34
El seis de diciembre es un domingo y hace nueve grados, que después de este otoño parece el Ártico.
Empiezan a llegar a las cuatro.
Margaret a las cuatro menos diez, con el Buick otra vez en el centro del camino y con dos fuentes.
Los Ramanathan a las cuatro y cuarto, los tres, con Priya delante y con una tarta que ha hecho el padre y que lleva algo de cardamomo.
Owen a las cuatro y media, desde Dorchester, con hora y media de coche y sin el niño, porque el niño se ha quedado con su madre y porque, según él, «un cumpleaños de trece con un niño de dos es un problema de logística».
A Owen lo ha invitado ella.
Eso lo descubrí el martes, cuando me preguntó cómo se escribía su apellido.
—¿Para qué?
—Para el mensaje.
—¿Qué mensaje?
—Es que es tu socio —dijo, sin levantar la vista—. Y ha venido dos veces a traerte cosas y no se ha quedado nunca.
Ocho personas.
◆
De cuatro a cinco pasa lo que pasa en las casas cuando hay gente y todavía no hay nada.
Priya y Vera se encierran veinte minutos arriba y bajan igual que subieron.
El padre de Priya y Daniel descubren que los dos han tenido problemas con la misma empresa de tejados y ya no hablan de otra cosa en media hora.
Owen, que no conoce a nadie, hace lo que hace Owen, que es meterse en la cocina y ponerse a secar platos hasta que alguien le pregunta a qué se dedica.
Yo estoy en el salón colocando la pantalla, comprobando el cable y bajando el volumen del sistema tres puntos, que es lo que hay que bajarlo siempre porque la gente lo tiene puesto para las series.
Y a las cinco menos cuarto entra Margaret con una fuente vacía y me pilla sola.
—¿Cuánto dura? —dice.
—Cincuenta y tres minutos.
—Es mucho.
—Es la mitad de lo que era.
—Ya. —Deja la fuente en la mesa—. ¿Salgo yo?
—Sale usted.
—¿Mucho?
—Cincuenta segundos.
—¿Y qué digo?
—Lo de la vecina de la iglesia metodista.
Margaret cierra los ojos un segundo.
—Yo eso lo dije en abril del veinticuatro en esa cocina y no sabía que había una cámara.
—Sí lo sabía. Su hija lo dijo en voz alta el primer día, delante de todos, y usted estaba.
—Yo no me acuerdo de eso.
—Ya lo sé. Eso pasa siempre y por eso se dice en voz alta y delante de todos, para que el día que alguien no se acuerde no sea culpa de nadie.
Margaret se queda mirando la pantalla apagada.
—¿Y salgo mal?
Y esa es la pregunta, y la hace una mujer de sesenta y ocho años en el salón de su yerno con una fuente vacía en la mano.
—Sale usted contando algo que le hace gracia —digo—. Y se le nota que le hace gracia. Y está cortada cuatro palabras antes del final, que es lo que hago yo con todo el mundo.
—¿Por qué antes del final?
—Porque así la frase se acaba en la cabeza del que mira.
—Ah.
Y no dice si le parece bien ni si le parece mal, y coge la fuente y se va a la cocina, y en la puerta se para.
—Cincuenta segundos de una es poco —dice.
—Es lo que había.
—Ya. —Se ajusta la manga—. Digo que es poco.
Y se va.
◆
La película se pone a las cinco y diez en el salón, con las cortinas echadas y con las sillas del comedor traídas para que quepan todos.
Yo la pongo, la dejo andando y me quedo de pie al lado de la puerta, que es donde me quedo siempre y donde me voy a quedar en todas las proyecciones que me queden por hacer en mi vida.
Cincuenta y tres minutos.
Empieza con el invierno de ella, con el trípode ya colocado, sin el minuto y veinticinco de una mujer buscando el sitio.
Termina con el otoño de ellos.
En el medio hay una casa, dos años y medio, una familia y ciento cincuenta y cinco minutos que no están.
