El otoño que no grabamos 33
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Se lo dice a su padre esa misma noche, a las once menos cuarto, después de que yo me haya ido.

—Ha dicho que se borre.

—Ya lo sé.

—¿Cómo que ya lo sabe?

—Me lo dijo a mí anoche antes de decírselo a usted. Y no se lo conté porque hay una cláusula que dice que no se lo cuento.

Silencio de coche parado.

—Vale —dice—. Voy a Beverly, firmo dos cosas y vuelvo a las once.

—Vale.

—Y lo borro.

—Vale.

—Sara.

—Estoy aquí.

—¿Usted qué opina?

—Que no me pregunte eso —digo—, porque le voy a contestar y no le va a servir de nada.

◆

A las once y diez está sentado delante del portátil en la mesa del comedor.

Yo he abierto el disco. He abierto la carpeta. He puesto el archivo en el centro de la pantalla, solo, sin nada alrededor: span class="ar"A5_paramastarde.mov/span, diecinueve minutos y once segundos, once coma dos gigas, modificado el veintiuno de agosto de 2024.

—Ahí está —digo.

—Ya lo veo.

—Con seleccionarlo y darle a la tecla de borrar se va a la papelera. Con vaciar la papelera se va del todo. Y no vuelve.

—¿Seguro que no vuelve?

—De este disco no. Hay programas que recuperan cosas y este disco los aguanta mal, y si además grabamos encima esa noche, no lo recupera nadie.

—Vale.

Y pone la mano derecha en el teclado.

Y no pasa nada.

◆

Yo he visto a mucha gente no poder hacer cosas. Es la mitad de mi trabajo.

He visto a una señora de Malden no poder abrir un armario durante cuatro visitas. He visto a un hombre de Newburyport parar tres veces delante de una puerta y darse la vuelta las tres. He visto a una familia entera de Quincy no ser capaz de sacar una silla del comedor.

Esto no es eso.

Daniel Prieto está sentado con la espalda recta, la mano derecha en el teclado y el dedo índice a dos centímetros de una tecla, y no está temblando, y no está llorando, y no ha apartado la vista de la pantalla ni una sola vez.

Simplemente el dedo no baja.

Once minutos.

A los cuatro minutos le digo:

—¿Quiere que salga?

—No.

A los siete:

—¿Quiere que le ponga música o algo?

—No.

A los nueve se mueve por primera vez, y lo que hace es apoyar la mano izquierda en el borde de la mesa, como se apoya uno para empujar algo que no cede.

Yo me quedo de pie a dos metros con las manos en los bolsillos y no digo nada más, porque he estado en esta habitación cuatrocientas veces con otras cuatrocientas personas y porque lo único que se puede hacer aquí es no meter ruido.

A los once minutos, sin moverse, dice:

—Hágalo usted.

◆

—No.

—Sara.

—No.

—Es un archivo suyo.

—No es mío. Es de su mujer, es de usted y es de su hija, y de esos tres no soy ninguno. —Me pongo de pie del todo—. Y aunque fuera mío, tampoco.

—Es que yo no puedo.

—Ya lo veo que no puede. Lo veo perfectamente y no me parece mal, me parece lo normal.

—Entonces hágalo usted y ya está. Es apretar una tecla.

—Es apretar una tecla, sí. Por eso lo puede hacer usted.

—Le estoy pidiendo un favor.

—Ya lo sé.

—Le estoy pidiendo el único favor que le he pedido en tres meses.

—Ya lo sé. Y le he hecho bastantes que no me ha pedido.

Daniel aparta por fin la vista de la pantalla y me mira.

—¿Por qué no? —dice.

Y aquí es donde tengo que decirlo entero, y lo digo entero, de pie, en un comedor, a un hombre sentado delante de un ordenador un martes al mediodía.

—Porque yo no borro material —digo—. Nunca. Ni una vez en trece años. Y no es una manía y no es una superstición, aunque lo cuente como si lo fuera.

—Ya me lo ha dicho.

—Se lo dije el once de septiembre y usted lo apuntó en su libreta con boli azul y no me preguntó por qué.

—Vale. ¿Por qué?

—Porque mi padre se murió en 2019 y yo tengo nueve segundos suyos.

Daniel levanta la vista de la pantalla por primera vez en once minutos.

—Nueve segundos —digo—. De una boda de 1997. Sale de perfil, coge un plato y no dice nada. Y no hay más. No hay una carta, no hay una nota de voz, no hay una foto en la que salga con las manos. Cincuenta y siete años de hombre y nueve segundos.

—Ya me lo contó.

—Le conté el dato. No le conté lo otro.

—¿Qué es lo otro?

—Que yo he pedido material a catorce primos míos.

Que le he pagado sesenta euros a un señor de la calle Estafeta por digitalizar la boda entera para sacar nueve segundos.

Que en 2021 me pasé once días en Pamplona grabando calles vacías donde había estado él, que es lo que hace la gente de mi oficio cuando no tiene nada, y que son nueve horas y cuarenta minutos que no valen para nada.

—Ya.

—Y que le escribí a una señora de Estella que se llama Puri, a la que no conozco de nada, para pedirle una cinta de VHS de una excursión de 1994. Y me la mandó. Y no sale.

Daniel vuelve a mirar la pantalla.

—Ahí dentro —señalo la pantalla— hay diecinueve minutos de una mujer diciendo dónde está la póliza del seguro. Y a mí eso me parece un tesoro. Y sé perfectamente que eso es asunto mío y no de esta casa, y por eso no lo voy a borrar yo, y por eso tampoco le voy a decir a usted que no lo borre.

—¿Y entonces qué hago?

—Usted no lo sé. Yo, irme.

Y cojo el bolso.

◆

Bajo a Somerville esa tarde.

