienen.

—Eso paga menos.

—Eso paga bastante menos.

—¿Cuánto menos?

—Un cuarenta por ciento el primer año.

—¿Y por qué?

—Porque no monto —digo—. Porque en archivo tú entras, ordenas, etiquetas, entregas y te vas, y no decides qué se enseña. Y porque llevo trece años entrando en casas ajenas a decidir qué se enseña y ya no lo quiero hacer más.

Owen se me queda mirando un rato largo.

—Esto es por lo de Marbury.

—Esto es por lo de Marbury, sí.

—Cuéntamelo.

Y se lo cuento. Entero, por primera vez, en un sitio de Union Square, un sábado a la una y media, con la comida enfriándose entre los dos.

Le cuento lo de la carpeta cuarenta y cuatro.

Le cuento lo del taller de Salem y lo de la tercera fila.

Le cuento lo de la niña y los trescientos ochenta y dos dólares.

Le cuento lo del árbol y lo de la tarjeta que se llenó a las tres y treinta y siete.

Le cuento lo de los diecinueve minutos y lo de la tecla.

Owen escucha cuarenta minutos y no dice ni una vez «lo siento», que es la razón por la que llevo ocho años trabajando con este hombre.

—A ver si lo he entendido —dice al final—. Tú te has pasado tres meses en una casa decidiendo qué se enseñaba y qué no de la vida de una familia.

—Sí.

—Y luego resulta que alguien había decidido eso mismo contigo en 2013 y en 2022 y en agosto.

—Sí.

—Y ahora ya no quieres decidir.

—Ahora ya no quiero decidir.

Owen se echa hacia atrás.

—Eso es coherente —dice—. Es carísimo, pero es coherente.

—Un cuarenta por ciento el primer año.

—¿Y no crees que a lo mejor conviene esperar a enero?

—He esperado a diciembre.

—Enero, Sara.

—Owen, si espero a enero me convences.

Y él se ríe, y coge el papel, y se pone las gafas, y me dice que la fila cuatro está mal calculada.

Y la fila cuatro está mal calculada.

—Una cosa —dice, ya en la puerta, con el abrigo puesto.

—Dime.

—Lo de la niña esa.

—Vera.

—Vera. —Se sube la cremallera—. Lo del cumpleaños. Los cuatro minutos.

—Ya.

—Eso no lo has hecho tú.

—No.

—O sea, tú le has enseñado a cortar cuatro palabras antes, que se nota, y le has enseñado a no meter música, que también se nota.

—Sí.

—Pero lo del suelo no.

—Lo del suelo no.

—Lo del suelo no se enseña.

—No.

Owen se queda un momento en la puerta del sitio de Union Square, en diciembre, con la mano en el picaporte.

—Qué rabia, ¿no? —dice.

—Muchísima —digo.

Y nos reímos los dos en la calle como dos idiotas durante bastante rato.

◆

A mi hermana la llamo el sábado por la mañana, como todos los sábados.

Hablamos veintidós minutos.

Me cuenta que a la supervisora nueva la han cambiado de planta y que ha llegado otra y que la otra ha empezado diciendo que va a reorganizar los turnos, y que ella esta vez no ha dicho nada en la reunión, y que las de la unidad la miraron.

Me cuenta que Íker ha aprobado una de las dos.

Me cuenta que a mamá le han quitado la pastilla de la tensión y le han puesto otra y que se marea por las mañanas, pero poco.

Me pregunta qué hago en Navidad y le digo que trabajar, y no me discute, que es lo que lleva ocho años haciendo.

De lo otro no dice nada.

Yo tampoco.

Es lo que va a haber. Va a haber sábados a las once de la mañana, hora de Boston, durante bastante tiempo, con una supervisora, un suspenso y una pastilla, y con las dos sabiendo perfectamente qué es lo que no se está diciendo.

Y no lo va a arreglar una llamada de sábado, ni un vuelo de cuatrocientos ochenta euros en mayo, ni que yo me suba a un avión en agosto.

En el minuto veinte, cuando ya estamos las dos buscando la salida, dice:

—Oye.

—Dime.

—Nada.

—Nuria.

—Que nada, mujer. Que ya hablamos.

Y cuelga.

Pero ha dicho «oye».

Y en trece años no lo había dicho nunca.

◆

La ficha 4471 la guardo el domingo por la tarde.

Las dos hojas dobladas por la mitad, la fotocopia que fui a buscar con la mano en un picaporte durante cuarenta segundos, con la niña de cinco años en Zarautz y las diecinueve casillas de Kelsey y las ciento ochenta palabras.

Abro la caja de Nueve segundos , que es una caja de zapatos de verdad y que tiene dentro cuarenta y una fotografías escaneadas, doce cartas, siete reversos de foto con un año escrito, un recibo de un taller de la calle Estafeta y un pendrive con veintiséis segundos de un contestador de 2011.

Meto las dos hojas.

No las meto por ninguna razón simbólica y no soy tan tonta como para pensar que ahí dentro hay una familia. Ahí dentro hay un hombre de Pamplona que se murió en 2019 y una chica de veintiún años que firmó un papel en Brookline en 2013, y no tienen nada que ver la una con el otro.

Las meto porque es la caja donde guardo las cosas de las que no hay más.

Y porque de esa chica tampoco hay más.

