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El montaje de otoño lo hago en cinco días y lo hago bien, y decirlo así de seco es lo más honesto que puedo hacer.
Cuarenta y siete minutos.
Empieza con la línea uno, que es el primer día que hay que cerrar las ventanas, y que este año fue el diecisiete de noviembre, dos meses tarde.
Son cincuenta segundos de un hombre cerrando siete ventanas de una casa por primera vez desde marzo, sin decir nada, y de una niña detrás diciéndole que hace calor.
Está el escalón del porche, cuarenta segundos de cincuenta minutos, con los tres milímetros y la tabla desmontada dos veces.
Está la caldera y el olor del garaje, que son treinta y uno.
Está Rye Ledge, que son cuatro minutos y veinte, con el plano del granito entero y sin cortar: tres minutos y cuarenta, un hombre sentado en una piedra y una niña en una pared de roca y cuarenta metros de nada en medio.
Cuatro personas van a ver ese plano el seis de diciembre y solo una va a saber lo que está mirando.
Está el kolač, los cinco intentos, montados en dos minutos y once segundos: el uno con el detector de humos, el dos con Margaret dirigiendo, el tres, que es de octubre y que salió regular y que grabó Marta, el cuatro, que lo hizo él solo el quince de noviembre a las once de la noche y que no le enseñó a nadie y que yo tengo porque dejé la cámara en la cocina, y el cinco.
Está el baile de octubre desde fuera de la casa: el vestido, las dos horquillas, Priya con la bolsa de deporte, el coche, la puerta del gimnasio, la fila de padres con el intermitente puesto y la maniobra esa de parar tres segundos y arrancar.
No está el pasillo. No está el cristal armado. No está el minuto y cincuenta y un segundos.
Está la mesa de la cocina con los deberes encima, que es la línea seis, que no estaba prevista para este año y que grabé el diecisiete de noviembre porque un día miré y ahí estaba.
Está Margaret, once minutos convertidos en cincuenta segundos, hablando de una vecina que se cayó en la iglesia metodista, cortada cuatro palabras antes del final.
Está la primera helada, que entró de verdad el jueves veintiséis por la mañana, con el cristal del coche blanco y la mano de él quitándolo con una tarjeta de plástico porque el rascador lleva dos años perdido. Esa es la diecinueve y esa la tengo.
Y esa la tengo por Priya Ramanathan.
Priya se quedó a dormir el miércoles porque el jueves era fiesta y porque sus padres iban a Lowell a por una tía. Y el jueves a las seis y cuarenta de la mañana, cuando yo estaba en el camino de entrada con el trípode montado y menos tres grados y las manos ya inservibles, salieron las dos.
En pijama, con el abrigo por encima, con zapatillas de casa, y sin que nadie se lo pidiera.
—¿Qué haces? —dice Vera.
—La diecinueve.
—¿Y por qué a las siete menos veinte?
—Porque a las nueve ya no hay hielo.
Priya se acerca al parabrisas y le pone la mano entera encima, y la deja cinco segundos, y la quita, y queda una mano.
—Mira.
—Priya, que se ve la huella.
—Es que es eso.
—Se va a ver en la película.
—¿Se va a ver? —me dice Priya.
—Si dejo ese plano, sí.
—Déjalo.
—Priya, es la película de su madre.
—Ya, ¿y? Yo también estoy en la película de su madre. Salgo en el baile.
Y Vera, que lleva tres semanas sin reírse de nada delante de mí, se ríe.
Y las dos se ponen a poner las manos en el parabrisas, y en el del vecino, y en la ventanilla del conductor, y en un momento dado Priya escribe una cosa con el dedo que borra inmediatamente y que yo no llego a leer.
Y su padre sale a las siete menos cuarto con la tarjeta de plástico en la mano y se encuentra el coche lleno de manos.
Y no dice nada de las manos. Quita el hielo con la tarjeta, empezando por la izquierda y en franjas, como quita el hielo un hombre que lleva veintiséis inviernos aquí, y se lleva las once manos por delante en cuarenta segundos.
Y eso son cuarenta segundos y están en la película.
Y las manos también, once segundos antes.
Y debajo de todo, de principio a fin, a menos veintiocho decibelios, tan bajo que nadie lo va a oír y todo el mundo lo va a notar, está la casa de ellos grabada por ella en julio de 2024.
◆
La cláusula uno dice que la clienta ve todo el material antes que nadie, y la clienta se la toma en serio.
Viene todas las tardes a las cuatro y diez, deja la mochila en la silla y se sienta a mi derecha, y ve lo que llevo hecho ese día en tiempo real, con los cortes a hueso y sin sonido arreglado.
Es incomodísimo y es lo correcto.
El miércoles veinticinco veta un plano.
Es la primera vez en tres meses que veta algo y lo hace bien: sin discutir, sin dar razones y sin pedirlo dos veces.
—Ese no.
—¿Cuál?
—El de la escalera.
Son once segundos del veintitrés de octubre, grabados por Marta desde el salón: una niña bajando la escalera y parándose en el último escalón, y su padre de espaldas en el centro del salón con una fila de ropa de verano encima del respaldo del sofá y una camisa de hombre en un montón aparte, en el suelo.
Es un plano buenísimo. Es de los cuatro mejores de la película y llevo dos días colocándolo.
Y lo grabó la mujer del trípode en el sitio de la mesa, el veintitrés de octubre, cuando yo llevaba tres días sin pisar esta casa.
—¿Por qué no?