Salgo a las dos y cuarto y llego a las tres y veinte, subo al piso, cojo el disco espejo de la estantería combada, lo meto en la bolsa, doy la vuelta y estoy de nuevo en Marbury a las cinco y cuarenta.

Ciento cuarenta y dos kilómetros y tres horas y veinticinco minutos por un disco de dos terabytes.

En el piso estoy siete minutos. Ni me quito el abrigo. Cojo el disco, miro si hay correo en el suelo del recibidor —hay tres cartas y ninguna es nada—, y en la puerta me paro y vuelvo a entrar y cojo también una cosa que no me hacía ninguna falta, que es la caja de zapatos de Nueve segundos .

La meto en el maletero y la dejo ahí, y no la abro esa noche, ni la siguiente, ni en toda la semana.

Lo del disco lo hago porque hay tres copias de esos diecinueve minutos y porque una está a cincuenta y dos minutos de aquí, y porque si esto se hace hay que hacerlo entero.

Borrar una cosa en dos sitios de tres no es borrarla: es esconderla. Y esconderla es peor que todo lo demás, porque significa que dentro de nueve años alguien abre una caja en un armario, encuentra un disco y se lleva un susto que nadie ha decidido darle.

Eso se lo explico a Daniel a las seis menos cuarto, en la cocina, con los tres discos encima de la mesa.

—O las tres o ninguna —digo.

—Las tres.

—Vale.

—¿Y usted por qué ha ido a por él, si no lo va a hacer?

—Porque si lo va a hacer alguien, se hace bien.

Y él me mira un momento y vuelve a bajar la vista a los tres discos, y esa es probablemente la conversación más nuestra que hemos tenido en tres meses.

◆

Vera baja a las seis y media.

Su padre se va al sótano sin que nadie se lo pida, y eso también es una cosa que ha aprendido en cinco semanas.

Nos quedamos las dos en el comedor con los tres discos encima de la mesa y la pantalla apagada.

—¿Lo has borrado? —dice.

—No.

—¿No lo ha borrado él?

—No ha podido.

—Ya.

—Y yo no lo voy a hacer.

Vera se sienta enfrente y pone las manos encima de la mesa, como se sientan los adultos cuando van a discutir de dinero.

—¿Por qué no?

Y se lo digo otra vez, entero, y se lo digo peor que a su padre porque a ella no le puedo poner a mi padre delante como si fuera un argumento.

Le digo lo de Ruth Okafor y los catorce minutos de la boda de Providence. Le digo lo de que el archivo no es del cliente. Le digo que dentro de veinte años ella va a ser otra persona y que esa persona no está aquí para votar.

Y ella me escucha entero, sin interrumpir ni una vez, que es una cosa que hace su padre y que no hace su abuela.

Y luego dice:

—El archivo es para el hijo del cliente.

—Sí.

—Que todavía no ha pedido nada.

—Sí.

—Eso lo dijiste en septiembre en esta mesa.

—Sí.

—Yo soy la hija del cliente —dice Vera—. Y estoy pidiendo.

◆

Yo me quedo sin la primera.

—Tienes doce años —digo, y ya sé mientras lo digo que esa es la mala.

—Trece dentro de cuatro días.

—Trece años tampoco es una edad para decidir esto.

—¿Y cuál es?

—Dieciocho. Veinticinco. No lo sé.

—Tú tenías veintiuno.

Y me quedo sin la segunda.

Vera no lo ha dicho con crueldad. Lo ha dicho como se dice un dato que estaba encima de la mesa desde el principio y que nadie había cogido.

—Eso es distinto —digo.

—¿Por qué es distinto?

—Porque yo firmé un papel.

—Vale. ¿Y qué ponía en el papel?

—Ponía que renunciaba a todo. A saber, a preguntar, a que me localizaran.

—¿Y te localizaron?

—Sí.

—¿Y te preguntaron?

—No.

Silencio.

—O sea que el papel no valía —dice.

—El papel no valía.

—Y a ti nadie te preguntó nunca nada.

—No.

—¿Ni una vez?

—Ni una.

—¿Ni la señora de la clínica?

—La señora de la clínica se llamaba Kelsey y me preguntó por mis cuatro abuelos.

—Digo si te preguntó si querías.

—Me preguntó si firmaba.

—Eso no es lo mismo.

—No, no es lo mismo.

Vera se echa hacia delante y pone los dos codos en la mesa.

—Pues eso es lo que me estás haciendo tú a mí —dice.

—Yo no te estoy haciendo nada.

—Me estás diciendo que no se borra porque está la regla. Y yo no he firmado la regla.

Y entonces lo dice.

—Tú tampoco pediste que te guardaran.

◆

Y ahí se acabó.

Se acabó de una manera que se nota físicamente, como cuando en una sala de montaje se cae la corriente y de repente oyes el pasillo.

Porque es verdad.

Porque hay una ficha de dos páginas en un archivador de una agencia de Brookline, Massachusetts, con el número 4471 y una fotografía de una niña de cinco años en una playa de piedras, y lleva trece años ahí, y yo no la puse ahí para nadie, y nadie me ha preguntado nunca si quería seguir estando.

Y porque yo, hace tres semanas, volví a por una fotocopia de eso con la mano en un picaporte durante cuarenta segundos, y me la llevé, y me dio vergüenza.

Y porque llevo trece años explicándole a todo el mundo que lo que se guarda es un regalo, y resulta que a mí me guardaron sin preguntar y no ha sido un regalo, ha sido otra cosa que no sé nombrar y que a lo mejor no es mala pero que desde luego no la elegí yo.

—Vale —digo.

—¿Vale?

—No. Vale de que no te lo puedo rebatir y de que sigo pensando lo mismo.

—Entonces no vale.

—Entonces no vale, no.