◆
Lo que pasa en esa habitación en cincuenta y tres minutos:
Margaret Kovac llora en el minuto siete, en silencio, sin sacar nada del bolso, y a los dos minutos deja de llorar y no vuelve a hacerlo.
En el minuto cuarenta y uno, cuando sale ella misma diciendo lo de la vecina de la iglesia metodista, hace un ruido con la boca que quiere decir que eso no había que ponerlo, y la madre de Priya se ríe, y entonces Margaret se ríe también y se le pone la mano en la boca.
Priya se pone a llorar en el minuto veintinueve por una cosa que a nadie más le parece llorar, que es un plano de nueve segundos de Vera con nueve años en una playa, de espaldas, sin hacer nada.
El padre de Priya se duerme cuatro minutos en el verano y se despierta solo y nadie se da cuenta menos yo.
Owen no mira la pantalla. Owen me mira a mí desde la tercera silla durante los primeros diez minutos, hasta que le hago un gesto para que deje de hacerlo, y luego mira la pantalla como mira Owen las cosas, que es con la cabeza ligeramente ladeada y contando cortes.
Daniel Prieto ve la película entera sin moverse.
Sin moverse de verdad: no cambia de postura, no cruza las piernas, no se pasa la mano por la cara.
Está sentado en la segunda silla del comedor traída al salón, con las dos manos en las rodillas, exactamente en la misma postura en la que se sentó el veintidós de septiembre a ver seis minutos de bruto de verano, y no se mueve en cincuenta y tres minutos.
En el minuto veintiséis su mujer sale de frente hablando de un melocotón y él no se mueve.
En Rye Ledge, cuando llega el plano del granito —tres minutos y cuarenta segundos, un hombre sentado en una piedra abajo a la izquierda, una niña en una pared de roca arriba a la derecha, cuarenta metros de nada en medio—, hay ocho personas en ese salón y siete están viendo un paisaje bonito.
Y en los cuatro segundos de negro del minuto cuarenta y nueve, la única que se mueve es Vera, que gira medio centímetro la cabeza hacia mí y la vuelve a girar.
◆
Se enciende la luz y pasa lo que pasa siempre, que es que nadie sabe qué hacer con la cara.
Hay quince segundos malos. Los hay siempre. Y luego alguien dice una tontería y se arregla.
La tontería la dice el padre de Priya:
—¿Y esa canción de la primavera?
Y a partir de ahí ya hablan todos a la vez.
Margaret se levanta a por las fuentes. Priya le pregunta a Vera si eso de la playa es Crane Beach y Vera le dice que no. Owen viene a decirme dos cosas técnicas del sonido de la mitad y las dos son ciertas.
Y en algún momento, en la cocina, con un plato en la mano, la madre de Priya me pregunta:
—¿Y usted cómo conoce a la familia?
Y antes de que me dé tiempo a contestar, desde la puerta, Vera dice:
—Es Sara.
Nada más.
Y coge dos vasos y se va al salón.
La madre de Priya asiente, dice «ah, qué bien», y me pregunta si en España se come pavo en Navidad.
Nadie en esa casa dice ninguna de las cuatro o cinco palabras que yo llevo tres meses esperando que diga alguien. No las dice Margaret, que podría. No las dice Owen, que las sabe. No las dice él.
Y no las dice ella, que es la única que tendría derecho.
◆
Lo de Caleb sale a las seis y media, en la cocina, entre el pavo frío y la tarta de cardamomo, y sale de la manera más tonta posible.
—Ah, y contestó —dice Vera, abriendo la nevera.
—¿Cuándo?
—Hace dos semanas. El veintidós.
—¿Y no me lo has dicho?
—Es que no dice nada. —Saca la leche—. Dice: sí, lo sé desde los once.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo. Seis palabras.
—¿Y le has contestado?
—Le he escrito dos veces más y no contesta.
Y lo dice mientras se sirve un vaso de leche, de espaldas, con la puerta de la nevera abierta con el pie.
—¿Y cómo estás con eso? —digo.
Vera cierra la nevera.
—Bien —dice—. Es que a lo mejor no le apetece.
—Ya.
—Y a lo mejor en tres años sí.
—Puede.
