El otoño que no grabamos 33 #2
93%

33 #2

Vera se echa hacia atrás en la silla.

—¿Y ahora qué? —dice.

◆

Y ahora la tercera cosa, que es la única que se me ocurre y que se me ocurre ahí mismo, en esa mesa, a las siete menos veinte de la tarde de un martes.

—Ven —digo.

Pongo los tres discos en fila. Conecto el primero.

—Esto es el original de tu madre. Esto es el de trabajo. Esto es el espejo, el que estaba en Somerville y que he ido a buscar esta tarde.

—Vale.

—Las tres tienen el archivo. Si se borra, se borra en las tres, en este orden, y luego se vacía la papelera de las tres, y luego yo grabo encima cuarenta gigas de cualquier cosa para que no lo recupere nadie.

—Vale.

—Y no hay marcha atrás. No es como el móvil. Aquí no hay una carpeta de recientemente eliminados. Aquí se acabó.

—Ya lo sé.

—Repítemelo.

—Se acabó —dice.

Abro las tres carpetas. Pongo las tres ventanas en la pantalla, una al lado de la otra, con el archivo seleccionado en las tres y en azul.

Y le pongo el dedo encima del teclado.

—Esta es la tecla —digo—. Le das aquí y va a la papelera. Luego, con el botón derecho, vaciar papelera. Y luego lo mismo en la dos y en la tres.

—¿Y lo de grabar encima?

—Eso lo hago yo después. Eso es fontanería.

Vera mira la pantalla.

—¿Y tú? —dice.

—Yo me voy a la cocina.

—¿Por?

—Porque no lo voy a hacer yo y tampoco te voy a mirar mientras lo haces.

Y me levanto, y le dejo la silla, y voy hacia la puerta.

Y a mitad de camino ella dice:

—Espera.

◆

—Quiero verlo entero antes.

—Vale.

—Otra vez. Sola.

—Vale.

—¿Puedo?

—Es tuyo. Puedes verlo las veces que quieras y hoy y mañana y el año que viene, si no lo borras.

—Hoy.

—Vale.

Y se pone los cascos, los suyos, los del móvil, con el cable, y le da al play.

Y yo salgo del comedor y cierro la puerta corredera y me voy a la cocina.

◆

Su padre sube del sótano a los dos minutos.

—¿Ya está?

—Lo está viendo.

—¿Otra vez?

—Otra vez. Entero.

—Vale.

Y se sienta en una silla de la cocina y yo me siento en otra y no hablamos.

Diecinueve minutos y once segundos.

Yo los cuento, porque cuento siempre, y porque esta noche es lo único que puedo hacer con las manos.

Encima de la mesa está su móvil, boca abajo. Es el modelo del año pasado, con la pantalla sin una marca, y lleva una funda de silicona negra agrietada por las dos esquinas de abajo, con el borde blanco de tanto doblarse. La funda tiene por lo menos cinco años.

En el minuto cuatro él dice:

—¿Le pongo algo?

—No.

Y no volvemos a hablar.

En el minuto siete se abre la nevera sola, que lo hace desde octubre y que él lleva dos meses diciendo que va a mirar, y se levanta y la cierra y se vuelve a sentar.

En el minuto once se sirve un vaso de agua y no se lo bebe.

En el minuto quince se oye, muy bajo, a través de la puerta corredera y de los cascos de una niña de doce años, una voz de mujer que dice tres palabras que no se entienden.

Ninguno de los dos mira hacia la puerta.

Yo miro la funda del móvil y me pregunto, por primera vez en tres meses, si él sabe que la tiene o si es de las cosas que uno deja de ver.

En el minuto diecisiete Daniel Prieto dice una cosa y es lo único que dice en diecinueve minutos.

—Dijo lo del dentista.

—Sí.

—Y yo llevo dos años pagándole cuatro mil dólares a ese hombre porque ella dijo que dijera que sí.

—Sí.

—Y tenía razón.

—Sí.

En el minuto diecinueve se acaba.

◆

Tarda cuatro minutos más.

Cuatro minutos en los que no se oye ningún ruido en ese comedor, ni una silla, ni el teclado, ni nada.

Y luego la puerta corredera se abre.

Vera está de pie en el hueco con los cascos colgando del cuello.

—Ya está —dice.

Nadie pregunta nada.

Su padre no dice «¿lo has borrado?». Yo no digo «¿en los tres?». Ninguno de los dos se levanta a mirar la pantalla, y eso lo decidimos los dos a la vez sin mirarnos, igual que decidimos no ir a buscarla a su cuarto una noche de septiembre.

—¿Estás bien? —dice él.

—Sí.

—Vera.

—Que sí, papá.

Y se va a la nevera, saca el pan, el queso y el jamón de pavo, y se hace un sándwich de pie en la encimera, con los cascos todavía colgando, y se lo come allí mismo.

Y no dice ni una sola palabra de lo que ha visto en esos diecinueve minutos, ni esa noche, ni el domingo, ni en el año siguiente.

Y no se la voy a preguntar nunca.

◆

Yo vuelvo al comedor a las nueve y media, cuando ella ya está arriba.

Las tres ventanas siguen abiertas en la pantalla. En las tres carpetas hay un archivo menos y las tres papeleras están vacías.

Grabo cuarenta gigas encima de los tres discos. Tardo una hora y once minutos y me quedo delante mirando la barra azul.

Es lo último que voy a hacer en mi vida con ese archivo y consiste en asegurarme de que no existe.

Once años montando material ajeno y trece guardándolo, y la operación técnica más complicada que he hecho en esta casa ha sido esta: escribir cuarenta gigas de nada encima de diecinueve minutos de una mujer diciendo dónde está la póliza del seguro.

Y luego abro el cuaderno y escribo la hoja, porque las hojas se escriben siempre, sobre todo cuando no sirven para nada.

HOJA DE MONTAJE — A5 / PARA MÁS TARDE TC 00:00:00:00 — 00:19:11:00 Interior, dormitorio, tarde. E. sentada. Cámara torcida, contraluz. DECISIÓN: MOTIVO: no la he tomado yo.

A las once menos veinte salgo de la casa y en el camino de entrada, antes de abrir el coche, me acuerdo de que en el maletero llevo una caja de zapatos desde ayer por la tarde.

La saco. La abro en el capó, con la luz del porche, que da lo justo.

Cuarenta y una fotografías escaneadas, doce cartas, siete reversos de foto con un año escrito, un recibo de un taller de la calle Estafeta y un pendrive con veintiséis segundos de un contestador de 2011.

De un hombre que se murió un viernes por la tarde sin darle tiempo a dejar nada.

Está todo. Sigue estando todo y va a seguir estando todo, porque a mi padre no le pidió nadie permiso para guardarlo y porque no queda nadie a quien preguntárselo.

Cierro la caja y la vuelvo a meter en el maletero.

Eso no está en ninguna parte.