El otoño que no grabamos Epílogo
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Epílogo

Llego un viernes a las cinco menos veinte con el equipo en el maletero, y lo llevo por costumbre.

No hay ningún encargo. No hay ninguna línea, ni ninguna lista, ni ninguna fecha de entrega.

Llevo el equipo porque llevo trece años metiendo dos cuerpos, dos ópticas y un trípode en un maletero cada vez que salgo de casa, y porque el maletero de mi coche sin equipo dentro me parece un maletero de otra persona.

Vera tiene trece años y once meses y está en el jardín cuando aparco.

Y lo ve. Lo ve desde treinta metros, a través de la ventanilla trasera, antes de que yo apague el motor.

—Ni se te ocurra —dice.

—Es la caja.

—Ya sé lo que es.

—No la he abierto.

—Es que ni la abras.

Se ha estirado once centímetros desde diciembre y lleva el pelo otra vez largo y una sudadera del club de teatro, al que se apuntó en enero, y del que dice que es una tontería y al que va los martes y los jueves.

Su padre sale por la puerta del mudroom con un paño en la mano.

Y hace una cosa muy sencilla, que es tenderme la mano por encima del capó del coche para que le dé algo, lo que sea, para tener las manos ocupadas él y no yo.

Le doy las llaves, que no hacen ninguna falta.

◆

Este año el otoño ha llegado cuando le tocaba.

El primer día frío fue el veintiséis de septiembre. Las hojas empezaron el ocho de octubre y la 128 lleva tres fines de semana imposible, y en la cafetería del puerto han vuelto a poner el cartel de la sidra a nueve dólares el vaso.

El último miércoles de septiembre subimos a Rye Ledge.

En el aparcamiento hay un buzón de madera con un cuaderno y un lápiz atado con un cordel, y este año escribió Vera. Tres palabras. No las miré.

Subió él. Los cuarenta metros, por la línea de la derecha, la de la cuerda, en catorce minutos, que son once más de lo que tarda su hija, y arriba estuvo veinte sentado sin decir nada mientras ellas dos se peleaban por si el señor de la gorra era el mismo.

Yo me quedé abajo, en la línea de los árboles, y no monté el trípode, y por primera vez en catorce años vi una cosa que quería grabar y no la grabé, y estuve tres días enfadada conmigo y luego se me pasó.

El ginkgo sigue de pie.

Margaret Kovac lo pidió otra vez en agosto, en una cena, delante de siete personas, y le dijeron que no otra vez, y ella dijo que ya lo había dicho y que conste, que es exactamente lo que dijo el año pasado y lo que va a decir el que viene.

Tiene fruto desde el veinte y huele fatal, y hay que entrar por el otro lado.

Y todavía no ha soltado la hoja.

A Margaret la veo casi todas las veces que subo, que son dos o tres al mes.

Nos hemos visto veintitantas veces desde diciembre y no hemos vuelto a tener ni una conversación como la del martes diecisiete de noviembre, y no la vamos a tener, y las dos lo sabemos.

Lo que hay es otra cosa. Lo que hay es que en marzo me llamó para preguntarme si sabía escanear diapositivas, y le dije que sí, y me llevó una caja de cartón con cuatrocientas once diapositivas de Ivan Kovac entre 1968 y 1991, y las escaneé en cuatro tardes en su cocina, en su mesa, con ella al lado diciéndome quién era cada uno.

Cuatro tardes. Once horas.

No me dejó cobrarle y no me dio las gracias ni una vez, y el último día, cuando le entregué el disco y las cuatrocientas once en papel dentro de fundas, me dijo:

—Usted esto lo hace muy bien.

Y luego, ya en la puerta:

—Y no me refiero a lo del ordenador.

Eso es todo lo que ha dicho esa mujer sobre este asunto en once meses y es todo lo que va a decir, y a mí me vale.

Este año hay una cámara en la ventana del cuarto de Vera desde el uno de octubre, con un fotograma cada quince minutos, y la tarjeta la cambia ella los domingos y lo tiene apuntado en un cuaderno.

No es mi cámara y no es mi tarjeta y no es mi cuaderno.

Yo lo único que hice fue mandarle un mensaje el veintiocho de septiembre que decía: acuérdate de la tarjeta . Y me contestó: ya lo sé, pesada .

◆

Caleb Renner no ha vuelto a escribir.

Fueron seis palabras en noviembre del año pasado y tres correos de ella sin contestar, y en marzo Vera dejó de mandarlos. No lo lleva mal. Lo lleva de una manera que a mí me sigue pareciendo increíble y que consiste en decir, una vez cada tres meses, que a lo mejor cuando tenga dieciocho.

En la cuenta hay ahora cuatrocientas sesenta y siete coincidencias.

En el recuadro de arriba sigue habiendo uno.

Nuria y yo hablamos los sábados por la mañana. En mayo no fui a la comunión y en agosto vino ella diez días con los críos y estuvo en este jardín, y se lo enseñé todo menos lo que no le enseñé, y no hablamos de nada de esto ni una sola vez en diez días.