—Y a lo mejor no, y entonces ya está.
Y se bebe la leche entera de pie y se va, y en esos cuarenta segundos esa niña ha hecho algo que a mí me habría costado seis meses de terapia y una llamada a mi hermana.
◆
Mi regalo se lo doy a las siete, en el comedor, cuando ya se han ido los Ramanathan.
Es una caja de cartón corriente y dentro hay un disco duro de cuatro terabytes con una etiqueta de cinta blanca y rotulador negro que dice:
PRIETO 2024-2026 / DESCARTES
Y encima del disco, una hoja grapada de tres páginas.
—¿Qué es?
—Ciento cincuenta y cinco minutos.
Vera me mira.
—Todo lo que he dejado fuera —digo—. Los doscientos ocho menos los cincuenta y tres. Ordenado, con fecha, con hora, con nombre y con una nota de qué hay en cada uno.
—¿Todo?
—Todo. Los cuarenta minutos del verano enteros. Rye Ledge entero, cincuenta y un minutos. Los cinco kolač sin cortar, que son tres horas y media de gente discutiendo por unas nueces. Tu abuela los once minutos. Las once horas y cuarenta de este otoño.
—¿Y el baile?
—El baile entero.
Vera baja la vista a la etiqueta.
—¿Y lo del pasillo?
—Ese no.
—¿Por qué no?
—Cláusula dos —digo—. Ese está en mi archivo, etiquetado, con la fecha y con el motivo de por qué no se usó. Y el día que tengas dieciocho años y lo quieras, me lo pides y te lo mando en cuatro minutos.
—¿Y si no te lo pido?
—Pues se queda donde está.
—¿Toda la vida?
—Toda la vida.
Vera coge la caja con las dos manos y se la lleva arriba antes que ningún otro regalo.
Su padre no le da el ordenador. El ordenador sigue en el armario y va a seguir hasta enero, y él no lo menciona, y eso me parece la cosa más adulta que ha hecho ese hombre en tres meses.
◆
A las ocho menos cuarto, cuando ya estamos recogiendo, Vera aparece en la puerta del salón con el portátil de ocho años debajo del brazo.
—Poneos —dice.
—¿Qué pasa?
—Que os pongáis. Es una cosa.
Y sin dar más explicaciones lo enchufa a la pantalla grande, apaga la luz otra vez y le da al play.
Somos cinco: su padre, su abuela, Owen, yo y ella, de pie al lado de la puerta, en el mismo sitio en el que he estado yo dos horas antes.
Cuatro minutos y once segundos.
◆
Empieza con once planos de una ventana en un día de marzo, cada uno de tres segundos, y en el noveno empieza a nevar.
Y a partir de ahí no hay ninguna trampa, que es lo que la hace insoportable.
No hay música. No hay rótulos. No hay orden cronológico ni nada que se le parezca, y sin embargo hay orden: hay una cosa que va detrás de otra por una razón que no se puede explicar y que funciona.
Hay una zapatilla, diecinueve segundos, sin nadie dentro.
Hay una clase de matemáticas de la que ha dejado once segundos, los once en los que no pasa nada y alguien abre un envoltorio al fondo.
Hay una puerta de nevera abierta durante ocho segundos y la luz de dentro y nada más.
Hay treinta y un segundos de su abuela en una silla, de rodilla para arriba, sin que se le vea la cara, contando lo de la vecina, cortada cuatro palabras antes del final.
Y Margaret Kovac se ve ahí, sin cara, en el salón de su yerno, y hace un ruido pequeño con la garganta.
Hay Priya diciendo algo y riéndose y tapándose la cara, y Priya, sentada en el suelo, se tapa la cara otra vez.
Hay siete segundos de un perro que no es de nadie de esa casa.
Hay un plano fijo de cincuenta y un segundos de un suelo amarillo.
Cincuenta y un segundos. En una habitación con cinco personas, un plano fijo de cincuenta y un segundos de un suelo es una eternidad, y nadie se mueve, y nadie tose, y nadie mira el móvil.