◆

Daniel sube el martes quince.

Cena, se queda, y el miércoles a las seis y veinte se va a Beverly como todos los miércoles del resto de este invierno, y eso ya es una cosa que existe y que tiene un día de la semana.

El lunes catorce yo he subido a Marbury a llevar el disco de descartes que faltaba y a recoger el trípode del sótano, que no era mío y que ya no me hace falta.

Bajo yo sola. Él no baja. Y esta vez no se queda en el cuarto escalón: se queda en la cocina, hablando con su hija de una cosa del autobús, y no se entera de que estoy abajo.

Subo la sábana medio metro, dejo el trípode de vídeo en su hueco, junto a la maleta gris con la pegatina de Zúrich, y vuelvo a meter los bordes por debajo como estaban.

Y antes de subir hago una cosa que llevo desde octubre queriendo hacer.

Saco la cámara de la maleta. La enciendo.

La batería aguanta ocho segundos y se muere, que es exactamente lo que dije en septiembre que iba a pasar.

La pongo a cargar en el enchufe del banco de trabajo, al lado del panel perforado con las siluetas de las herramientas, y dejo una nota pegada con cinta:

Diez minutos, dos veces al año. Que la encienda ella.

◆

Arriba, Vera me enseña dos cosas que ha montado.

Una está bien y la otra no.

La que no está bien son cincuenta segundos de la cocina que ha cortado a ritmo, con siete cortes en cincuenta segundos, y se lo digo.

—Está muy troceado.

—Es que es lo que pasa.

—Ya, pero tú lo has cortado siete veces en cincuenta segundos y ahí no pasa nada siete veces. Pasa una.

—Es que si lo dejo entero es un rollo.

—Es un rollo el primer día. El día once es lo mejor que hay.

—Eso te lo estás inventando.

—Eso lo llevo trece años diciendo.

—Eso no quiere decir que no te lo estés inventando.

Y discutimos once minutos y en el minuto once tiene razón ella, porque el problema no eran los siete cortes: era que el plano estaba mal encuadrado desde el principio y por eso no aguantaba.

Se lo digo.

—Ya lo sé —dice—. Te lo iba a decir yo dentro de un rato.

Margaret Kovac aparece a las cinco con una fuente y me pregunta si me quedo a cenar, y no lo pregunta con ganas, y lo pregunta.

Y en la puerta, cuando ya me voy, con las llaves en la mano y el trípode debajo del brazo —el mío, no el de ella—, Daniel dice:

—El último miércoles de septiembre.

—¿Qué?

—Rye Ledge. Vamos siempre el último miércoles de septiembre.

—Ya lo sé.

—Que si vienes.

Y yo me quedo con el trípode debajo del brazo en el escalón de una casa de Alewife Lane, el catorce de diciembre, con nueve meses y medio por delante.

Nueve meses y medio.

Este hombre es incapaz de decir una sola cosa que se parezca a lo que quiere decir, y acaba de pedirme una cita para dentro de doscientos ochenta y ocho días en el único sitio al que esa familia va todos los años desde que su hija tenía tres.

—Sí —digo.

—Vale.

—Y esta vez subes tú.

Daniel se mete las manos en los bolsillos.

—Esta vez subo yo.

—Que subas tú de verdad, Daniel. Que son cuarenta metros y hay una cuerda.

—Ya sé lo que son.

—Que te lo digo en diciembre para que en septiembre no me digas que es la rodilla.

—Es que es la rodilla.

—Es que no es la rodilla.

Y él se queda un momento en el escalón mirando el camino de entrada.

—No —dice—. No es la rodilla.

Y es la primera vez que lo dice en voz alta y probablemente la única que lo va a decir.

◆

Salgo de Marbury a las seis menos veinte y bajo por la 128 con el trípode en el asiento de atrás.

En Peabody enciendo la radio.

No es nada. No es un momento. Es que estoy conduciendo y hay una hora de coche y enciendo la radio, y sale una canción de los noventa que no me gusta especialmente, y la dejo.

Y luego pongo la lista esa que hice con alguien en 2019 y que llevo cuatro años sin poner, y resulta que la mitad de las canciones son bastante malas y las otras no, y que hay una en el puesto once que no me acordaba de que estaba ahí y que la puse yo y no él.

Llego a Somerville a las siete y cuarto.

Aparco. Subo. Enciendo la luz del pasillo.

Y lo primero que hago, antes de quitarme el abrigo, es coger de la cocina el listón de cuarenta centímetros y las dos escuadras que compré el jueves, y ponerme a arreglar el tercer estante de la estantería de los discos, que lleva dos años combado.

No sé hacerlo. Eso hay que decirlo.

Marco los puntos con un lápiz, taladro dos agujeros que quedan a distinta altura, meto los tacos, atornillo, empujo el listón por debajo y lo aprieto contra la balda.

Tardo veinte minutos y me quedan dos agujeros de más en la pared.

Queda torcido. Como tres milímetros, por la izquierda.

Lo dejo así.

Y luego pongo los ochenta y un discos encima, uno por uno, en orden de referencia, del CR-001 al CR-211, y me quedo un rato de pie delante del estante, que ya no se mueve.

Trece años. Ciento noventa y seis familias. Seis mil horas de material de gente que ya no se acuerda de que se lo grabé.

Y a partir de enero, ninguna más.