En el aeropuerto, en la cola, me dijo:

—El año que viene vienes tú.

Y no era una pregunta y no le contesté y las dos lo dejamos ahí, que es como se hacen las cosas en mi familia y como se van a seguir haciendo.

◆

De lo demás, deprisa, porque tampoco hay tanto.

El astillero lo tiraron en abril.

Tres días, dos máquinas y una valla nueva. El cobertizo cuatro fue el segundo y tardó cuarenta minutos, y el portón descolgado del gozne, que llevaba una década abierto medio metro, salió entero y lo cargaron en un camión.

Yo no fui. Vera sí. Fue con el móvil, un martes, después del colegio, sin decírselo a nadie, y estuvo hora y media en la valla nueva con otros ocho vecinos.

Su padre tampoco fue.

Ahora hay un solar con una valla verde y un cartel con un dibujo de veintiocho viviendas y una fecha que ya se ha pasado otra vez. En junio empezaron los cimientos y en agosto pararon por un asunto de licencias.

Margaret Kovac pasa por delante de ese solar dos veces por semana para ir a la farmacia. En agosto, en una cena, delante de siete personas, dijo que la valla verde es fea.

Eso es todo lo que ha dicho de aquello en once meses, y a él le ha costado cinco meses de domingos en esa casa sin abrir la boca. En marzo volvió a hablarle de algo que no fuera la niña.

Y el garaje sigue de pie.

Cuarenta metros con el techo inclinado, con las vigas que no son de la medida de nada, hechas con la madera de un barco que desguazaron en 1958 en una nave que ya no existe y que está en tres copias de un disco duro y en el móvil de una niña de trece años.

A esa madera todavía le quedan cien años.

Owen y yo trabajamos juntos otra vez desde febrero, en tres cosas y ninguna es una boda.

Lo de la fundación de Roxbury salió en enero, se rodó en marzo y se entregó en junio, seis piezas de cuatro minutos, y en la tercera hay un chaval de dieciséis años tocando la trompeta mal delante de su hermana, y es lo mejor que he montado en mi vida y no lo he montado yo sola.

Lo del archivo va despacio y va. Tengo dos bibliotecas pequeñas, una parroquia de Everett con seiscientas horas de cintas de los años ochenta y una señora de Brookline que me llama cada seis semanas para que le digitalice cuatro carretes y para que me quede a comer.

Gano un treinta y un por ciento menos que el año pasado. Calculé un cuarenta.

La deuda son cuatro mil ochocientos y se acaba en julio.

Priya Ramanathan sale con un chico de octavo desde abril y Vera dice que es un desastre absoluto y que ella ya lo sabía y que no piensa decir nada, y lleva desde abril diciéndolo.

Vera tiene ahora una carpeta que se llama span class="ar"p2/span y que no me deja abrir, y le parece bien que yo sepa que existe y que no la pueda abrir, y a mí también.

Y en junio, sin avisar a nadie, presentó una cosa de seis minutos a un concurso de un instituto de Salem, y quedó tercera, y se enteró todo el pueblo porque su abuela lo contó en once sitios.

◆

Dejo la caja del equipo en el suelo del garaje, dentro, contra la pared de la izquierda, al lado de la caldera.

Cerrada.

Y no la abro.

Nos quedamos los tres en el jardín hasta que se va la luz, que a esta altura del año y en esta latitud es a las seis menos diez, y no hacemos absolutamente nada que merezca la pena contarse: Vera discute con su padre por un asunto de un autobús, su padre pierde, yo me río, y luego los tres nos quedamos callados mirando un árbol como se queda callada la gente que ha estado hablando mucho rato.

◆

Y esto es lo que hay ahora mismo, a las cinco y cincuenta y dos de la tarde de un viernes de octubre, desde la puerta del garaje de una casa de Alewife Lane.

Plano fijo. Altura del pecho. Objetivo corto, que es el que hay que poner cuando quieres que quepa el sitio entero y no te importa que la gente salga pequeña.

La luz entra por la izquierda, baja, naranja, de las que duran once minutos y luego se acaban de golpe.

En el tercio derecho del cuadro hay un árbol de doce metros con todas las hojas puestas y una semana de vida por delante.

En el centro hay dos personas de espaldas, un hombre y una niña de trece años, hablando de un autobús.

Debajo, sonido directo: ellos dos, un coche lejos, la caldera que se acaba de encender detrás de mí y un pájaro que lleva veinte minutos.

Por la derecha entra alguien en cuadro. Es una mujer de treinta y cinco años con un abrigo verde militar que se compró en Cambridge en 2013 con el segundo pago de una cosa que hizo a los veintiuno.

Duración: la que dure.

Y no lo está grabando nadie.

Este es el plano. Es el mejor que he tenido en catorce años, tiene la luz que hay que tener y no lo va a ver nunca nadie más que yo, y esa es exactamente la razón por la que la caja está cerrada en el suelo del garaje al lado de la caldera.

Este es el otoño que no grabamos.

Y es el primero que es nuestro.

FIN