Hay un pie entrando en la capa hasta el tobillo, y luego el mismo pie otra vez, porque ha dejado las dos tomas seguidas, la mala y la buena, que es una cosa que no se hace y que aquí funciona.
Hay veintiséis segundos de las ramas vacías girando, que está movido y mareado y mal, y que ha dejado.
Y al final hay veintidós segundos de una mano izquierda abierta, quieta, con una hoja de ginkgo encima, y la mano no se mueve, y la hoja tampoco, y el plano dura veintidós segundos que en una habitación con cinco personas son muchísimo tiempo.
Y se acaba en negro, sin nada.
◆
Se enciende la luz.
Margaret Kovac se ha llevado la mano a la boca en algún momento y no se la ha quitado.
Owen Baptiste, que lleva veintitrés años en este oficio y que ha montado seiscientas cosas, está mirando la pantalla apagada con la cara que se le pone a la gente de mi oficio cuando ve algo que no habría sabido hacer.
Daniel está sentado en el brazo del sofá con las dos manos colgando entre las rodillas.
Y yo estoy de pie al lado de la puerta, en el mismo sitio, con las manos vacías.
Es mejor.
Es mejor que la película que acabamos de ver hace dos horas, la de cincuenta y tres minutos, la de las cuatro estaciones, la que ha costado dos años, veintidós líneas, un trípode, once horas de material, una mujer muerta, dos montadoras profesionales y veintidós mil dólares.
Es mejor y lo sabemos los cinco.
Y no lo dice nadie.
—¿Ya está? —dice su padre.
—Ya está.
—¿Y eso qué es?
—Nada —dice Vera—. Una cosa mía.
Y desenchufa el cable, cierra el portátil de ocho años y se va a la cocina a por lo que quedaba de tarta.
◆
En el salón nos quedamos cuatro.
Margaret se levanta la primera, dice que va a poner el café y va a poner el café, que es lo que hace esa mujer con todo.
Daniel sigue sentado en el brazo del sofá.
—¿Eso lo ha grabado ella? —dice.
—Todo.
—¿Con el móvil?
—Con el móvil.
—¿Y lo del suelo?
—Lo del suelo lo grabó el veinte de noviembre a las seis y media de la tarde, mientras usted y yo estábamos a quince metros diciendo tonterías en el camino de entrada.
—Ya me acuerdo.
—Cincuenta y un segundos de plano fijo. Se agachó, apoyó los codos en las rodillas y no se movió.
Daniel mira la pantalla apagada.
—¿Eso es difícil?
—Eso es lo más difícil que hay.
—¿Más que lo suyo?
—Lo mío es un oficio. Eso es otra cosa.
Y se queda un momento con las manos en las rodillas, en la misma postura de las últimas dos horas y media, y luego dice una cosa que no le voy a repetir a nadie.
—Yo pensaba que le estaba haciendo un favor —dice.
—¿A quién?
—A ella. Con la película.
—Se lo estaba haciendo.
—No. —Se levanta—. Se lo estaba haciendo a Elena. Y a mí. Y a ella también, pero la tercera.
—Daniel.
—No pasa nada. —Se pone bien la camisa—. Es que llevo dos años pensando que estaba haciendo una cosa por mi hija, y acabo de ver cuatro minutos de lo que hace mi hija cuando nadie le pide nada.
Y se va a la cocina a ayudar con el café.
Owen se acerca por el otro lado, con las manos en los bolsillos, y se pone a mi lado mirando la pantalla apagada como se mira una pantalla apagada.
—Sara.
—Ya lo sé.
—Es que no te he dicho nada.
—Ya sé lo que me ibas a decir.
—Vale. —Se balancea sobre los talones—. ¿Cuántos años tiene?
—Trece. Desde hoy.
—Joder.
—Ya.
—No, joder de verdad. —Se vuelve—. Yo a los trece hacía vídeos de mi perro.
—Y a los treinta y cuatro montas vídeos corporativos para hospitales.
—Eso ha sido cruel.
—Ha sido facilísimo.
Y nos reímos los dos con esa risa de dos personas del mismo oficio a las que acaban de dar una paliza en un salón.