—Porque no.
—Vera, es de lo mejor que hay.
—Ya lo sé.
—¿Sales mal?
—No.
—¿Entonces?
Y ahí se toma su tiempo.
—Es que sale él —dice.
—Sale de espaldas.
—Sale de espaldas y se le ve todo. —Señala la pantalla sin tocarla—. Ahí no se está dando cuenta de que hay alguien grabando y no se está dando cuenta de que estoy yo, y está haciendo una cosa que no quiere hacer, y no se le ve la cara porque no hace falta.
Yo miro los once segundos otra vez.
Y sí. Se le ve todo. Se le ve por cómo tiene los hombros y por lo deprisa que va, y no se le ve la cara y por eso es tan bueno, y llevo dos días colocándolo y no lo había mirado ni una vez desde el otro lado.
—Vale —digo.
—¿Vale y ya?
—Vale y ya. Cláusula dos.
—¿No me lo vas a discutir?
—No.
—Es que pensaba que me lo ibas a discutir.
—Y yo pensaba discutírtelo hasta hace once segundos.
Y lo saco de la línea de tiempo, y lo mando a descartes con su fecha y su motivo, y en el motivo escribo lo que ha dicho ella y no lo que pienso yo.
Y luego me quedo un rato mirando la pantalla, porque acabo de ver a una niña de doce años y once meses hacer, por su padre, exactamente lo mismo que hago yo por doscientos once clientes y que llevo trece años cobrando.
Y a ella no se lo ha enseñado nadie.
◆
La veintidós la dejo en negro.
Cuatro segundos.
Podría no dejarla. Podría montar el círculo amarillo del jardín, que lo grabé yo el sábado con luz buena, y quedaría bonito y no se enteraría nadie.
O podría quitar la línea del guion y terminar en la veintiuno, y tampoco se enteraría nadie, porque el único documento que dice que hay veintidós líneas es un archivo de texto de dos kilobytes que hay en una carpeta que ha abierto tres personas.
Dejo cuatro segundos de negro entre la veintiuno y el final.
No es un homenaje ni es una decisión artística. Es que borrar la línea me parece peor que dejar el hueco, y llevo trece años sin borrar nada, y no voy a empezar a los treinta y cuatro por un árbol.
HOJA DE MONTAJE — A4 / OTOÑO TC 00:43:51:00 — 00:43:55:00 Línea 22. El ginkgo. Todo en un día. DECISIÓN: negro, 4 segundos. MOTIVO: no hay material.
◆
Lo de Acción de Gracias empieza el lunes veintitrés por teléfono y dura tres días.
A mí no me invitan, que es exactamente lo correcto y lo que yo esperaba y lo que le digo a Daniel el lunes por la noche cuando saca el tema con una cara rarísima.
—No me tienes que invitar.
—Ya lo sé.
—Es la casa de tu suegra y es la primera fiesta desde que ella lo sabe todo. No me invita ni loca y hace bien.
—Es que Vera ha dicho una cosa.
—¿Qué cosa?
—Que no va.
◆
Lo que ha dicho exactamente, y me lo cuenta él el martes, es esto:
—Si no viene Sara, yo tampoco.
Y no lo ha dicho gritando ni ha dado un portazo. Lo ha dicho en la cocina, el lunes, con el abrigo puesto, camino del autobús, y luego se ha ido al colegio.
Y eso, en una casa donde una niña lleva tres semanas hablándole a su padre con monosílabos, es un acontecimiento.
—¿Y usted qué le ha dicho? —pregunto.
—Que eso no se le hace a su abuela.
—Bien.
—Y me ha dicho que ya lo sabe.
—¿Y?
—Y ha dicho que igual.
—¿Ha dado un portazo?
—No. Ha cogido la mochila y se ha ido al autobús.
—Peor.
—¿Peor?
—Muchísimo peor. Un portazo se pasa a las dos horas. —Dejo el cuaderno—. Esto es que lo ha pensado.
Yo me apoyo en la mesa.
—Escúcheme una cosa y no se enfade —digo—. Yo no voy a ir a esa casa el jueves.
—Ya lo sé.
—No, es que no es por delicadeza. Es que si voy, esa niña gana un pulso a su abuela usándome a mí de palanca, y eso ya lo hizo en septiembre en su comedor y le costó una semana.
—Ya.
—Y si no voy, pierde el pulso y aprende que perder un pulso no es el fin del mundo, que hay que aprender a los doce y no a los veintiocho.
Daniel se aprieta el puente de la nariz con dos dedos.
—Eso lo tiene usted muy pensado.
—Llevo trece años en casas ajenas en Navidad —digo—. He visto esta escena treinta veces y siempre acaba igual: el crío gana, el abuelo se calla y a los cuatro años nadie se acuerda de por qué esas dos personas no se hablan.
—¿Y qué le digo yo a ella?
—Que no voy porque no me han invitado.
—Eso es muy duro.
—Es lo que hay y ella lo va a entender en cuatro segundos. —Cierro el portátil—. Y luego le dice usted que la que decide a quién invita a su casa es su abuela, y que eso no se discute, y que si algún día tiene ella una casa decidirá ella.
—¿Y si se enfada?
—Se va a enfadar.
—¿Con quién?
—Con usted, que es lo que toca. —Me pongo la bolsa al hombro—. A usted se le puede enfadar. A su abuela le queda menos tiempo.
Daniel se queda un momento con eso.
—Vale —dice.
◆
Margaret llama el miércoles a las siete de la tarde.